¿En tu siglo o en el mío? 2
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Ginebra

No me gusta la gente.

Eso es un gran problema, porque trabajo entreteniendo a personas.

No estudié para ello, tengo una carrera de Biología y un máster en Paleontología que no me sirven de mucho.

Me habría gustado ser una gran investigadora, pero aquí estoy.

Trabajando de guía informativa en un parque temático medieval, vestida de gilipollas y cobrando el salario mínimo.

No sé por qué mi encargada me contrató a mí en vez de a la otra chica que estaba conmigo el día de las entrevistas; ella al menos era historiadora. Creo que fue por mi nivel nativo de inglés.

El parque está a casi media hora en coche de la capital, en la Sierra Calderona.

Se construyó alrededor del castillo de Rocahumbría, del linaje de los Mendoza.

Hace cinco siglos esto era un feudo pequeño pero próspero.

Ahora está lleno de turistas y de niños gritones con espadas de madera.

Isa, mi encargada, me dirige una mirada de desaprobación cuando me ve llegar a mi puesto corriendo y con la peluca torcida.

Estoy obligada a sonreír y a ser simpática.

Les suelto a los turistas el rollo del Siglo de Oro que tengo aprendido de memoria, los llevo a ver la colección de armaduras (ninguna original), las vidrieras de colores y la tienda de souvenirs.

Luego los niños se divierten en la granja, intentan tocar a los cerdos, practican tiro con arco con un monitor y se maravillan con las aves rapaces.

Los padres se sientan a beber cerveza en la taberna medieval y comen codillo asado con patatas y kétchup.

En el último turno de la tarde me toca guiar a una familia estadounidense que está en pleno eurotrip .

—Oh my god. This is so authentic! —exclama la madre, fascinada con las armaduras de imitación.

La visita termina en la linde del bosque, en la que fue la capilla familiar y mausoleo. Tras hacer algunas fotos, los americanos van a la tienda de souvenirs y se compran una enorme espada de metal. Me pregunto cómo planean pasarla por el control de aduana del aeropuerto.

Cuando termina mi turno me duelen las mejillas de tanto forzar la sonrisa.

Volver a mi cara de mierda habitual en cuanto los clientes dejan de mirarme se siente como quitarse los tacones después de un largo día.

Me dirijo a la sala de piedra que hay al lado de las cocinas del castillo; son los vestuarios de los trabajadores.

Están llenos de disfraces y de objetos de decoración, como escudos y candelabros.

Al recuperar mi bolso veo cuatro llamadas perdidas de Paola y recuerdo que antes casi le colgué en la cara. La pantalla se ilumina por una nueva llamada suya. Necesito respirar hondo antes de cogerlo.

—Gin, no puedes soltarme que Ricardo te ha dejado y pirarte así sin más —me regaña, pero su tono es suave—. Se supone que soy tu mejor amiga, ¿no?

—Sí —suspiro—. Perdón.

Me dejo caer en la banqueta de madera.

—¿Cómo te encuentras?

—Están siendo días asquerosos —confieso.

—¿Por qué te empeñas en llevarlo todo tú sola? ¿Por qué no me cogías las llamadas ni viniste a mi casa a llorar conmigo? ¡No tienes por qué sufrir en silencio!

No sé qué responder. Me muerdo las uñas, nerviosa; empiezo a odiar esta conversación.

—Deberías abrirte más —insiste ante mi silencio—. No es sano que seas así, acabarás atragantándote.

Me restriego la cara con la mano libre. Mi rodilla izquierda ha empezado a sacudirse y no quiere parar. Hay algo invisible bloqueándome los pulmones e impidiéndome respirar. Me levanto de la banqueta, agobiada, y doy una vuelta alrededor de los escudos y los candelabros.

—¿Ginebra? ¿Sigues ahí?

—Sigo aquí —respondo. Mi voz suena estresada—. ¿Quieres que me abra? ¡Vale! —exclamo—. ¡Me siento como una imbécil! Por tener esperanza, por confiar en alguien. Creo que la gente ha perdido la capacidad de querer, ya no existen amores como los de antes.

—Espera, espera, frena.

—¡No freno! Es la verdad, Paola. No voy a volver a confiar en nadie más.

—Estás siendo radical.

—Realista —la corrijo—. Ya sabes cómo fue con los otros. Esto es solo una decepción más.

—Vale, has tenido mala suerte en el amor —admite Paola—. Pero eso no significa que vaya a ser así a la próxima.

Me acuclillo en el suelo polvoriento, frente a un gran estandarte. Me tiemblan un poco las rodillas. Cierro los ojos y respiro hondo, pero no consigo que deje de retumbarme el pulso en la sien.

—Gin, ¿qué le ha pasado a Ricardo?

—¡No lo sé! —exploto—. Se puso raro de repente. Todavía no me ha dado explicaciones.

—Te juro que no lo veía capaz de hacer algo así, estoy flipando.

No respondo. Tengo la teoría de que conoció a alguien en el trabajo, pero no sé hasta qué punto es paranoia y hasta dónde estoy siendo objetiva.

Quiero gritar con todas mis fuerzas hasta quedarme afónica, pero no me lo permito.

No puedo gritar aquí. Hay trabajadores cerca.

Me aprieto las sienes y reprimo el grito con todas mis fuerzas.

Siento presión en el cráneo, la jaqueca está empeorando.

Cuanto más me prohíbo gritar, más se calienta mi cuerpo.

—Paola, no me encuentro bien —farfullo—. Hablamos luego, por favor.

Cuelgo y dejo el móvil bocabajo en el suelo.

Me paso las manos por la peluca y cierro los ojos, obligándome a respirar.

Mi cuerpo no para de temblar. Inhalo otra vez, más profundo.

El aire entra frío por la nariz, me acaricia la garganta y baja hasta los pulmones.

Exhalo lentamente y noto cómo una parte pequeñita de la tensión se va deshaciendo.

Me mantengo así un rato, respirando. El nudo en el estómago se convierte en algo manejable. Pienso que, aunque ahora no lo parezca, quizá esto ha sido lo mejor. Que todas las personas tarde o temprano terminan por decepcionar o por hacer daño.

Mejor sola que mal acompañada. Paola tiene a Rafa, que es un subnormal con media neurona que solo sabe hablar del Real Madrid y darle dolores de cabeza. Yo veía mucho más feliz a mi amiga cuando estaba soltera.

Seguro que, cuando supere todo esto, yo también seré feliz.

Abro los ojos, despacio, regresando a la pequeña y caótica salita de los disfraces.

Localizo mi taquilla, me enderezo y saco los pantalones vaqueros.

Retuerzo los brazos tras la espalda y busco la cremallera del vestido.

Está enganchada. El abrumador silencio del castillo me confirma que se ha hecho tarde; todos mis compañeros se han marchado a casa.

Voy a tener que vagar por los pasillos oscuros para salir, y no me hace especial ilusión.

A saber cuántas personas han muerto en este lugar a lo largo de los siglos.

Me sobresalto al escuchar pasos en el pasillo. Oigo la voz de mi encargada hablando por teléfono y contengo la respiración para no hacer ruido. Hace un buen rato que debería haber salido, y me da vergüenza que me vea y me pregunte por qué ni siquiera me he quitado aún el disfraz.

—Sí, Ginebra ha venido hoy a trabajar... —la oigo decir a lo lejos, con un poco de eco—. Pues no sé, se ha ido ya a su casa. No creo que eso suceda hoy.

Me pongo en pie con sigilo, con el corazón apretado en el pecho.

Me acerco a la rendija abierta para escuchar mejor y asomo el ojo.

Isa, mi encargada, se detiene en el pasillo y apoya la cadera en la pared, con el móvil enganchado a la oreja.

Es una mujer de treinta y pocos años que tiene por costumbre vestir como una ejecutiva, con tacones de aguja, faldas de tubo y americanas.

—Teresa, tenemos que ser precavidas, pero te estás pasando.

Teresa.

Los Arcanos de Teresa, la mujer de pelo castaño, su mano agarrándome el brazo.

«Puede ser cualquier Teresa», trato de racionalizar, pero mi corazón bombea con fuerza.

—Yo iré de camino enseguida, no tardes —dice, y su coleta negra se sacude cuando se cambia el móvil de oreja—. Te espero donde siempre.

Me pego a la pared con un sobresalto al ver que echa a andar hacia mí. El pulso me retumba en la sien. Por suerte, pasa de largo por mi puerta y va directa a la salida.

Cuando desaparece de mi campo de visión suelto de golpe el aire que estaba reteniendo. Me llevo una mano al pecho; no consigo calmarme.

«No te creas el centro del mundo», me regaña la voz de mi conciencia.

Pero no puedo evitar tener la sensación de que todo esto va sobre mí.

Teresa la tarotisa mirándome como si me conociera desde que llegué al barrio.

Isa contratándome en un parque histórico sin tener una carrera de Historia.

La conversación de ahora. ¿Se conocen? Hablaba con una tal Teresa. Sobre mí.

«Ginebra ha venido hoy a trabajar».

Algo parece encajar de forma extraña. Huele a conversación que no debería haber escuchado y a sitio en el que no debería meterme.

Ahora mi encargada va de camino a algún lugar. «Al sitio de siempre», ha dicho. ¿Qué sitio es ese? ¿De verdad la Teresa que la va a estar esperando es la misma Teresa que yo tengo en mente?

—No seas paranoica —susurro para mí misma—. Será una amiga. Habrán quedado para tomarse el vermut.

Pero ¿y si no?

Mi cuerpo se sacude ligeramente, como si quisiera actuar y algo se lo impidiera.

Miro de reojo a la banqueta donde me esperan los vaqueros.

Sé lo que debería hacer: ponerme la ropa normal, fichar, ir al coche, volver a casa, encargar comida china, ver Juego de tronos , llorar (opcional) y quedarme dormida en el sofá.

Creo que la vida está llena de decisiones, pero solo unas pocas son cruciales. Cuando me cuelgo el bolso al hombro y salgo detrás de Isa me invade la certeza de que me estoy poniendo en peligro. De que no hacer lo que toca, no correr tras la normalidad, tendrá consecuencias.

Pero, por una vez, me arriesgo a arrepentirme.