12
Ginebra
No ha quedado tienda en la calle Colón sin recibir mi currículum; he caminado tanto que me duelen los pies. Me siento a almorzar en una cafetería, a pesar de que es casi la hora de comer, para descansar. Sonreír sin parar y fingir ser supersimpática también me ha dejado exhausta.
Espero que Arturo haya seguido mi orden de quedarse en casa y no haya hecho de las suyas. Le doy un sorbo al té matcha. Me gusta la soledad, pero después de una semana de bajona he de admitir que me reconforta que vaya a haber alguien esperándome en casa. Incluso si ese alguien es él.
Miro a través de la ventana y me pregunto si me contratarán en alguna tienda.
Yo no estudié Biología para esto. Cuando me gradué en el máster en paleontología, después de que no me contrataran en ninguna de las prácticas en centros de investigación, me entró el pánico.
Necesitaba un trabajo seguro. Por eso cursé un nuevo máster de enseñanza y ahora estoy opositando para ser profesora.
Sin embargo, no me apasiona pensar en la enseñanza como mi futuro trabajo.
De hecho, aborrezco a los adolescentes. Igual por eso procrastino tanto con las oposiciones.
Me entristece darme cuenta de que el mayor glow up de mi vida será dejar estos trabajillos de mierda para pasar a otro empleo que tampoco me gustará.
Sin darme cuenta termino cogiendo el móvil y entrando en la página del Natural History Museum. El primer verano que pasé en Cambridge con mi madre cogimos un bus a Londres. Ella solo quería ver tiendas, pero yo vi el anuncio del museo y me empeñé en ir a ver los dinosaurios.
«Chorradas, te avisé que esto era un rollo —dijo mi madre al rato de entrar—. Bichos muertos hace millones de años, ¿a quién le interesa?».
A mí . No lo dije en voz alta para que no se burlara.
Muchos años después, a veces me arrepiento de no haber estudiado una ingeniería o Derecho. Llevaría ya tiempo trabajando de lo mío, con un buen sueldo, y no habría tirado años de estudio a la basura.
Busco el apartado de la página del museo donde sé que permiten mandar currículums. No es la primera vez que entro aquí. Sabiendo que tampoco sería el primer intento fallido, cargo el mío y le doy a enviar.
Justo después el móvil empieza a vibrar. Una llamada de mi madre. Veo su foto de perfil, con ese pintalabios fucsia que no le favorece pero que aun así ella adora, y esas pestañas falsas demasiado negras en comparación con sus cejas.
Como siempre, antes de descolgarle el teléfono, siento presión en el pecho.
— Hi, mom —saludo dándole un sorbo al matcha.
— Sweetie! Te quería avisar de que he adelantado el vuelo a Valencia —responde en inglés—. Llego mañana, ¿vale?
Escupo el trago de té mientras la chica de la mesa de enfrente me mira con cara de asco. Me seco la boca con una servilleta, tosiendo.
—¿Estás bien? —se preocupa mi madre.
Con todo el lío de Arturo incluso se me había olvidado que quería plantarse en casa para conocer a mi prometido.
—¡¿Por qué has hecho eso?! —exclamo—. ¿Por qué has adelantado el billete?
—Es que no recordaba que las Spice Girls hacen gira de reunión esta primavera; estarán en Londres el día que yo había comprado el billete. Chelsey y Madison van a ir, no me lo podía perder.
Pongo los ojos en blanco, harta de que mentalmente siga teniendo dieciséis años.
—No quiero que te plantes en mi casa mañana, no tengo nada preparado.
—Al final voy a pensar que no quieres que conozca a tu prometido —protesta—. Ni siquiera le pongo cara. ¿Acaso existe?
Es cierto. La tengo bloqueada en Instagram, nunca lo ha visto. Ricardo, a ojos de mi madre, podría ser cualquier persona. Me muerdo los labios, ideando un plan.
—No, claro que quiero que conozcas a Ricardo.
—Dime, ¿cómo es?
—Pelirrojo, muy guapo —respondo y vuelvo a sorber el té—. Viene de muy buena familia, ¿sabes? Todo un caballero.
—Yo tuve un novio pelirrojo justo después de divorciarme de tu padre —suspira, melancólica—. Tenía el pene enorme.
Cuando llego a casa Arturo está charlando con ChatGPT en el sofá, como si fuera su amigo. Me siento un poco culpable por no haberle explicado todavía lo que es una máquina.
Zampanchina está dormida sobre su regazo. Ella nunca se ha dormido a menos de un metro de distancia de mí.
Tras preguntarme qué tal ha ido mi búsqueda de trabajo, Arturo aparta a la gata y se pone en pie.
—Ginebra, deseo enseñarte algo. Está muy cerca de aquí.
Me cruzo de brazos. Arturo se da cuenta de que ha metido la pata y aprieta los labios.
—¿Has salido de casa? —le pregunto.
—No. Digo, sí. Un poco. Entrar y salir. ¡Estoy en mi derecho, no puedes encerrarme como a un jilguero! —se rebela.
—Te podrían haber atropellado.
—He aprendido a cruzar la calle —contrataca.
Le sostengo la mirada y arqueo una ceja. Él alza la barbilla con orgullo, haciéndose de rogar.
—Está bien —me doy por vencida—. Anda, enséñame esa cosa fascinante que has encontrado.
Salimos de casa y caminamos unos metros calle abajo. Cuando Arturo se detiene frente a la farmacia de la esquina me cuesta un rato entender que lo que le ha embelesado es la cruz verde de luces.
—¿No es hermosa? —suspira.
—Eh...
—Es como una danza de luciérnagas.
—Visto así.
Arturo se gira hacia mí y descubre mi cara de indiferencia.
—¿Es que nunca te impresionas por nada? —se desespera.
—Claro que sí. Me impresiono por cosas impresionantes.
—A ver, dime una —me reta.
Alzo la vista al cielo, pensando.
—La justa.
Cuando vuelvo a mirarle veo cómo esboza una sonrisa.
—¿Te parecí impresionante?
—No, no he dicho que tú seas impresionante; la justa lo es —aclaro, abochornada—. La... competición en sí.
—Cómo os place haceros de rogar, doncella.
—Cállate —gruño, echando a andar calle abajo.
Voy a llevar a Arturo a comer kebab barato; seguro que le flipa. Mientras esté disfrutando del manjar, será imposible que se lo tome mal cuando le diga que quiero hacerlo pasar por mi prometido.
—Te perdiste mi victoria —se queja.
—En verdad, no. Me giré a mirar un poquito —reconozco, guiñándole un ojo.
Arturo se detiene de repente, como cada vez que ve una cosa que le parece alucinante. Está mirando un cartel del Bioparc, el zoo más grande de la ciudad.
—África en Valencia —lee, fascinado—. ¿De verdad han...?
—¡No! No hemos avanzado tanto como para mover los continentes de sitio. Se refiere a que tienen animales de África viviendo allí.
Sus labios se entreabren de sorpresa. Claro, por supuesto que nunca ha visto un león. Me mira con cara de súplica. Pongo los brazos en jarras y ladeo la cabeza, el flequillo me hace cosquillas en la ceja.
Desde luego, el Bioparc lo pondrá mucho más contento que un kebab. Y, total, compre o no unas entradas al zoo, voy a seguir sin poder pagar el alquiler.
La pregunta sale de mi boca antes de que la pueda controlar:
—¿Quieres que vayamos?
Lo que más impresiona a Arturo no son los leones, ni los elefantes, ni la pantera, ni tampoco los gorilas. No. Lo que más le gusta son las nutrias.
—Son la cosa más tierna que he visto —repite sin parar.
Me siento en el suelo; al parecer esto va para largo.
—Arturo, llevamos media hora mirándolas.
—Deberíamos llevarnos una a casa, seguro que hace buenas migas con Zampanchina.
Al ver que alarga los brazos hacia el recinto me pongo en pie y lo agarro de la camiseta para frenarlo.
—¡No puedes robar una nutria!
—¿Quién me lo impide?
—¡La ley!
Nos alejamos de la zona de las nutrias. Busco en el plano del zoo algún lugar donde comer algo. Hay un bar junto a las aves rapaces; un olor a perrito caliente y a fritanga me llega a la nariz.
Al sentarnos me doy cuenta de que estamos rodeados de parejas. En la mesa de al lado hay un par haciéndose arrumacos ñoños sin ningún tipo de vergüenza.
—¿Por qué hay tantos amantes? —pregunta Arturo.
—Novios —lo corrijo—. Es que... La gente suele venir aquí a tener citas.
—¿Qué es una cita?
—Es cuando dos personas quedan en sitios como este, comen juntos, hablan...
Arturo nos señala a él y a mí con el dedo.
—¿Esto es una cita?
—¡No! Las citas son románticas —especifico.
—¿Entonces cómo se llama a esto?
Me encojo de hombros.
—Un plan.
—¿Estamos planeando algo?
Es el momento ideal para introducir el tema de mi madre.
—De hecho, sí. Quiero que planeemos algo.
La camarera llega a nuestra mesa con la bandeja y nos interrumpe. Arturo se ha pedido un granizado color azul fluorescente; lo más raro que ha visto en la carta. Espero que tanto saborizante no le siente mal a su cuerpo del siglo XVI .
Antes de irse, la camarera observa a Arturo con disimulo y se le escapa una sonrisilla. Luego me ve a mí mirándola fijamente y se pone seria.
No me gusta que Arturo tenga éxito con las mujeres, desconfío de su capacidad para resistir a la tentación y evitar un cataclismo espaciotemporal.
—¿Qué quieres planear? —retoma la conversación.
Decido soltarlo de golpe y quitármelo de encima.
—Mañana viene mi madre a casa porque quiere conocer a mi prometido.
Arturo se rasca el mentón, intentando comprender.
—Pero tu prometido se marchó.
—Y, por eso mismo, te vas a hacer pasar por mi prometido.
—Esa es una vil forma de mentir.
—Exacto —respondo con una sonrisa—. Pero tú me debes una, ¿recuerdas?
Se lleva la pajita a los labios y veo cómo sus pupilas se dilatan de gusto cuando el potingue azul llega a su boca. Da un largo sorbo, encantado. Rezo por que el azúcar no lo active más de lo normal; no quiero arriesgarme a que huya de nuevo al corral de las nutrias.
—Vale, ¿qué tenemos que hacer? —pregunta.
Sabía que ponerlo contento ayudaría a que aceptase con facilidad. Soy un genio.
—Tenemos que inventar una historia sobre nuestra relación.
—¿Cómo nos conocimos?
Arturo se acaba el granizado con un último sorbo. Jesús, le ha durado treinta segundos.
—Eras amigo de mi amiga Paola —improviso—. Viniste a una quedada y nos seguimos en Instagram.
—¿Qué?
—Solo actúa como si supieses lo que es.
—Vale, nos seguimos en Istarram —asiente, tratando de memorizarlo—. ¿Y tuvimos... una cita?
—Fuimos a cenar a La Tagliatella. ¿Cómo fue nuestro primer beso?
De repente me doy cuenta de lo raro que es estar hablando de esto.
—¿Justo después de que me arrodillara y pidiera tu mano en matrimonio?
—No —replico—. Aquí invertimos el orden, casarse es el último paso.
—Ah —asiente, confundido.
—Me llevaste a casa y me besaste en el portal.
—De acuerdo.
Lo empiezo a apuntar todo en las notas del móvil para no olvidarnos. Alzo los ojos hacia él.
—¿Y cuándo nos acostamos por primera vez?
Sus ojos se redondean con sorpresa. Luego las comisuras de los labios se le curvan hacia arriba.
—Caray, Ginebra.
—Mi madre es una cotilla y no tiene vergüenza, nos puede preguntar absolutamente de todo.
Me doy toquecitos en los labios, pensando. Arturo podría haberme llevado a ver las vistas de la ciudad desde la montaña y habríamos terminado haciéndolo en la parte de atrás del coche.
Mi cerebro recrea la imagen por accidente. Imagino nuestros cuerpos entrelazados, los jadeos, sus manos agarrándome las muñecas igual que cuando me sujetó contra la tierra el primer día.
Parpadeo para alejar el pensamiento, abrumada.
—¿Te parece bien?
—¿Eh? —farfullo, volviendo a la conversación. No he oído lo que ha dicho.
—Estábamos en una taberna, nos embriagamos y al salir nos perdimos por el bosque aledaño.
Algo me dice que es una experiencia personal.
—Vale, buena idea. Pero pasó en una discoteca, y en vez de al bosque fuimos a mi casa.
Seguimos buscando respuestas a posibles preguntas durante un buen rato. Ideo para Arturo la carrera que ha estudiado, sus hobbies de los findes y hasta el hospital en que nació. Esto va a estar chupado.
Nos echan del zoo cuando es la hora de cerrar, al atardecer. Arturo se ha llevado un folleto publicitario de recuerdo; le parece precioso. Al principio no se podía creer que nos lo hubieran dado gratis. Mientras paseamos de camino al aparcamiento no deja de toquetearlo.
—Qué representación tan realista de la jirafa. ¿Quién lo habrá pintado?
—Se llama foto, no es un cuadro —le explico—. Y no lo han pintado directamente en el folleto, es... una fotocopia. Hay miles como ese.
—África en Valencia —vuelve a leer el eslogan, acariciando la textura plasticosa del papel—. Estaba pensando en eso de poder mover pedazos de continente de su sitio. Sería fantástico que lo investigaseis.
—¿Qué ganaríamos con eso?
—Podríamos colocar a Inglaterra justo en medio del Atlántico. Así dejarían de molestar a todo el mundo —bromea como si se tratasen de vecinos ruidosos.
Dejo escapar una risa forzada. Mierda. Hay una cosa sobre mi madre que debería saber.
—Arturo...
—¿Sí?
Llegamos junto a mi coche, busco las llaves en el bolso y lo abro apretando el botón. Evito mirar los asientos traseros y pensar en las vistas de la ciudad desde la montaña.
—Se me ha olvidado contarte un detallito sobre mi madre. Es inglesa.