¿En tu siglo o en el mío? 16
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Ginebra

Durante estos últimos diez días he podido comprobar que la vida con dinero es mucho más divertida.

He comprado mi primer apartamento, en la parte bonita del Carmen.

La de los turistas y las fotos para Pinterest, la que no huele a pis ni se llena de adolescentes haciendo botellón cada viernes.

Ahora, cuando bajo a la calle, veo librerías antiguas, cafeterías dignas de una peli romántica y calles de adoquín por las que dan ganas de pasear con vestidos vaporosos y sandalias.

Ramona, la vecina del tercero, nos ayudó a trasladar las cosas al apartamento nuevo. Es pequeño, pero mucho más espacioso que el anterior. Arturo ya no tiene que dormir en un colchón en el suelo: he preparado un cuarto para invitados y lo está usando como habitación propia.

Mi vida por fin parece ir sobre ruedas, hasta que una mañana una furgoneta gris aparca cerca de mi portal. Un hombretón rubio abre la puerta y alza la vista hacia mi ventana. Sus ojos se topan con los míos y, por alguna razón, siento un escalofrío tan desagradable que cierro la cortina.

Por la tarde, al salir con Arturo a hacer la compra, veo que el vehículo sigue estacionado en el mismo sitio, esta vez vacío.

—¿Qué ocurre? —pregunta Arturo al ver que me he quedado mirando la furgoneta.

De repente me siento rara. Soy una paranoica.

—Nada —farfullo, echando a andar.

¿Cómo voy a explicarle el nudo que tengo en el estómago si ni siquiera yo lo entiendo?

Intento ignorar la sensación, pero para cuando llegamos al supermercado tengo los hombros tensos y la mandíbula rígida.

Me siento como si un montón de explosivos me fuesen a estallar en la cara en cualquier momento.

« Escolta la teua intuïció i mai ficaràs l’haca », solía decir mi abuela antes de volverse loca. Escucha a tu intuición y nunca meterás la pata.

«La intuïció, Ginebra, es aquell moment en què el cos ho sent, però la ment encara no ho sap».

Cuando el cuerpo lo siente aunque la mente aún no lo sepa.

De repente me aterra volverme loca como ella.

Sacudo la cabeza y me obligo a apartar esos pensamientos.

Me centro en lo mundano: la lista de la compra, las oposiciones (llevo días sin estudiar), la declaración a Hacienda de mi nuevo patrimonio, los papeles legales.

Arena de gato para Zampanchina Miaumiau, que como se me vuelva a olvidar, me pego un tiro.

Y palomitas de mantequilla: hoy es noche de Juego de tronos con Arturo.

Cuando regresamos a casa ni siquiera miro de reojo hacia la furgoneta gris.

Ver Juego de tronos con Arturo es una actividad de lo más entretenida porque tiende a creérselo todo.

—No me puedo creer que lo hayan matado —murmuró afligido cuando se cargaron a su personaje favorito, al final de la primera temporada.

—No está muerto, es un actor —suspiré.

—¡Pero si le han cortado la cabeza! ¿Cómo va a sobrevivir a eso?

Tampoco entiende lo que son los efectos especiales.

—¡¡Dragones!! —exclamó cuando eclosionaron los huevos de Daenerys Targaryen.

Hoy se nos han quemado las palomitas. Yo he picoteado solo las blancas, pero a Arturo le da igual todo y se las está comiendo a puñados. Estamos viendo toda la intro porque, aunque ya la ha visto infinidad de veces, le gusta tanto que siempre me pide que no la salte.

—Eres un pesado —suspiro, encontrando otra palomita blanca.

Un estruendo proveniente de la cocina interrumpe la canción.

—¡Zampanchina! —exclamo, levantándome del sofá.

A la gata malcriada no le ha gustado el cambio de casa y ahora se dedica a molestarnos con varios desastres al día.

Esta vez ha volcado el cubo de la basura: las cáscaras de gamba de la cena están esparcidas por el suelo.

Ella me mira desde lo alto de la encimera, con el pecho henchido de orgullo y una expresión de mala leche.

—Te odio —le digo, e imito uno de sus bufidos. Igual si hablo en su idioma lo entiende.

Vuelvo a meter las gambas al cubo de un escobazo y saco la bolsa; si no tiramos esto mañana va a apestar.

—¿Qué ha hecho esta vez?

Arturo ha asomado la cabeza en la cocina. Levanto la bolsa de basura a modo de respuesta.

—Voy a bajar a tirar esto en un momento.

—¿Tú sola? —se preocupa.

—Arturo, el contenedor está enfrente del portal. Tú sigue con la intro, ponla desde el principio si te apetece.

Él no parece tenerlas todas consigo, pero no insiste. Salgo de casa con el pijama y mis pantuflas con forma de rana, confiando en que no voy a encontrarme a nadie a estas horas.

Claro que no. Al llegar al portal me doy cuenta de que son más de la una de la madrugada, y de repente el peso en el estómago regresa.

Se me había olvidado por completo mientras compraba en el súper con Arturo, cuando me reía mientras cocinábamos las gambas y con el fastidio de quemar las palomitas, pero ahora está aquí otra vez.

Mis pies se han quedado quietos en el escalón que me separa de la calle, y la bolsa de basura pesa en mi mano. El líquido del marisco empieza a chorrear: una gota se cuela en la pantufla y me moja el pie. Me lo restriego con la otra pierna, esbozando una mueca de asco.

La calle oscura me espera; localizo el contenedor verde. Siento el impulso de subir a casa y volver a colocar la bolsa de basura en su cubo.

Me pregunto si mi abuela se volvió loca por hacer caso a su «intuición».

Cierro los ojos y respiro hondo, aunque el aire se haya vuelto pesado. Sin pensar mucho, bajo el escalón. El contenedor se convierte en la línea de meta, pero no hace falta acelerar como una cría asustada para llegar hasta él.

La penumbra cubre las aceras y los huecos tras los coches. Cada paso que doy suena más fuerte de lo que debería. Me giro hacia atrás y hacia los lados, aprieto el paso sin querer. Todo me parece hostil: los portales cerrados, los coches aparcados, incluso los árboles parecen observarme.

«No seas tonta», me repito.

Llego al contenedor por fin, lanzo la bolsa dentro y suspiro de alivio. Entonces veo a lo lejos la furgoneta gris, el morro asomando desde la calle paralela. Hay una silueta negra en su interior.

Doy media vuelta y echo a correr hacia mi portal, apretando las llaves en la mano. A la mierda el intento de no asustarse. Unos pasos resuenan tras de mí, y antes de que me dé tiempo a girarme tengo un saco en la cabeza.

Empiezo a gritar como una posesa; alguien me tapa la boca. Me retuerzo entre unos brazos masculinos. Una manaza me aprieta los codos y los retuerce. Vuelvo a gritar, esta vez de dolor. Consigo arrearle un pisotón en el pie, pero apenas se inmuta.

Me da la vuelta. El saco me impide ver nada, y la mano en la boca apenas me deja respirar. Noto humedad alrededor de los ojos, empapando la tela. No sé cuándo he empezado a llorar.

—Si tú gritar, yo haré daño —sisea el hombre. Tiene un fuerte acento extranjero, de Europa del Este.

Levanto la rodilla y consigo asestarle un rodillazo en la entrepierna. Apenas lo he pensado, mi cuerpo ha decidido actuar. Mi atacante ruge y me suelta durante unos segundos, lo suficiente para que me quite el saco y eche a correr.

—¡¡¡Ayuda!!! —grito.

No consigo llegar al portal; se me vuelve a echar encima y me inmoviliza contra el asfalto. Por fin lo veo de frente. Es el hombre rubio que vi esta mañana junto a la furgoneta. Ahora sé que tiene un cómplice: había una silueta dentro de su vehículo hace un rato.

—¡¡¡Ayuda!!! —vuelvo a gritar.

Él suelta una de mis muñecas para taparme la boca, y yo recuerdo que llevo las llaves en la mano. Le atesto un golpe en el pómulo: el hierro se cuela bajo su párpado y se le escapa un alarido. Un hilo de sangre cae por su mejilla como si de una lágrima oscura se tratase, pero sigue sin soltarme.

Hasta que alguien lo agarra de los hombros y me lo quita de encima. Veo los fuertes brazos de Arturo empujándolo lejos de mí. Le arrea un puñetazo en el mismo lado en el que le acabo de golpear yo, luego le pega otro bajo la mandíbula y termina de tumbarlo.

Arturo se acuclilla junto a mí.

—¡Ginebra! —exclama—. ¿Te ha hecho algo?

Me pasa un brazo bajo los hombros y me ayuda a levantarme. Quiero avisarle de que hay otro más, pero el miedo me paraliza la boca. Entonces veo la silueta y me espabilo.

—¡Cuidado! —exclamo.

Un tipejo se acerca a nosotros dando pasos largos. Es flaco y larguirucho; entiendo que le haya dejado la faena al rubio grandote. Sin embargo, algo plateado brilla en su mano: lleva una navaja.

Arturo me empuja detrás de él y extiende el brazo para protegerme. De forma inconsciente se lleva una mano a la cadera, buscando una espada que ya no tiene.

Lo siguiente pasa muy deprisa: el delincuente se acerca a Arturo, él se defiende golpeándolo e intenta quitarle la navaja. La sangre salpica el suelo. Grito. Arturo retrocede, sujetándose el brazo.

En ese momento se encienden varias luces en el edificio de al lado. Una mujer en bata aparece en el portal y se pone a chillar.

—¡¡Rápido, que alguien llame a la policía!!

El hombre larguirucho se guarda la navaja y espabila a su compañero con una buena bofetada. Corren hacia la furgoneta y, de un momento a otro, los perdemos de vista.

Más vecinos curiosos empiezan a asomarse a los balcones. Parlotean a la vez, pero solo soy capaz de escuchar un barullo insoportable. Me zumban los oídos; en mi vista solo cabe Arturo.

—Dios mío —farfullo, rozando con los dedos su brazo herido.

—¡Voy a llamar a una ambulancia! —exclama la vecina. No sé en qué momento se ha acercado tanto a nosotros.

Una parte de mi cerebro continúa lo suficientemente lúcida como para saber que no podemos hacer eso. Ni hospital ni policías. Arturo no tiene documentos.

—¡Una patrulla está de camino! —exclama un vecino desde la ventana.

«Mierda».

Me aferro al brazo sano de Arturo y tiro de él.

—Vamos a subir a casa, les prestaremos declaración desde allí.