¿En tu siglo o en el mío? 10
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Ginebra

Vas a ver muchas cosas raras. Cuando algo te extrañe, disimula y actúa como si te pareciese normal —le digo a Arturo mientras entramos en IKEA.

Él asiente, concienzudo, como si se preparase para la guerra.

—De acuerdo.

La primera prueba resultan ser las escaleras mecánicas. Arturo se tensa y abre mucho los ojos, pero luego controla su expresión y las mira con indiferencia.

—¡Muy bien! —lo apremio.

—¿Han metido a alguien abajo para que las mueva? —me pregunta en voz baja.

—¡No! Y tampoco hay un caballo escondido en el coche. —Me subo en las escaleras, esperando que me siga—. ¿Ves qué fácil? Nos subimos y... ¿Arturo?

No ha venido detrás de mí. Lo veo mientras me alejo, levantando y bajando el pie cada vez que un nuevo escalón se alza frente a él, sin decidirse a embarcar.

—¡Arturo! —exclamo, y él me mira con cara de circunstancias—. ¡Espérame, voy a por ti!

Una pareja lo sortea para subir y nos miran con cara rara. Bajo corriendo por las escaleras de al lado y me vuelvo a plantar junto a él.

—Vale, vamos a hacerlo a la vez —le digo, tendiéndole la mano—. Le pillarás el truco superrápido, ya verás.

La pareja se gira y nos vuelve a mirar. Dios, qué bochorno. Arturo toma mi mano: tiene los dedos fríos.

—Pie derecho a la de tres —le digo—. Uno, dos, ¡tres!

Conseguimos subir al mismo peldaño y Arturo me estruja la mano como si temiese caer. Enseguida coge confianza, me suelta y se agarra a la barandilla para asomarse.

—¡Nos estamos elevando! —exclama como si acabásemos de emprender un viaje en globo.

—Sí.

—¿Así se sentirán los pájaros al volar?

Sacudo la cabeza, divertida.

—Tampoco es para tanto.

—¡Mirad el suelo cómo se aleja!

Una familia que baja por las escaleras de al lado se queda en silencio y le observa.

—Arturo... ¿recuerdas lo de actuar como si todo te pareciese normal? —susurro.

—Entendido —asiente. El tramo de escaleras termina y se le escapa una mueca de desilusión—. ¿Podemos bajar y volver a subir?

—No.

Reprimo el impulso de tomarlo del brazo y arrastrarlo a mi lado como si fuese un niño a mi cargo. Voy a consultar en un plano dónde está el área de colchones y camas, pero me detengo en seco al recordar algo importante.

Paola.

Saco el móvil del bolso, entro a su chat y le doy a grabar audio.

—Paola, lo siento por desaparecer así. Es que ha venido un primo mío de visita. Se va a quedar en mi casa un tiempo y he estado liada —improviso—. No te preocupes por lo de Ricardo, estoy mejor. De hecho, es lo último en lo que he estado pensando en las últimas veinticuatro horas.

Levanto el pulgar y el audio se envía. Al girarme veo a Arturo mirándome con la ceja arqueada. Ahora debe de pensar que hablo sola.

—Esto es un teléfono móvil —le digo, poniéndoselo en la mano—. Sirve para hablar con gente que no está aquí con nosotros.

—Os referís a... ¿fallecidos?

—¡No!

Arturo acerca el móvil a su rostro y lo analiza con los ojos entornados. Entran varios mensajes de Paola, y al sentir la vibración se asusta y tira el móvil al suelo.

—¡¿Qué haces?! —exclamo, recogiéndolo.

Se ha hecho una grieta en la pantalla. Lo voy a matar...

—¡No habéis avisado de que iba a latirle el corazón! —se defiende.

—No tiene... olvídalo.

Voy a coger un carrito, gruñendo maldiciones. Por el camino me encuentro a un empleado.

—¿Qué garantía tienen los colchones? —le pregunto—. ¿Se pueden devolver dentro de treinta días y recuperar el dinero?

—Si no han sido usados, sí.

Perfecto, le pondré varias fundas protectoras. Aferro las asas del carro y trato de volver con Arturo, pero ya no está donde lo dejé. Doy una patada en el suelo; a este paso voy a perder la cabeza. Ojalá pudiera ponerle una correa sin que fuésemos juzgados socialmente.

—¡Arturo! —empiezo a llamarlo por los pasillos, muy enfadada.

Es como si se lo hubiese tragado la tierra.

No hay rastro de él en la sección de alfombras, ni en los escritorios, ni en las cortinas.

Lo termino localizando a lo lejos, en la sección de lámparas.

Una empleada del IKEA le tiende una lamparilla de noche con forma de pato, de esas a pilas.

Cuando Arturo la coge, esta se enciende y él la suelta con un aspaviento.

El pato de cristal se rompe en pedazos contra el suelo.

Ahogo una exclamación y acelero el paso para llegar a su lado.

—Perdonadme, no esperaba que se fuese a iluminar —le dice Arturo a la empleada.

—Vas a tener que pagarla —responde ella.

—¡Lo siento mucho! —exclamo—. Por supuesto que lo vamos a pagar.

Clavo las uñas en el brazo de Arturo y lo aparto a un rincón.

—Arturo, ¿vas a seguir rompiendo cosas? Porque me empiezan a entrar ganas de romperte a ti la crisma. Por segunda vez —lo amenazo.

De verdad que me había propuesto ser comprensiva y tener paciencia, pero no está siendo fácil. Sobre todo después de llevar veinticuatro horas sin dormir.

—¿Creéis que la escultura que brilla será cara?

Me acerco a ver el precio de las lamparitas de pato y le tiendo a Arturo un billete de diez.

—Así puedes empezar a practicar con los euros.

Él se queda mirando el billete y lo arruga en forma de pelotita en su puño.

—¡¡Pero no hagas eso!! —exclamo, recuperándolo.

—Solo es un papel.

—Es un papel valioso.

—Con todo respeto, no lo parece.

Me tapo la cara con las manos y contengo las ganas de gritar. No voy a soportar esto durante mucho más tiempo. Un mes. Un maldito mes con él.

—¿Ginebra?

Respiro hondo, me obligo a sacar paciencia de donde no hay y retiro las manos de mi rostro. Le vuelvo a mirar y frunzo el ceño.

—¿Qué voy a hacer contigo? —resoplo.

—Que sepáis que sois la primera dama en la tierra que considera mi presencia un incordio.

—No te vuelvas a separar de mí —le ordeno.

—Desde luego que no, ¡este lugar es una pesadilla! Te alejas un poco y te pierdes en un laberinto sin final. ¿Cómo hacéis vos para orientaros?

Le dedico una sonrisa sarcástica.

—Bueno, igual yo también soy una bruja. —Él retrocede medio paso, desconfiado—. Venga, vamos a por el maldito colchón.

De vuelta a casa he parado el coche en McDonald's, y ahora Arturo está degustando el primer Big Mac de su vida en mi sofá.

—Es extraño. Su aspecto es poco apetecible, como si fuese comida de mentira. Pero, si lo muerdes, tiene un sabor exótico y delicioso —dice, apretando el pan.

—Ajá.

Observo cómo analiza la hamburguesa. He de admitir que me lo estoy pasando bien. Ahora que ya tenemos un colchón nuevo en el suelo del salón y que, de paso, hemos tirado la basura, limpiado y recogido el piso, mi humor ha mejorado.

Miro a mi alrededor: ya no hay ropa sobre las sillas ni cajitas de comida para llevar en la mesa. Lo único que sigue desordenado es la pila de apuntes.

—Imagino que la guerra contra Inglaterra ya ha finalizado —comenta Arturo.

—Si quieres te cuento cómo terminó, pero sería un spoiler .

—¿Contra quién estamos en guerra ahora? ¿Portugal? ¿Nápoles? —tantea.

Mojo una patata en el kétchup y me la llevo a la boca.

—Nos llevamos bien con todos los países del continente. Ahora somos amigos —le explico.

A él se le escapa un resoplido incrédulo.

—¿Y qué más? ¿Nos juntamos una vez al año y cantamos felices una canción?

—De hecho, sí. Se llama Eurovisión.

—¿Eso es lo que ponía en tu pasaporte?

Me entran ganas de reír y casi me atraganto.

—No, en el pasaporte pone «Unión Europea». Es como... el nombre de nuestra amistad.

Arturo sigue masticando con el ceño fruncido, asimilándolo todo. Al cabo de un rato, dice:

—Creo que eso de la amistad es una estratagema de Francia para conquistarnos a todos.

—¿Por qué iba Francia a hacer eso?

—Son franceses. ¿Acaso vos os fiáis de ellos?

—Arturo, puedes tutearme —le digo—. De hecho, deberías . Y no te preocupes por los franceses; si nos intentan conquistar, la gente del futuro les pararemos los pies.

Lo digo convencida, pero él me mira como si no confiase en nuestra capacidad de resolver problemas.

—Ginebra —carraspea, mirando a su alrededor—. ¿Cómo es que vivís... cómo es que vives sola?

Bien, se acabó la forma de hablar pomposa. Un paso más hacia la normalidad.

Me meto lo que queda de hamburguesa en la boca para evitar responder de inmediato. El vacío amenaza con volver a mi pecho, así que me obligo a enterrar cualquier rastro de emoción y a encerrarla bajo llave.

—Lo que te dije en el torneo era cierto. Tenía un prometido, Ricardo —respondo con frialdad—. Pero se fue.

Arturo me mira con seriedad. De repente me siento abochornada; no quiero que se compadezca de mí.

—No hace falta que digas nada —me adelanto—. De hecho, prefiero que no digas nada.

Zampanchina Miaumiau se sube al sofá y restriega el lomo contra las piernas de Arturo. Se acomoda en su regazo y me dirige una mirada hostil, con los ojos entornados.

«No voy a robarte a tu hombre», me gustaría decirle.

—Y tú... ¿estás bien? —me pregunta Arturo con cautela.

—¡Claro! —exclamo, quizá con demasiada efusividad—. Siempre he sido un alma solitaria. Casi lo agradezco.

El móvil empieza a vibrar por una llamada. Me limpio las manos con la servilleta y lo saco del bolsillo; casi me da un infarto al ver que es mi jefe. Bebo tres tragos de agua y toso para aclararme la garganta antes de descolgar.

—¿Sí?

—Buenas noches, Ginebra, disculpa las horas. Llamo para decirte que mañana no hace falta que vengas al parque, he encontrado a una sustituta.

Mi mente se apaga durante varios segundos. Conforme asimilo lo que en verdad me está diciendo, siento como el mundo se me cae encima. Abro y cierro la boca, aturdida.

—Pero... pero no... —balbuceo como una tonta, incapaz de hilar una frase coherente.

Me llevo una mano a la tripa. Siento presión en el abdomen, como un puño apretado en el estómago.

—Lo siento mucho, tenemos que prescindir de ti.

Cierro los ojos y tomo aire por la nariz.

En el fondo no me lo veía venir. Sí, sabía que el trabajo era precario, que cogían a gente en el periodo de prueba y la descartaban para evitar hacer contratos, y que habían cometido más de un despido improcedente.

Aun así, no esperaba que me sucediese esto ahora. No contaba con este contratiempo.

—¿Es en serio? —suelto, perdiendo el filtro. Una rabia incontrolable se apodera de mí—. ¿Es por lo de esta tarde? No me lo puedo creer, ¿de verdad sois tan capullos?

—Ginebra...

Mil números se me amontonan en la cabeza. Los días que faltan para que acabe el mes, el precio del alquiler, la cifra que tengo en el banco, las facturas, los precios del súper que no dejan de subir...

—¡Por mí os podéis ir a la mierda!

Cuelgo el teléfono antes de decir algo mucho peor. Arturo me observa con los ojos muy abiertos, incluso Zampanchina ha erguido las orejas. Entierro las manos en el pelo y hago el intento de tomar aire. Mi rodilla empieza a traquetear.

—¿Qué sucede? —se atreve a preguntar Arturo—. ¿Hablabas con alguien en la distancia?

Me escuecen los ojos; parpadeo antes de correr el riesgo de que escape alguna lágrima.

—Me he quedado sin trabajo —acepto de golpe—. Y, si antes ya no sabía cómo iba a seguir pagando esta casa... imagínate ahora.

Arturo esboza una expresión de culpa.

—¿Ha sido por mí?

—O igual solo les has servido de excusa —suspiro—. Yo qué sé.

Me levanto del sillón y voy a tirar las bolsas del McDonald’s para tener algo que hacer.

—Me voy a dormir —le digo—. Buenas noches, intenta descansar.

Apenas me he metido en la cama llaman a la puerta de mi habitación. Me levanto para ir a abrir, pero me doy cuenta de que llevo puesto un tanga y una camiseta de tirantes y regreso a buscar un pantalón de chándal.

Arturo está al otro lado de la puerta, retorciéndose las manos. Le he prestado un pijama de Ricardo.

—Ginebra, yo... —empieza, mirándome con cara de cachorrillo—. Lo lamento muchísimo. No quería hacer que te despidiesen. No sabía que...

—Arturo, está bien —lo interrumpo. Me apoyo en el marco de la puerta, jugueteando con las puntas de mi cabello—. Quizá lo de la espada fue un poco melodramático, pero acabas de llegar.

—Yo no quería terminar en este mundo. Si pudiera regresar ahora mismo y dejar de causar problemas, lo haría.

—Ninguno de los dos quiere estar en esta situación, pero creo que podremos adaptarnos —lo tranquilizo.

Alzo los ojos hacia él y esbozo una sonrisa sin ganas.

—Sé que soy un desastre, mi padre lo dice siempre. Pero voy a intentar hacerlo bien. Actuar normal y dejar de romper cosas.

Asiento con la cabeza, agradecida.

—Ahora vuelve al colchón y haz la cucharita con Zampanchina —bromeo.

—¿Hacer cucharita? —repite sin entender.

—Olvídalo —río—. Buenas noches, Arturo.

Vuelvo a la cama sintiéndome más ligera. Mañana tendré que buscar trabajo y descubrir cómo me las apaño, pero es la primera noche desde que se marchó Ricardo en la que me duermo sin llorar.