¿En tu siglo o en el mío? 3
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Ginebra

Me sorprende descubrir que Isa tiene un BMW de gama alta. No creo que se gane tanto dinero siendo encargada en un parque temático, pero ahora mismo es lo que menos me preocupa.

Comienza a atardecer, el sol se oculta entre las montañas de la Sierra Calderona.

Me siento como una lunática escondida entre los vehículos del parking , espiando a mi superior como si fuera una detective.

No me he cambiado la ropa por miedo a perderle el rastro en el tiempo que tardaba en quitarme el vestido.

Mi determinación flaquea; esto es ridículo.

Pienso en regresar a los vestuarios y pedir cita con mi psicóloga, pero mi cuerpo se mantiene en el sitio, tozudo.

Isa arranca el coche y se aleja en silencio. Es un eléctrico. Observo la dirección que toma, me subo a mi propio coche y la sigo a distancia, con los faros apagados y la velocidad al mínimo para no hacer ruido. Me alejo lo suficiente como para que tampoco me vea por el retrovisor.

Se está adentrando en la sierra y poco después la carretera se convierte en un camino de cabras.

«Qué lugar tan raro para quedar con una amiga».

Adelantándome a los movimientos de Isa, aparco y continúo el camino a pie poco antes de que lo haga ella. Al cabo de un rato veo su silueta a lo lejos. No sigue senderos, se adentra en la maleza como si hubiese una ruta invisible que conoce de memoria.

El bosque se va volviendo tenebroso a medida que oscurece, pero me niego a amedrentarme. Me recojo los bajos del vestido de terciopelo falso y persigo a Isa con sigilo, demasiado lejos como para que me vea, pero lo suficientemente cerca como para no perderla de vista.

Me tranquiliza darme cuenta de que no era una paranoia. Sí que hay algo raro en esta mujer. No es muy habitual conducir hasta la montaña y perderte en la foresta al anochecer, tras terminar tu turno de trabajo.

La persigo durante un tiempo que se me hace eterno. Soy consciente de que perseguir a alguien por el bosque tampoco es lo más normal del mundo. Isa es una persona extraña, pero yo le hago la competencia.

La veo detenerse frente a una pared de roca.

Se gira en mi dirección y yo me agacho tras un arbusto.

Me encojo tanto como puedo, con el pulso disparado por la adrenalina.

No he valorado la opción de que, más que una persona extraña, sea una persona oscura.

Da igual el motivo que la haya traído al bosque, o si esa tal Teresa es la tarotisa de mi barrio.

Lo importante es que no quieren ser descubiertas.

Me seco el sudor de las manos en el terciopelo de la falda y me obligo a no pensar en asesinatos ni en cuerpos enterrados en el monte. Asomo un ojo entre el follaje: Isa sigue frente a la pared de piedra.

Supongo que girará a la izquierda, pero en vez de eso se tira al suelo.

Me incorporo un poco, extrañada. Ya no veo a mi encargada.

Al cabo de un rato me atrevo a ponerme en pie y caminar hacia la pared de roca en la que ha desaparecido.

Enseguida veo la grieta a ras de suelo: la ha atravesado gateando.

La última uña de luz se oculta tras el horizonte.

También empieza a refrescar y este vestido no abriga nada.

Aunque una parte de mí quiere volver corriendo a casa, me arrodillo a cuatro patas y paso por debajo de la grieta de la montaña.

Me pregunto, por un momento, si tengo el instinto de supervivencia atrofiado.

Ya no hay vuelta atrás.

Veo una luz al fondo; distingo un farolillo y un pequeño claro de bosque, encerrado entre paredes de roca. En el centro hay un limonero, cuya silueta se recorta en la penumbra. También oigo voces, pero no alcanzo a descifrar lo que dicen. Conforme me voy acercando el sonido se vuelve más claro.

—¿Seguro que ha vuelto a casa? —pregunta una voz de mujer.

—Hombre, digo yo que no se habrá quedado a dormir en el castillo —responde Isa—. Cálmate, aún no sabemos por qué no para de aparecer en las predicciones.

—Isa...

—¿Qué?

—Sabes que las cosas triviales no se nos aparecen con tanta insistencia.

Contengo la respiración. ¿Predicciones?

—Es una muchacha corriente, sin nada de especial —resopla mi encargada—. No sé de qué manera podría ser importante.

Por fin alcanzo a ver a la segunda mujer, cuando la luz del farolillo ilumina su rostro.

Se me hiela la sangre al confirmar lo que ya esperaba: sí que es la Teresa del gabinete de tarot.

Pego la espalda a la roca, con los músculos agarrotados por los nervios.

Intento localizar a más personas, pero solo están ellas dos.

—Yo intenté hablar con ella, pero creo que la asusté —dice Teresa.

Recuerdo su mano aferrándome el brazo, llamándome por mi nombre pese a no conocerme de nada. Pues claro que me asusté.

—Sabes que estoy a favor de vigilarla. Solo por precaución.

Están delirando. Dos psicópatas me tienen en el punto de mira y están dispuestas a... ¿a qué?

Recuerdo la entrevista que me hizo Isa para darme el trabajo de guía en el castillo.

Fue intimidante, directa y sarcástica. Mis ojos se desviaban continuamente a las medialunas de plata que llevaba en las orejas porque me costaba sostenerle la mirada.

Cuando creía que me despacharía, me dio el puesto.

Ya no creo que fuera por mi nivel nativo de inglés.

Igual ya me había visto venir en sus... predicciones, y solo quería tenerme cerca a diario.

¿No lo ha dicho ella misma? «Estoy a favor de vigilarla».

—Venga, ya es hora —le dice a Teresa, recogiendo el farolillo del suelo.

La noche ha terminado de apoderarse del cielo y es una especialmente oscura. No hay luna, lo único que ilumina el claro es el círculo de luz tembloroso que proyecta el farol. Las mujeres avanzan hacia el limonero y, para mi sorpresa, comienzan a danzar.

Primero se mueven lento, pero poco a poco sus extremidades se van soltando. Con el estómago encogido de terror, veo cómo abren la boca y entonan un cántico:

—Lúa nova, aprieri purtam. Lúa nova, aprieri purtam. Lúa nova, aprieri purtam...

La frase se me clava en los oídos y me desquicia.

Es un idioma ancestral, pero creo que no es latín ni griego.

Puede que sea incluso más antiguo, una lengua de los primeros pobladores de la tierra.

Pienso en los íberos y en los celtas, pueblos que vivieron y murieron sin dejar casi nada escrito.

Me pregunto cómo demonios Isa y Teresa conocen una lengua que ni siquiera los historiadores han conseguido descifrar.

Una daga reluce junto a la llama del farol. Mi corazón da un vuelco, temiéndome lo peor. Por suerte, ellas se limitan a cortarse las palmas, como si fuera un requisito más del ritual.

Rodean el limonero y se toman de las manos, encerrando el tronco entre sus cuerpos. Desde donde estoy alcanzo a distinguir el brillo de la sangre resbalando entre sus dedos. Luego empiezan a girar mientras siguen cantando.

—¡Lúa nova, aprieri purtam! ¡Lúa nova, aprieri purtam!...

El cántico crece hasta volverse un rugido. Debería estar aterrada, lo sé, pero no puedo evitar sentir curiosidad.

De repente, se callan. También paran de danzar. Dejan caer sus manos ensangrentadas y se colocan muy juntas frente a la parte trasera del árbol, justo en el único ángulo que la luz del farol no alcanza. Me inclino para intentar ver algo, pero no lo consigo.

Isa y Teresa se agachan. Mi cuerpo se tensa esperando a que pase algo, como cuando en las pelis de terror hay un silencio y sabes que luego viene el susto.

Esperaba cualquier cosa excepto que las mujeres se esfumasen.

Reprimo una exclamación de sorpresa. Por lógica, pienso que estarán tumbadas tras el limonero y por eso no puedo verlas, pero pasa el tiempo y el silencio es sepulcral.

Al rato me atrevo a levantarme y camino despacio hacia el árbol.

Aunque todo apunta a que me he quedado sola, me sigue asustando hacer ruido.

Recojo el farolillo del suelo; la llama arde con fuerza. Rodeo el limonero con cuidado, pero Isa y Teresa no están atrás, tumbadas entre las ramas. Han desaparecido de verdad.

Me invade la sospecha de que el árbol no es un limonero normal. Hay algo en él que no encaja, aunque todavía no sé el qué. Me acerco con el farolillo en alto, dejando que la luz lo ilumine.

El tronco está petrificado, pero no de forma convencional.

Líneas doradas atraviesan la piedra gris como ríos de lava.

Paso los dedos por la corteza y casi me sorprende que esté fría.

Por un momento creo percibir un temblor, como si bajo la piedra hubiese algo despierto. Me convenzo de que es sugestión.

De entre las grietas del tronco petrificado brotan ramas vivas, verdes y cargadas de limones. Se abren paso como venas que rompen la roca desde dentro, trepando hacia el cielo. Es un limonero vivo. Y es un limonero muerto.

—El limonero de Schrödinger —murmuro para mí, fascinada.

Es un fenómeno tan alucinante que, por un momento, hasta olvido que se ha tragado a dos mujeres ante mis narices.

Mi mano sobre el tronco se estremece de nuevo, y esta vez estoy segura de que no es un temblor mío. El árbol vibra, no estoy loca. Un zumbido que parece brotar desde el interior y que se me adhiere a la piel como electricidad estática.

Aparto la mano de golpe, como si me hubiera quemado. El corazón me late fuerte entre las costillas, la burbuja de fantasía se rompe. No sé qué es esto, pero no es bueno. Ni normal.

Estoy a punto de dar media vuelta y huir cuando descubro algo todavía más raro: las raíces de la parte de atrás se retuercen sobre la tierra formando un círculo perfecto, como la entrada de un tobogán. Debajo hay un hoyo cuyo final no alcanzo a ver.

¿Se habrán escondido Isa y Teresa ahí dentro?

Descarto la idea; no creo que sea un hoyo tan grande como para albergar a dos personas.

Al acercar el farolillo al agujero distingo algo raro, una especie de película iridiscente que cubre la entrada. Como una fina pompa de jabón enganchada en las raíces.

«Salta», grita mi subconsciente, y casi doy un respingo ante ese pensamiento intrusivo.

El miedo más aterrador que he sentido nunca se mezcla con la excitación al pensar en la idea de saltar. Me siento como Alicia, que se metió en un agujero creyendo que era una madriguera y cayó en un mundo extraño.

Pero los mundos extraños no existen. Eso me dijeron de niña.

Algo dentro de mí despierta y ruge de emoción ante la pequeña esperanza de que sí existan.

Pienso en los pantalones vaqueros esperándome en los vestuarios, en la caja de fideos chinos que planeaba pedir para cenar y en el botón de HBO en el mando del televisor.

Hasta ahora nunca me había dado cuenta de lo aburrida que es mi vida.

Mi mente deja de controlar mi cuerpo y me arrodillo junto al agujero, hipnotizada por el brillo de la pompa de jabón. Dejo el farolillo a mi lado. Apoyo las manos en las raíces revestidas de piedra, a ambos lados de la entrada.

—¿Hola?

El eco de mi voz reverbera por las profundidades del agujero, que revela ser mucho más grande de lo que aparenta. Imposiblemente grande. Empiezo a pensar que hay una caverna entera bajo sus raíces. Igual mi encargada y la tarotisa extraña sí que caben ahí.

Me inclino un poco hacia delante y entorno los ojos, tratando de distinguir algo. No sé si me atrevo a alargar la mano y romper la película iridiscente.

Acerco más el rostro al agujero, maravillada. Veo pequeñas estelas de color que se deslizan y mutan sobre la superficie, brillando pese a la oscuridad. Alargo la mano; qué belleza.

Apenas mi dedo índice roza la extraña burbuja, una fuerza me succiona y caigo al abismo.