¿En tu siglo o en el mío? 19
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Ginebra

A estas alturas de la noche ya no sé si yo doy vueltas sobre la pista o si la pista da vueltas sobre mí. Canto Física o química , salto y bailo como loca.

Agarro las manos de Arturo y lo arrastro conmigo, riendo sin parar.

Él me levanta el brazo y me hace dar una vuelta, luego otra.

Mi equilibrio (ya de por sí perjudicado) sufre las consecuencias: necesito aferrarme a su camiseta para no caer.

Como él tampoco va demasiado derecho nos tambaleamos hasta que mi espalda choca contra una columna. Me entra la risa tonta.

—Confío en ti para no caernos —le digo a gritos.

Siento sus manos en la cintura y contengo la respiración. Nuestras caderas se rozan.

—No vamos a caernos —responde.

Sus ojos azules están fijos en mí. Son tan claros que cambian de color dependiendo de las luces de la discoteca.

Una mano abandona mi cintura y sube hasta mi rostro.

Me toca el flequillo con la yema de los dedos y esboza una sonrisa; el corazón me empieza a latir como loco.

Se inclina sobre mí para hablarme al oído.

—Creo que ya me gusta tu peinado —confiesa. Su aliento me hace cosquillas en la oreja.

Se me acelera la respiración. Arturo me vuelve a mirar de frente, pero no se aleja. Bajo la vista a su boca, me humedezco los labios sin darme cuenta.

Ver a Paola detrás de él me saca de la burbuja. Nos está mirando con la boca abierta.

Ah, cierto, que piensa que somos parientes.

Aprovecho que aún tengo las manos en el pecho de Arturo y lo empujo con suavidad para alejarlo.

—Ahora vuelvo —le digo, obligándome a espabilar.

Echo a andar hacia mi amiga y ella me acompaña hasta la salida de la discoteca, sin quitar la cara de asombro.

—No pierdes el tiempo, eh —me dice cuando por fin nos da el aire de la calle—. Cuanto más primo más me arrimo.

Se me escapa un resoplido tan exagerado que parece que me estoy atragantando.

—¡No es lo que parece! Estábamos solo... recuperando el equilibrio.

—Estabais a punto de caramelo.

Niego con la cabeza una y otra vez.

—Imaginaciones tuyas.

—Ginebra, si te mola tu primo me lo puedes contar, no te voy a juzgar. Yo me lie con una profe de inglés.

Apoyo la espalda en la fachada de la discoteca, con la vista fija en una lata del suelo. Parece moverse y girar y girar, trazando círculos.

—¡Ginebra!

—¿Qué? —balbuceo.

—Madre mía, vas fatal.

—Es probable.

Paola se apoya a mi lado.

—Sí que es verdad que si lo que intentas es olvidar a Ricardo, podrías buscar a alguien con quien no compartas ADN. ¡La discoteca está llena de desconocidos!

—No intento olvidarlo —gruño—. Ese imbécil me da igual.

Vuelvo a mirar a la lata, fascinada por el vaivén. Es como estar en un barco.

—Oye, ¿tu primo es ultraderechista o algo así? —pregunta Paola—. ¿A qué venía lo del Imperio español?

—No es ultraderechista —bufo—. De hecho, es bastante progre para su época.

—¿Su época? ¿De qué hablas, boluda? Si tiene nuestra edad.

Suelto una carcajada tonta.

—Ay, es verdad. Qué chorradas digo.

—Deberías ir a casa a descansar y beber dos litros de agua para la resaca —me aconseja.

Es una buena idea. Volvamos a casa lo antes posible. Si intento bailar de nuevo con Arturo me asusta acabar comiéndole la boca, así que tomemos medidas.

Paola y yo regresamos al interior de la discoteca. Arturo está donde lo dejé, pero el grupo de amigas de Paola lo ha encontrado. Al ver que la tal Lau del gimnasio está revoloteando a su alrededor me lleno de rabia. Veo cómo tira de su antebrazo e intenta bailar con él. ¡Oh, qué tía más pesada!

Llego a ellos en un par de zancadas y la aparto de mi caballero. Es algo que no haría en una situación normal, pero ahora mismo no respondo de mis actos. Ya me avergonzaré mañana.

—¡Perdón, pero tenemos que irnos! —le digo a la confusa Lau—. ¡Ha sido un placer conocerte, adióóós!

Le doy dos besos a Paola, me despido de las demás, me cojo al brazo de Arturo para no tambalearme y salimos a buscar un taxi.

Cuando llegamos a mi apartamento está a punto de amanecer, pero no tengo sueño. Al parecer Arturo tampoco, porque en vez de irse a la cama ha salido a la pequeña terraza a tomar el aire.

Me detengo en la linde de la puerta, decidiendo si debería ir con él o no.

Sacudo la cabeza y doy media vuelta. Llego a mi dormitorio sin mirar atrás.

Me quito los pendientes de aro, me desabrocho el sujetador y me lo quito a tirones por debajo del vestido.

Sacudo los pies y mando los tacones a la otra punta de la habitación.

Dejo caer la espalda sobre el colchón, sin desvestirme todavía. Continúo estando un poco mareada, ahora es la lampara del techo la que da vueltas. Cierro los ojos, pero se me vuelven a abrir de forma automática. No, definitivamente no tengo sueño.

Antes de darme cuenta me he puesto en pie y he caminado hasta la terraza.

La decoré como una foto que vi en Pinterest, con el suelo cubierto de mantas acolchadas y muchos cojines de colores.

Arturo está sentado entre los cojines, observando uno de mis cactus.

Me siento a su lado sin hacer ruido, y él me mira de reojo y sonríe.

—¿Te agradan los cactus porque son como tú? —pregunta.

—¿Qué?

—Espinosos por fuera, pero tiernos por dentro.

El calor me sube a las mejillas. Que piense eso de mí me ofende.

—Yo soy espinosa por fuera y por dentro.

Se le escapa un resoplido.

—No lo eres.

—Claro que lo soy.

—Querer y ser no es lo mismo.

Levanto el brazo para pegarle una colleja, pero él me atrapa al vuelo la muñeca y me desarma haciéndome cosquillas.

—¡Ni se te ocurra! —exclamo, pero ya es tarde.

Acaba de descubrir mi punto débil: basta con que me pinchen con el dedo en la tripa para que ya no pueda parar de reír.

—Luces muy tierna ahora mismo —me provoca.

—No te resultaré tan tierna cuando te asesine —trato de amenazarle, aunque entre carcajadas no suena muy serio.

Consigo agarrarle los antebrazos, pero tiene demasiada fuerza como para poderlo detener. Sin pensar mucho en lo que hago, paso una pierna por encima de su cadera y me siento a horcajadas sobre él. Sus manos se detienen por fin, muy cerca de mis muslos.

Ambos jadeamos por el esfuerzo de la pelea. Apoyo las manos en sus hombros, sin ninguna intención de bajar de aquí. Él tampoco hace ademán de apartarme.

—¿Por qué quieres ser espinosa? —me pregunta, bajando la voz.

—Si no tienes espinas la gente te hace daño.

Deslizo los dedos por su cuello, y la barba corta me araña la piel al acercarme al mentón. Cierra los ojos y traga saliva; noto cómo su nuez sube y baja.

—Ginebra, no... —deja la frase en el aire, como si le diera miedo terminarla.

—¿No qué? —murmuro.

Acerca las manos a mis piernas y me hace arder con el tacto de su piel.

Dejo que me acaricie los muslos con cuidado, levantando unos milímetros la tela del vestido.

Mi corazón empieza a latir más fuerte, se me entrecorta la respiración.

Me fijo en sus labios entreabiertos, en la línea de la mandíbula.

Varios mechones cobrizos se le pegan a la frente por el sudor.

«Qué guapo eres, joder».

No debimos abrazarnos en la cocina. Tampoco debí recostar la cabeza sobre su pecho ni dejar que me estrechara durante toda la noche. Desde entonces no paro de desear estar así de cerca una y otra vez. Necesito más de él.

Entierro los dedos en su cabello y doy un ligero tirón sin querer. Apoyo la frente contra la suya, cierro los ojos e inspiro con fuerza. La frustración me está quemando por dentro.

Nunca podré tener más.