11 #2
Ella parece molesta, así que me largo antes de que la situación se vuelva aún más incómoda.
«Céntrate, Arturo —me ordeno—. Hay que encontrar la casa de empeños».
Tras preguntar a muchos lugareños, uno de ellos me conduce hacia el lugar que busco. Respiro hondo antes de empujar la puerta; espero que no sea un nuevo fracaso. Unas campanillas anuncian mi llegada.
Un señor de edad avanzada y cara de malas pulgas levanta la vista del libro que está leyendo, se ajusta las lentes y me mira.
Me acerco al mostrador, decidido. Después de pasar la mañana entera escuchando hablar a los españoles modernos y viendo cómo actúan, creo por fin haber aprendido a comportarme.
—¿Qué pasa, bro ? —le digo al hombre. Frunce el ceño de inmediato, no sé qué ha podido fallar—. He venido a vender una cosa.
—¿Qué cosa? —pregunta de forma brusca.
—Una armadura.
—¿Una armadura auténtica?
—Sí, tío.
Se queda callado, pensando. Cierra el libro y lo aparta a un lado del mostrador. Bien, por lo menos me he ganado su atención.
—¿En qué estado se encuentra?
—Como nueva. Perteneció a la familia Mendoza del feudo de Rocahumbría, fue hecha a medida para el primogénito del barón don Francisco. Tiene el blasón familiar grabado en el pecho.
El hombre se rasca la oreja con el dedo meñique y un nuevo silencio se instaura entre nosotros.
—No tengo presupuesto para poder comprarla. Esos cachivaches son muy caros.
Me invade la desazón solo de imaginarme volviendo a casa con las manos vacías.
—Acepto una rebaja —pruebo.
Él me hace un gesto con la mano para que me calle, su mirada se torna pensativa otra vez.
—¿Rocahumbría es ese parque temático medieval?
Al principio me quedo en blanco; luego recuerdo a los viajeros y a los estúpidos banderines con los que han decorado mis preciosas torres.
—Sí —suspiro con desazón.
—El promotor estaba buscando material original del castillo. Mi cuñado trabajaba en la tienda de souvenirs; puedo llamarle a ver si alguno de los peces gordos está interesado.
Giro sobre mí mismo para ver si hay alguien cerca. Luego caigo en la cuenta de que se refiere a llamar con el móvil. Este mundo es muy confuso.
Le observo toquetear la pantalla y hablar con otra persona a quien no escucho, mientras se pasea en círculos. Anota una serie de números en un papel. Al acabar de hablar me lo tiende.
—Toma, llama a este número y pregunta por Josema.
Es la segunda vez en el día que me endosan papelitos con cosas que no entiendo. Lleno de impotencia, me lo guardo en el bolsillo y me voy.
Me pierdo por completo intentando volver a casa.
Caigo en la cuenta de que intenté memorizar las primeras calles, pero luego se me fue la cabeza.
Vuelvo a usar la técnica de preguntar a los viandantes, describiéndoles la calle en la que vive Ginebra.
Ellos creen con total seguridad que se trata del barrio del Carmen y me guían hacia allí, pero una vez que llego me encuentro de nuevo vagando sin rumbo.
Termino sentado en una especie de banqueta, preguntándome cómo es posible que ayer estuviera montando a caballo y batiéndome en una justa. Me duelen los pies.
Frente a mí descubro una cruz verde que se ilumina y se apaga, pequeños brillitos la recorren como serpientes, se expanden y se encogen. La observo con la boca abierta hasta que una voz me saca de mi ensimismamiento.
—¿Arturo?
Al girarme y ver a Teresa casi sollozo de alivio. En el mundo del futuro no lleva enaguas, ni justillo, ni cofia. Al igual que las mujeres modernas, viste con pantalones de hombre.
—Gracias a Dios que os encuentro. —Vuelvo sin darme cuenta a mi forma habitual de hablar.
Ella parece escandalizada.
—¿Qué hacéis aquí fuera, don Arturo?
«Otra que quiere encerrarme como un animal».
—Intentar regresar a la morada de Ginebra.
Teresa me conduce hacia mi destino. Está más callada que ayer, más seria. Distingo un ligero arañazo en su cuello y un incipiente hematoma en la piel del brazo.
—¿Os encontráis bien? —le pregunto.
Ella esboza una rápida sonrisa.
—Sí. Es este portal. ¿Tenéis las llaves?
Asiento con la cabeza y las saco del bolsillo. Al hacerlo, cae al suelo el papel del hombre de la casa de empeños. Lo recojo, algo nervioso.
—Teresa... ¿tú sabes llamar a este número?
—¿De quién es?
Cuando le explico que Ginebra perdió su trabajo por mi culpa y que quiero compensarla vendiendo la armadura casi se desmaya.
—¡No podéis hacer eso! —exclama—. Si volvéis a Rocahumbría sin esa armadura, vuestro padre...
—Me matará, lo sé —respondo, encogiéndome de hombros. Luego, al imaginar su reacción, me recorre un escalofrío. Aun así me armo de valor y añado—: Asumiré las consecuencias.
Me toma un buen rato convencerla, pero consigo que llame al número por mí. Supongo que es porque me conoce y sabe que soy demasiado cabezota como para perder más tiempo discutiendo conmigo.
Entre los dos bajamos pieza a pieza la armadura a la calle. Algo más de una hora después aparece un coche más grande que el que casi me arrolló el primer día.
Un hombre abre la portezuela y baja. Sé que es alguien más importante que el de la tienda de empeños por su manera de andar y por la confianza con la que viste sus ropajes.
—¿Tú eres Arturo? —me pregunta estrechándome la mano.
—El mismo.
Su vista se desvía hacia la reluciente armadura, apilada junto al portal.
—Según has afirmado por teléfono, es auténtica.
—Por supuesto que lo es —asiento, un poco ofendido—. ¿Le interesa obtenerla?
Teresa sigue aquí, pero se mantiene a unos metros de distancia, como queriendo reafirmar su desacuerdo con mi decisión y lo poco que apoya todo esto.
—Bueno, yo en concreto no la voy a comprar —aclara el hombre—. Soy Jorge Vázquez, trabajo para el matrimonio Estellés.
—No los conozco.
—Son unos empresarios de aquí, de Valencia. Les gusta contribuir a la conservación artística; son ellos quienes financiaron la restauración de Rocahumbría y quienes se hacen cargo del mantenimiento del parque.
—Ah, sí. Me son familiares —miento—. ¿Crees que sus señores estarían interesados en mi armadura?
—De ser auténtica, desde luego. Si te parece bien me la voy a llevar para que un experto pueda analizarla.
Por un momento temo que intente robarla. Miro a Teresa en busca de consejo; ella se mantiene igual de seria.
—De acuerdo —me arriesgo—. ¿Cuánto me darían por ella?
—Su estado de conservación parece excelente. Quizá unos trescientos mil euros.
Imagino trescientos mil papeles de euros como el que me dio Ginebra en el IKEA. Van a tener que traerlos en un carromato gigante.
—Déjeme hacer una consulta —respondo.
Me aparto a un rincón para hablar con ChatGPT.
—Hola de nuevo, amigo. ¿Crees que con trescientos mil euros la doncella de la que te hablé se pondrá feliz?
Teresa aparece a mi lado y me aparta el móvil.
—¿Con quién habláis?
—Intento averiguar si ese dinero será suficiente para Ginebra. ¿Creéis que dejará de poner caras serias?
Teresa sacude la cabeza como si le pareciera tierno.
—Estoy segura de que se pondrá a dar saltos por toda la ciudad, Arturo.
Regreso junto al hombre y le estrecho la mano.
—Hecho, llévese la armadura.
—¿A qué número llamo cuando esté listo el análisis?
Como ya creo entender de qué habla saco el móvil, pulso el cuadradito verde y le doy al botón de Ginebra. Efectivamente, hay una serie de números debajo de su nombre. No puedo evitar sonreír, orgulloso de mí mismo.
—Estáis loco, don Arturo —me reprocha Teresa cuando el hombre, su coche y la armadura ya han marchado.
—Me lo dicen mucho.
Agito el manojo de llaves en la mano, intentando recordar cuál era la de la puerta de abajo. Teresa señala la llave cuadrada.
—Qué llaves tan diminutas, ¿verdad? —comento mientras la introduzco en la cerradura.
Los dedos de Teresa se aferran a mi muñeca como raíces a la tierra. Duele. La miro con sorpresa, ella no me suelta.
—¡¿Qué hacéis?! —exclamo, zafándome.
Me doy cuenta de que bajo sus ojos hay unas ojeras violáceas que no lucía ayer. Algo ha cambiado en las últimas veinticuatro horas. Su actitud.
—Arturo, tenemos que hablar —responde, tuteándome.
—¿De qué?
—No es buena idea que te quedes en este mundo tanto tiempo, no podemos esperar a la luna nueva.
—Pero no hay otra manera.
Teresa comprime y afloja los puños, nerviosa.
—Sí la hay. Podemos intentar volver hoy, mañana a más tardar. Olvídate de Ginebra y de la armadura y ven conmigo.
La posibilidad de regresar a casa me revuelve por dentro. Por un lado, es lo que más deseo, pero por otro...
—¿Esa es la solución que me dijiste que ibas a preparar? —farfullo.
—No, la solución es la poción del olvido. Para que no haya ningún incidente, debes volver a casa con la memoria borrada.
Arranco la llave de la cerradura y recuesto la espalda contra el portón.
—¿Y me olvidaré de todo lo que he vivido aquí?
—Es imprescindible.
Le sostengo la mirada a Teresa, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Algo grave está pasando.
—¿Cómo es que de repente hay una manera de volver antes de la luna nueva? —interrogo.
Su rostro se descompone un poco más.
—Bueno, siempre la ha habido, pero...
—¿Pero?
—No quería recurrir a ella.
—Teresa, habla en claro —le ordeno.
—El portal que Isa y yo creamos hace veinte años se vuelve a abrir solo durante la luna nueva. Pero podemos crear un nuevo portal.
Tan sencillo.
—Bueno, pues... créalo.
—Para crear un portal nuevo se requeriría un sacrificio humano.
Sus palabras me congelan la sangre. La miro para averiguar si habla en serio; un sentimiento aterrador me aprieta el pecho.
Todo en mí grita que no, que eso está mal.
Por muchas ganas que tenga de volver a un mundo normal donde no me sienta como un ave rara, de ver caras conocidas, ropajes conocidos, un hogar conocido. ..
—Ni hablar —respondo con firmeza—. No. Esperaremos a la siguiente luna nueva, tal y como estaba previsto.
—Hay una profecía —replica con la voz aguda—. Tienes que casarte con la dama a la que te ha encomendado tu padre. Tienes que alejarte para siempre de Ginebra y de este mundo. Tu vida corre peligro.
«Tu vida corre peligro».
—¿De qué profecía estás hablando?
—La primera parte ya se ha cumplido. No podrás casarte con Candela la semana que viene.
—¿Hay una segunda parte?
La observo tragar saliva.
—Mucho me temo que sí. En la segunda parte, tú acabas muerto en la próxima luna nueva.
Una sensación de miedo me recorre por dentro y me eriza el vello de los brazos. De repente me inquieta pedir más detalles. No necesito saber más. Es solo una predicción. No tiene por qué ser la realidad.
«No es la realidad», me obligo a corregirme.
—Teresa, cálmate. Eso no va a pasar. No abriremos un portal nuevo solo para huir de esa profecía. No habrá sacrificios.
—¿Y si para la siguiente luna nueva ya es tarde?
Ayer no estaba tan paranoica.
—¿Qué ha sucedido en estas últimas horas, Teresa? —quiero saber.
Ella abre y cierra la boca varias veces antes de arrancar a hablar.
—Me estoy jugando mucho, Arturo. —Es lo único que consigue decir.
Pongo las manos sobre sus hombros para tranquilizarla.
—Te doy mi palabra de que volveré a Rocahumbría, beberé esa poción del olvido y me casaré con la hija de Antonio de Castro. Pero no será antes de tiempo.
Los ojos de Teresa pierden el brillo, se oscurecen un poco más. Me aparto de ella, sintiendo un escalofrío, y vuelvo a meter la llave en la cerradura. Entro en el edificio sin despedirme, como si cada palabra que fuese a decir a partir de ahora estuviese maldita.
«No te vuelvas paranoico tú también», me digo mientras subo las escaleras.
Tomo aire y me obligo a apartar la oscura predicción de mis pensamientos. Las brujas tienen fama de dramáticas. Todo va a salir bien. He sobrevivido al día de hoy y sobreviviré a todos los que queden. Sobreviviré también a mi vuelta a Rocahumbría.
Una pequeña parte de mí se alegra de no tener que volver hoy. Quiero ver la cara que se le queda a Ginebra cuando vea llegar el carromato con los trescientos mil papeles.
Sonrío al imaginarlo, pero hay algo que me sigue atormentando. Incluso cuando llego al último piso, continúo sintiendo la mirada de Teresa clavada en la nuca.