¿En tu siglo o en el mío? 17
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Ginebra

No te creo! —exclama Paola por WhatsApp—. ¿¿Te has mudado a la parte buena del Carmen??».

«Sí —tecleo—. Es el piso de una conocida, me ha dejado el alquiler a buen precio».

No me gusta mentir a mi amiga, pero si le cuento que he comprado este piso ella querrá saber de dónde he sacado el dinero, y no puedo hablarle de una armadura del siglo XVI .

«Necesito que me hagas un tour por tu casa nueva».

«¡Claro! En cuanto se vaya mi primo te invito a una noche de chicas como las de antes».

Suspiro al darme cuenta de lo mucho que necesito esa noche de chicas. Hace poco más de veinticuatro horas que me intentaron secuestrar, y hoy llevo todo el día chateando con Paola de cosas banales para no cagarme de miedo.

«¿Por qué parece que no quieres que conozca a ese primo tuyo?».

Me empiezo a poner nerviosa.

«¡Qué va, no es eso!».

«Veniros al Cedro de cerveceo, estoy aquí con Rafa».

Rafa. Maldito novio inútil y desagradable. No me gusta estar cerca de él porque creo que no sé disimular cuándo la gente me cae mal. Sin embargo, tengo muchas ganas de ver a Paola.

Me levanto de la silla y voy a golpear la puerta del baño; Arturo se está dando una de sus interminables duchas. Ahora ya no me molesta, porque no tengo ningún problema para pagar la factura del agua.

—¡Arréglate la barba y ponte guapo! Nos vamos a conocer a una amiga —le aviso.

Por la época en la que mi vida y la de Paola se juntaron, yo era una adolescente callada y poco interesante. La rara que se sentaba en la última fila y no tenía amigos, que llevaba ropa vieja de segunda mano y que nunca iba a las excursiones porque su padre no las podía pagar.

Ella era todo lo contrario. Acababa de venir de Argentina y tenía un acento gracioso y mil anécdotas que contar.

Llamaba la atención con su metro ochenta de altura y ese cabello rubio, y siempre llevaba ropa de marca porque sus padres tenían una empresa y mucho dinero.

También era la capitana del equipo de rugby femenino. Era, en definitiva, la chica guay.

Jamás habría esperado que Paola terminase siendo mi mejor amiga. Nunca habíamos hablado, ni siquiera estaba segura de que ella recordase mi nombre.

Eso cambió una mañana en la que descubrió mis friendship bracelets .

Ella también llevaba y, como no había ninguna swiftie en su grupo de amigas, empezó a pegarse a mí algunos patios para hablar de Taylor.

Hasta que empezaron a ser todos los recreos, y todas las tardes, y la mayoría de findes; y ya no hablábamos solo de Taylor Swift, sino que nos contábamos todo.

Para ella nuestra amistad no supuso un cambio porque siempre había estado rodeada de gente, pero para mí fue mi primera amiga. Hizo que el instituto dejase de ser un lugar hostil.

Al terminar el bachillerato ella empezó a cursar Odontología en la Universidad Europea, cuyo coste mensual de matrícula ya duplicaba el sueldo de mi padre.

Yo aprobé la selectividad con mucho esfuerzo y entré en la universidad pública.

Aun así, nuestros caminos no se separaron: seguíamos viéndonos cada vez que podíamos.

De un modo u otro, hemos seguido juntas hasta el día de hoy.

Ahora mismo ella tiene la vida resuelta como odontóloga, va a montarse su propia consulta y tiene un novio que, aunque sea imbécil, por lo menos no la ha dejado plantada.

También tiene un perro salchicha llamado Óscar; él me cae mucho mejor.

No le he contado lo del intento de secuestro porque sé cómo es y cómo se pondría. Lo único que quiero es una tarde de normalidad para quitármelo de la cabeza.

«No quiero hablar de Ricardo —le escribo un mensaje a Paola nada más bajo del coche con Arturo—. Más adelante y cuando estemos a solas, ¿vale?».

Ella me envía un sticker del Papa Francisco levantando el pulgar. Después manda otro de dos gatos abrazándose.

Contar las desgracias de tu vida a una persona a la que casi todo le va bien, aunque sea tu mejor amiga, a veces humilla más que reconforta.

—¿Recuerdas lo que tienes que hacer? —le pregunto a Arturo.

Él resopla, hastiado.

—Disimular toda sorpresa y dar muestras de entender aun lo que no entiendo.

—¡Exacto!

El sol empieza a ocultarse tras los edificios; la hora dorada lo baña todo de un color miel. Caminamos por la acera siguiendo la ubicación que me ha mandado Paola, esquivando vasos de plástico y grupitos de estudiantes que ríen y comparten botellines de cerveza.

Deben de estar celebrando el fin de los exámenes, porque las terrazas están a rebosar. Escucho retazos de conversaciones de desconocidos, y el aire huele a comida de bar, tabaco y ganas de finde. Entiendo que el Cedro sea el lugar favorito de la gente a la que le gusta la gente.

—¿Siempre hay tanto alboroto? —pregunta Arturo, fascinado.

—Es viernes.

Llegamos al bar donde nos esperan Paola y Rafa. La veo enseguida, y ella levanta el brazo para saludarnos. Desde que se cortó el pelo lleva unas coletas rubias que la hacen parecer una chica de los 2000.

Nos sentamos en la mesa y presento a Arturo como mi primo.

— Nice to meet you! —exclama Paola.

—Es de la rama española de la familia —me apresuro a corregirla.

Paola se fija en mi vestido nuevo y en mi bolso granate. Por fin he podido tirar la vieja bandolera marrón con flecos y comprar algo bonito y a la moda.

—Cambio de look —comenta, y se me escapa una sonrisa orgullosa. Luego se gira hacia los chicos—. Id pidiendo las cervezas, ¿sí? Gin y yo vamos a lavarnos las manos.

De un segundo a otro se levanta, me agarra de la muñeca y me lleva a rastras a los baños.

—¡Ey! —protesto.

Nada más llegar cierra la puerta a nuestras espaldas.

—Vos estás metida en algo —me acusa, entornando un ojo.

Me gusta cuando se le escapa algún voseo, me recuerda a cuando nos conocimos. Cuando todavía no se le había pegado la forma de hablar española.

—No sé de qué hablas.

—Primero desapareciste una semana. Cuando por fin consigo hablar contigo me dices que Ricardo te ha dejado y vuelves a desaparecer por unas dos semanas más.

Ahora de repente me dices que te has mudado a otro piso y apareces con el armario renovado y un primo refachero del que nunca me habías hablado.

Tiene razón. Dicho así, sueno sospechosa.

—Es raro de explicar —farfullo—. Simplemente se han unido muchas cosas.

—Cuéntame pues.

—Pensarías que estoy loca.

Unas estudiantes de Erasmus entran al baño y casi nos arrollan. Ocupan todo el espacio de la pila y hablan y ríen a gritos, sin mirarnos. Paola y yo esperamos hasta que se largan.

—No quiero hablar de esto, Paola.

—Igual que tampoco has querido hablar de Ricardo... ¡No quieres hablar de nada! —me dice en tono de reproche.

Sé que siempre he sido hermética y que como amiga debe de ser agotador, pero esta vez sí que tengo motivos para no contarle la verdad.

Ante mi silencio, Paola se ablanda. Da un paso hacia mí y me pone la mano en el hombro.

—Estoy segura de que Ricardo volverá. En serio. Creo que se agobió por la boda, pero en cuanto reflexione vendrá a tocar a tu puerta.

Agacho la mirada. ¿Sí? ¿Volverá?

Aunque han ido pasando los días, una parte de mí todavía lo cree. Nadie tira una relación de años por la borda así como así.

Pienso en sus rizos oscuros y en el hoyuelo de su mejilla que tanto me gustaba. «No. No pienses en él».

—Tampoco depende de mí —es lo único que digo.

Paola se está arañando las pieles del pulgar. Algo la inquieta.

—Ginebra, no quiero hurgar en el tema, pero... El viaje a México es dentro de cinco días.

¡Mierda, claro! El viaje a México.

—Joder, se me había olvidado —admito.

—¿Qué cosa tan impresionante ha pasado en tu vida como para que te olvides de algo así?

«Si tú supieras...».

—No voy a poder ir. Lo siento mucho, Paola.

Sería una locura llevarme a Arturo al otro lado del océano, y tampoco lo puedo dejar solo aquí.

Igual podría quedarse con Teresa.

No, no quiero dejarlo con Teresa. Se queda en mi casa.

—¡Lo dejaste todo pagado! —exclama Paola.

—Ya tienes a Rafa de compañero. Te lo compensaré con otro viaje. Iremos adonde quieras.

Paola no parece creérselo mucho. Seguro que sigue pensando que es todo por mi pánico a los aviones. Volvemos a la mesa sin que me insista mucho más: sabe que la decisión ya está tomada.

Rafa le está hablando a Arturo sobre jugadas de fútbol porque es su único tema de conversación. Mi primo postizo lo escucha y asiente, fingiendo que sigue el hilo. Queda más o menos convincente.

—¿A ti también te gusta el Real Madrid? —le pregunta Rafa cuando Paola y yo nos sentamos a la mesa.

—Prefiero Toledo —responde Arturo—. Fui con mi padre de niño, es muy bonito.

—¡¡Qué bien, han traído las cervezas!! —cambio de tema a gritos para que nadie procese su respuesta.

A lo largo de la siguiente hora voy guiando a Arturo en la conversación a base de toques con la rodilla. Un golpecito significa: «no preguntes sobre esto». Un buen rodillazo significa: «cállate».

—¿Qué vais a hacer luego? —nos pregunta Paola de repente.

Miro hacia el cielo: ya es de noche.

—Supongo que nos iremos a casa.

—¿Queréis venir de fiesta? Las de rugby y yo nos vamos a Deseo.

—¡Por supuesto! —acepta Arturo sin pensar.

Se lleva un golpe en la rodilla a modo de respuesta.

—No, Arturo, mañana tenemos que madrugar.

—¡Pero si es sábado! —exclama Paola.

—Sí, es sábado —repite él.

Lo fulmino con la mirada.

—Pero mi padre, tu tío, necesita ayuda con los muebles del salón.

Por Dios, qué poca imaginación tengo.

—¡Ginebra! ¡Pero qué vieja te me has hecho! —brama Paola—. Con la de buenas parrandas que nos hemos pegado tú y yo. ¿Recuerdas cuando vomitaste entre esos contenedores y resbalaste en tu propia pota?

Fuerzo una sonrisa.

—¿Cómo olvidarlo, si no me lo dejas de recordar?

—Y hoy me dices que necesitas dormir por no sé qué excusa de unos muebles.

Suelto el aire por la nariz como un toro.

—Bueno, ya está bien, no podemos ir y punto.

No voy a meter a Arturo en una discoteca queer con drag queens ; demasiado choque cultural.

—Aburrida —dice Paola.

Me giro hacia Rafa, que está callado mirando cosas en su móvil. Cosas futbolísticas, lo más seguro.

—¿Tú no puedes acompañarla? —le pregunto.

—No, no soy gay. ¿Por quién me tomas? —responde con desprecio, sin apartar la vista de la pantalla—. No pienso pisar ese zulo. Y tú tampoco deberías, Paola.

Lo dice demasiado serio como para tomarlo a la ligera. El ambiente se vuelve incómodo. Paola se remueve en el asiento y baja la mirada al vaso, como si no supiese dónde fijar la vista.

Cuando digo que Rafa es un imbécil integral, me refiero a este tipo de cosas.

—Está de broma —nos dice Paola, justificándolo igual que hace siempre—. En verdad no piensa así, ¿a qué no, Rafa?

—Seguro —gruño, sin molestarme en disimular mi malestar.

Recuerdo que me contó que él estuvo a punto de dejarla cuando se enteró de que ella es bisexual. Dijo que las chicas bisexuales le gustaban para pasarlo bien y hacer algún trío, pero no como «mujeres a largo plazo».

Sí, yo también me pregunto todo el rato cómo puede Paola llevar un año soportando a este elemento. Cómo pudo, en primer lugar, enamorarse de él.

El amor es raro y estúpido.

—Paola, tu acento se me antoja forastero —cambia de tema Arturo, y yo siento una punzada de pánico por anticipación.

—Soy de Argentina.

—No conozco ese reino, ¿es parte del Imperio español?

Se lleva un rodillazo tan fuerte que casi le disloco la pierna. Paola lo mira con las cejas arqueadas y deja escapar un resoplido incrédulo.

—¿Qué le pasa a este pibe?

—¡Le gusta bromear! —exclamo—. En verdad no piensa así.

Sabe que no puede replicar. Ella justifica las cagadas de Rafa, y yo las de Arturo. Me levanto de la mesa y tiro del brazo de mi caballero de brillante armadura. Él sisea de dolor y me doy cuenta de que es el brazo de la herida, así que me cambio de sitio y lo agarro por el izquierdo.

—Vamos a pagar, os invitamos —anuncio para desviar la atención.

Me llevo a Arturo al interior del bar y no suelto su antebrazo hasta que llegamos junto a la barra.

—No digas Imperio español —le advierto entre dientes.

—¿Por qué?

—Ya no somos un imperio.

Él se rasca el mentón, asimilándolo.

—¿Ahora somos algo más grande que un imperio?

—Somos «España» a secas.

—¿Qué hay de las colonias?

—Ya no tenemos.

—¿Se las quedaron los ingleses? —se preocupa.

Apoyo los codos en la barra y le dirijo una mirada furtiva.

—Se las quedó la gente que vive allí. Cosa que, si lo piensas, es bastante coherente.

—¿Y qué hay de Argentina?

—Es un país de América.

Su cara se tiñe de sorpresa.

—¿Paola es una habitante del Nuevo Mundo?

—Por Dios, no la llames así.

Me doy cuenta de que a nuestro lado hay una chica escuchando la conversación. Pone una cara rara y se aleja.

Por fin el camarero advierte mi presencia y se acerca con el datáfono. Paso la tarjeta de crédito por la ranura y suena el pitido.

—Ginebra... —carraspea Arturo—, ¿no quieres ir a la fiesta por miedo a que vuelvan a atacarte?

Me doy la vuelta y recuesto la cadera en la barra, quedando frente a frente con él.

A decir verdad, no he pensado en esos matones en lo que llevamos de tarde.

Y está bien, lo admito: el choque cultural es lo de menos.

Meternos toda la noche en una discoteca, beber alcohol.

.. con la personalidad impulsiva de él. ¿Y si hace alguna locura?

«Tú también puedes ser impulsiva», me recuerda una voz en mi cabeza.

Recuerdo cómo me sentí con la mejilla recostada en su pecho, cuando me estrechó contra él hasta que me dormí. Aprieto la mandíbula y regreso al presente.

—No, no me asusta otro ataque. Es solo que deberíamos evitar las fiestas a toda costa —decido, tajante.

Arturo se apoya en la barra a mi lado, tan cerca que su brazo roza el mío. Contengo la respiración, pero no me aparto.

—Ya sé que en un par de semanas lo olvidaré, pero lo que me espera al volver es un matrimonio concertado y... la guerra —suspira, mirándome de reojo—. Sería genial divertirme un poco ahora que puedo.

Le doy un puñetazo en el hombro bueno.

—Me intentas ablandar.

—¡Claro que no!

—Claro que sí.

Se le escapa una sonrisa culpable.

—¿Y funciona?

Recuesto el codo en la barra y apoyo la mejilla sobre el puño. Le miro a los ojos y suspiro: en el fondo estoy deseando ir.

—Está bien —resoplo—. Pero te prometo que no volveremos tarde.

A estas alturas ya debería saber que las noches que empiezan con esa promesa son las que más se alargan. Y las más intensas.