13
Arturo
Que Ginebra sea medio inglesa explica muchas cosas. El peinado de mal gusto, o ese carácter agriado. Debe de llevarlo en la sangre.
Al día siguiente, horas antes de la llegada de su madre, nos ponemos a limpiar a fondo. Me ha dado un palo con plumas para pasarlo por las estanterías mientras ella restriega un trapo por las mesas.
—Pero tu padre sí es español, ¿no? —pregunto para asegurarme.
—Valenciano de pura cepa, de Tres Forques.
—¿Y cómo es que acabó con una inglesa?
—Tenían diecisiete años, estaban celebrando el fin de curso en Mallorca. Coincidieron en Magaluf. Iban tan borrachos que apenas se acordaban de nada al día siguiente, pero mes y medio después mi padre recibió una llamada sorpresa desde Cambridge.
Arqueo un poco las cejas. No sé si en este mundo es así como todos los padres se conocen, pero no suena demasiado idílico. Para empezar, en mi época los habrían quemado en una pira por fornicación.
—¿Y qué pasó?
—Mi madre se vino a vivir a Valencia con él, en la casa de mis abuelos.
Papá aún no se había independizado. Dejaron los estudios por mi culpa, pero mi padre encontró trabajo de camarero y mi madre abrió una peluquería.
Consiguieron un alquiler en un piso de mierda.
Se casaron y, seis años de peleas continuas después, se divorciaron por fin.
Le ha cambiado la voz al decirlo. Dejo quieto el palo con plumas y me giro hacia ella.
—¿Qué quieres decir con que se divorciaron? —pregunto con cautela.
—Ah, perdona. Me refería a que anularon su matrimonio.
—¿Anularon su matrimonio? —repito, estupefacto.
No me explico cómo no se los llevaron presos.
—Sí. Mi madre volvió a Inglaterra y yo me quedé aquí con mi padre. No volví a saber nada de ella hasta siete años después. No hizo ni una llamada, ¿sabes?
Ha empezado a restregar el trapo con más fuerza; casi parece que quiera desgastar el cristal. La madre de Ginebra no me inspira nada de confianza.
—¿Hoy será vuestro primer reencuentro desde que se fue?
Ella sacude una mano en el aire.
—No. Reapareció cuando era adolescente y me dijo que fuera a pasar el verano a Cambridge con ella. Y, por supuesto, yo fui. Creía que iba a ser como... tener una madre por fin.
Intenta ocultarlo con un tono de voz indiferente, pero sé que le duele. Lo noto en la forma en que evita mirarme.
—Y... ¿fue un mal verano?
Deja escapar un bufido.
—El peor de mi vida.
—¿Qué pasó?
Enseguida me arrepiento de hacer tantas preguntas. Es la primera vez que Ginebra habla de su hermética vida, y no quisiera agobiarla. Espero a que me mande a seguir con las tareas o que cambie de tema, pero en vez de eso responde a mi pregunta:
—¿Por dónde empiezo? Borracheras con sus amigas en las que me sentía cohibida, críticas constantes a los granos de mi cara, a mi personalidad reservada, a mi virginidad... Para colmo traía a sus ligues a casa y tenía que fingir que no los oía, encerrada en mi habitación.
Imagino a una Ginebra adolescente, sola y triste en el apestoso Reino de Inglaterra, al cuidado de una mujer así.
—Debió de ser horrible.
—Aun así fui tan idiota de volver los dos veranos siguientes, creyendo que ella podía cambiar. Que podíamos tener algo así como una relación madre e hija. Ahora llevo ya cuatro años sin verla; he decidido que por teléfono funcionamos mucho mejor.
Pienso en hoy. Se supone que su madre solo estará aquí un día, pero me da miedo lo que pueda pasar.
Sobre todo si descubre que no soy el prometido de su hija.
Empiezo a entender por qué quiere mentirle.
A mí tampoco me placen las críticas de padre, prefiero que piense que todo va como él quiere aunque no sea verdad.
—¿Tú cómo te llevas con tu madre? —dice de repente.
La pregunta me pilla con la guardia baja. ¿De verdad le interesa?
Hurgo en los escasos recuerdos que guardo de ella.
Son todos semejantes: madre sentada junto a las vidrieras de colores, bordando, con el cabello rojizo desparramado sobre el asiento como el plumaje de un fénix.
Su piel siempre demasiado pálida, las mejillas blancuzcas.
No hablaba con nosotros, no nos abrazaba, a veces ni nos miraba. Solo lloraba.
—Mi madre murió hace un par de años —respondo.
Me gustaría poder decirlo más afectado, pero lo cierto es que fue como ver partir a una desconocida. Cuando falleció Consuelo, nuestra niñera, Beatriz y yo lo pasamos mucho peor. Ahí sí que sentí cómo el dolor me partía el pecho.
—Vaya, lo siento —farfulla Ginebra.
—Estoy bien.
Es tan cierto que me siento culpable. Quiero pensar en otra cosa. Vuelvo a centrar la atención en las plumas grises del palo, acaricio con ellas la superficie de los libros. Uno de ellos llama mi atención.
— Todo sobre dinosaurios —leo el lomo—. ¿Qué son los dinosaurios?
Lo saco del estante, pero Ginebra viene hacia aquí y me lo arrebata.
—Animales que ya no existen. Chorradas.
Sé que miente. Si no fuese importante para ella no lo tendría guardado en su estantería.
—¿Son chorradas para ti?
—Son chorradas para todo el mundo; apuesto a que no te van a interesar.
Intenta devolverlo a su sitio, pero yo la tomo por la muñeca y se lo impido. Me mira con sorpresa.
—Prueba —la reto.
Distingo la inseguridad en su cara. Puede que esté tan acostumbrada a que su madre la juzgue que crea que voy a hacerlo yo también.
—Son más fascinantes que las nutrias —me advierte—. Si fuese posible robar uno de estos, te prometo que te ayudaría.
Caramba, no sabía que era capaz bromear.
Nos sentamos en el lecho al que Ginebra llama «sofá».
Aparte de pequeño es incómodo: cede en el medio y tengo que poner de mi parte para no acabar aplastado contra ella.
Ginebra abre el libro sobre nuestras piernas y me enseña los dibujos a color.
Son criaturas extrañas, casi mitológicas, con pinta de ser enormes.
—Ningún humano los ha visto —me explica—. Murieron antes de que nuestra especie pisara el planeta.
—Parecen... dragones.
—Sí. Cuando la gente de la antigüedad empezó a encontrar sus huesos, imaginaron a los dragones.
Entreabro los labios, fascinado. De niño me entusiasmaban los dragones, deseaba con todas mis fuerzas que existiesen. Por fin puedo ver quiénes eran en realidad.
—Este es mi favorito, el carnotaurus —dice Ginebra, señalando una pintura—. ¿No es gracioso?
—¡No tiene brazos! —observo.
—Sí los tiene, solo que son muy pequeños. Fíjate.
Al inclinarnos a mirar el dibujo a la vez, nuestras cabezas se rozan. Su cabello me hace cosquillas en la sien.
—¿Los imaginas corriendo así? —río—. ¡Qué ridículos!
Ella sonríe también. Mientras habla de dinosaurios no frunce el ceño.
—¡Sí!
Ginebra me descubre los periodos del Triásico, el Jurásico y, por último, el Cretácico, donde estos bichos se extinguieron. La escucho con la boca abierta.
—Pensaba que los humanos habíamos sido los primeros pobladores de la Tierra.
—Ya ves que no. De hecho, apenas llevamos aquí trescientos mil años. Los dinosaurios vivieron ciento sesenta millones. ¡Y ni siquiera ellos fueron los primeros!
Creo que me va a estallar la cabeza.
—¿Y quiénes fueron los primeros?
—¡Espera aquí!
Se levanta del sofá y entra en su dormitorio para salir poco después con una cajita. Se vuelve a sentar a mi lado; su rodilla roza la mía. Me tiende la caja y deja que la abra. Dentro hay una piedra de forma extraña y muchas hendiduras.
—Eso es un trilobite —me explica.
—¿Lo has tallado tú?
—No es una piedra, es un fósil. Un animal petrificado. Ellos fueron los primeros animales que poblaron el mundo. Hace quinientos veinte millones de años.
Se me escapa una exclamación de asombro.
Sujeto el fósil entre los dedos, con cuidado, como si fuera una reliquia.
Pienso en los milenios que han pasado desde que dejó de latirle el corazón, en todas las verdades sobre el mundo que no sé, que ni siquiera Ginebra sabe, que quizá descubran nuestros descendientes dentro de varios siglos.
De repente, me siento muy pequeño. Y me doy cuenta de que el espacio de tiempo que nos separa a ella y a mí no es tan grande como nos parece.
—Gracias por enseñármelo —suspiro.
Ella se encoge de hombros, restándole importancia.
—Ya ves tú.
—En serio —insisto—. No son chorradas.
Alza los ojos hacia mí y esboza una sonrisa. Una sonrisa sincera.
Tal vez no es solo una chica malhumorada. También es una chica que sabe cosas increíbles, tiene una madre inglesa horrible y, a veces, no es tan gruñona.
El sonido de su teléfono nos sobresalta.
—¡Mi madre acaba de aterrizar! —exclama Ginebra, mirando la pantalla—. Llegará en veinte minutos.
Nos levantamos tan rápido que se choca contra mí.
—Vale, calma —dice, sin predicar con el ejemplo. Sus manos tiemblan—. Nos va a salir genial, vamos a prepararnos.
—¿Prepararnos cómo? —farfullo.
Abre y cierra la boca, sin saber qué responder.
—A ver, se supone que somos novios. Eso no va a resultar creíble si no nos acercamos a menos de medio metro el uno del otro. Tenemos que actuar como novios.
Por un momento me quedo en blanco. ¿Intenta decir que quiere que la bese? No podemos hacer eso, nuestra saliva no se puede juntar. Nos lo advirtió Teresa.
—Pero...
—Te doy permiso para cogerme de la cintura. Y de la cadera. También puedes pasarme el brazo por los hombros —dice.
«Ah, bueno...».
—Vale.
Un breve silencio incómodo se instaura entre nosotros. Ginebra carraspea.
—Vamos a preparar la mesa.
Ponemos un mantel limpio y sacamos la vajilla. Ayer por la tarde, al volver del zoo, Ginebra compró unas flores que no parecen de esta tierra. Me explicó que están hechas de algo llamado «plástico».
Zampanchina Miaumiau se sube a la mesa, mancha el mantel blanco con las patas y tira un vaso al suelo con el hocico. Cuando Ginebra intenta agarrarla, ella saca las zarpas y hace ademán de arañar. Ya que soy el favorito, decido encargarme yo.
—Venga, no seas rebelde —le digo con cariño a la gata, que ya se vuelve mansa entre mis brazos.
—No sé cómo lo haces —resopla Ginebra, tapando las huellas del mantel con las flores.
En cuanto terminamos de recoger los cristales rotos se escucha un sonido agudo y extraño. Ginebra se incorpora de inmediato.
—¡El timbre! —exclama en voz baja. Claro, aquí todo tiene que ser extraño, incluso la forma de llamar a las puertas. Me dirige una mirada nerviosa—. ¿Estás preparado?
Asiento con la cabeza, pero en realidad siento cómo mis piernas pierden fuerza. En cualquier momento van a doblarse como un par de juncos.
Ginebra tira de mi mano y me lleva hacia la puerta.
— Sweetie? —Oigo la voz de una mujer al otro lado—. Are you home?
Observo el pomo; Ginebra no se decide a abrir. Me está mirando como si esperase algo.
«Ah, cierto».
Paso un brazo alrededor de su cintura y la estrecho contra mí. Su cuerpo se siente pequeño y suave en comparación al mío; por un momento hasta me parece tierna. Sé que es solo el envoltorio: ha demostrado ser capaz de actuar como un coronel de guerra.
Gira el rostro hacia mí. Estamos tan cerca que nuestras narices casi se rozan.
—Respira —me ordena.
—¿Eh?
—Estás conteniendo la respiración.
Es cierto. Tomo aire por la nariz y exhalo lentamente. Vuelve a sonar el timbre. Ahora sí, Ginebra lleva la mano al picaporte de la puerta.
Solo me queda rezar por que este día no se convierta en el peor de mi vida.