¿En tu siglo o en el mío? 14
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Ginebra

No sirve de nada que Arturo me tenga cogida por la cintura; en el momento en que abro la puerta mi madre me arranca de sus brazos para aplastarme y llenarme de besos, a pesar de saber que detesto que me estrujen. Espero que al menos no me manche la camisa de autobronceador.

Cada vez que reacciona de forma exagerada al verme no puedo evitar preguntarme por qué no tuvo las mismas ganas de abrazarme durante esos siete años de ausencia.

En fin. Mi vena rencorosa.

A Arturo le da dos besos y lo saluda en inglés, a lo que él se la queda mirando con cara de circunstancias.

—Mamá, no te entiende.

— Really? —responde sin cambiar de idioma.

—Yes.

—He should learn English.

— Don’t say that to him —la advierto. Arturo nos está mirando con atención. Su mirada baila de ella a mí, como si escuchando bien pudiera adivinar lo que decimos—. Habla español, anda, que para algo viviste muchos años aquí.

Por suerte no pone más pegas. Entra en casa, lanza su bolso al sofá y agarra mi mano para ver el anillo de compromiso. Menos mal que me acordé de ponérmelo anoche y que no lo vendí.

—Es un diamante más grande que el que me dio tu padre —comenta. Luego asiente en dirección a Arturo, conforme—. Papá era un rata.

«Ya empezamos». Esperaba que no hiciera el primer mal comentario sobre mi padre hasta después de la cerveza.

—¿Sabes algo de él?

—¿De papá?

Ella asiente con la cabeza, dejándose caer en una de las sillas de la mesa. Asumo que no piensa ayudarnos a Arturo y a mí a preparar la comida.

—Claro que sé de él, cenamos juntos hace poco más de una semana. Nos llevamos bien. Siempre nos hemos llevado bien.

Sé que mis palabras le molestan: ya ha empezado a arrugar la nariz. Clava la vista en el mantel y finge estar absorta en algún pensamiento, para demostrar así lo decepcionada que está. Ignoro por completo la pataleta y voy a llenar una olla de agua. Quiero preparar espaguetis al pesto.

—¿Tus padres viven por esta zona, Ricardo? —le pregunta a Arturo.

Él se ha quedado embobado mirando las zarpas con estampado de cebra y lentejuelas que lleva mi madre a modo de uñas.

—No, no. Viven por la sierra. En Rocahumbría.

—Habla de la Sierra Calderona —me apresuro a añadir—. Rocahumbría es... el nombre de la villa familiar. Es muy bonita, con viñedos y piscina.

Mi madre asiente, complacida.

—¿Celebraréis allí la boda?

Arturo me mira en busca de respuesta y le devuelvo una mirada igual de perdida. Se nos olvidó hablar de ese detalle.

—Sí —respondo.

—No —dice a la vez.

—Sí y no —salgo al paso—. Es decir, queremos hacer allí la ceremonia, hay una ermita cerca. Pero el banquete será en otro lado.

Tomo el brazo de Arturo y tiro de él, incómoda.

—Cariño, ayúdame con la salsa —le pido.

Mi madre está poniendo su cara de juzgar: nos mira con un ojo entornado y la ceja rubia arqueada. Enciendo la vitrocerámica y voy a buscar el tarro de espaguetis, los piñones y albahaca. Ella se olvida de nosotros y se pone a ver TikTok a todo volumen.

Me acerco al oído de Arturo con disimulo.

—No va a colar.

Él se gira hacia los tarros de comida.

—¿El qué no hay que colar?

A ratos se me olvida que no pilla ninguna expresión moderna.

—No le estamos resultando creíbles, tiene que ver más química —cuchicheo—. Voy a fingir que te beso, no te muevas.

—¿Qué?

Compruebo por el rabillo del ojo que mi madre está despistada, pero no lo suficiente como para no ver nada de lo que pasa a su alrededor.

Salvo la distancia que me separa de Arturo, rodeo su cuello con los brazos, me pongo de puntillas y le planto un beso al lado de la boca, casi rozando la comisura.

Desde la perspectiva de mi madre parecerá un pico.

Cierro los ojos; su barba corta me hace cosquillas en los labios. Arturo me pasa una mano por la cintura y apoya la otra en la vitrocerámica. La vitrocerámica caliente.

Suelta un alarido de dolor, y al moverse nuestras bocas están a punto de coincidir de verdad. Me da un vuelco el corazón: por los pelos no hemos roto el espacio-tiempo.

—¡Ricardo! —exclamo, viendo cómo sacude la mano.

—¡¿Por qué arde el cristal?!

Me muerdo el labio; qué desastre. Agarro su muñeca y lo acerco a la pila para echarle agua fría. Me niego a explicar lo que es una vitrocerámica delante de mi madre.

Por desgracia, ella ya ha levantado las orejas.

—¿Nunca has visto una vitrocerámica, Ricardo?

—Es que en su casa usan fogón —respondo en un tono de voz demasiado elevado por culpa de los nervios—. Les gusta más.

Por suerte no dice nada, pero su rostro se ha llenado de suspicacia. Esto va de mal en peor.

Saco el tema de las Spice Girls para desviar la atención, y funciona durante un rato. Arturo y yo conseguimos terminar de cocinar la pasta sin mayores percances y sin quemar la cocina, a pesar de que se le olvida que la vitro quema y deja una bolsa de plástico encima.

—Échate un poco más, anda —dice mi madre mirando mi plato cuando nos sentamos en la mesa.

—¿Por qué?

—Estás más delgaducha que la última vez que te vi.

Aparte de que hace cinco años de eso, es cierto que debo de haber adelgazado un poco esta última semana. Estaba tan triste que no tenía hambre.

—Vale, déjalo —suspiro, poniéndome de mal humor.

—Hombre, es que es una pena que con esos pechos grandes que tienes te hayas quedado sin trasero —vuelve a la carga—. Si adelgazas más, vas a parecer una carpeta.

Levanto la vista del plato y la fulmino con la mirada. No pienso responder nada, porque solo pueden salir sapos y culebras de mi boca ahora mismo.

Como siempre, mi madre no pilla que estoy molesta y sigue con el tema.

—Seguro que tú también estarías más contento si Ginebra comiera más, eh —le dice a Arturo, bromeando.

Me arden las mejillas de bochorno. Me atrevo a mirarlo de reojo, tiene el ceño fruncido. Vuelvo a clavar la vista en el plato y aprieto el tenedor como si quisiera apuñalar los espaguetis.

—Ginebra es una honra para la vista tal y como está —se enfrenta a mi madre, para mi sorpresa.

Aprieto los labios y contengo una sonrisa, el enfado se evapora un poco. «Una honra para la vista». Nunca me habían hecho un piropo tan original.

La comida prosigue en tensión. Cuando mi madre se gira hacia el escritorio y observa desde la distancia los apuntes de las oposiciones, me huelo por dónde va a salir el siguiente comentario.

—¿Qué estás estudiando ahora? —pregunta.

—Hice el máster de enseñanza y estoy...

—¿No hiciste el de paleontología?

—Sí, pero luego hice el de enseñanza. Estoy opositando para ser maestra de Biología.

Veo cómo arquea las cejas y sacude con disimulo la cabeza. Mi paciencia va poco a poco en descenso.

—¿Qué? —la azuzo.

—Nada...

—No, dime —insisto, volviendo a aferrar el tenedor.

Arturo se revuelve incómodo en la silla, como si intuyese la tormenta que se avecina.

—Que veo que estás dando tumbos, hija, y ya tienes una edad —suelta por fin lo que lleva años pensando—. Tu prima Heather acabó la carrera y lleva desde el mismo año que se graduó trabajando de fisio en Martinica.

—Pues me alegro por Heather —replico, tajante.

—¿Y de qué trabajas mientras?

A mi lado, Arturo se las intenta apañar para pescar los espaguetis con el tenedor. Observa de reojo cómo lo hago yo y prueba a enrollarlos igual. Lo consigue más o menos.

—Igual me contratan en Zara de dependienta —respondo con retintín, y no me importa lo que piense—. Me despidieron anteayer del curro que tenía.

Vuelve a sacudir la cabeza. Me meto un bocado de espaguetis en la boca y los engullo casi sin masticar.

—No voy a decir que te lo dije, pero... —suspira, en un tono condescendiente.

Es más de lo que puedo soportar.

—Mamá, lo siento mucho, pero no he pedido opinión sobre mi vida.

Ella deja caer los cubiertos con fastidio.

—Si te vas a tomar mal todo lo que te diga...

—Claro que me lo voy a tomar a mal si te metes con mi físico, con mi carrera, con mi trabajo...

—Entiendo, soy un incordio —dice, pasándose al inglés sin darse cuenta—. ¿Para una vez que nos vemos te vas a poner así?

—Me habría gustado verte más veces antes, durante los siete años que desapareciste —respondo también en inglés.

—¡¿Algún día me lo dejarás de echar en cara?!

—No lo sé.

Sé que perdió la juventud por mi culpa. Que no me buscó. Que no estaba preparada para ser madre. Se divorció e intentó recuperar el tiempo perdido lejos de mí, y cuando se quedó satisfecha volvió a mi vida como si nada.

—No estuvo bien —me reafirmo.

Ella asiente con la cabeza. Debajo de toda esa capa frívola puedo ver la culpa. Ella es la primera que sabe que es verdad. Quizá por eso me da tantos besos, me llama por nombres cariñosos y reacciona de forma tan exagerada.

—Está bien. Espero no molestarte más.

Sin mirarme, se levanta de la mesa, recoge su enorme bolso y sus cosas y se va.

Me quedo muy quieta, mirando al frente. Me tiemblan las manos, así que las escondo entre los muslos. Como siempre que las cosas terminan así con ella, me siento culpable.

—Ginebra... —carraspea Arturo.

Siento un nudo en la garganta, me escuecen los ojos. No, por favor, no puedo llorar. Apoyo los codos en la mesa y entierro el rostro entre las manos, como si me quisiese esconder. Aunque lo intento reprimir, se me escapa un sollozo.

—Tiene razón, Arturo. Mi vida es un desastre —suspiro.

Él apoya la mano en mi hombro; siento el calor de su piel a través de la camiseta. Me atrevo a salir de mi escondite y a mirarle tras un velo de lágrimas.

—Puede que esto destroce la imagen de apuesto caballero que seguramente tienes de mí, pero mi vida también es un desastre —confiesa para acompañarme—.

Así que, desde un desastre para otro desastre, te puedo decir que a veces los padres solo piensan en lo que es correcto, y no tienen idea de qué nos hará dichosos.

Me seco los ojos con el dorso de la mano; parece saber de lo que habla. Me pregunto quién era el tóxico en su casa, si su difunta madre o su padre. Quizá ambos.

—Pero creo que tampoco soy feliz —respondo con un hilo de voz.