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Arturo
Podría pasar horas observando los mástiles de los navíos. El puerto es, de toda Valencia, mi lugar favorito.
Los marineros se afanan en cargar a bordo enormes cajas de mercancía. Algunos surcarán el Mediterráneo, otros zarparán rumbo a Asia y volverán cargados de seda. Unos pocos se aventurarán a cruzar el estrecho y seguirán la ruta hacia el Nuevo Mundo.
—¿Sabes ya algo de tu padre? —le pregunto a mi amigo Fernando mientras paseamos por el muelle.
—Llegó una carta de Santo Domingo. Imagino que, a estas alturas, ya estará en Veracruz.
El nombre del padre de Fernando es conocido en los puertos y mercados de todo el reino.
Un hombre de negocios que, como todos los padres, educó a su hijo para ser su sucesor.
Le he preguntado cientos de veces cómo es navegar hacia tierras lejanas.
¿De qué color son las casas en el Reino de Nápoles?
¿Qué aspecto presenta el mar en las costas de África? ¿Cómo son las gentes de la China?
—Quizá podría unirme a vosotros en la próxima expedición —me atrevo a proponer.
—Sabes que tu padre jamás lo permitirá.
Tiene razón. Puedo imaginar los azotes que me propinaría tan solo por insinuar que quiero partir en busca de aventuras. Intento que no me invada la desazón, pero es en vano.
—¿Y va a ser así toda mi vida?
—¿Para qué quieres que te dé una respuesta que ya conoces?
Enmudecemos al pasar junto a un pescador que anuncia su producto a gritos; el metal del hacha brilla cuando la levanta sobre su cabeza. La deja caer sobre la mesa de madera, rebanando las cabezas de las doradas. El olor a pescado fresco y a sangre inunda mis fosas nasales.
—Se siente como... una jaula —confieso cuando nos alejamos.
—Es el mundo en el que vives, y no cambiará según tus deseos. Cuanto antes lo aceptes, mejor para ti.
Fernando y yo hemos sido amigos desde niños, pero, aparte de cariño mutuo, a veces siento que no tenemos nada en común.
Él nunca ha entendido mi sed de vivir. No podría confesarle que a veces tengo ideas disparatadas, como el deseo de renunciar a mis títulos, tierras y herencias y fugarme a las Américas, a vivir como un pirata.
A él nada le complacería más que ser el primogénito del barón de Rocahumbría.
—Arturo, amigo mío —carraspea Fernando, sacándome de mis cavilaciones.
—¿Sí?
—Me encanta que vengas a verme a la ciudad, pero... ¿No se casaba tu hermana hoy?
«¡Oh, maldición!».
El castillo de Rocahumbría está en completo desorden a una hora de que comience la boda. Sirvientes corriendo de aquí para allá, intentando disimular las miradas reprobatorias al verme. Esteban, mi escudero, me espera en la puerta con el ceño fruncido.
—Mi señor, sé que no soy quién para reprenderos, pero... —balbucea.
—Llego escandalosamente tarde, lo sé.
—Los señores de la familia Benavente se han mostrado hastiados por la espera, mi señor. Han marchado ya a la iglesia.
—¿Con qué motivo me esperaban?
Esteban acelera el paso mientras nos acercamos a la sala de armas.
—Para ver cómo os armáis.
—Pues nos han hecho un favor. Prefiero vestirme en la intimidad, ¿quién no?
—Por supuesto, mi señor.
Esteban es un escudero aplicado, ha limpiado mi armadura hasta dejarla como recién salida de la herrería.
Dejo que me ayude a armarme, empezando por la funda interior acolchada y la malla de cota, y siguiendo por las pesadas piezas de metal.
También me coloca sobre los hombros una capa de terciopelo con el blasón familiar bordado.
—No dudo que la suerte estará de vuestra parte en la justa —comenta Esteban, terminando de ponerme los guanteletes.
No recordaba que me iba a tocar batirme en una justa. De repente siento una gran pereza. Estúpida y anticuada costumbre.
—Imagino que mi participación no es negociable.
—Lo dudo, mi señor. Es en honor a vuestra hermana.
Bueno, Beatriz nunca ha sentido especial devoción por verme derribar a otros caballeros a golpe de lanza. Creo que mi rival será Juan Benavente, el hermano de su prometido.
—Hablando de mi hermana, ¿sabéis dónde se encuentra?
—En su alcoba, imagino. Terminándose de preparar para el enlace.
Estoy tan nervioso por la celebración que abro la puerta sin acordarme de llamar primero.
—¡Señor! —exclama María, la dama de compañía de mi hermana—. ¡No podéis estar aquí, es indecoroso!
Veo a Beatriz de perfil, vestida con el traje de novia.
Sus largos tirabuzones caen en bucles por la espalda, parcialmente trenzados.
Los dos tenemos el cabello del color de la calabaza asada, herencia de nuestra madre.
Se me encoge el corazón al ver su expresión alicaída. Este debería ser un día feliz.
Cuando se gira hacia mí esboza una sonrisa.
—Por favor, os ruego que os marchéis —me insiste María, escandalizada.
—María, es mi hermano —dice Beatriz—. Relajaos.
La dama de compañía sacude la cabeza en señal de desaprobación y abandona la alcoba mascullando algo entre dientes.
Soy consciente de que, tras el enlace, Beatriz se marchará a vivir con la familia Benavente. De repente siento mucha tristeza, pero me obligo a sonreír.
—Es un vestido precioso. Te sienta bien —la halago.
Su sonrisa se ensancha, pero sus ojos no acompañan.
—¡Ven aquí! —exclama, lanzándose a mis brazos.
La abrazo como puedo a pesar de la armadura y vuelvo a pensar en lo mucho que la echaré de menos. Luego me separo y la tomo de los hombros.
—¿Serás dichosa? —le pregunto, preocupado—. Me refiero... ¿estás segura de dar este paso?
Es seis años menor que yo. Acaba de cumplir los veintiuno, pero, por mucho que pase el tiempo, aún no he dejado de verla como a una niña. Si se marcha de Rocahumbría ya no podré protegerla.
— Debo dar este paso, hermano. Diego Benavente parece un buen hombre. Su familia también me está tratando bien.
Eso no responde a mi primera pregunta, pero al menos lo dice confiada, lo cual me tranquiliza un poco.
Ella misma buscaba con urgencia este enlace, por miedo a que el tiempo redujese sus opciones y terminar convertida en una solterona.
Ha tardado unos años más de lo habitual en prometerse porque estábamos de luto por la muerte de madre.
—¿Tú serás dichoso, hermano?
Trago saliva. Sin querer, pienso en los mástiles de los navíos.
—Claro que sí.
La puerta de la alcoba se vuelve a abrir. Tanto Beatriz como yo nos tensamos al ver la figura de padre.
Don Francisco de Mendoza, barón de Rocahumbría.
María ha debido de ir corriendo con el cuento. Sin embargo, padre no parece haber venido a reprendernos por nuestra falta de decoro.
—Beatriz, apúrate, la carroza te espera. Arturo, preciso hablar contigo un momento.
Me invade la absurda sensación de que, de no ser por la armadura, mis piernas se doblarían y me caería al suelo. Me aclaro la garganta, fingiendo aplomo.
—Por supuesto, mi señor.
Siempre nos ha prohibido llamarle padre, solo «mi señor». Beatriz agacha la cabeza y abandona la alcoba sin mirarle a los ojos. Cruzo los brazos tras la espalda, expectante. El silencio se ha vuelto denso.
—Arturo, desde que viniste al mundo no has parado de deshonrar mi apellido —empieza la conversación. Aunque me lo dice casi a diario, sigue doliendo como el primer día—. Es una desgracia que, para colmo, seas mi primogénito. Y el único varón. ¿Entiendes mi padecimiento?
—Sí, mi señor.
Las manos me sudan tanto que temo que los guanteletes se resbalen y caigan al suelo.
—Ya me han informado de tus andanzas de la semana pasada. Juergueando en una taberna de Bétera, mezclándote con la plebe. Y hoy te vuelves a fugar, el mismo día de la boda de tu hermana. Me has abochornado frente a la familia Benavente.
—No era mi intención.
—Le he sonsacado a Esteban que estabas en Valencia.
—Solo quería pasear por el puerto.
—¿Qué se te ha perdido ahí?
Vuelvo a tragar saliva. Siempre que hablo con padre se me forma una especie de bola en el estómago. Es pesada como un mazo y, a veces, hasta dificulta el respirar. Nunca he sabido lo que es.
—Nada, mi señor.
Padre se pasea por la habitación, despacio. Yo me mantengo inmóvil en el sitio.
—Esta vida que llevas debe terminar —sentencia—. Vas a ser mi digno sucesor, así lo quieras o no. Te he concertado un matrimonio.
El aire escapa de mis pulmones, dejándome un vacío helado en el pecho.
—¿Cómo decís? ¿Con quién?
—La honrada hija de Antonio de Castro, barón de Cabo. La señorita Candela.
Creo que la vi el año pasado, en la ceremonia de mi nombramiento como caballero. Era una de las invitadas. Una muchacha de cabellos negros y piel blanca de porcelana. Es hermosa, pero no quiero casarme con ella.
—Tiene una muy buena dote —sigue explicándome—, y un vínculo con los barones de Cabo nos vendrá muy bien para aumentar influencias en el reino.
—¿Ese es vuestro plan para hacerme sentar cabeza? —suelto casi sin darme cuenta.
Enseguida temo haberme ido de la lengua, pero padre no se altera.
—La boda se celebrará lo antes posible. La semana que viene con suerte.
—¿A qué se debe tanta prisa?
Pierdo el control del tono de voz; he sonado enfadado. Padre extrae de su jubón una carta doblada. Veo el sello roto: la flor de lis real.
—Es un llamamiento de la Corona. Después del desastre de la Armada Invencible, Felipe II necesita más hombres que presten su espada para luchar contra el Reino de Inglaterra. Me ha pedido que movilice a mis caballeros, y tú irás el primero.
—Pero...
—Defenderás al Imperio español de la amenaza inglesa y demostrarás ser digno de mi título y de gobernar el feudo de Rocahumbría —me interrumpe, alzando la voz.
Entreabro los labios, abrumado. Ya ni siquiera estoy furioso.
No esperaba tener que ir a la guerra tan rápido.
Temo no estar preparado, pero, al mismo tiempo, sé que es la mejor manera de probar mi valor.
Si vuelvo con vida, padre dejará de verme como su mayor fiasco.
El resto de la nobleza también me mirará con respeto.
¿Es eso lo que me hará dichoso? ¿Contraer matrimonio y marchar a la guerra con orgullo? ¿Labrarme una reputación a costa de sacrificar todo lo que deseo en realidad?
Igual mis deseos cambian tras la guerra. Quizá algún día le encuentre el gusto a administrar y liderar estas tierras. ¿Y si todos tienen razón y solo necesito madurar?
Luego caigo en la cuenta de que da igual lo que desee o cómo me sienta. Padre siempre será quien elige, y yo solo soy el títere.
Apenas soy capaz de prestar atención en la iglesia durante la ceremonia nupcial.
Tampoco disfruto del banquete ni escucho la música ni las anécdotas de los comediantes.
Mi cabeza está de viaje en otra parte. Entre el castillo de los barones de Cabo y el apestoso Reino de Inglaterra, para ser exactos.
Aunque no tengo hambre, me obligo a comer para tener fuerzas durante la justa. Han preparado una arena en la parte norte del feudo y los numerosos invitados de la boda se aglomeran alrededor para no perder detalle.
Debería estar en las gradas reservadas para los participantes, a la derecha del tilt . Distingo a mi hermana junto a su nuevo esposo, sentada con formalidad en el palco de honor. Esteban viene en mi busca.
—Señor, he preparado el yelmo, vuestro escudo y vuestra lanza —me informa, tendiéndome esta última—. Con gusto os acompañaré a la grada.
Apenas termina de decirlo, una doncella pasa por nuestro lado corriendo de manera muy vulgar. Se recoge el vestido sin ningún tipo de gracia, levantándolo hasta dejar a la vista los tobillos.
—¡Señorita! —exclama doña Maribel, una dama insoportable y tiquismiquis—. ¡Haga el favor y compórtese como Dios manda!
La muchacha se gira hacia ella y levanta los brazos en un gesto todavía menos elegante.
—Váyase a la mierda —responde.
Doña Maribel deja escapar un gritito dramático y procede a abanicarse como si se fuera a desmayar.
—Qué desfachatez... —empieza a murmurar.
Me cubro la boca con la mano para ocultar la risa que amenaza con escapárseme. Esteban me dirige una mirada severa.
—¿Qué es tan gracioso, mi señor?
—Creí que nunca nadie se atrevería a poner en su sitio a doña Maribel.
—Eso no tiene gracia, los modales de esa... doncella son lamentables.
La diviso a la sombra de un pino, a unos metros de distancia.
Parece estar sola, sin damas de compañía.
Lleva un vestido de terciopelo marrón y el cabello rubio trenzado.
Tiene pinta de ser una peluca, lo que indica que procede de familia adinerada.
Debe de estar influenciada por la moda de alguna corte francesa, porque lleva colgado al hombro una especie de morral que no le he visto a ninguna otra dama por estos lares.
Es marrón, con una especie de flecos. Bastante feo.
La distancia es suficientemente corta como para que aprecie un destello de color en sus dedos.
¿Lleva las uñas manchadas de pintura azul?
Algo en ella no termina de encajar. Es un espécimen extraño, soltado en medio de una fauna que no la quiere integrar.
Su forma campesina de correr y que haya mandado a la mierda a doña Maribel debería parecerme tan repulsivo como a Esteban, pero en medio de este mar de hipocresía y modales forzados, su actitud es casi digna de admiración.
También es bella. Y, hasta la semana que viene, yo estoy soltero. De hecho, dentro de dos semanas puede que esté muerto a manos de algún inglés.
Todo apunta a que este es mi último día de rebeldía, y también podría ser un día de suerte.
—Esteban, mi fiel escudero, diles a los demás caballeros que voy a retrasarme.
El joven parece a punto de estallar de indignación.
—¡¿Con qué motivo?!
—Diles cualquier cosa. Que me ha sentado mal el banquete.
—No pienso mentir por vos. Soy un hombre de honor.
Me afilo las puntas del bigote con los dedos y me paso las manos por la cabeza.
—¿Tengo el cabello bien?
—Eh... Sí, pero...
Esteban mira hacia la doncella maleducada y parece entenderlo.
—Con todo respeto, mi señor, no creo que sea momento de cortejar. Y menos con esa.
Le paso un brazo por los hombros con cariño.
—Esteban, toda mi vida me han dicho lo que puedo y lo que no puedo hacer —le digo sin perder la sonrisa—. Hoy estoy especialmente hastiado. Creo que voy a darme a mí mismo el permiso de hacer lo que me plazca.
A juzgar por su cara de malas pulgas, Esteban no está nada de acuerdo. Tampoco insiste en su afán de convencerme para ir a las gradas, pues sabe que no obedeceré. El pobre solo se resigna.
Yergo la espalda para adoptar un porte elegante, pongo mi mejor cara de galán y me acerco a la doncella de peluca rubia, morral feo y uñas coloreadas.
Si en ese momento hubiera sabido lo que me esperaría en los siguientes días por culpa de esa decisión, habría huido de ella y habría ido derecho a las gradas en compañía de Esteban.
Al fin y al cabo, esa doncella olía a problemas. Y yo siempre tengo la costumbre de meterme en la boca del lobo.