¿En tu siglo o en el mío? 6 #2
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—¡Seguid consultando! —ladra—. ¡Descubrid quién es el culpable de estas tragedias! ¡No os levantaréis de la mesa hasta averiguarlo!

Sin mediar palabra, Isa y yo volvemos a ponernos manos a la obra. Esta vez la niebla es un poco más concisa. Adopta la misma forma que se nos lleva apareciendo durante las últimas lunas.

Cierro los ojos y respiro hondo, viendo como todo cobra sentido por fin. Claro que deberíamos haber hecho más caso a la advertencia.

—Ginebra Calderón —murmura Isa, confirmando que hemos visto lo mismo.

—¿Quién decís, Isabel? —exclama el barón, impaciente.

—Ginebra Calderón —alza un poco la voz—. Es una muchacha que...

—¿La conocéis?

Esta vez la seguridad de Isa flaquea un poco.

—No mucho, señor. Solo de vista.

Don Francisco toma aire y se da un breve paseo por la sala, tratando de serenarse.

Luego recoge la silla del suelo y se vuelve a sentar.

Entrelaza las manos frente a él y clava la vista en nosotras.

Tiene los ojos de un azul turquesa acuoso, igual que Arturo, pero lo que transmite al mirar es muy distinto.

—¿Esa tal Ginebra Calderón es quien evitará que se celebren las nupcias de mi hijo la semana que viene y la que provocará, en última instancia, la muerte de Arturo y la desaparición de Beatriz? —repite para asegurarse de haberlo entendido.

—Así es, señor.

Agacha la cabeza, pensativo. Cuando vuelve a hablar su voz suena tan profunda que me encojo un poco en el asiento.

—Os ordeno que la matéis.

Lo primero que pienso es: ¿puede ordenarnos eso?

Isa y yo nos miramos. Deseo que esté tan repugnada por la idea como yo, pero no sé leer bien su expresión.

—Señor —intervengo yo esta vez—. Con todo respeto, nosotras no realizamos ese tipo de trabajos. Ofrecemos servicios esotéricos y...

—¿Qué nos ofrecéis a cambio? —me interrumpe Isa.

Le dirijo una mirada escandalizada, pero ella tiene los ojos fijos en el barón.

—Mejores clientes. Prestigio fuera de la clandestinidad. Puedo encontraros un lugar en la corte, disfrazar estas herejías de profecías divinas. Más de un noble de muy alto linaje estaría interesado.

Genial. Isa no va a querer ese pago. Vivimos la mayor parte de nuestro tiempo en el futuro y lo único que nos interesa de esta época es llevarnos el oro del barón a la actualidad, donde la inflación ha multiplicado su valor.

—Me temo que eso no nos interesa, señor —responde Isa para mi gran alivio.

—¿Qué queréis pues?

—Nuestro peso en oro —dice mi compañera—. A cambio de la vida de vuestros hijos y de la continuidad de vuestro linaje. Es un buen intercambio, ¿no?

Se me revuelven las tripas. El barón recuesta la espalda en la silla. Se acaricia la perilla, meditándolo.

—Hecho. Vuestro peso en oro a cambio de la cabeza de esa muchacha.

Me seco el sudor de la frente con la manga; al traste si es un gesto vulgar. Ginebra, chiquilla... ¿por qué te metiste en el árbol?

El barón nos obliga a seguir dictaminando profecías hasta que se hace de día y debe marchar a prepararse para el enlace de su hija. Ahora que ya hemos pactado la muerte de Ginebra parece mucho más tranquilo, confiado en que el curso de las cosas seguirá tal cual él tiene previsto.

En cuanto nos quedamos a solas en la habitación tomo a Isa por los hombros.

—No podemos asesinar a Ginebra, ¿te has vuelto loca?

—Nuestro peso en oro son más de ocho millones de euros modernos —replica, zafándose de mi agarre.

—¡Tampoco podemos blanquear tanto dinero! Mi negocio tapadera es un gabinete de tarot, y tú eres encargada en un parque temático. O, mejor dicho, lo eras , porque si te quedas aquí todo el mes te van a despedir.

—Nos iremos de España —decide por las dos. Siempre decide por las dos—. Hay paraísos fiscales donde será más fácil empezar de cero.

—No necesitamos tanto dinero, tenemos ahorrado lo suficiente para cubrir diez jubilaciones.

Yo iba a comprarme un apartamento en Benidorm.

Eso suena mucho mejor que los asesinatos, y en la playa preparan unos mojitos buenísimos —trato de persuadirla, desesperada—.

Podemos marcharnos ahora mismo y no reabrir el portal nunca más.

Nos libraríamos de todo este marrón y viviríamos mucho más tranquilas, ¿no crees?

Lejos de convencerla, la mirada de Isa se oscurece.

Puedo sentir las cadenas invisibles que me atan a ella.

La peor parte de las conjuraciones es que las brujas quedan ligadas a la líder del ritual.

Cuando abrimos el portal, esa era Isabel.

Desde entonces estamos conectadas como si fuésemos la misma persona.

Tiene el poder de destruirme. A mí y a cualquiera que comparta mi sangre.

Tengo cuarenta y dos años y he vivido lo suficiente como para que no me importe tanto el daño que pueda hacerme, pero Isa sabe que tengo una hija.

—Teresa, deja de discutir —gruñe.

Dejo caer los hombros, sabiendo que no servirá de nada intentar convencerla.

—Está bien.

Isa extrae la daga dorada del cinto y mi corazón se acelera, lleno de angustia. Pienso en el cuerpo de nuestra amiga Gertrudis a los pies del limonero, con esta misma daga clavada en el pecho. Ella se ofreció como sacrificio para que funcionase el ritual.

—Lo haré yo —me adelanto, quitándole la daga de las manos.

Ella me mira con suspicacia.

—No sé si te veo capaz de no titubear.

Le sostengo la mirada con firmeza. Isa alza ligeramente el mentón, midiéndome. Luego asiente una sola vez.

—Ginebra está encerrada en la cabaña, así será mucho más sencillo —dice. Me cierra los dedos en torno al mango del arma. El metal está tibio—. Cumple la orden del barón.

Al entrar a la cabaña veo que Ginebra no está aquí. Ha apilado una silla y un estante sobre el lecho de paja y ha escapado por la diminuta ventana. Entro en pánico: seguro que se ha perdido por el bosque buscando el camino de vuelta al limonero.

Empleo toda la mañana en buscarla, llamándola a gritos por la sierra. Luego pienso que igual sigue sin creerse estas historias y se ha ido a buscar su coche... lo que la habrá acercado al feudo de Rocahumbría.

—¡Oh, no! —exclamo, echando a correr hacia el castillo.

Al llegar descubro que la boda y el banquete han concluido, y que se está celebrando una justa. Me escurro entre la multitud, buscando su horrenda peluca rubia, hasta que la encuentro en las gradas. En primera fila, nada menos. ¿Quién diablos le ha dejado ponerse ahí?

Eso no importa. Debo sacarla antes de que interactúe con más gente que jamás debería haberla visto.

Gracias a la desesperación consigo llegar hasta ella relativamente rápido.

—¿Ahora ya te lo crees, Ginebra? —le pregunto con sarcasmo, tomándola del brazo como si fuera una niña traviesa—. Venga, nos vamos.

Todo el mundo empieza a aplaudir, se levantan de las gradas y vitorean, entorpeciéndonos el paso.

Acaba de terminar la justa. Aun así, conseguimos alejarnos de la multitud.

Estoy trazando un plan: robaremos un caballo de los establos de castillo y nos aseguraremos de llegar al portal cuando todavía esté abierto.

Vamos a regresar juntas al futuro. Isa se enfurecerá si ve que no vuelvo al castillo con su cabeza, pero como va a quedarse aquí no podrá hacerme rendir cuentas hasta el mes que viene.

«No podrá hacernos daño ni a mí ni a mi hija hasta el mes que viene».

Eso me da semanas de ventaja para idear una buena excusa, una coartada. Además, según la predicción, para entonces Arturo ya estará muerto. Y don Francisco se pondrá furioso, tanto que mandará a los ministros del Santo Oficio a capturarnos.

Isa se quedará sin ganas de volver por estos lares y se conformará con el piso en Benidorm. En unos años, cuando se esté bronceando en la playa mientras lee los últimos cotilleos de la princesa Leonor en el Hola , quizá hasta me lo agradezca.

Por desgracia, las cosas nunca son tan fáciles.