¿En tu siglo o en el mío? 5
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Arturo

Buenas sean sus tardes, mi señora.

La doncella de la peluca alza el rostro de forma brusca. Esperaba una sonrisa cortés, quizá una caída de pestañas, pero en su lugar frunce el ceño.

—Hola.

No entiendo qué ha fallado, no suelo causar este efecto en las mujeres. Quizá Esteban me ha mentido y sí tengo el pelo mal.

—¿Puedo conocer vuestro nombre? Seguro que es tan hermoso como vos.

Una de sus cejas se arquea. ¿Por qué me mira como si acabara de decir una tontería? En vez de arreglarlo, siento que estoy empeorándolo.

—No necesitas saber mi nombre. Con suerte no volverás a verme.

Me cuesta disimular la sorpresa. ¿Acaba de tutearme? ¡Ni siquiera nos conocemos! No sé cómo reaccionar. Si la tuteo también, quedaré como un descortés. Aunque, pensándolo mejor... ¿no lo ha sido ella primero?

—¿Sois de otra tierra? —pregunto, evitando imitar su falta de formalidad por si acaso.

—Sí —suspira—. Bueno, en realidad no. No, pero sí. Sí y no al mismo tiempo.

Me doy cuenta de que se está arrancando la pintura azul de las uñas a pedacitos. Parece indispuesta.

—¿Os encontráis bien? —pregunto con cautela.

Se recuesta contra el tronco del árbol sin ninguna delicadeza y se frota la sien, cansada.

—He tenido días mejores.

—Dígame cómo puedo ayudarla y me apresuraré a servirla.

Ahora pone cara de agobio. Quizá el problema soy yo. Desde luego, hoy no está siendo mi mejor día.

—No... no te preocupes —resopla, cerrando los ojos con fuerza—. Solo quiero volver a mi casa.

—Dígame dónde se encuentra y la acercaré.

Es una propuesta indecorosa, pero empiezo a pensar que no es el tipo de doncella que se preocupa por las apariencias.

—Eso es... imposible.

A pesar de que no lo ha dicho con mal tono, lo tomo como una ofensa personal.

—Déjeme demostrar que se equivoca. Mi corcel es el más veloz de Rocahumbría.

—No he puesto eso en duda.

Para mi sorpresa, se sienta en el suelo, sobre la tierra, manchándose el vestido. Es el colmo de los malos modales, y aun así parece importarle un bledo. Se me escapa una media sonrisa. Desde luego, no es de por aquí.

Miro alrededor, compruebo que nadie nos observa y me siento a su lado. La armadura pesa un quintal y bajar al suelo es un descanso.

—No quiero ser maleducada —suelta de repente, sin dejar de fruncir el ceño. Tampoco me mira. Está entretenida con una brizna de hierba, partiéndola en trocitos—. Es que... estoy totalmente fuera de lugar.

Una mala sensación me remueve el pecho. Miro hacia las torres del castillo y a los nobles engalanados arremolinándose en torno a la arena.

—Yo me siento así todo el tiempo —confieso.

Por suerte, esta vez no pone caras raras. Deja en paz la brizna de hierba y me mira al fin. Sus ojos son castaños y al sol adquieren un matiz dorado. Varios lunares salpican su rostro: en el párpado, junto a la nariz y en el pómulo. Sí, es hermosa.

Como no parece que vaya a decir nada, me aclaro la garganta.

—¿Dónde está vuestra dama de compañía?

—Eso quisiera yo saber.

—¿Y vuestro esposo? —tanteo el terreno.

—Tenía un prometido, pero no ha querido presentarse en el altar —responde con un bufido.

Es la oportunidad de oro para jugar mi siguiente carta. «Arturo, céntrate. Puedes hacerlo».

—Debe de ser un necio si ha dejado escapar semejante belleza.

Consigo que se ría.

La mala noticia es que creo que se ríe de mí. ¡Esto es impensable!

—Bueno, al menos intentas animarme —responde.

Admito que ya no se me ocurre qué más intentar. Una parte de mí desea ponerse el yelmo y no dejar que nadie más me vea la cara hoy.

Opto por cambiar de tema.

—¿Os gustan los torneos? —pregunto señalando con la barbilla hacia el gentío que se aglomera en torno a la arena.

—La verdad, nunca he estado en ninguno.

Como halagarla no funciona, pruebo a impresionarla.

—Voy a participar en la justa.

Ella asiente con la cabeza, más indiferente de lo que me gustaría.

—Vaya. Pues enhorabuena.

Quiero tirarme de los pelos.

—Si es vuestro primer torneo, imagino que nunca le habéis otorgado vuestro favor a un caballero.

—Te refieres a...

—Una dama ofrece su bendición al caballero que va a batirse en duelo, para darle suerte. Suele ser un pañuelo, pero vale cualquier prenda.

Alguien carraspea a nuestra derecha y me interrumpe. Suspiro por lo bajo al ver de nuevo a Esteban.

—¿Qué desea mi fiel escudero? —pregunto con muy poco entusiasmo.

—Mi señor, debe venir ya. Están a punto de comenzar las presentaciones.

Esteban dirige a la doncella una mirada reprobatoria. Ella arruga un poco la nariz.

Me pongo en pie con ayuda de la lanza, y Esteban se apresura a comprobar que cada pieza de la armadura sigue en su sitio. Extiendo la mano en dirección a la doncella para ayudarla a ponerse en pie. Se lo piensa un poco, pero acepta mi ayuda.

—Querida doncella sin nombre, si es cierto que no volveremos a vernos, quiero deciros que ha sido un placer conoceros —le digo. Ella abre los ojos como platos, pero a estas alturas ya no esperaba otro tipo de reacción—. ¿Os placería otorgarme vuestro favor?

—Mi señor... —insiste Esteban, pero yo no aparto la vista de la doncella.

Sus mejillas se han ruborizado un poco.

—Eh... Venga, va —balbucea.

Palpa su vestido en busca de algo que pueda darme y termina decantándose por uno de los lazos que sujetan las trenzas de la peluca. Anudo la cinta violeta en mi lanza y beso la mano de la doncella a modo de agradecimiento.

—Esteban, ¿seríais tan amable de acompañar a la doncella a primera fila? Así podrá ver la justa sin perder detalle de mi victoria.

El rostro de mi escudero se desinfla con desazón.

—Cómo no, mi señor.

El sol cae sobre la arena, haciéndome sudar bajo la armadura.

El rumor del gentío se comprime entre los muros de Rocahumbría.

Desde mi sitio puedo distinguir el cabello pelirrojo de mi hermana.

También veo a mi padre, mirándome con severidad.

Casi puedo oír sus pensamientos: «no me avergüences».

Menos aún delante de todos los Benavente.

Busco con la mirada a la doncella sin nombre; le hemos conseguido un sitio en las gradas. Parece incómoda entre la gente que la rodea, como si siguiera sin saber cómo actuar. Al ver que la estoy mirando alza los puños. Un gesto de aliento bastante inapropiado para una dama.

Esteban termina de ajustar las correas de mi yelmo.

—Es una doncella bien extraña —comento.

—Y que lo digáis, mi señor —resopla, bajándome la visera—. Que San Jorge os ampare en la justa.

—Y que la lanza no se quiebre.

El heraldo proclama nuestros nombres con voz clara:

—¡Don Arturo de Mendoza, primogénito del barón de Rocahumbría, contra don Juan Benavente, hermano de don Diego Benavente, esposo de la dama Beatriz de Mendoza!

Acompaño a Feroz, mi corcel, hasta la línea de salida. Ya no siento pereza. Debo salir victorioso de esta justa, no puedo quedar como un zopenco frente a la doncella que me ha otorgado su favor.

La cinta violeta se agita con la brisa. Miro al frente. Juan Benavente ya está en su sitio. Es buen jinete, hábil con la lanza. No cometerá errores fáciles.

Suena el cuerno de inicio. Pico espuelas. El mundo se estrecha en una línea recta, en la lanza que tengo en mano.

Nos acercamos. El estruendo de los cascos de los caballos se mezcla con el rugido del público. Bajo la lanza y apunto. Sucede el impacto: siento cómo la madera vibra y se astilla. El cuerpo de Juan se sacude. No me detengo. Sigo cabalgando hasta el final de la pista, resoplando por el esfuerzo.

Solo entonces miro atrás. Juan Benavente está en el suelo.

En las gradas estalla el clamor. Todos se levantan y corean mi nombre. Mi hermana aplaude con orgullo, incluso mi padre ha alzado un poco el mentón.

Me llevo una decepción al ver que la doncella sin nombre no me está mirando.

Ha aparecido una mujer a su lado, quizá su dama de compañía.

No... esa mujer me resulta familiar. Tiene el cabello castaño algo canoso y ropajes modestos.

La he visto en otras ocasiones por el castillo. ¿Quizá en las cocinas?

«Céntrate».

Me bajo del caballo con la solemnidad que exige la ocasión. Camino hacia Juan, que ya se incorpora con ayuda. Le tiendo la mano.

—Buen golpe, caballero —dice sin rencor.

—Honor compartido, don Juan.

En medio de los vítores que aún llenan el aire, el heraldo proclama mi victoria.

Vuelvo a mirar en dirección adonde estaba sentada la doncella, pero ya no está.

La diviso a lo lejos, al pie de las gradas del ala oriental.

Se aleja deprisa, recogiéndose el vestido para no tropezar.

Junto a ella camina, o más bien la arrastra, la mujer que tan familiar me resulta.

Le agarra el brazo con urgencia, conduciéndola a alguna parte.

Esto no me da buena espina.

Mi escudero se acerca, supongo que para felicitarme. Me viene de perlas.

—Esteban, acercad a Feroz.

—¿Mi señor? ¿Vais a...?

—¡El caballo! —insisto.

Esteban cumple mi orden, y Feroz resopla cuando lo monto. Clavo espuelas y lo dirijo al trote hacia el exterior de la arena. Algunas personas en el público aplauden, creyendo que la escena forma parte de la ceremonia. Una especie de vuelta de honor.

Me alejo de la multitud. La doncella y la mujer sospechosa se adentran por un sendero que bordea el ala norte del castillo. Les corto el paso justo antes de que se adentren entre los arcos de piedra del jardín. Bajo del caballo de un salto y mis rodillas se resienten por el peso de la armadura.

—¡Señorita! ¡Esperad! —exclamo—. ¿Esta mujer os hace algún mal?

Ella me mira con molestia, como si más que un salvador fuera un lastre.

—No os preocupéis por mi sobrina —se apresura a hablar la mujer que la acompaña—. Debemos marchar con urgencia, mi señor, pero estaremos bien.

La doncella asiente con la cabeza con demasiado fervor.

—¡Sí! La justa ha estado increíble, pero tenemos que irnos —farfulla. La mujer vuelve a tirar de ella. Se alejan de mí a paso rápido, dejándome todavía más confuso.