18
Arturo
Ginebra y yo estamos sentados en un coche especial al que ella llama taxi y que, en los asientos de delante, un cochero se encarga de conducir.
La observo de reojo. Está distraída, mirando por la ventanilla, con el mentón apoyado en la mano.
Se ha puesto un vestido nuevo para la fiesta.
Tiene piedrecitas rosas, un escote probablemente ilegal y una apertura en la pierna.
Me agradan sus piernas. En estas semanas he visto cientos de piernas de mujer por la calle, pero las suyas tienen algo descaradamente atractivo. Parecen tan suaves que siento el deseo de apoyar la mano en su rodilla para comprobar si tienen el tacto del terciopelo.
Entonces las cruza en un movimiento lento, casi perezoso, y algo dentro de mí se desordena. Me arden las orejas, como si todo el calor de mi cuerpo se hubiese mudado ahí.
«¡Habrase visto desatino! —me regaño en mi mente—. Ni que fueses un muchacho virgen».
Pero ya no puedo dejar de mirarla. Hasta que ella gira el rostro hacia mí y yo aparto la vista con un sobresalto. Me late el pecho como si me hubieran descubierto haciendo algo prohibido, cosa que me hace sentir más ridículo si cabe.
—Estamos llegando ya —dice como si nada.
«Menos mal».
Al bajar del taxi descubro que hemos quedado con Paola y sus amigas en unos jardines, y que iremos todos juntos a la fiesta luego.
—¿Sus amigas son simpáticas? —le pregunto a Ginebra.
—No lo sé, apenas he hablado con ellas.
A estas alturas ya la conozco lo suficiente como para saber que no es el tipo de persona que desearía mezclarse con un montón de gente nueva, pero por alguna razón parece tranquila.
Los jardines (Ginebra lo llama parque) están a rebosar de jóvenes escandalosos.
Veo a un grupito haciendo un baile de lo más absurdo frente a un móvil.
Otros están dándose tortazos entre ellos con la boca llena de agua.
Comienzo a entender por qué perdimos las colonias.
—¿De qué conoce Paola a sus amigas?
—Son sus compañeras de rugby. Es un deporte que lleva practicando desde el instituto.
Imagino que será algo así como la esgrima. Ya he visto que aquí las mujeres hacen todo lo que hacen los hombres; las espadas no serán una excepción.
Localizo a Paola con un grupito de unas siete muchachas, están sentadas alrededor de un banco. Ginebra me agarra del brazo y se detiene en seco.
—Creo que es mejor que no bebas nada —me dice—. Salvo agua, claro.
—Ginebra, no sois mi reina —contesto. Ella me mira con mala cara—. Lo que significa que no tengo por qué acatar ninguna de tus órdenes.
—Bien. Si te emborrachas, atente a las consecuencias.
Bajo la mirada de forma fugaz hacia su mano, que continúa envolviéndome la muñeca. Acerco mi rostro al suyo y entorno los ojos.
—¿Qué terribles consecuencias serán esas, mi señora?
Me sostiene la mirada, desafiante. Distingo un brillo juguetón al fondo de sus iris castaños.
—Ni tú ni yo queremos descubrirlas.
Me suelta el brazo. El lugar donde estaba su mano ahora se siente frío.
—¡Ginebra! —oigo la voz de Paola—. ¿Qué hacéis ahí? ¡Venid!
Cuál es mi sorpresa al acercarnos y descubrir que conozco a una de las muchachas. Es la de aquel lugar extraño, The Gym.
—Vos... Tú —me corrijo—. Eres...
—Soy Lau. Nos conocimos en el gimnasio.
Parece incómoda, pero no se me ocurre la razón.
—¿Cuándo has estado tú en un gimnasio? —pregunta Ginebra.
—Vino a pedir información y a visitar las instalaciones —responde Lau.
La reina autoritaria alza las manos con resignación, como queriendo decir «a estas alturas no voy ni a molestarme en preguntar».
Paola se cuelga de su brazo y se la lleva con ella hacia el banco, parloteando. El resto de las muchachas andan enfrascadas en varias conversaciones diferentes, dejándonos a Lau y a mí al margen. Ella se cruza de brazos y evita mirarme.
—¿Estás molesta conmigo? —tanteo el terreno.
—Bueno, no sé. Fuiste un borde que te cagas.
—¿Por qué? —me sorprendo.
Ella parpadea como si no se lo pudiera creer.
—Ni siquiera aceptaste el papelito con mi insta. No hacía falta que me siguieras si no te gusto, pero al menos... Da igual.
Siento una punzada de culpa. La semana pasada Ginebra me enseñó lo que son las redes sociales y por fin comprendí de qué se trataba todo eso.
—Te pido disculpas —le digo con sinceridad—. Es que nunca había recibido un papelito como ese.
Ella descruza los brazos y me mira con incredulidad.
—¿En serio?
Asiento con la cabeza y tiendo la mano hacia ella.
—¿Hacemos las paces?
Tras dudar un poco, sonríe y me estrecha la mano. Por un momento me giro hacia el banco y pillo a Ginebra vigilándonos de reojo. En vez de disimular, clava la mirada en mí de forma más intensa y frunce el ceño.
Oh, ¡qué pesada! Seguro que le preocupa que corteje a Lau. Sí, ya me he enterado de que está prohibido. Puedo esperar a volver a Rocahumbría. No soy tan vividor.
—¿Quieres cerveza? —me pregunta Lau.
El licor de los bárbaros del norte.
—Claro.
Ella se agacha y hurga en una bolsa que hay cerca de sus pies.
Saca una botella grande, me rellena un vaso y me lo tiende.
Vuelvo a mirar a Ginebra mientras me lo llevo a los labios.
No puedo negar el placer que siento al retarla, sobre todo cuando va acompañado de ponerla nerviosa.
Ella deja caer los párpados y se gira hacia su amiga Paola, respondiéndole a algo.
«¿Ya está? ¿Esa es toda su reacción?».
—Bueno —carraspea Lau, recordándome su presencia—. Si quieres, dentro podemos bailar.
Mis ojos se desvían brevemente hacia Ginebra, que sigue sin mirarme.
—Claro, Lau.
Ante todo, soy un caballero cortés.
Cuando hablaron de un lugar llamado «Deseo» y de una fiesta me imaginé un gran salón de baile en una casa señorial, no esto.
Está todo oscuro a excepción de algunas ráfagas de luces de colores; el presupuesto ni siquiera les alcanza para una buena lámpara. La música parece salir de todos los rincones, tan fuerte y estridente que me tapona los oídos, y la gente se amontona y apretuja en cada metro cuadrado.
No sé cómo Lau pretende que le conceda un baile en estas condiciones.
Me pego a Ginebra; de repente me da miedo perderla entre todo este alboroto. Algún vándalo podría aprovechar para secuestrarla de nuevo y, con tanta oscuridad, ni siquiera lo veríamos.
Creo que me dice algo, pero no la escucho. Me agacho un poco, ella me apoya las manos en el hombro y me grita en el oído:
—Deja de poner cara de susto.
Me agacho un poco más para acercarme a su oreja y respondo:
—Cuando los curas hablan del infierno en las misas, suelo imaginar un lugar como este, ¿sabes?
Consigo que se ría. Parece más distendida que antes; la charla con Paola y la cerveza le han sentado bien. Vuelve a acercarse y me apoya la mano en el pecho. El gesto me sorprende, pero no me desagrada.
—En cuanto te acostumbres será divertido, te lo prometo.
Me dedica una sonrisa cómplice y me coge de la mano. Dejo que sus dedos se entrelacen con los míos y tire de mí para llevarme a alguna parte. Me doy la vuelta un momento y veo a Lau mirándonos, pero no tardo en perderla de vista entre el gentío.
Ginebra me lleva a una barra en la que están sirviendo vasos.
—Puedes pedir algo para beber, si quieres —me grita en el oído.
Finjo sorpresa.
—¿Me dais vuestro permiso, mi señora?
—¿Harás que me arrepienta?
—Nunca he hecho que una dama se arrepienta de nada.
Sus ojos se entornan con suspicacia.
—Eso habría que preguntárselo a ellas.
Espera, ya no estoy seguro de sobre qué estamos hablando. Parpadeo y me giro hacia la barra. Un sirviente se acerca.
—Una jarra de un buen vino, por favor. —Alzo la voz para que me entienda por encima de la música.
Él pone cara de no haberme escuchado bien.
—¿Disculpa?
Ginebra se inclina sobre la barra.
—¡Dice que quiere vodka con limón! —exclama. El sirviente asiente—. Otro para mí, porfa.
Resulta ser una bebida de olor fuerte y amargo, llena de trozos de hielo. No sé si Ginebra ha elegido bien.
Alza su vaso para brindar y acerca la boca al cristal.
Se ha puesto algo que brilla; es como si tuviera miles de estrellitas encarceladas en los labios.
Me los quedo mirando, hipnotizado. Reflejan las luces de colores, igual que el vestido.
Al acabar de beber se relame con la punta de la lengua y mi corazón da un vuelco.
—¿Arturo?
Subo la vista a sus ojos.
—Dime.
—¿Vas a beber hoy o mañana?
Siento el vaso frío en la mano y lo empino por fin. No está tan asqueroso como me temía. Ginebra pide dos rondas más, e intuyo que esto debe de ser más fuerte que el vino, porque después la noche se empieza a tornar borrosa.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde que llegamos aquí y tampoco sé dónde está Ginebra; la he perdido de vista en algún momento. No localizo las coletas rubias de Paola, ni a Lau, ni al resto del séquito de amigas.
Decido salir a la calle a respirar aire fresco: me estoy empezando a agobiar. Al lado de la entrada, recostadas contra la pared, hay dos mujeres estridentes y feas.
Llevan unas pelucas de colores más dignos de un pájaro que de una dama, ropas que escandalizarían hasta a la dueña de un burdel y unos maquillajes espantosos.
Tienen los párpados pintados de azul y blanco, las cejas arqueadas y levantadas de un modo antinatural y unas pestañas tan gruesas que podría abanicarme con ellas.
Veo que me sonríen, coquetas.
—Hola, rey —me dice una de ellas. Tiene una voz grave que me recuerda a padre.
—Creo que me confunden —carraspeo—. No soy rey, solo el primogénito de un barón.
Ellas se echan a reír y se acercan. Los pechos enormes y monstruosos que tienen se balancean con cada paso.
—Cuánto sentido del humor.
—¿Quieres una calada? —pregunta la primera, llevándose algo a la boca. Aspira y suelta el humo—. Aprovecha, que enseguida nos toca entrar a dar la función.
—¿Es tabaco de las Américas? —pregunto con curiosidad.
—Creo que esto lo traen de Marruecos.