14 #2
Arturo esboza una sonrisa triste. Sus iris turquesa reflejan una emoción que no sé descifrar.
—Bueno... estoy seguro de que algún día lo conseguiremos.
Se levanta para llenar un vaso de agua fresca y me lo tiende. Mientras bebo, me invade la culpa.
—Arturo, yo... —farfullo, apartando el vaso—. Siento haber sido borde contigo al principio.
Él parpadea.
—¿Borde?
—Desagradable —aclaro—. No sé por qué soy así. Y no me gusta.
—Está bien, Ginebra, ya estaba acostumbrándome a que me dieses guerra —bromea.
Alarga la mano hacia el vaso del que acabo de beber y se lo acerca a la boca. Veo la marca de mis labios en el cristal, reacciono y lo aparto de un manotazo al darme cuenta del peligro. El agua nos salpica en la cara.
—¡Cuidado! —exclamo.
Nos miramos con cara de preocupación, dándonos cuenta de que romper la norma de no intercambiar fluidos conviviendo juntos no es tan difícil.
—A partir de ahora yo usaré los vasos de cristal y tú los de colorines del desayuno —decido—. ¿Qué te parece si...?
El sonido del timbre me interrumpe. Seguro que mi madre se lo ha pensado mejor y ha vuelto para hablar las cosas como adultas. Sin embargo, cuando voy a abrir, me encuentro a tres personas en traje, dos hombres y una mujer.
—Buenas tardes, ¿está Arturo en casa? —pregunta el primero.
Me giro hacia Arturo con la ceja arqueada, interrogándole con la mirada. Para mi sorpresa, él se levanta de la silla y va a estrecharle la mano.
—Buenas sean sus tardes, señor Vázquez —le dice.
—¿Conoces a estos tipos? —exclamo sin dar crédito.
—Solo al señor Vázquez —responde Arturo.
Los tres uniformados entran en mi piso. Abro la boca para decir algo, pero la vuelvo a cerrar.
—Yo soy Jorge Vázquez, representante del matrimonio Estellés —se presenta.
¿Habla del matrimonio que financió la restauración de Rocahumbría y se encarga de mantener el parque?
—. Ella es Julia, experta en arte militar europeo, y él es Ramiro, el abogado que se ha encargado de los papeleos y el contrato.
Asiento con la cabeza, abrumada.
—Ah, bien —farfullo como una tonta—. ¿Estamos en un lío o algo?
Si es así, no sabría decir la razón. ¿Intento de secuestro de nutrias? ¿Viaje temporal no autorizado?
—Venimos porque el tasador ya ha valorado su armadura —responde, girándose hacia Arturo—. El señor y la señora Estellés desean adquirirla cuanto antes para el parque.
Me giro hacia el rincón donde dejamos la armadura de Arturo el primer día y me doy cuenta de que ya no está. ¡¿Cuándo se la han llevado?! Estoy tan acostumbrada a ver ese rincón vacío que ni me había percatado.
—¿Cuál es vuestra oferta final? —pregunta Arturo.
Me sorprende ver que es capaz de ser serio; incluso aparenta ser una persona responsable.
—Con la espada incluida, quinientos mil euros.
Me atraganto con el aire y empiezo a toser.
—Un momento —carraspeo, levantando el dedo en el aire. Cojo a Arturo por la muñeca y me lo llevo a mi dormitorio. Busco con la mirada al señor Vázquez—. Enseguida volvemos.
Cierro la puerta tras nosotros y me giro hacia él.
—¿Por qué quieres vender la armadura? ¿Estás loco? —le espeto—. ¡Ese dinero no te va a servir de nada en tu época!
—Lo sé —responde, encogiéndose de hombros—. Es para ti, no para mí.
Me apoyo en la puerta: estoy a punto de marearme. Mejor dicho, estoy mareada ya.
—¿Cómo que para mí? ¿Para mí por qué?
—Para que pagues el alquiler de este mes —responde como si fuera obvio—. Perdiste el trabajo por mi culpa, así te lo puedo compensar.
Se me escapa una exclamación ahogada.
—Arturo, no puedo aceptar medio millón de euros. No. Es mucho. Diles que te devuelvan la armadura...
—¿Y el alquiler? —me interrumpe.
—No necesito tanto dinero para poder pagarlo, ¡con medio millón me podría comprar un piso en la playa!
Él esboza una sonrisa.
—Pues cómpralo.
Niego con la cabeza una y otra vez; apenas puedo pensar.
—Tu padre se va a poner furioso como vuelvas sin la armadura.
Él deja escapar una risa amarga.
—Desaparecí de la boda de mi hermana sin dar explicación, voy a faltar a mi propia boda dentro de unos días y no voy a llegar a tiempo a mi alistamiento militar. Honestamente, Ginebra, mi padre tiene tantos motivos para enfurecerse conmigo que dudo que le vaya a importar mucho esa armadura.
Junto las manos en mi pecho y siento mi corazón latiendo con fuerza. Me obligo a tomar aire: estaba aguantando la respiración. Medio millón de euros. ¿Cómo es posible que me caiga del cielo medio millón de euros?
—Es demasiado —repito.
Él sacude una mano en el aire.
—No seas exagerada. Mi padre tiene muchas tierras, y oro. Mandará al herrero de la familia a preparar otra y listo; no es un problema de tanta envergadura. Quiero que te quedes con el dinero.
Ojalá pudiera meterse en mi cabeza y ser consciente de la importancia que tiene esto para mí. Parpadeo para desempañarme los ojos y me alejo de la puerta. Doy un paso hacia él.
—Arturo... —farfullo. Se me escapa una risa nerviosa—. Perdón, es que no tengo palabras.
Medio millón de euros. Mis rodillas ceden un poco y Arturo me sujeta de los brazos para que no caiga. ¿De verdad estoy a punto de desmayarme por la emoción?
«No hagas nada ridículo, Ginebra».
—¿Estás bien? —se preocupa.
—Es que... No tienes ni idea de lo que ese dinero supone para una persona de esta época —balbuceo. Todavía no sé cómo sentirme; me apetece correr, llorar, saltar y lanzarme a una piscina, todo al mismo tiempo—. Me acabas de solucionar la vida, Arturo.
Él me suelta para erguirse y llevarse una mano a la frente, en posición militar.
—Para eso estamos los caballeros, salvamos a doncellas en apuros —dice en tono teatral.
Se me escapa una carcajada. La confusión inicial da paso a la euforia de un momento a otro. En un arrebato me lanzo a su cuello y le doy un abrazo tan fuerte que casi nos caemos al suelo. Me aparto enseguida, abochornada.
—Perdón —farfullo. Por suerte la alegría es tan grande que anula la vergüenza—. Gracias, en serio. Recordaré este momento hasta el día en que me muera.
La sonrisa se congela en el rostro de Arturo.
—Yo no.
Ladeo la cabeza, sin entender. Algo me huele a chamusquina.
—¿Cómo que no?
—Teresa está preparando una poción del olvido —carraspea—. Tendré que beberla cuando vuelva y... no recordaré ni un solo día de este mes.
Me pongo seria de repente; algo me oprime el pecho. Abro y cierro la boca. Parece que también me he quedado sin palabras.
—Vaya —farfullo para llenar el silencio.
Sus ojos se encuentran con los míos de nuevo y la losa en el pecho se vuelve un poco más pesada.
—Bueno, seguro que ardes en deseos de que me vaya para que tu vida vuelva a ser normal —sonríe sin ganas.
—Y tu vida también volverá a ser normal, supongo.
—Despertaré en el bosque sin mi armadura y con una ligera resaca —intenta bromear.
—Y podrás seguir haciendo... tus cosas de persona del siglo XVI . Sin recuerdos molestos de mi mundo.
En unas semanas, Arturo habrá olvidado la existencia de los dinosaurios y lo poco que le gusta mi flequillo. Se habrá olvidado de mí.
«¿Qué más da? —me digo para animarme—. Ya sabías que no volverás a verlo cuando cruce el portal. Que te recuerde o no, no cambia nada».
Pero no me animo en absoluto.