¿En tu siglo o en el mío? 8
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Arturo

Abro los ojos con pesadez; me duele la cabeza una barbaridad.

Veo a la doncella sin nombre sentada en una roca, con el mentón apoyado en un puño y mirándome ceñuda.

Ya no lleva la peluca: una larga mata castaña cae por su espalda.

También tiene pelo sobre la frente, varios mechones cortos por encima de las cejas.

Como si le hubiesen arreado con una espada.

Teniendo en cuenta que va por ahí lanzando ataques a la gente, tampoco me extrañaría que así fuese.

—¡Me habéis golpeado con una piedra! —la acuso, poniéndome en pie—. ¡Después de darme vuestra palabra!

—Y no habría sido necesario si te hubieras metido de vuelta en el limonero, tal y como te ordené.

Dice esto último con un tono irritado, fulminándome con la mirada. Desde luego que debí hacerle caso al bueno de Esteban. Por muy hermosa que sea, es un espanto de mujer.

—No sé de dónde habéis salido ni qué educación habéis recibido, pero os digo que...

Alguien carraspea a mi lado y me interrumpe. Me sobresalto al ver que con nosotros hay una segunda mujer. Ella...

Viéndola más de cerca me vienen recuerdos borrosos a la mente. Sí, creo que trabajaba en las cocinas del castillo cuando yo era niño. Igual por eso me es tan familiar.

—Don Arturo, os ruego que disculpéis la mala educación de Ginebra —me dice con una sonrisa forzada—. Ha surgido un percance y... vamos a necesitar hablar con vos. Con la mente abierta.

Las miro a una y luego a la otra, sin entender.

—Está bien, decidme.

—Espera —carraspea Ginebra—. Primero siéntate.

Están rotunda y absolutamente chifladas. Por suerte ha sido fácil librarme de ellas; aun llevando armadura corro mucho más rápido. Busco a Feroz y al corcel robado por las inmediaciones del bosque, pero no hay rastro de ellos. Tampoco del perro.

—¡Feroz! —pruebo a llamarlo, apartando los setos con la mano—. ¿Dónde estás, amigo?

En lugar del caballo me encuentro con un sendero que nunca había visto. Un viandante se acerca en mi dirección. Va vestido de forma extraña, con una especie de malla de colores chillones, y se apoya en dos bastones largos al andar. Me pregunto si será un juglar. Al verme pone cara de sorpresa.

—¡Vaya, qué disfraz más guapo! ¿Trabajas en el parque de ahí abajo?

—Eh... —farfullo, sin saber qué responder. Mucho me temo que está tan majareta como las otras dos.

—¿Nos podemos hacer una foto?

No sé de qué habla ni lo quiero averiguar.

—Disculpadme, voy con premura —respondo—. He de regresar a la boda de mi hermana.

Doy media vuelta y acelero el paso; volveré a Rocahumbría con o sin corcel. Después, mandaré a los mejores guardias a rastrear la zona y a apresar a las dos mujeres que dicen que he viajado en el tiempo y estoy en 2025.

A medio camino me encuentro con un sendero mucho más grande, de suelo duro y gris.

—¿Qué diantre? —farfullo para mí mismo, agachándome para tocar la roca.

Un sonido estridente, parecido a un cuerno de guerra, me hace brincar del susto. Un carromato pintado de rojo que se mueve sin ayuda de caballos se abalanza sobre mí. Consigo apartarme a duras penas, jadeando. El armatoste se aleja a toda velocidad, dejando el rastro de un olor apestoso en el aire.

Mi corazón late con fuerza; casi lo siento retumbar en la armadura.

Corro hacia Rocahumbría como alma que lleva el diablo, hasta que veo sus altas torres.

Sin embargo, la estructura del castillo es lo único que no ha cambiado.

Grupos de gente extraña y variopinta se aglomeran por aquí y por allá.

No hay rastro de la justa, ni de los invitados, ni de los sirvientes.

Tampoco están los cultivos ni las humildes casas de los campesinos.

Parece una broma de mal gusto, una pesadilla.

Una familia se acerca a mí con amplias sonrisas: una pareja y sus dos hijos. Son tan rubios que parecen un grupo de polluelos.

— Schau! Ein mittelalterlicher ritter —exclama el niño, tirando del brazo de su padre. No conozco este idioma forastero, pero seguro que es inglés.

¡Ingleses en mi feudo! ¿Cómo han llegado hasta aquí? Se han traído a la familia entera, lo que debe significar... que pretenden establecer una colonia.

Desenvaino la espada, dispuesto a defender Rocahumbría hasta mi último aliento. Para mi sorpresa, los ingleses se ponen a aplaudir como locos. El padre saca un aparato rectangular de su bolsillo y me apunta, sonriente. ¿Es una especie de maniobra de distracción?

—¡Me cago en tu estampa! —grita alguien tras de mí. Al girarme y ver a la doncella culpable de que me duela la cabeza pongo los ojos en blanco—. ¡¿Qué haces?! ¡Guarda la espada!

—¡Hay ingleses en mi feudo! —exclamo, señalándolos. Ellos siguen riendo y aplaudiendo como memos.

—Son turistas, idiota. Viajeros.

«Viajeros». Vuelvo a mirar a mi alrededor y trago saliva. Las manos me vuelven a sudar bajo los guanteletes. No, esto no puede ser Rocahumbría. Apenas reconozco este lugar. Vuelvo a mirar a la doncella y retrocedo un par de pasos.

—¿Ya te crees lo de que estamos en el futuro? —me dice.

Miro de reojo a la familia forastera; ya se están alejando. Me fijo de nuevo en sus extraños ropajes.

—¿Por qué iba a fiarme de vos? Sois una mujer sin palabra y sin honor —le reprocho.

Un hombre de aspecto importante aparece a nuestro lado. Lleva una especie de anteojos teñidos de negro. Me pregunto cómo se las apaña para ver.

—¡Ginebra! —exclama, cruzándose de brazos. A la doncella se le descompone el rostro—. ¿Qué haces aquí? Y disfrazada. Hoy no tienes turno.

—Lo sé, lo siento. Es que me dejé unas cosas en la taquilla.

—¿Quién es tu amigo y por qué parecía estar amenazando a unos clientes?

Ella me aparta con el brazo y se pone frente a mí.

—No es mi amigo.

—Estabas hablando con él.

—Es mi primo —dice. Madre de Dios, cómo goza con las mentiras esta mujer—. Es que... Lo he sacado del centro de día para que le de el aire, tiene necesidades especiales y...

—No tengo ninguna necesidad especial —la interrumpo.

Ella sonríe con lastima y me toma del brazo.

—Claro que no, cariño.

—¿Por qué vas disfrazado si no curras aquí? —exige saber el hombre, de malas formas.

Esto es el colmo. No voy a permitir que me sigan faltando al respeto en mi propio feudo.

—Soy don Arturo de Mendoza, el primogénito del barón de Rocahumbría —le digo sacando pecho y alzando la voz—. Muestre sus respetos o...

—¡Arturo, ya está bien! —grita Ginebra. Tiene las mejillas rojas y cara de pánico—. ¿Te has vuelto a saltar la medicación? ¡Venga, vámonos a casa! Se acabó la salida.

Tira con fuerza de mi brazo, alejándome del hombre de anteojos negros.

—Perdón —le dice mientras nos vamos—. Voy a por mis cosas y nos largamos, no dará más problemas.

—Ginebra, ¿sabes dónde está Isa? —le pregunta él. La doncella se gira de nuevo—. No ha aparecido por aquí hoy y no le entran las llamadas.

Ella se tensa todavía más.

—No sé nada.

Nos alejamos a paso rápido. Cuando estamos fuera del punto de mira del hombre malhumorado, me agarra de la oreja y tira con saña.

—¡Ah! —me quejo.

—Óyeme bien —sisea en mi oído—. Ese de ahí era mi jefe y me acabas de buscar un buen lío.

De ahora en adelante te vas a quedar calladito y vas a hacer todo lo que te diga, porque como me metas en otro aprieto pondré unas tenazas al fuego hasta que estén al rojo vivo, te bajaré los pantalones y te arrancaré los huevos.

Me suelta de golpe y yo la miro con horror.

—No seríais capaz.

—¿Lo comprobamos?

No es ninguna doncella, es un animal.

—¿Por qué sois tan vulgar?

Ella me empuja hacia delante.

—Venga, arreando. Ya veo mi coche.

Nos estamos metiendo en una especie de campo sin hierba.

Carromatos como el que antes casi me embiste se apilan de forma ordenada, formando una cuadrícula de colores.

Llevo la mano a la empuñadura de la espada; estaré listo para desenvainarla si alguna de estas bestias despierta y trata de atacarme otra vez.

—Tened cuidado, no son lo que parece —la advierto—. En cualquier momento pueden moverse. Por sí solos, ¿sabéis? Y a gran velocidad. Lo he visto —añado, por si piensa que es un cuento.

—Sé cómo funcionan —resopla.

Seguimos avanzando. Me contengo para no acelerar el paso cada vez que cruzamos por delante de un carromato; debo mantener el porte. Se supone que soy valiente.

—Conque os llamáis Ginebra —carraspeo.

—Sí. Y tú Arturo. Parece un chiste malo.

—¿Conocéis la leyenda de los Caballeros de la Mesa Redonda?

—Claro que sí.

Me suelta el brazo y busca algo en su feo morral con flecos.

Me giro hacia castillo y siento una punzada en el pecho.

Lo han decorado con banderines de colores y han colgado una pancarta en el torreón central, justo en mis aposentos.

«Auténtica armería del Siglo de Oro y Museo de Arte Valenciano Renacentista».

Me he vuelto un extraño en mi propio hogar.

—Beatriz... —murmuro—. Y Esteban. Y mi buen amigo Fernando.

Me giro hacia Ginebra y su expresión se suaviza.

—Están muertos, Arturo —me dice, sacando de su bolso una especie de llaves—. Pero no pasa nada, cuando vuelvas al pasado el mes que viene los volverás a ver.

El mes que viene. No voy a aguantar hasta el mes que viene. No con esta salvaje. Me apuñalará mientras duermo y comerá mi carne cruda.

Ginebra apunta con las extrañas llaves a uno de los carromatos. Los dos faroles de delante se iluminan con un parpadeo y se vuelven a apagar. Los observo con la boca abierta, deseando que vuelvan a hacer eso.

—Métete en el coche y espérame —me ordena. Le gusta mandar casi tanto como mentir—. Tengo que ir a mi taquilla a por mi ropa normal y cambiarme. Ah, perdón, el coche es eso.

Señala el carromato mágico con el dedo. Me doy cuenta de que la otra mujer, Teresa, está sentada dentro.

—¿Qué hace ella ahí?

—Lo tenía aparcado en la montaña, hemos bajado juntas. Va a... vigilar que estés tranquilo. Luego se irá.

—Una niñera, entendido —bufo.

Me vuelve a mirar con el ceño fruncido; empiezo a pensar que es su cara habitual.

—¿Te duele la frente? —pregunta entre dientes.

—No mucho. El dolor típico de la traición.

—Te traeré hielo —suspira, dándome la espalda. Un par de pasos después se vuelve a girar—. El coche no va a masticarte, puedes subirte.

Yergo la espalda de inmediato.

—¡No me da miedo!

Acaricio la superficie del asiento como si se tratase del lomo de un caballo a quien deseo tranquilizar.

—No está vivo —me informa Teresa, sentada a mi lado.

La miro de reojo.

—Ya lo sabía.

La pobre mujer (sí, empiezo a compadecerme de ella) parece preocupada. Es mucho más agradable que Ginebra: no da órdenes, no habla con gruñidos y, de momento, no me ha golpeado.

—Entonces... ¿erais cocinera en el castillo?

—Sí. Y vos erais un niño muy travieso, recuerdo cuando dejasteis entrar a los perros y echaron a perder el estofado.

Sonrío al recordarlo.

—¿Cuándo os fuisteis? ¿Por qué vinisteis a este lugar?

Su mirada se empaña de tristeza. Acaricia con el dedo la rueda que hay clavada frente a su asiento.

—Vos teníais seis años, no os acordaréis de las detenciones.

—No.

—La Inquisición se llevó por delante a otras mujeres de la zona. Mujeres como nosotras —me cuenta—. No era un lugar seguro, precisábamos escapar.

—Pero Isabel y vos seguisteis viniendo al castillo.

—De vez en cuando —asiente—. Alguna noche de luna nueva que otra reabrimos el portal. Isa mucho más a menudo que yo. Pero ha sido un error. Todo ha ido bien durante casi veinte años, pero ahora vos estáis aquí. No sé cómo voy a solucionar este marrón.

Aparto la mano de la tapicería, olvidándome un poco de la amenaza del coche.

—No sé qué podré contarle a padre. Se supone que iba a contraer nupcias la semana que viene.

Una pequeña parte de mí suspira de alivio.

Teresa esboza una mueca de circunstancias. Me mira durante un segundo y vuelve a fijar la vista al frente.

—Centrémonos en vuestra vuelta al pasado. No podréis volver como si nada después de haber vivido un mes entero aquí. No, sería peligroso. Debería buscar alguna solución. Quizá algo que os pueda hacer olvidar.

Me revuelvo en el asiento, incómodo. No estoy a favor de que el Santo Oficio cocine vivas a las brujas, pero tampoco me inspiran confianza las actividades herejes.

—Igual no necesitamos ninguna solución.

—Yo creo que sí.

—Ya lo negociaremos.

Teresa asiente, conforme.

—¡Ah! Y otro detalle. Nada de galantear con ninguna muchacha moderna.

—Tampoco tenía intención —bufo.

—Es importante —recalca, muy seria—. El más mínimo beso o intercambio de fluidos crearía un vínculo entre épocas y detonaría una catástrofe.

Ahora me pica la curiosidad.

—¿Qué tipo de catástrofe?

—Igual se destruye el mundo.

—Oh, entiendo —farfullo.

Teresa me sonríe con lástima, como si se compadeciera de mi situación.

—Veréis que estar aquí no será tan malo como parece. Antes de que os deis cuenta estaréis de vuelta. Yo ahora he de marchar, pero...

—¿Marchar? —me asusto—. ¿Adónde?

—A mi propio coche. A mi casa. A trabajar en una poción del olvido para vos.

—¿Y yo dónde me hospedaré?

—Con Ginebra. Ahora cuando vuelva os apañáis.

Niego con la cabeza una y otra vez; el día va de mal en peor.

—No. No podéis dejarme a merced de ella —ruego.

—¡Arturo, Ginebra no va a haceros daño!

Señalo mi frente magullada, seguro de que se empieza a formar el chichón.

—Ya me lo ha hecho.

No consigo convencer a Teresa. Tras despedirse y darme unas palmaditas de consuelo, sale del coche y me deja a solas. Al cabo de unos minutos dirijo la mano a la manivela que sirve para abrir y cerrar las portezuelas de este cachivache. Luego me lo pienso mejor.

No tengo ni idea de cómo funciona este mundo ni lugar donde refugiarme. Ginebra es mi mejor opción. Y eso habla mucho de lo jodido que estoy.

—Treinta días, Arturo —me consuelo—. Puedes hacerlo. Puedes sobrevivir treinta días.

Luego volveré a casa y me olvidaré de su estúpida cara con lunares para siempre.