¿En tu siglo o en el mío? 15
28%

15

Teresa Diez días después

Mata a Ginebra. Trae de vuelta a Arturo.

Mata a Ginebra. Trae de vuelta a Arturo.

Mata a Ginebra. Trae de vuelta a Arturo.

Un arañazo más y terminaré de perder la cabeza. Tengo esas dos frases escritas con sangre por todo el cuerpo. Creía que Isa se estaría tranquila y esperaría a que volviese para pedirme explicaciones, pero no ha sido así.

Algo gordo debe de estar pasando en Rocahumbría. Desde que crucé el portal con Ginebra y con Arturo, Isa no me ha dejado dormir. Me despierto en mitad de la noche gritando de dolor, mientras nuevos arañazos con forma de palabras brotan en mi carne.

Cuando llegamos por primera vez al presente, una de las cosas que despertaron la curiosidad de Isa fue la multiculturalidad.

Se dedicó a estudiar brujerías de todo el mundo, algo que no estaba a nuestro alcance en el siglo XVI .

Empezó a juntarse con una bruja dominicana que tenía una tienda esotérica, y allí pasaba horas aprendiendo rituales de santería. También descubrió el vudú.

No esperaba que algún día lo usara contra mí.

Suelto un alarido y me doblo sobre mí misma mientras siento un filo invisible rajándome la tripa.

Estoy tendida en el suelo de mi habitación y no sé si es de día o de noche; ni siquiera recuerdo si he comido hoy.

Levanto la camiseta sucia del pijama, esperando encontrar las dos frases de siempre.

Sin embargo, esta vez hay un nombre y un apellido.

Elvira Jiménez.

—¡No! —bramo mientras se termina de perfilar la letra zeta.

Froto los arañazos como si así se fueran a borrar, pero solo consigo restregar la sangre. El rugido que sale de mi garganta reverbera entre las estrechas paredes de mi cuarto.

Con Elvira, no.

Isa ha caído muy bajo. O está muy desesperada. Ya han pasado dos semanas desde que se cerró el portal y Arturo quedó atrapado en este mundo. La mitad del tiempo. Solo tiene que esperar dos semanas más y lo tendrá de vuelta sin necesidad de que yo asesine a nadie ni abra un segundo portal.

Pero Isa no quiere esperar.

Me abrazo a las rodillas, llorando. El frío del suelo cala poco a poco en mi piel; la dureza del mármol se me clava en las caderas. Grito de dolor al sentir un nuevo arañazo. Sobre el nombre sanguinolento de mi hija está apareciendo la frase habitual:

Mata a Ginebra. Trae de vuelta a Arturo.

Quizá don Francisco de Mendoza ha tenido un ataque de cólera al llegar la fecha de la boda de su hijo y seguir este desaparecido; puede que haya amenazado a Isa.

O tal vez es la obsesión de ella por poseer más dinero del que podemos gastar, y lo que la está cegando es la promesa de nuestro peso en oro.

Claro, si se cumple la profecía y Arturo muere en la próxima luna nueva, don Francisco no nos pagará nada. Nuestro peso en oro a cambio de quitar de en medio a Ginebra y, de este modo, romper la profecía. Ese era el trato.

A Isa le da igual lo que pase con Arturo, pero llevándolo a Rocahumbría antes de tiempo se asegurará de ponerlo frente a su padre vivito y coleando, como un trofeo. Él nos dará el oro y volveremos al presente siendo millonarias.

Siento la garganta a punto de estallar. Me pongo en pie dando tumbos y vuelvo a gritar. Cada objeto que me rodea se convierte en enemigo: derribo la silla, barro los libros, hago que el vaso salte por los aires y se haga añicos contra la pared.

Cuando ya no queda nada que destrozar me quedo quieta, temblando, con el pecho agitado y los ojos empañados.

Odio a Isabel con toda mi alma. Ella, que me tendió la mano cuando no nos quedaba nada, que se convirtió en mi hermana, que nos sacó de la miseria... ahora se vuelve contra mí. Utilizando a mi hija, a quien juró proteger.

—¡Eso es muy sucio! —rujo al vacío, como si ella me pudiera oír.

Siempre supe que el brillo del oro hipnotiza y retuerce a las personas, pero de ella no me lo esperaba.

Me echo un chal sobre los hombros y bajo las escaleras hasta llegar a mi consulta de tarot. Lleva días cerrada. Un pequeño caldero de bronce arde de forma ininterrumpida a fuego lento: la poción del olvido.

Empiezo a maquinarlo todo: traeré hasta aquí a Arturo y a Ginebra; necesitaré que estén inconscientes. A ella... haré lo que necesite hacer con ella.

Siento náuseas al darme cuenta de lo que estoy planeando. ¡¿Se me está yendo la cabeza?!

El recuerdo de la daga clavada en el pecho de Gertrudis, junto al limonero, vuelve a mi mente. Imagino a la joven Ginebra en su lugar y me rompo en sollozos.

No puedo. No puedo hacerles eso. No podría vivir tranquila ni un segundo más de lo que me quede de vida.

Pero, si no lo hago... La que acabará con la daga en el pecho será mi hija. Y perderla a ella sería aún más doloroso. No pude traerla al presente, pero al menos pude protegerla. ¿Cómo voy ahora, después de tantos años, a permitir que Isa le haga daño?

Observo de reojo la poción burbujeante. Mis reservas mágicas se han debilitado por el esfuerzo de crearla. No voy a poder usar encantamientos para secuestrar a los muchachos, pero por suerte la brujería no es el único poder que tengo.

Camino hacia la alacena de la trastienda. Aquí es donde guardo el oro que me he ido trayendo al futuro durante estos veinte años. Oro español manchado con sangre azteca, multiplicado hasta el absurdo gracias a la inflación y convertido en sendos billetes.

Mis manos tiemblan cuando extraigo un fajo violeta de billetes de quinientos.

Solo aquí debe de haber diez mil euros. Puedo comprar una vieja furgoneta y pagar a unos matones para que se encarguen de la peor parte de la faena.

De ser necesario, también podría sobornar a alguien en el proceso.

Lo que sea para no tener que hacerlo yo.

Me derrumbo en un sillón, sollozando.

—Lo siento —murmuro—. Lo siento, Ginebra.