¿En tu siglo o en el mío? 7
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Ginebra

Salgo disparada de entre las raíces del limonero y me doy de morros contra el suelo. Escupo la tierra que he tragado, tosiendo como una descosida.

Me tumbo de espaldas; el sol de la tarde me da en la cara. Veo la silueta de un avión entre las nubes y se me escapa un sollozo de alivio.

—Hemos vuelto.

—Claro que hemos vuelto —gruñe Teresa—. Y bastante bien ha salido.

Me pongo en pie a trompicones. Estoy tan cansada que se me acalambra la pierna derecha. Voy a irme a mi casa, voy a darme una ducha caliente y voy a olvidar que todo esto ha sucedido. Por el bien de mi estabilidad mental.

También voy a poner una orden de alejamiento a Teresa y a mi encargada.

Por suerte, Isa se va a quedar en 1590 durante todo el mes y no voy a tener que encontrármela en el trabajo.

Cuanto más lejos me mantenga de este embrollo, mucho mejor.

Hasta hace unas horas llevaba una vida totalmente ordinaria y aburrida, y deseo regresar a ella sin más percances.

No quiero saber nada más de la magia. Nada de portales mágicos al pasado y nada de justas caballerescas.

Buscaré otro trabajo antes de que Isa vuelva. Podría mudarme a otra ciudad. En Madrid hay más empleo.

—¿Qué mosca te ha picado antes? —exclama Teresa—. ¿Por qué te pusiste a hablar con el hijo del barón?

—¡No fui yo la que se acercó! —me defiendo—. Él vino a hablar conmigo. Era un intenso y daba un cringe que te cagas.

—Debiste haberte largado sin seguirle la conversación. Contacto mínimo con la gente del pasado, Ginebra. Tú no perteneces a esa época. Podrías haberla liado parda.

—Bueno, pero no ha pasado.

—¿Y si le hubiera dado por seguirnos? ¿Y si hubiera descubierto este claro?

—¿Por qué iba a seguirnos?

—Tú lo hiciste con nosotras —me reprocha—. Además, tú no estabas invitada a la boda. Si Arturo se hubiese dado cuenta de que eras una intrusa, habría ordenado tu arresto.

—No parecía tener muchas luces.

Abro mi bolso para buscar el paquete de pañuelos y terminar de limpiarme la tierra de la cara. Enseguida descubro que falta algo importante.

—¡¡Mi pasaporte!!

—Ahora unos arqueólogos encontrarán un pasaporte moderno con medio siglo de antigüedad y los conspiranoicos se pondrán como locos. ¡Enhorabuena, Ginebra!

—Cuesta quince pavos renovarlo. Lo necesito para México.

«Si es que al final voy...».

—Claro, tú preocúpate por lo importante. ¿Ya has comprado los bikinis?

Le dirijo una larga mirada.

—¿Qué va a hacer Isa allí todo este tiempo?

De repente Teresa parece incómoda.

—El barón requería sus servicios por más de un día. Quiere leer los astros —responde—. Está un poco estresado con su hijo.

—Me pregunto por qué será.

—Al parecer quiere casarlo con una muchacha noble la semana que viene.

—Pobrecita —suspiro, restregándome el pañuelo por la cara.

Me quito la peluca barata y la lanzo al suelo con hartazgo; me estaba dando urticaria.

Me masajeo el cuero cabelludo con los dedos y me sacudo el flequillo castaño para devolverlo a su lugar.

Observo el agujero enmarcado por las raíces: todavía está recubierto por esa especie de burbuja iridiscente.

Me alejo un par de pasos, temiendo que me vuelva a absorber.

—¿Cuándo se cerrará el portal? —pregunto.

—En cualquier momento. Cuando el primer atisbo de luna asome en el cielo.

Alzo la cabeza.

—No lo vas a ver a simple vista, tonta.

—¿Podemos irnos ya? —suplico.

—Espera aquí, saldré yo primero y comprobaré que no hay excursionistas cerca.

—Date prisa.

Teresa desaparece gateando bajo la grieta y me deja sola en el claro. Levanto la vista hacia el limonero y me invade un sentimiento de inquietud. Me he dado cuenta, ahora que es de día, de que los pájaros no cantan en este lugar del bosque.

Me siento sobre una roca y saco mi teléfono móvil de dentro del sujetador. Casi suspiro de emoción al ver que vuelve a pillar cobertura. Un puñado de notificaciones se agolpan en la pantalla de inicio, haciéndolo vibrar.

Tengo mensajes de Paola:

«No me puedo creer que hayas vuelto a desaparecer».

«Ahora ni siquiera te entran los mensajes».

«¿¿Puedes quitar el modo avión de una vez?? Me tienes preocupada, boluda».

También me ha hablado mi madre:

«Hi, sweetie. I have a surprise for you!».

Se me escapa una mueca de preocupación. Las sorpresas de mi madre le suelen gustar más a ella que a mí.

«No es mi cumple, mamá», respondo en inglés.

Escribiendo... Pausa... Escribiendo otra vez... Pausa...

Es de ese tipo de madres que escribe con el dedo indice.

«¡No puedes casarte si aún no conozco a tu prometido!».

Mi espalda se tensa como si me hubiesen metido una barra de hierro bajo el vestido. Me pongo en pie de un salto y pulso el botón de grabar audio.

—Mamá, Ricardo es un chico muy introvertido —le digo en inglés, improvisando—. No vengas a Valencia, ¿vale? Teníamos pensado viajar a Cambridge este verano, lo conocerás entonces.

Quizá así puedo calmar su arrebato. Mi madre es una mujer de impulsos, igual que se le mete algo en la cabeza se le quita.

Eso me dejará un par de meses para poder contarle que hemos roto de forma menos brusca (y menos humillante para mí). Podré ir allanando el terreno, diciéndole cosas como que últimamente estamos un poco fríos o que ya no veo tan clara la boda.

Mi móvil vibra con un nuevo mensaje.

«Too late, honey!».

Manda una foto. Mi corazón retumba con fuerza al ver el pasaporte inglés junto a un billete de avión Cambridge-Valencia para la semana que viene.

¡¿La semana que viene?!

Me pongo en pie como si me hubiesen pinchado el trasero. Incluso se me olvida que estoy en un claro de bosque encantado y que hace unos minutos estaba en 1590 con dos brujas y un caballero chiflado.

—¡Mamá, tienes que dejar de hacer estas cosas! —exclamo en un nuevo audio, paseándome junto al limonero—. ¿Has comprado un billete de avión sin siquiera avisarnos de que venías? ¿¿A ti eso te parece normal??

Mando el audio. No es suficiente, sigo enfadada. Me pongo a grabar otro.

—Además, siempre dices que no tienes dinero. Me estabas pidiendo dinero la semana pasada, ¿recuerdas? ¡Otra vez!

Le doy una patada a la tierra, furiosa. Estoy harta de que me mienta con el dinero. Siempre dice que está a punto de perder el alquiler y luego... ¡Zas! ¡Uñas postizas nuevas! ¡Tres sesiones de rayos uva! ¡Extensiones de pestaña feísimas! ¡Un billete de avión a Valencia!

Me vuelvo a guardar el móvil en el escote y me paso las manos por el pelo. ¿Qué voy a hacer ahora? Para colmo tengo el piso hecho un desastre. Se pondrá a criticarlo todo, como siempre.

Y cuando vea que Ricardo ya no está...

Me sobresalto al escuchar un golpetazo a mis espaldas. Al girarme y ver a un caballero con armadura y yelmo me pongo a chillar. Ha salido de las raíces del limonero. Veo cómo se pone en pie a trompicones y tira de su yelmo hasta sacárselo de la cabeza.

Es el pelirrojo cansino de la justa.

—¡Vos! —exclama al verme.

—¿Yo? —farfullo, sin dar crédito.

—¡Maldita ladrona!

Me giro hacia la grieta en la montaña; necesito que vuelva Teresa a solucionar este desastre.

—¡No soy una ladrona!

—Habéis robado un caballo de mis cuadras y habéis huido cual vulgar bandolera.

Vale, sí, esa parte es cierta. Respiro hondo e intento que no cunda el pánico. Podemos dialogar de forma civilizada.

—Escucha... No deberías estar aquí. Necesito que te olvides del caballo y te vuelvas a meter en el árbol. No hagas preguntas, es por tu bien.

Miro de reojo hacia el agujero: la película iridiscente está ahí. El portal sigue abierto, pero no sé por cuánto tiempo.

El caballero deja escapar una carcajada.

—Buen intento, doncella —dice, caminando hacia mí—. Volvemos al castillo.

De un segundo a otro me agarra por las piernas y me carga en su hombro como si fuera un saco de harina. Que le den al tono conciliador: me pongo a patalear como una posesa.

—¡¡Bájame al suelo, mamonazo!!

—Os bajaré en el suelo de la celda.

Golpeo la armadura con los puños, pero enseguida sé que es en vano. Intento retorcerme para hacerle perder el equilibrio; él me sostiene con más fuerza.

—¡Me haces daño, joder! —exclamo cuando estamos a punto de llegar a la pared de roca.

Él frena en seco. Luego me baja a tierra como si mi cuerpo no pesase nada.

—Mi honor me impide hacerle daño a una mujer.

En cuanto me suelta las manos le arreo un puñetazo y salgo corriendo. Vaya memo.

Me pongo a gatear bajo la grieta para escapar antes que él, pero me agarra de las pantorrillas y tira de mí hasta devolverme de vuelta al claro.

—Eso ha sido muy descortés de vuestra parte —me acusa.

Intento escabullirme, pero le basta una mano para inmovilizarme contra la tierra. Me sacudo como una serpiente y le enseño los dientes, furiosa.

—¡Suéltame!

Él saca algo y lo agita frente a mis narices. Abro mucho los ojos al ver lo que es.

—¡¡Mi pasaporte!!

Un mechón pelirrojo se le pega al sudor de la frente.

—Decidme qué es este libro. ¿A quién servís?

Dejo escapar el aire; no puedo creer que me esté pasando esto a mí.

—¡A nadie!

—¿Quién emitió este permiso? ¿Trabajáis para la corte de Inglaterra? ¿Sois una espía protestante?

Se me escapa un rugido cargado de exasperación.

—Soy una chica normal que quiere volver a su vida normal y que todos dejen de incordiarla.

El caballero frunce el ceño con sospecha. Su labio inferior empieza a hincharse, justo en la zona en la que le he golpeado con los nudillos.

—Habréis de entender que no me fíe de vos.

Sacudo los brazos con insistencia. Que pueda sostenerme con una sola mano es humillante.

—¡Suéltame!

—Lo haré encantado, pero responded primero a mis preguntas.

—Esas respuestas no importan, imbécil —siseo—. Lo único que tienes que saber es que no deberías haberte metido en ese limonero. No tendrías que estar aquí. Tú y yo nunca tendríamos que habernos visto.

Esta vez ladea la cabeza, interesado.

—¿Qué sabéis del limonero? ¿Qué es ese agujero en el que he caído?

—Ha sido extraño, ¿eh? —él asiente con la cabeza y yo esbozo una tensa sonrisa—. Para mí también lo fue.

—¿Es brujería?

—Soltadme y os lo contaré encantada, mi señor —respondo imitando su manera pomposa de hablar.

El caballero entorna los ojos. Son de un azul turquesa claro y en cualquier otra situación me parecerían bonitos.

—¿Volveréis a golpearme?

—Por supuesto que no —bufo.

—Juradlo por vuestro honor.

—Lo juro.

Se queda unos instantes en silencio, valorando si debería creerme o no.

—¿Sois una mujer de palabra?

—Lo soy.

Por fin siento cómo afloja el agarre en mis muñecas, poco a poco.

—Os otorgo mi confianza —me dice.

Cuando por fin tengo los brazos libres me incorporo. Apoyo las muñecas en el suelo, palpándolo con disimulo.

—¿Y bien? —insiste—. Yo he cumplido. Desembuchad.

Encuentro una piedra de tamaño considerable y se la estampo en la cabeza con todas mis fuerzas. Basta para que se desplome inconsciente.

Me siento un poco mal al verlo tendido en el suelo, pero se me pasa al pensar que después de esta vil traición no volveré a cruzarme con él.

Le aparto el cabello pelirrojo del rostro para valorar el golpe: un hilillo de sangre brota de la parte superior de la frente.

Esbozo una mueca de culpabilidad; le va a salir un doloroso chichón.

—Mañana pensarás que ha sido un sueño extraño —le digo aunque no me oiga.

En ese momento el cuerpo de Teresa emerge del interior de la grieta. La mujer se pone a gritar al ver al caballero en el suelo.

—¡¿Qué hace el primogénito de Rocahumbría aquí?!

—Al final resulta que sí que nos siguió —respondo. Al ver cómo me fulmina con la mirada, añado—: En lugar de reñirme, ayúdame a cargarlo. Vamos a meterlo por el tronco antes de que se cierre el portal. Y antes de que despierte.

No es tan fácil como había calculado. El cuerpo con la armadura pesa un quintal, y quitársela pieza a pieza nos robaría demasiado tiempo.

Teresa y yo hacemos lo que podemos, ella tirando de sus piernas y yo de sus brazos, moviéndolo centímetro a centímetro.

De alguna manera que no comprendo, conseguimos acercarlo hasta el agujero.

Agarro su mano enguantada en metal y la acerco a la burbuja.

A mí me bastó con rozarla para que me absorbiera.

Ya casi... ya casi...

Pop.

Ahogo un grito cuando la pompa estalla justo antes de alcanzarla y se desvanece en miles de destellitos.

—¡No! —exclamo.

—¿Qué sucede? —se asusta Teresa, que sigue en la parte de los pies.

Doy un fuerte tirón y consigo meter el brazo del caballero en el agujero, pero no sucede nada. La película iridiscente ya no está.

—¡Empuja! —le grito a Teresa, y conseguimos meterle la cabeza y parte del tórax dentro. La mujer se acerca en un par de zancadas.

—¡¡Se ha cerrado el portal!! ¡Hemos llegado tarde!

Tiramos con todas nuestras fuerzas para sacarlo del agujero.

Nos quedamos mirando a este pobre chico inconsciente, valorando la gravedad del asunto.

En un arranque de compasión le cojo la cabeza y se la recoloco para que no tenga el cuello tan torcido.

Ya bastante tiene con lo mucho que le va a doler la cabeza mañana. ..

—¿Y ahora qué? —me atrevo a preguntar con un hilo de voz.

Por la cara que pone Teresa parece estar a punto de vomitar. Cierra los ojos y respira hondo, masajeándose las sienes.

—Y supongo que ahora es cuando todo empieza a cuadrar... —masculla.

—¡Teresa! —me impaciento—. ¿Qué hacemos?

—Nada. No podemos hacer nada —me espeta. Por primera vez la veo enfadada—. Teniendo en cuenta que solo se puede abrir el portal durante la cúspide de luna nueva... Esto significa, Ginebra, que el hijo del barón de Rocahumbría se va a tener que quedar un mes con nosotras. O, mejor dicho, contigo.

—¡¿Perdón?! —grito.

—¿Quién nos siguió a Isa y a mí por el bosque y se metió donde no debía?

—pregunta. Yo dejo caer los párpados—. ¿Quién escapó a hurtadillas de la cabaña y corrió a mezclarse con los habitantes del pasado?

¿De quién es la culpa de que don Arturo de Mendoza esté ahora en el presente, tuya o mía?

¡Con razón las predicciones no paraban de señalarte! Eres un pozo de problemas.

Dejo escapar el aire en un resoplido.

—¡Vale! Ya lo he pillado. Me toca encargarme del marrón.

—Solo encárgate de vigilar a Arturo mientras yo busco soluciones a todo lo demás —gruñe—. Que, para tu información, no es poco.

Desconozco a qué se refiere, pero tampoco me apetece preguntar.

—¿Sabes? Mi vida ya está suficientemente patas arriba como para sumarle a la ecuación un caballero renacentista.

—Isa me dijo que estás preparando las oposiciones.

—¿Y?

Me da unas palmadas en la espalda que no hacen más que potenciar mi indignación.

—Estoy segura de que esto será mucho menos duro. Te las vas a apañar de maravilla.