¿En tu siglo o en el mío? 9
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Ginebra

A pesar de no haber dormido en toda la noche me siento extrañamente activa.

Debe de ser el exceso de adrenalina. Estoy cansada y despierta al mismo tiempo.

Tras recuperar mi ropa normal de la taquilla y soportar estoicamente la bronca de mi jefe, salgo corriendo al parking .

Quiero llegar lo antes posible a mi coche.

Se me escapa un suspiro de alivio al ver que Arturo está dentro, en el asiento del copiloto, como un chico obediente. Teresa ya se ha marchado.

Abro la puerta y me siento al volante. Él me mira de arriba a abajo y sus mejillas enrojecen. Se apresura a girarse hacia la ventanilla.

—¿Qué? —le espeto.

—No necesitaba veros en ropa interior.

Le echo un vistazo a mis muslos descubiertos.

—Es ropa de calle. Un pantalón corto.

—Como os vea la Inquisición os llevarán presa —me advierte.

—Qué suerte que no haya Inquisición aquí.

—¿En serio? —pregunta, volviéndose hacia mí sin querer. Aparta de nuevo la vista—. Es... una grata noticia.

Me giro hacia él y subo un pie al asiento.

—¿No le has visto nunca las piernas a una mujer? —bromeo. Él frunce el ceño.

—Desde luego que sí, pero nunca a plena luz del día.

—Pues solo imagina que es medianoche.

Consigo escandalizarlo tanto que gira la cabeza hacia mí. Me vuelvo a sentar derecha e introduzco la llave del coche en el contacto.

—Ahora que estás un poco menos tenso, voy a arrancar —le aviso antes de girarlas—. El coche se va a mover, no te asustes. —El motor se enciende con una sacudida y Arturo da un respingo—. Te he dicho que no te asustes.

—¡No lo puedo controlar! —se defiende.

Cuando empezamos a movernos se agarra al asiento como un gato con miedo al agua, pero enseguida se le pasa y pega la nariz a la ventanilla, observándolo todo con la boca abierta.

—Arturo, ¿qué te ha dicho Teresa? —lo saco de la ensoñación.

—Que no intercambie fluidos con nadie del presente o se destruirá el mundo.

Al principio creo que me toma el pelo.

—¿En serio? —Él asiente con la cabeza—. Pues esperemos que no necesites ninguna transfusión de sangre. ¿Qué más?

—Va a buscar alguna solución para que mi vuelta no cause problemas.

Asiento con la cabeza; Teresa es una mujer resolutiva.

Por el espejo retrovisor veo que Arturo me está mirando. Observa mi cara con un ojo semientornado, como si me estuviera juzgando.

—¿Qué pasa ahora? —me exaspero.

—¿Os han dado un espadazo en la frente?

—Se llama flequillo. ¿Te dieron a ti un espadazo al nacer?

—No me extraña que llevaseis peluca, yo también escondería semejante peinado.

Le dirijo una mirada furibunda antes de volver a prestar atención a la carretera.

—¿Qué le pasa a mi peinado?

—Es tan espantoso como vuestro carácter.

—Para ser tan espantosa, bien que me estuviste siguiendo.

—Solo la perseguí para llevarla frente a los guardias —contrataca.

Se me escapa una sonrisa triunfal.

—¿Y me pediste el favor en el torneo por error? ¿Ya no soy una hermosa doncella?

Él mira al techo.

—Desde luego, debí sobrepasarme con el vino del banquete.

Me detengo en un semáforo. Respiro hondo y tamborileo el volante con los dedos, pensando en que esta convivencia puede hacerse muy larga si no ponemos de nuestra parte.

—Vale, hemos empezado con mal pie.

—Y que lo digáis.

—Siento haberte golpeado a traición —digo entre dientes—. Y haberte robado un caballo.

Veo cómo se yergue en el asiento y alza el mentón.

—Disculpas aceptadas.

El semáforo se pone en verde. Doy un acelerón y Arturo se vuelve a sobresaltar. Aprieto los labios para no reírme.

—¿Cómo se quita esa armadura? —pregunto. Debe de ser bastante incómoda y llevas bastantes horas con ella puesta.

—Precisaría a mi escudero, Esteban. Pero, como habéis dicho antes con toda la delicadeza del mundo, está muerto.

—¿Puedo hacer yo el papel de escudera?

—¿Queréis desnudarme?

—No te vengas arriba. Te ayudaré a quitarte el armatoste de metal; la ropa de abajo te la quitas tú solito.

Él arquea una ceja.

—Sigue siendo bastante indecoroso.

Sacudo la cabeza, aguantándome las ganas de reír.

—El decoro ya no le importa a casi nadie, vete acostumbrando.

Cada persona con la que nos hemos cruzado desde que hemos aparcado y salido del coche se nos ha quedado mirando con la boca abierta. Solo deseo llegar a casa y disfrazar a Arturo de ciudadano moderno y normal.

—¿Esta morada es vuestra? —pregunta, señalando el edificio donde vivo.

—No, solo tengo alquilado uno de los pisos —aclaro, abriendo la puerta del patio.

Al recordar el desastre en el que está sumido mi apartamento siento una enorme vergüenza. No es culpa mía, no esperaba visitas.

—Bienvenido a mi precioso hogar —le digo cuando llegamos a la quinta planta.

Arturo jadea por el esfuerzo. No sé cuánto pesa la armadura, pero no debe de ser fácil arrastrarla escaleras arriba.

El chico no disimula la cara de desilusión al cruzar el umbral.

Observa el diminuto comedor, la mesa llena de cajas de comida para llevar, el escritorio abarrotado de apuntes y la ropa sucia que se aglomera en las sillas.

—¿De verdad vivís aquí? —pregunta. Creo que arde en deseos de que sea una broma.

—Bueno, voy a recoger y a limpiar pronto. Eso mejorará el aspecto general.

Zampanchina Miaumiau sale a recibirnos, maullando con enfado. Ha pasado veinticuatro horas sola.

—¡Tenéis un gatito!

—No la toques; muerde y araña —le advierto.

Sin hacerme caso, Arturo se acuclilla y se quita el guantelete para acariciarla. Mi boca se abre de sorpresa al ver que la gata traidora le frota el hocico contra los nudillos y ronronea.

—¡Ella nunca ha hecho eso! —exclamo.

Arturo sonríe con satisfacción.

—Incluso los gatos me adoran.

—Venga, vamos a quitar esa armadura.

Coloco a Arturo en el centro del salón, de pie sobre la alfombra.

—Cuidado con las correas, es muy cara —me dice.

—Confía en mí.

Me lanzo directamente al peto y desato las hebillas de la espalda, impaciente por terminar.

—¿Estáis soltando los brazales? —pregunta Arturo con recelo.

—Aún no, ¿por?

—¡Los brazales van primero!

Demasiado tarde. Retiro la pieza del pecho y, al instante, los brazos de Arturo quedan en alto, atrapados en el aire como si estuviera colgado de ganchos de carnicero.

Estallo a reír sin poder contenerme. Arturo intenta volverse hacia mí, incapaz de bajar los brazos.

—¡No tiene gracia! —exclama—. Parezco una santa en su éxtasis.

Me cubro la boca con las manos, tratando de reprimir la risa. Aparto la vista, pero en cuanto vuelvo a mirarlo estallo otra vez en carcajadas.

—¡Ginebra, liberadme! —ruega.

—Perdón —farfullo, secándome una lágrima.

Intento voltearlo para sacarle de encima los brazales, pero tropiezo con el peto. Me apoyo en él para recuperar el equilibrio, olvidando que tiene los brazos en alto y a duras penas se mantiene en pie. Arturo cae al suelo con un estruendo metálico, y yo detrás de él.

Me ha vuelto a dar la risa tonta.

—Que san Martín me libre de este tormento —gimotea. Intento ponerme seria, pero lo consigo a duras penas—. Sois una terrible escudera.

Le golpeo el pecho con el puño.

—Y tú un llorica. A ver cómo te quito esto...

Me siento sobre su torso y manipulo las correas como mejor me parece. A estas alturas, Arturo ya no tiene energías ni para protestar por el decoro.

Hora y media después, todas las piezas de la armadura están apiladas en un rincón del salón y su dueño en el baño, dándose su primera ducha moderna. Me ha costado lo suyo convencerle de que el agua caliente no es obra de brujería.

Estoy sentada en el sofá, con los ojos entornados de cansancio, preguntándome por enésima vez si todo esto es un sueño. Brujas, portales mágicos, y un caballero metido en mi bañera. Por Dios, tengo una maldita armadura del siglo XVI en el salón de mi casa.

Me froto la cara, preguntándome qué he hecho mal en otra vida para haberme ganado todo esto. Zampanchina me observa desde lo alto del mueble de la tele, enroscada como un flotador de playa.

—Contigo hablaré luego —gruño—. Chaquetera.

El agua sigue corriendo, y escucho a Arturo tarareando una canción. Lleva ahí dentro como cuarenta y cinco minutos.

—¡¡El agua se paga!! —grito fuerte para que me oiga—. ¡¡Y la luz también!!

De repente caigo en la cuenta de que cuando salga se tendrá que vestir.

Me levanto del sofá y voy al dormitorio.

Abro todos los armarios. Tengo una camiseta de Los Beatles que solía usar para dormir.

Es de la sección de hombre. También tengo calzoncillos limpios; los compré para estar por casa porque son más cómodos que los tangas.

Por suerte, Ricardo se dejó algunas prendas de ropa que todavía no ha venido a reclamar.

Decido que le tomaré prestados unos vaqueros y sus Converse amarillas. Que se joda.

Cargo toda la ropa en brazos y me dirijo al cuarto de baño. El agua ha dejado de correr.

—Te dejo un conjunto en la puerta —le digo, pegada a la madera—. Vístete con esto y sal.

Regreso al sofá para esperarlo. Cuando le veo aparecer con la ropa nueva, casi se me escapa un sollozo de alivio: parece un chico normal. Ya nadie nos mirará raro por la calle ni nos pedirán fotos.

—Estoy ridículo —protesta, mirándose la ropa.

«Y espera a que te enteres de que llevas a unos ingleses en la camiseta...».

—¡Estás genial! —replico. Ladeo la cabeza, mirándole con más atención. Tiene el pelo largo hasta la altura de la barbilla, un bigote de puntas afiladas y perilla—. Casi genial —rectifico—. Hay que hacer algo con esa barba. Y con ese pelo.

Arturo retrocede varios pasos.

—Ah, no. Eso sí que no. Con el bigote no se juega.

Yo ya me he levantado a buscar las tijeras y la maquinilla de afeitar.

—No me creció barba hasta los veintiún años; ¿entendéis el aprecio que le tengo? —continúa diciendo.

—Solo la voy a recortar, no seas exagerado.

Encuentro las tijeras en el costurero y regreso a su lado.

—Os permito tocar el bigote y la barba, pero del cabello ni hablar. Seguro que pretendéis hacerme un flequillo como el vuestro.

—¡No voy a hacerte flequillo! —resoplo—. Confía en mí.

Apoyo la mano en su pecho y le empujo hasta que se sienta en el sofá.

—Dijisteis lo mismo antes de quitarme la armadura y me dejasteis como Cristo en la cruz.

—Con rencor no vamos a ninguna parte, Arturo.

Le tomo de la barbilla y giro su rostro hacia un lado y al otro, ideando el peinado que le haré. Él cierra los ojos y deja escapar el aire, resignado.

—Voy a regresar a Rocahumbría con el cielo ganado.

Le paso la maquinilla de afeitar hasta dejarle la barba y el bigote uniforme.

También consigo que me deje cortarle el pelo.

Mi madre tenía una peluquería cuando yo era niña, algo aprendí.

Se lo dejo corto por los lados y un poco más largo por arriba.

Después, se lo alboroto con los dedos y se lo peino ligeramente hacia abajo.

Me levanto y me alejo del sofá para admirar mi obra. Arturo se cruza de brazos.

—¿Contenta?

Alzo las cejas, sorprendida. Parece una persona diferente.

—Eh... Sí.

El pelo corto le resalta la línea de la mandíbula y las cejas rectas. Está mucho más atractivo; la modernidad le sienta bien. Ha sido como quitarle las gafas a la amiga fea del instituto. Ahora me empieza a preocupar que alguna chica quiera ligar con él, se terminen besando y se destruya el mundo.

—¿Por qué me miráis así? —se preocupa—. ¿No luce bien el peinado?

—No, sí —parpadeo—. Ha quedado demasiado bien. Vamos a dormir.

Todavía es de día, pero no aguanto más en pie.

—Guiadme a mi alcoba, pues —responde.

«Mierda».

No tiene ningún sitio para dormir. En el sofá ni siquiera quepo yo estirada, y desde luego que no vamos a compartir mi cama de matrimonio. Dejo escapar un rugido exasperado, compruebo la hora que es y voy a buscar las llaves del coche.

—¿Qué ocurre? —pregunta Arturo.

—Vamos a ir a comprarte una cama. Bueno, solo con el colchón bastará. O un sofá-cama, lo que salga más barato.

—Conozco el taller de un buen ebanista, pero a estas alturas no creo que siga en pie —farfulla Arturo.

Le tiendo la mano para ayudarle a levantarse.

—No vamos a ningún taller ni a ningún ebanista. Vamos a un reino mágico llamado IKEA.