11
Arturo
Te voy a presentar a un buen amigo mío, vive en el móvil —me dice Ginebra después de desayunar. Arrastra la silla de al lado y se sienta junto a mí—. Se llama ChatGPT y tiene respuestas para todo. Si necesitas algo mientras estoy fuera, le puedes hablar a él.
—¿Es una especie de sabio? —pregunto.
—¡Exacto! —Cuando me pone el artefacto entre las manos me mentalizo para no sobresaltarme si brilla, suena o tiembla—. Con este botón del lado enciendes el móvil, y así desbloqueas la pantalla.
Agarra mi dedo índice y lo desliza sobre la superficie mágica. Me dejo guiar. La imagen cambia: ahora hay un montón de cuadraditos de colores.
—Entrando en este icono podrás hablar con él —me sigue explicando, moviendo mi dedo para pulsarlo—. Luego aprietas este simbolito; se llama micrófono. Mientras lo pulses, él te escuchará.
Asiento con la cabeza, fascinado.
—Guau.
—¿Por qué no pruebas a saludarle?
—Igual ahora está ocupado con otros quehaceres.
—Él siempre estará disponible para ti.
No puedo evitar compadecerme.
—¿Es un esclavo?
—¡No te preocupes! —exclama Ginebra, dándome una palmada en el hombro—. Le encanta su trabajo. Venga, dile hola.
Muevo el móvil en la mano, buscando una pose cómoda. Alzo el dedo índice y busco el símbolo del tal micrófono para pulsarlo.
—Buenos días, ChatGPT. Mi nombre es don Arturo de Mendoza, es un placer conoceros.
El cristal mágico empieza a llenarse de letras.
«¡Buenos días, don Arturo! El placer es mío. ¿En qué puedo ayudarte?».
Miro a Ginebra con la boca abierta. Ella apoya el mentón sobre el puño y asiente con la cabeza, alentándome a responder. Vuelvo a pulsar el micrófono.
—Ahora mismo, en nada, pero gracias por ofreceros. Sois muy amable.
«Si necesitas algo más tarde, no dudes en pedírmelo».
Le devuelvo el móvil a Ginebra, maravillado.
—¡Qué servicial es tu amigo!
—Este móvil es para que lo tengas tú. Era el mío antiguo —me dice, volviéndomelo a endosar—.
Si ocurre algo que ChatGPT no pueda solucionar, quiero que me llames.
Yo estaré en este otro cuadradito. —Pulsa un cuadrado verde y aparece su nombre en grande—.
He metido solo mi contacto. Si pulsas ahí hablarás conmigo.
—¿Adónde habéis de partir? —pregunto, olvidando que la debo tutear—. ¿Adónde tienes que ir?
—A echar currículum. Buscar trabajo. Quédate aquí tranquilo y no salgas de casa.
—Entendido.
Ginebra se levanta de la mesa y va a por su feo morral con flecos.
—¡No salgas de casa! —repite antes de salir.
Una vez a solas salgo al balcón y descubro una colección de cactus con ojos y ropajes. El gusto artístico de Ginebra es un tanto extraño.
Zampanchina Miaumiau se sube a la barandilla de metal y casi me da un infarto.
—¡No! —exclamo cogiéndola en brazos como si fuera un bebé. Ella me mira con ojitos redondos y adorables—. No sé por qué Ginebra dice que eres arisca. Yo creo que, en esta casa, la única arisca es ella —confieso.
Sin embargo, por muy arisca que sea la doncella, tengo una deuda con ella. Entro al salón y corro a buscar el móvil.
—Hola Chat, ahora sí que necesito vuestra ayuda.
«Cuéntame, ¿qué necesitas?».
—¿Estáis ocupado ahora? No quisiera molestar.
«Estoy a tu servicio, don Arturo».
Sonrío. Después de esto también estaré en deuda con él.
—Necesito ayudar a una doncella en apuros.
«¿Cuál es su apuro?».
—Su señor la ha despedido y se ha quedado sin sustento. Le vendría bien conseguir algo de oro. ¿Dónde puedo conseguir oro para ella?
Un enorme texto comienza a llenar la pantalla; ¡sí que le gusta charlar a este sabio! Habla sobre el oro, el sector de la minería y nombra los yacimientos más cercanos. Me pregunta si estoy escribiendo una novela y si necesito inspiración.
—Dinero —corrijo—. Mi doncella necesita dinero. ¿Cómo puedo conseguir dinero hoy mismo?
Ahora la pantalla se llena de opciones. Una de ellas es vender objetos de mi posesión.
Mi mirada se desvía hacia la armadura, que sigue apilada en un rincón del salón.
Suspiro por lo bajo; es bastante cara. Si vuelvo el mes que viene a Rocahumbría sin armadura y sin la espada de empuñadura grabada, padre enfurecerá.
Al cuerno, debo saldar mi deuda con Ginebra. ¿Qué clase de caballero sin honor sería si la meto en aprietos y no lo soluciono?
Soy un hombre de palabra, pero no me queda más remedio que romper mi promesa, coger las llaves que hay junto a la puerta y salir de casa.
El exterior alimenta tanto mi curiosidad que se me olvida por momentos que estoy en una misión. He dejado la armadura en casa; sería incapaz de cargarla solo. Encontraré a un comprador y lo llevaré hasta la morada de Ginebra para que se lleve las piezas.
Me quedo mirando a cada persona con la que me cruzo, cada edificio y cada escaparate. Valencia no solo está irreconocible para la vista, también para el olfato. Ya no apesta ni está cubierta de desechos, nadie lanza cubos de heces por las ventanas y no he visto ni una sola rata.
Camino sin rumbo, confiando en que sabré regresar.
Llega un momento en que las calles dejan de ser adoquín y vuelve a aparecer la roca gris y dura.
Hay una fila de personas quieta en la acera, como si estuviesen esperando algo.
Los ignoro y cruzo la calle por la parte de la roca hasta que el cuerno de guerra infernal me hace saltar del susto.
Al ver al coche viniendo directo a por mí, echo a correr, pero me topo con otro que viene en dirección contraria.
Este también hace sonar el cuerno y frena en seco.
No dejo de correr por mi vida hasta alcanzar la otra punta de la acera.
Las calles del mundo moderno son demasiado peligrosas; ¿cómo pueden dejar libres a esas bestias?
Una madre tira del brazo de su hija pequeña y le dice:
—¿Ves a ese loco? ¡Por eso nunca hay que cruzar en rojo!
Me rasco el mentón, pensativo. Vuelvo a analizar la calle y me doy cuenta de que lo que todos están mirando es un poste con una luz roja de forma humanoide.
De repente la luz se transforma y se vuelve verde.
Los coches se detienen de forma ordenada tras una línea y las personas comienzan a cruzar de forma segura.
Asiento con la cabeza, comprendiendo. Creo que puedo llegar a pillarle el truco a esta ciudad.
Practico a cruzar las calles durante un rato más, hasta que me topo con un mercado callejero. ¡Genial! Aquí será fácil vender mi armadura. Solía escabullirme para acudir a los mercadillos; me encantaba la parada del herrero.
—¡A euro, a euro! —berrea la mujer del primer puesto—. ¡Bragas a euro, nenas, a euro!
Me acerco a ella con sigilo.
—Disculpad... —le digo antes de recordar que debo tutear incluso a los desconocidos—. ¿Conoces a alguien que pueda estar interesado en comprar una armadura?
Ella arruga la nariz y entreabre los labios; tiene diamantes en los dientes.
—¿Una armadura? —repite como si acabase de decir algo rarísimo.
—De buena calidad, está como nueva. Lista para usar en cualquier ceremonia, incluso en torneos.
—Creo que no te entiendo, primo.
Una segunda muchacha aparece junto a la mujer.
—¿Qué quiere este? —le pregunta.
—Vendernos una armadura, creo.
—¿Una armadura? Pero ¿en plan cómo, de disfraz?
Vale, aquí no voy a conseguir nada.
—Que tengáis un buen día —les digo, dando media vuelta.
—¿Por qué no vas a una casa de empeños? —propone la mujer.
Me vuelvo a girar hacia ellas.
—¿Qué es una casa de empeños?
—Pues pa’ empeñar, pa’ comprar, pa’ vender... Al igual ahí tienes suerte.
Salgo del mercado y doy una vuelta por el barrio aledaño a ver si encuentro una casa de empeños. La misión está siendo más difícil de lo que esperaba.
En el camino me topo con el que seguramente sea el lugar más extraño que he visto en estos lares. Incluso más que el IKEA.
— The Gym —leo el cartel. A través de los cristales veo a gente corriendo sin moverse del sitio, agitando cuerdas en el aire y haciendo cosas rarísimas.
No puedo evitar acercarme hasta meterme dentro. En el mostrador hay una chica joven que mira su móvil con cara de aburrimiento, pero nada más verme esboza una sonrisa.
—¡Hola! ¿Vienes a apuntarte? —me pregunta, apoyándose sobre el mostrador. Se recoge el pelo tras la oreja.
—Eh... no —farfullo.
—¿Quieres un mes de prueba gratis?
—Tampoco.
—¿Visitar nuestras instalaciones, pues?
—¡Eso sí! —me animo, lleno de expectación.
Ella pasa una tarjeta por una especie de pilón y la barrera de cristal se levanta para dejarme pasar. Al darme cuenta de que estoy poniendo cara de sorpresa carraspeo y me hago el indiferente.
Dos hombres musculosos con trapos colgados del hombro chocan las palmas y se dan golpes en la espalda.
—¿Qué pasa, bro ? —le dice uno al otro.
—Aquí, tío, terminando de entrenar.
Antes me han llamado primo y ahora descubro que también se llaman tíos. Los españoles modernos tienen una fijación extraña con los parentescos.
Un poco más adelante hay un hombre enorme agarrando y soltando una palanca por encima de su cabeza. Me lo quedo mirando con la ceja arqueada; es una manera bien ridícula de ejercitarse.
—¿Qué miras? —me increpa de repente—. ¿Eres gay?
Como desconozco a qué se refiere, respondo:
—Puede.
Decido que ya he tenido suficiente, doy media vuelta y me voy por patas. Antes de llegar a la salida, otro muchacho me asalta al paso.
—Ey, qué buenos brazos, tío —me dice.
Me miro los brazos. Sí que son buenos, todavía no me los han cercenado en ninguna guerra.
—Gracias.
—¿Qué rutina haces?
Creo que se refiere a mis entrenamientos.
—Esgrima al amanecer y carreras al trote por la sierra.
Al salir, la chica de antes parece estar esperándome.
—¿Te gusta nuestro gimnasio?
—Es hermoso —miento.
Ella me tiende un papelito con un extraño código apuntado: @Laauu_01.
—Esto es por si me quieres seguir —sonríe, nerviosa.
Ah, ni hablar. La última doncella a la que seguí fue Ginebra, y solo hay que ver cómo he acabado.
—No, gracias —respondo, devolviéndole el papel.