5 #2
Un grupo de sirvientes cargados con bandejas de plata choca contra ellas en el camino y la doncella cae al suelo. Se levanta y recoge su morral con flecos antes de que pueda correr a prestar mi ayuda. Bueno, de todos modos, apuesto a que no la querría.
Acaricio la crin de Feroz, suspirando.
—La victoria de hoy ha sido incompleta, amigo —me resigno—. No pasa nada. Incluso los mejores galanes tienen días flojos.
Estoy a punto de dar media vuelta y regresar a la arena cuando me fijo en un rectángulo color burdeos que ha aparecido entre la hierba. Está en el lugar donde se ha caído la doncella; debía de llevarlo en su feo morral.
—Espera aquí —le susurro al caballo, y me acerco a recoger el objeto.
Es una especie de libro en miniatura, de tacto extraño, con unas letras todavía más extrañas grabadas en oro. Me levanto la visera para leer el título.
—Unión Europea. España. Pasaporte.
«¿Eh?».
Lo vuelvo a leer. Unión Europea. España. Pasaporte. En el centro, el dibujo de un escudo que desconozco. ¿Es una especie de permiso emitido por Felipe II?
No tiene pinta de ser un documento oficial, ni siquiera lleva estampado el lis real. ¿Acaso la doncella sin nombre es miembro de una sociedad secreta? ¿Una unión de cortes europeas que mantienen actividades ocultas? Igual está relacionada con el protestantismo.
Intento rascarme la cabeza, olvidando que llevo puesto el yelmo. A mi lado, Feroz relincha.
—Quizá estoy soñando, amigo —valoro por primera vez—. Desde que esa muchacha apareció todo se ha vuelto extraño.
Siento el impulso de abrir el librito, pero me siento indeciso. ¿Qué clase de caballero sería si me pongo a hurgar sin permiso en las pertenencias de una doncella?
Pero, al mismo tiempo, ¿qué clase de caballero sería si tengo pruebas de que hay una sospechosa en mi feudo y no la investigo?
Uno de los criados que pasaron antes con las bandejas viene corriendo hacia aquí, interrumpiendo mi momento de duda.
—¡Señor! ¡Gracias a Dios que sigue aquí! —exclama, muy alterado.
—Calma. ¿Qué ocurre?
—Las damas de antes...
Mi corazón se acelera por un mal presagio.
—¿Sí?
—Han robado un caballo de la cuadra y se han escapado del feudo. Les han perdido la pista monte a través.
Aprieto el librito burdeos y noto cómo se resiente bajo el metal del guantelete.
—¿Has avisado a los guardias?
—Sí, señor. Están organizando una partida.
Vuelvo a subir a lomos de feroz y tiro de las riendas.
—Me adelantaré. Tráeme al mejor sabueso.
El perro corre por el bosque siguiendo el rastro del olor del librito misterioso. Yo lo sigo al galope, sintiéndome estúpido por haber tratado de cortejar a una espía con malas intenciones.
—¡Soo! —le grito a Feroz al ver el caballo robado. Está pastando junto a unos árboles, pero no hay rastro de las dos mujeres cerca.
Bajo de mi corcel; el sabueso está ladrando. Lo acaricio tras las orejas para tranquilizarlo.
—Buen chico —susurro—. Ya, ya...
Las intrusas no deben de andar lejos. Camino con sigilo, intentando que las botas de metal no hagan crujir la pinocha. Una pared de roca se alza frente a mí; imagino que deben de haberla rodeado.
El perro empieza a ladrar otra vez. Le chisto para hacerlo callar, pero él echa a correr hacia la pared de roca. Solo entonces me fijo en que hay una grieta a ras de suelo. Y huellas en la tierra.
—Perro listo —lo felicito.
La armadura no es la mejor vestimenta para esta hazaña, pero doy lo mejor de mí mientras me arrastro pesadamente bajo la roca. Al otro lado de la grieta hay un claro.
En cuanto cruzo, me giro a ver si el sabueso me sigue, pero no se ha atrevido a pasar. Tiene el rabo entre las piernas y lloriquea por lo bajo, como intentando pedirme que no siga avanzando.
—Tremendo cobardica —le digo.
Me incorporo para mirar a mi alrededor. Es un pequeño claro rodeado de roca. Una especie de agujero en la montaña. En el centro, un limonero solitario.
Me acerco al árbol, contengo la respiración. El vello de mis brazos se eriza bajo el metal; hay algo de sobrenatural en este lugar. Transmite la solemnidad de un templo. Quizá es por el silencio: los pájaros han enmudecido.
—¿Doncella? —la llamo con voz firme—. Más os vale rendiros. A las dos. Salid de vuestro escondite y acompañadme de vuelta a Rocahumbría, seréis sometidas a interrogatorio.
Mis palabras son seguidas por un silencio tan absoluto que me siento abochornado. ¿Estoy hablando solo?
Igual las marcas en la tierra eran de algún animal y ellas no están aquí. Me fijo mejor en el limonero, su textura llama mi atención. Acaricio la superficie con la mano; está petrificado. Pero, al mismo tiempo, del tronco de piedra emergen ramas verdes.
—Brujería —murmuro, dando un paso atrás.
Rodeo el limonero con una curiosidad que, de ser esto algún pasaje de la Biblia, ya habría sido convertido en estatua de sal.
Localizo un agujero enorme en la parte de atrás de las raíces. Estas se retuercen en los bordes del hoyo, formando un círculo perfecto.
—¿Qué diantre? —farfullo al darme cuenta de que está recubierto por una película iridiscente.
Sin pensármelo dos veces me arrodillo en el suelo y meto la mano dentro a ver qué ocurre.
Cuando caigo al abismo, solo me queda gritar.