16 #2
Parece que, cuando es realmente importante, la policía sí que es rápida. Escondo a Arturo debajo de mi cama, limpio cualquier rastro de sangre que haya por el suelo y a continuación cierro la puerta del dormitorio.
Atiendo a los policías en el salón. Me piden que describa a los dos hombres, la furgoneta, me preguntan si recuerdo la matrícula (por supuesto que no; ¿acaso soy una niña prodigio de las mates?) y que narre con todo lujo de detalle los hechos.
Estoy tan nerviosa que apenas me entero de lo que estoy contando.
—Su vecina, la que nos llamó primero, dijo que estaba con su pareja y que a él también lo atacaron. ¿Dónde está?
Cierro los ojos y me masajeo la sien: me va a estallar la cabeza.
—No era mi pareja, no sé quién es. Era un chico que pasaba por la calle y me ayudó.
—¿Podría prestar declaración también?
—No sé ni cómo se llama —reitero—. Se fue.
—Nos dijeron que había sangre.
—A la gente le gusta exagerar las cosas.
Por suerte no insisten. Me hacen un par de preguntas más, toman todos mis datos y se marchan, prometiéndome que los encontrarán. Espero unos minutos por si acaso y voy a avisar a Arturo de que ya puede salir. Tengo que curarle esa herida.
Lo llevo a la cocina. Me cuesta respirar y no para de empañárseme la vista. No me siento segura en mi propia casa.
—Te va a doler —intento decirle a Arturo, metiendo su brazo en el fregadero.
No es una herida tan profunda como parecía a la escasa luz de la calle, pero sangra de forma escandalosa. Sobre todo ahora que se está mezclando con el agua.
—No es nada —trata de restarle importancia—. De verdad, peores percances he sufrido en mis entrenamientos como caballero. Tengo una colección de cicatrices.
Intenta disimular, pero él también está nervioso. Lo podrían haber matado por defenderme.
Vierto yodo y agua oxigenada sobre la herida, él sisea de dolor y sacude el brazo. Lo sujeto para que no se mueva. Le coloco la gasa y el esparadrapo con cuidado, me tiemblan los dedos. Una lágrima me cae por la mejilla y me la seco con disimulo.
—Ginebra...
—Ya está, estoy bien —farfullo, a pesar de que me quedo sin fuerza en las piernas—. La policía hará su trabajo y...
Arturo me abraza, evitando sin saberlo que me caiga. Suelto el aire poco a poco.
—Estás a salvo —murmura, y consigo creérmelo aunque sea a medias.
Entierro el rostro en su pecho y rodeo su espalda. Lo aprieto contra mí y dejo que me acune. Lo que ha pasado es tan grave que me permito ser vulnerable por primera vez en mucho mucho tiempo. No recordaba que se sentía tanta paz.
Por algún motivo, me deshago en sollozos y, aunque parte de mí se siente débil y avergonzada, no los reprimo. Arturo me acaricia el pelo, despacio. Tomo aire por la nariz. Es extraño, pero sentir su olor también me serena.
Me sorprende darme cuenta de lo bien que encajan nuestros cuerpos, de lo cómodo que es abrazarlo.
Por un momento, dejo de pensar. Él me estrecha un pelín más fuerte.
Creo que le estoy empapando de lágrimas la camiseta del pijama, y darme cuenta me hace espabilar.
Me separo de él y me seco las mejillas, balbuceando una disculpa.
Seguimos estando muy cerca. Alzo el rostro para mirarle a los ojos; sus iris turquesa me devuelven la mirada. Me limpia con el pulgar una lágrima que ha escapado de mi control y el corazón me da un pequeño vuelco en respuesta.
Carraspeo y me alejo de él por completo. Me giro hacia el banco de la cocina y lleno un vaso de agua.
—Deberíamos intentar dormir.
—¿Quieres que te acompañe al dormitorio? —pregunta.
Me bebo el vaso del tirón para no tener que contestar de inmediato.
«Dile que no hace falta, ya estás mejor», dice mi cerebro.
—Vale —dice mi boca.
Cuando llegamos a mi cuarto descubrimos que Zampanchina se ha apoderado de mi cama, estirándose justo en el centro. Sin embargo, debe de intuir que algo gordo ha pasado, porque se aparta y baja al suelo sin necesidad de que le diga nada.
Me siento en el borde del colchón y alargo la mano hacia la mesita de noche para coger mi peine.
Suelto la goma que llevaba y me cepillo el pelo.
El rostro del hombretón rubio vuelve a mi mente y siento de nuevo el miedo de tenerlo encima.
Se me acelera un poco la respiración y empiezo a peinarme con más fuerza.
—Me marcho a mi alcoba —dice Arturo, y el pánico se intensifica—. Que duermas bien.
—¡Espera! —exclamo, tomándole de la muñeca. Él me mira con sorpresa—. Es que... ¿Crees que...? —farfullo como una tonta—. ¿Puedes dormir aquí hoy?
«¿Qué narices haces?», vuelve a la carga mi cerebro.
Su rostro se llena de desconcierto, y no me extraña. Ha sido un arrebato estúpido. Abro la boca para disculparme y despedirme hasta mañana, pero él responde:
—Claro.
Ahora soy yo la sorprendida. Observo cómo abre la manta y se tumba en mi cama; parpadeo y me obligo a reaccionar. Me meto yo también bajo las sábanas y me recuesto a su lado.
Como mínimo deberíamos mantener las distancias, la máxima lejanía posible dentro de la limitación del colchón. Sin embargo, él no se aleja, y yo tampoco. Deseo estar cerca otra vez.
Dejo que me rodee el cuerpo con el brazo y me envuelva con su calor. Sé que esto cruza una especie de línea, pero no me apetece pensarlo.
Recuesto la cabeza en su pecho. Se notan los años de entrenamiento: su torso está duro y fornido.
Cierro los ojos y suspiro. Ya no tengo miedo; mis músculos se relajan poco a poco.
Siento su respiración pegada a la frente y escucho el latir de su corazón.
Tiene el pulso acelerado; lo achaco al susto de antes.
Recuerdo la navaja en la mano del tipo, el corte abierto en su brazo.
Cómo me empujó detrás de él para protegerme.
—Gracias —susurro antes de quedarme dormida.
Despierto abrazada a Arturo como si fuera mi osito de peluche.
«Madre mía, Ginebra, qué vergüenza».
Me incorporo con un sobresalto y me levanto de la cama. Él entreabre los ojos y se estira, adormilado. Veo el parche ensangrentado en la cara externa de su brazo y me apresuro a hablar antes de que la situación se vuelva incómoda.
—¿Cómo va tu herida?
Él bosteza y se toma su tiempo para responder. ¿De verdad está tranquilo?
—Duele menos. ¿Tú estás mejor?
Al pensar en los atacantes me da vueltas la cabeza. Para colmo, a la angustia se le suma el bochorno de recordar lo mucho que me pegué luego a Arturo. ¿Por qué dormir juntos me pareció una buena idea?
Fuerzo una sonrisa.
—Más o menos, sí.
—¿Habías visto a esos hombres alguna vez?
—Ayer estuvieron merodeando por la calle, pero antes de eso jamás. Igual se enteraron de que habíamos ganado mucho dinero con la armadura y querían robarnos.
Es la opción más lógica, pero sé que algo se me escapa. Algún motivo que nunca podría adivinar.
El timbre del móvil interrumpe mis cavilaciones. Es la policía. Parece que han detenido a los dos tipejos y los tienen bajo arresto en comisaría; necesitan que vaya a verificar que son ellos.
Casi se me escapa un grito de alivio. Saber que están encerrados y esposados hace que por fin pueda empezar a sentirme segura.
Dejo a Arturo en casa para no correr riesgos y me dirijo a la comisaría donde me han citado.
Veo a los dos matones que intentaron secuestrarme detrás de un cristal tintado.
Con los hombros hundidos y bostezando no parecen ni la mitad de amenazantes.
El rubio lleva el ojo izquierdo vendado; me pregunto si lo dejé tuerto con las llaves.
—Sí, son ellos —confirmo.
—Muchas gracias, señorita Calderón —me dice la agente de comisaría—. Puede estar tranquila, no forman parte de ninguna banda organizada ni tenían un móvil específico contra usted.
Me froto los brazos, un poco incómoda.
—¿Estáis seguros?
—Sí. Ambos tienen antecedentes penales en Bielorrusia, estaban aquí sin papeles. No trabajan con nadie; usted está a salvo.
Una pequeña parte de mí no se lo termina de creer, pero termina ganando la parte que necesita creerlo. Me explican cómo seguirá el procedimiento: los dos tipos irán a prisión provisional a la espera de juicio, donde me tocará declarar. Y yo que pensaba que esta pesadilla podría acabar rápido.
Media hora después estoy de nuevo con Arturo. Hemos ido a tomar un refresco para olvidar un poco el susto. Él ha encontrado un granizado azul parecido al que descubrió en el Bioparc.
—Estoy a salvo —repito para terminármelo de creer—. Y he tenido suerte. Hay gente que se dedica a hacer el mal y me tocó estar en medio por pura casualidad.
Un mensaje desvía mi atención. Es de Teresa.
«¿Ginebra? ¿Estáis bien?».
Frunzo el ceño, extrañada. ¿Se ha enterado de la movida?
«Por qué lo dices?», escribo de vuelta.
«Nada, porque hace días que no sé de vosotros».
Y le ha dado por hablarme justo después de un intento de secuestro. Tremenda casualidad.
«Anoche me intentaron secuestrar», la informo.
«¡Qué me dices! ¿Es una broma?».
Dejo el teléfono en la mesa con un golpe seco. De repente no quiero seguir hablando con ella.
—Arturo..., ¿tú confías en Teresa? —le pregunto.
—Es rara. No lo sé.
Decido soltarlo de golpe.
—Yo tampoco lo sé.
—Es turbia y un poco oscura. Una bruja, vaya. Pero no nos ha hecho nada malo.
Le doy vueltas a la limonada con la pajita. Sí, tiene razón. El susto de anoche fue tan grande que debo de estar montándome películas. De repente me siento fatal por haberme preguntado durante medio segundo si Teresa tiene algo que ver con los matones bielorrusos.