6
Teresa La noche anterior
En este lado del tiempo tenemos una pequeña cabaña en el bosque, alejada del feudo. Parece una casucha de herramientas para campesinos, pero en el interior esconde mil motivos para ser enviadas a la hoguera. Por suerte, gracias a su aspecto decadente, nunca ha llamado la atención de nadie.
Cuando estamos a punto llegar, escuchamos un crujido a nuestras espaldas. Alzo el farol, me giro y me topo con la figura de una joven que no ha parado de darnos comeduras de cabeza.
—¡Ginebra Calderón! —exclamo sin dar crédito. Por un instante creo que es mi imaginación. Estábamos hablando de ella justo antes de abrir el portal.
—¡Que no escape! —exclama Isa, confirmando que la chica es real.
Echo a correr tras ella, pero las rodillas se me resienten. Tengo cita con el reumatólogo el lunes.
—¡Chica, espera! ¡No te vamos a hacer daño! —trato de convencerla.
Ella se gira hacia mí un segundo y sigue huyendo, hasta que los bajos del disfraz se le enredan en una zarza y cae de bruces al suelo. Consigo acercarme antes de que consiga desengancharse.
—Correrás más peligro si te marchas sola que si te quedas con nosotras —le aseguro.
—¡¿Quién eres?! —me grita. Está asustada, pero también furiosa—. ¿Por qué sabes mi nombre y por qué eres amiga de mi encargada? ¿Por qué me miras de esa forma rara cada vez que paso por delante de tu gabinete de tarot?
Isa aparece a mi lado, recogiéndose el vestido de seda gris.
—Ginebra, si quieres volver a casa ven con nosotras y guárdate las preguntas —le ordena.
—¡¿Me estás amenazando?!
—No vas a saber volver sola.
—Sé perfectamente dónde he dejado mi coche, gracias.
—Tu coche ya no está aquí —la informo.
—Lo he aparcado a menos de doscientos metros.
Isa y yo nos miramos, preguntándonos si es buena idea soltárselo de golpe y porrazo. Mi compañera asiente con la cabeza.
—Estamos en el siglo XVI , Ginebra —carraspeo.
—¿Crees que soy imbécil?
A mi lado, Isa extrae la daga de su cinto y roza con ella la barbilla de Ginebra. Los ojos de la chica se abren de par en par.
—Estamos en mil quinientos noventa, y Teresa y yo tenemos cosas importantes que hacer —le dice con un tono de voz mucho más duro que el mío—. Así que levántate y obedece. Tendrías que habértelo pensado mejor antes de jugar a los espías.
Ginebra no abre la boca de camino a la cabaña del bosque. Cuando Isa no mira me coloco a su lado y le doy un apretón en la mano para decirle que no se asuste, pero ella me devuelve una mirada de malas pulgas.
—Nunca había visto esta cabaña —rompe el silencio por primera vez.
—Porque en el presente ya no existe —recalca Isa, abriendo la puerta. Un largo chirrido nos da la bienvenida—. Venga, entra.
Todavía lleva la daga en la mano. Cuelgo el farolillo del techo y enciendo varias lamparillas de aceite.
La luz revela una estancia estrecha con pinta de querer venirse abajo.
Las tablas del suelo crujen bajo nuestros pies cuando nos movemos, y el techo de paja deja caer algún que otro filamento seco.
Ginebra se sienta en el lecho y nos mira, desafiante.
Tiene los ojos un poco rojos y la mandíbula tensa.
Su rabia se parece más a la de un perro herido que se siente amenazado que a la de uno peligroso.
Sus hombros se encogen un poco. Intenta disimular el pánico que siente, pero se nota que está a punto de derrumbarse.
Siento lástima por el trato que está recibiendo, no parece mala chica.
Tiro de la manga de Isa con disimulo.
—Guarda la daga —la animo en voz baja.
Tras pensárselo un poco me hace caso.
Sé que vamos muy justas de tiempo, pero quiero hablar con Ginebra. Tranquilizarla. Seguro que tiene muchas preguntas sin respuesta. Yo también las tendría.
—Sois... —farfulla, mirándonos a la una y después a la otra.
—¿Somos...?
—¿Sois brujas? —pregunta a bocajarro.
Sus mejillas enrojecen como si pensase que acababa de soltar una estupidez, pero su mirada se llena de ansias por saber la respuesta.
—Es una manera de denominarnos, sí —contesto.
—La magia no existe —replica a la defensiva.
Isa suelta una carcajada.
—Acabas de vernos abrir un portal. Has visto el limonero. Ahorrémonos tiempo y asumamos que sí.
Ginebra intenta parecer firme, pero puedo ver su pecho expandiéndose y contrayéndose con rapidez.
—Vale, sois brujas y la magia existe —masculla con una nota histérica en la voz. Se le escapa una risa nerviosa—. Ahora decidme por qué tenéis una fijación extraña en mí. ¡¿Qué vais a hacerme?!
—No queremos hacerte daño —me apresuro a aclarar.
—No paras de salir en nuestras predicciones, y no sabemos por qué —suelta Isa de sopetón—. Te vimos antes de que te mudaras al barrio de Teresa, y antes de que vinieras a la entrevista de trabajo en el Parque de Rocahumbría.
—¿Dónde me visteis?
—La bola de cristal, las cartas, los posos del té...
—Isa y yo tenemos el don de la adivinación —añado con simpatía, pero Ginebra sigue mirando a Isa.
—¿Me contrataste solo para tenerme cerca y vigilarme? —le pregunta.
—Sí.
La chica cierra los ojos y respira hondo, obligándose a serenarse. La observo contar hasta diez en voz baja.
—Quiero volver a mi casa —ordena. Pretende ser amenazante, pero suena más como una súplica.
—Volveremos las tres juntas mañana, cuando Teresa y yo hayamos terminado lo que hemos venido a hacer —dice Isa con severidad—. No podemos perder más tiempo, al barón no le place esperar.
—¿¿Y si se cierra el portal??
—El portal se mantendrá abierto durante la cúspide de la luna nueva, y eso suele durar unas veinticuatro horas.
Ginebra se remueve sobre el lecho de paja.
—Me da igual ese barón. Necesito volver y asimilar todo esto.
Isa extrae las llaves de la cabaña de su cinto.
—Me temo que no puede ser.
Dejar a Ginebra encerrada bajo llave me parece una decisión cruel, pero no me atrevo a llevarle la contraria a Isa.
Don Francisco de Mendoza, el barón de Rocahumbría, nos ha citado en la sala secreta del castillo. Un salón dedicado al esoterismo y a otras actividades ocultas que ni su familia ni sus guardias más fieles conocen. Con la Inquisición campando a sus anchas no te puedes fiar ni de tu sombra.
Que nos lo digan a nosotras.
—Mi hija Beatriz contraerá nupcias por la mañana —anuncia a pesar de que lo sabemos desde hace tres lunas nuevas. Anda bastante estresado—. Espero que, siendo la noche de vísperas, hoy los oráculos lo vean todo claro.
Lo ha dicho con un tono reprobatorio. Las últimas sesiones intentamos predecir el futuro de la familia Mendoza, pero, a partir de la boda de Beatriz, solo se veían nubarrones. Francisco se negó a pagarnos las últimas visitas, por lo que Isa también está de los nervios.
Al lado de estos dos, agradezco mi capacidad para mantener la calma.
—Mi persona también lo desea, señor —dice Isa, prendiendo el incienso y las velas dentro del círculo de sal que hemos formado en la mesa. La bola de cristal está en el centro.
La desesperación del barón es tal que también ha solicitado los servicios de Isa durante el resto del mes, para que haga una interpretación total de los astros.
—También ando preocupado por Arturo, deseo que os enfoquéis en él esta vez —añade el barón—. Le he concertado un matrimonio para la semana que viene; voy a darle la noticia mañana. Quiero que contraiga nupcias, se haga con la dote de doña Candela y después marche a la guerra.
«Pobrecillo», pienso. Apenas he tratado con Arturo, pero cuando trabajaba en las cocinas del castillo lo vi crecer.
Me cae bien. Siempre he pensado que habría sido más feliz de haber nacido en el futuro.
Lo imagino más como un estudiante de Erasmus atolondrado yéndose a Polonia que como heredero del señor que tengo enfrente.
Isa roza la bola de cristal con las manos y se concentra; yo hago lo mismo. Las imágenes tardan un rato en aparecer, y no lo hacen igual que en las películas. Siempre es una especie de bruma que cambia de color y crea formas abstractas, pero para expertas como nosotras es fácil de interpretar.
Esta vez, más que bruma aparece una tormenta. La niebla se oscurece hasta volverse negra, gira sobre sí misma, se agrupa en formas, se desagrupa... No es como las pasadas lunas nuevas en las que los nubarrones aparecían sin rumbo ni sentido, confundidos. Ahora saben muy bien cómo comunicarse.
Y no me gusta nada.
Los mensajes entran en mi mente y la agujerean como si fuesen balines. Se me eriza el bello de los brazos; nunca había visto nada igual. Ni siquiera hace dos años, en vísperas de la derrota de la Armada Invencible.
Al cabo de un rato la niebla se calma. La superficie de la bola vuelve a ser de cristal transparente. Me atrevo a mirar a Isa; su piel se ha vuelto blanca. Necesitaba confirmar que ha visto lo mismo que yo.
Me quedo callada y dejo que hable ella. No me atrevo a darle tan malas nuevas al barón.
—Señor, lamento decir que el enlace de don Arturo no podrá tener lugar la semana que viene —carraspea mi compañera.
—¿Con qué razón?
—Algo se interpone. No he leído bien esa parte.
Yo tampoco la he sabido interpretar.
—Pero sí he leído bien lo que ocurrirá después, durante la siguiente luna nueva —añade, bajando la voz.
Agacho la mirada, incapaz de seguir mirando al barón. Sé que es capaz de violentos estallidos de ira y, aunque Isa y yo no tengamos la culpa de esta predicción, temo que la tome con nosotras.
—¿Y bien? —se impacienta.
—He visto la muerte de vuestro primogénito, señor. Y la desaparición de vuestra hija Beatriz. El fin de vuestro linaje.
Se hace un silencio dramático. Mi mirada sigue fija en la mesa de roble.
—¿Estáis segura? —pregunta, tan frío que me estremezco. Isa asiente. Luego se dirige a mí y casi doy un respingo—. ¿Vos habéis visto lo mismo?
Me aclaro la garganta antes de hablar.
—Mucho me temo que sí, señor.
Un estruendo nos sobresalta. Al alzar la cabeza veo que el barón se ha puesto en pie con tanta fuerza que ha tirado la silla al suelo.