¿En tu siglo o en el mío? 18 #2
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—Está bien, gracias —acepto el presente. Hay que ser cortés con las damas, incluso si son espantosas.

Al coger el tubito prendido veo que está relleno de algo verde. Deben de ser hojas tiernas de tabaco; qué raro que prendan tan bien. Doy una calada y cuando empiezo a toser, ellas se burlan. Me recompongo y doy varias caladas más, aguantando el tipo, demostrando que lo puedo soportar.

Está asqueroso.

—Ahora, si me disculpáis, debo irme a alguna parte —me excuso, devolviéndoles su tabaco.

Me alejo de ellas tanto como puedo, sin saber muy bien adónde voy. Me estoy empezando a sentir muy raro. Mis pasos se vuelven erráticos y termino sentado en la acera. Veo el cielo. Ahora estoy tumbado.

Miro a las estrellas y ellas me miran a mí. Me pregunto cómo se sentirán, ahí clavadas en una esfera de cristal para siempre. Tan esclavas como a veces me siento yo.

La luna está llena hasta la mitad. Cuando el pedazo restante desaparezca, yo volveré a casa. Beatriz y padre estarán vivos otra vez, y mi escudero Esteban, y mi buen amigo Fernando. Y yo estaré muerto aquí. Muerto aquí y vivo allí. Ellos también están vivos allí y muertos aquí.

¿Todos estamos muertos y vivos a la vez?

Cierro los ojos para no seguir viendo las estrellas, me da vueltas la cabeza.

De repente echo mucho de menos mi hogar, a mi gente.

Quiero volver a la Rocahumbría de verdad, la que no es una atracción para viajeros.

Donde el mundo es normal. Quiero abrazar a mi hermana, asegurarme de que es dichosa con don Esteban y de que no termina tan triste como madre.

Pasear con Fernando por el puerto, montar sobre Feroz, mi caballo, y escabullirme a alguna taberna.

—¡¿Arturo?!

Abro los ojos y me topo con el rostro de Ginebra. Me agarra de los hombros y me sacude, espabilándome de golpe.

—¡Ay! —me quejo.

—Creía que te habías desmayado. ¿Qué haces aquí?

—Me hallo un poco indispuesto, pero espero que se me pase.

Ella se sienta en la acera.

—¿Tanto te han subido los cubatas? Me refiero, a mí sí que me han subido... —se ríe de forma absurda, trabándose un poco con las palabras—. Pero claro, en mí es normal, yo me mareo hasta con una caña. No sabía que tú también tenías poco aguante.

—Creo que ese tabaco raro ha tenido algo que ver —me lamento.

Ella deja de reír.

—¿Tabaco raro?

—Sí, me lo han dado las mujeres con pelos de colores y caras pintadas.

—¿Las drag queens ? Ay, Dios, Arturo... ¿Cómo era ese tabaco?

—Verde y apestoso.

Ginebra se da una palmada en la frente y sacude la cabeza.

—¿Qué?

—¡No era tabaco! Era... da igual —suspira—. Se te pasará, tranquilo.

Se deja caer a mi lado, con su cabeza rozando la mía. Varios mechones de cabello castaño me hacen cosquillas en la sien. La angustia extraña que sentía por las vidas y las muertes, así como la nostalgia, se alivian un poco.

Sí, este mundo es raro, pero cuando Ginebra está cerca se vuelve casi normal.

Nos quedamos mirando al cielo, en silencio. No es un silencio incómodo como los que se forman cuando te toca pasear con una dama cogida del brazo por algún jardín. Solo es un silencio tranquilo.

Las noches del futuro son distintas, se ven anaranjadas.

Las estrellas siguen estando, pero parecen querer esconderse.

Ya no brillan orgullosas. Quizá alguien ha ensuciado con barniz naranja la esfera de cristal en la que están.

No es una idea absurda; hace días descubrí que esos pájaros blancos y ruidosos que nos sobrevuelan son artefactos en los que la gente puede volar.

Seguro que algún gamberro se ha dedicado a lanzar pintura.

—¿Crees que la luna estará en la misma esfera que las estrellas o tendrá su esfera propia? —le pregunto a Ginebra, pues la luna sí que se ve bien.

—¿Perdón? —pregunta ella, divertida.

—Las estrellas están pegadas en una esfera de cristal, en el mundo supralunar. Se llama esfera de las estrellas fijas. ¿Nunca te lo han enseñado?

Ella apoya el codo en la acera y se vuelve hacia mí. Sus labios ya no tienen el brillo de antes, pero se ven bonitos. Los tiene sonrosados, igual que las mejillas.

—Mundo supralunar —repite con un deje burlesco—. Vale.

—¿Por qué es gracioso?

Vuelve a tumbarse boca arriba.

—¿Y si las estrellas fueran bolas gigantes de gas y metal derretido que flotan en el espacio a millones y millones de kilómetros de aquí? ¿Te imaginas?

Se me escapa un resoplido irónico.

—Eso sí es tremenda tontería.

—Ya, el alcohol se me ha subido a la cabeza.

Nos volvemos a quedar en silencio. Se escucha la música de la fiesta, lejana y distorsionada.

Borrachos gritando y pasándoselo bien, alguien chistándoles para que se estén callados.

Corre una ligera brisa; empieza a refrescar, pero el hombro de Ginebra está caliente.

Sí, estamos tumbados en mitad de una calle, pero se está sorprendentemente bien aquí.

—¿Cómo es tu prometida? —pregunta de repente.

Al recordar mi boda siento un peso en el estómago.

—Es Candela de Castro, única hija del barón de Cabo.

—Vale, pero ¿cómo es ella?

Tengo un recuerdo borroso de su rostro, durante la ceremonia de celebración por mi nombramiento como caballero. Tenía los cabellos negros trenzados y agitaba un abanico de plumas de oca bajo la nariz. No recuerdo si hablamos.

—Recatada y devota, como todas las doncellas. Seguro que borda y toca algún instrumento. Quizá canta. O dibuja.

—Igual con el tiempo te enamoras.

Giro el rostro hacia ella y descubro que me está mirando.

El mareo no deja de ir en aumento, porque todo da vueltas y sus ojos son el único punto que permanece fijo.

Me aferro a su mirada para no terminar de perder el equilibrio.

Sus ojos de caramelo se ven un poco más oscuros, tiene las pupilas dilatadas.

—O igual me fugo en el día de mi boda, me hago a la mar en una carabela y desaparezco para siempre entre las aguas, renacido como pirata —digo en broma pero un poco en serio.

Ella larga una sonora carcajada. Vuelvo a mirar a su boca sin querer.

—Desde luego, deberías hacer eso. En serio.

Me doy cuenta de que solo con Ginebra puedo soltar sin tapujos todo lo que pienso. Esteban me juzga, Beatriz se escandaliza y Fernando no me entiende. De padre ya ni hablemos.

Abro la boca para decir algo, pero he perdido por completo el hilo de la conversación. Alza las cejas, esperando una respuesta. Siento no podérsela dar.

El eco de la música sigue llegando a nuestros oídos, ella se incorpora de golpe y me sobresalta.

—¡ Física o química ! ¡Me encanta esta canción! —exclama, poniéndose en pie. Agarra mi brazo y tira de mí hasta levantarme—. ¡Venga, hay que entrar a bailarla!

Sonrío y la sigo al interior del edificio, volviéndome a animar. Cuando salí para tomar el aire pensé que enseguida volveríamos a casa a dormir, pero me equivocaba.

Estoy a punto de descubrir que no destruir el mundo es una tarea mucho más ardua de lo que imaginaba.