¿En tu siglo o en el mío? 1
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¿En tu siglo o en el mío?

¿En tu siglo o en el mío?

Por Lina…

© inepub.com

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Ginebra

Seiscientos euros. Ese es el valor en metálico de todos mis sueños.

—El diamante es de verdad —insisto.

El dueño de la casa de empeños deja el anillo sobre el mostrador, me mira por encima de las gafas y arquea una ceja.

—No es un diamante tan grande.

—Mil —lo reto.

—Seiscientos.

—Novecientos.

—¡Novecientos es demasiado por un anillo de compromiso!

Una rabia injustificada me sube por la garganta.

—No es un anillo de compromiso, era de mi abuela.

—Setecientos. Es mi última oferta.

Setecientos es un precio que estoy dispuesta a aceptar.

Incluso habría dicho que sí a seiscientos cincuenta.

Me aliviaría el peso del alquiler este mes.

Sin embargo, al mirar el anillo, algo en mi interior se desmorona.

Recuerdo lo bien que lucía en la cajita de terciopelo negro, lo mucho que brillaba en mi dedo.

—Setecientos o nada, chica —insiste el comprador.

Recojo el anillo del cristal sucio del mostrador y lo aprieto en el puño.

—Nada, pues.

Salgo del local dando pasos airados. A pesar de que la casa de empeños está a solo diez minutos andando de mi piso, cojo un autobús.

Si fuera caminando me tocaría pasar por delante de Pronovias, y prefiero que pase un tiempo antes de arriesgarme a que Noelia (la amable dependienta) me vea la cara.

Sobre todo después de haberle cancelado la última cita y haberla bloqueado en WhatsApp por miedo a que hiciera preguntas.

Ya sé que es patético, pero bueno...

Últimamente mi vida se ha llenado de cosas patéticas.

Me compro un helado de galleta y brownie en el minisúper de debajo de mi casa. Es un autopremio por haber sobrevivido al mal trago de la casa de empeños.

¿Lo triste? Lo he devorado con tanta ansiedad que ahora me duele la tripa. Ni siquiera he podido esperar hasta llegar a mi cochambroso piso para comerlo con tranquilidad en mi cochambroso sofá.

Aunque hable mal de él, mi apartamento de alquiler, de cuarenta metros cuadrados, es mi mayor orgullo. Igual lo pierdo en un par de semanas y me toca volver a casa de mi padre, pero hoy todavía lo conservo.

La psicóloga siempre me decía (cuando podía permitirme pagarla) que tengo que centrarme en los logros de hoy. Y un piso de cuarenta metros cuadrados ubicado en un quinto sin ascensor ya es más de lo que la mayoría de gente de veintiséis años tiene.

Esta última semana está hecho un desastre.

La mesa del salón, llena a rebosar de cajitas de fideos asiáticos; la ropa de ayer y la de anteayer, hecha un revoltijo en el sofá; los apuntes de las oposiciones, colapsando sin orden el escritorio y una pila de platos sin fregar en la cocina.

Empieza a parecer el hogar de alguien con síndrome de Diógenes, pero no tengo energías para limpiarlo.

Zampanchina Miaumiau, mi gata, me bufa desde el arenero.

Dicen que los gatos se parecen a los dueños y empiezo a creer que es verdad.

Entro a la única habitación del piso, el dormitorio que compartía con Ricardo antes de que se marchara.

No enciendo la luz para no ver la inmundicia, confiando en que así sentiré menos vergüenza.

Pongo una canción de Bad Gyal y me tumbo sobre la cama con los ojos cerrados.

Trata sobre un chico que está muy arrepentido porque «ha perdido este culo».

No es lo que suelo escuchar, pero Bad Gyal tiene una energía de tipa mala que funciona genial para el desamor.

Ayer incluso intenté aprender a perrear.

Zampanchina me miró con su habitual cara de mala hostia y supe que me estaba juzgando.

Normal.

La canción es interrumpida por el timbre de llamada. Se me escapa un rugido de crispación un poco exagerado. Me inunda el pánico al ver que es mi amiga Paola. Llevo una semana sin dar señales de vida.

—¡Paola! —exclamo tan feliz como puedo.

—Llevas una semana sin contestarme al WhatsApp, pelotuda.

—¿En serio? —Me hago la loca—. Vaya, se habrá quedado el chat abajo. Me han llegado un montón de mensajes.

Es una excusa cero creíble, no tengo muchos amigos aparte de ella.

—Te he escrito a diario.

—Lo siento, Pao, de verdad —suspiro—. Dime, ¿qué ocurre?

—Es que estaría genial que mostraseis un poco más de interés por el viaje. Ricardo también está desaparecido. Rafa y yo nos estamos encargando de todo.

Me incorporo con un sobresalto. ¡El viaje! Mierda, el viaje.

Enciendo la luz de un manotazo y busco mi bolso con la mirada.

Lo encuentro tirado en el suelo, cerca de mis pies.

Es marrón con flecos y fue lo último en tendencias de moda allá por 2014.

Alargo el brazo para recogerlo. Mi pasaporte nuevo se asoma desde el interior, con ese color granate y letras doradas.

—¿Ginebra? —insiste Paola.

Sé que no está tan enfadada como parece, su voz suele sonar así.

—Lo pillo. El viaje.

—Hemos reservado las excursiones, por si te interesa saber el itinerario.

—Em...

El pasaporte sigue mirándome desde el fondo del bolso. Cuando me lo entregaron el mes pasado en el Registro Civil lo guardé ahí y no volví a tocarlo. Su presencia destaca entre la bolsa de chicles y los pañuelos, como si supiera que es un documento importante.

—¿Qué significa «em»? Estás rarísima.

Decido soltarlo de golpe.

—Quizá Ricardo y yo no podamos ir a México.

—¡¿Qué?!

Ahora sí que está enfadada. Siento un dolor húmedo en el pulgar; me estoy arrancando las pieles con las uñas. Abro la boca para explicarme, pero Paola se adelanta.

—Está reservado y pagado desde hace un año.

—Lo sé.

—¿Sigues pensando que el Atlántico es demasiado grande? Yo lo he cruzado diez veces y no es para tanto.

—No es eso.

—¡¿Entonces?!

Una pielecilla se engancha bajo la uña, doy un tirón más fuerte y siseo de dolor. Me planteo mentir a Paola para que me deje en paz unos días más. Seguir huyendo. Puedo decirle que Ricardo ha pillado apendicitis o, no sé, que ha fallecido su tía Lourdes y que está de bajón.

Sin embargo, termino soltando la verdad:

—Ricardo me ha dejado, Paola.

Se hace un silencio. Uno de esos teñidos de un cariz dramático. Y si hay algo que no soporto, es la compasión.

—Oh, Gin..., mierda, lo siento.

—No pasa nada. Te lo prometo, estoy genial. Uy, acaba de venir mi padre, tengo que irme. ¡Nos vemos pronto!

Cuelgo el teléfono antes de que pueda decir algo más. Cierro los ojos y me muerdo el labio; odio ser así. Tengo un nudo en la garganta y si sigo hablando parecerá que estoy a punto de llorar. No quiero testigos de este momento de bajón, ni aunque se trate de mi mejor amiga.

La canción de Bad Gyal vuelve a reproducirse sola, pero el ambiente ya no tiene tanto poderío como antes.

Salgo al balcón de un metro cuadrado para que me dé el aire.

Los cactus que decoro en mi tiempo libre me miran con los ojitos de plástico que compré en el chino.

Mi favorito es el estirado: tiene una boina y una bufanda.

Se llama Pinchitos porque mi imaginación no da para mucho más.

Hoy me mira con un aire tristón, como si incluso él sintiese lástima por mí.

Sé que esto no es lo que haría una Bad Gyal, pero saco el anillo de compromiso y me lo pongo. Extiendo la mano frente a mí, admiro lo bonito que queda a pesar de los dedos mordisqueados y el esmalte de uñas turquesa descascarillado.

Me pregunto por qué no he aceptado los setecientos euros. El vendedor era un viejo gruñón, pero el precio era justo. Igual ya no encuentro otra oferta igual de buena.

Quizá lo que se ha interpuesto es la esperanza.

Una parte de mí cree que Ricardo llamará a la puerta en cualquier momento y me dirá que ha sido una broma de mal gusto.

Por eso no le quería dar la noticia a Paola ni a mis padres.

No parece una ruptura definitiva. Es decir, tenemos a Zampanchina Miaumiau, que es nuestra pequeña, aunque nos odie y nos arañe.

Tenemos el alquiler de este piso, que entre dos nos lo podíamos permitir, pero que ahora no sé cómo me las apañaré para pagarlo sola. Tenemos el viaje a México.

El viaje a México. Casi dos mil pavos con las excursiones incluidas.

¿Quién deja a su pareja teniendo reservado un viaje tan caro?

Si no lo haces por amor, hazlo por la economía.

Déjame después del viaje, hostia, que solo quedan tres semanas.

¿Tan insoportable soy como para no poder aguantarme tres malditas semanas más?

Me acurruco en el suelo del balcón y me hago una bolita. Dejo de intentar contener las lágrimas. El plan de no llorar nuevamente ha fracasado.

He llorado durante tanto rato que ahora me duele la cabeza y, para colmo, estoy llegando supertarde al curro. Ayer también llegué tarde, y me siento furiosa conmigo misma. No me gusta ser el tipo de persona irresponsable que va con prisa a todas partes.

Muy a mi pesar, me va a tocar disfrazarme antes de salir de casa. Si me cambio de ropa en el parque se me hará tan tarde que alguien vendrá a llamarme la atención.

Me pongo el vestido de terciopelo falso, la peluca rubia trenzada y una diadema adornada con diamantes de plástico. Menos mal que tengo el coche aparcado a solo tres minutos andando.

Camino a paso rápido por las callejuelas de piedra y me recojo los bajos del vestido hasta los muslos para que no arrastren por el suelo. Una niña me mira boquiabierta y le pregunta a su padre si soy una princesa de verdad. Paso corriendo por su lado.

Entonces tuerzo la esquina y el olor a incienso me embriaga. Se me tensa la espalda. Tal y como imaginaba, el gabinete de tarot Los Arcanos de Teresa está abierto esta tarde. Su propietaria, una inquietante mujer de pelo castaño y falda negra, me mira desde el umbral de la puerta.

Desde que llegué al barrio ha tenido una fijación extraña conmigo. Recuerdo la tarde en la que me agarró del brazo y me sonrió de forma rara.

—¿Eres Ginebra Calderón? —me preguntó.

Sin saber por qué, de repente sentí mucho miedo. Era una mujer bajita y enclenque, pero mis sentidos me ponían en alerta. Tuve la absurda certeza de que, si quisiera, con una mirada podría destruirme.

«Qué tonta eres, Ginebra», pensé.

—¿Nos conocemos?

Ella no respondió, así que me zafé de su agarre y me marché sin mirar atrás.

Ahora también acelero el paso, caminando hacia mi coche con las llaves en la mano.

Siento la mirada de la mujer clavada en la nuca.

A veces me maldigo por no tener la valentía de entrar en su gabinete y no marcharme hasta que me explique a santo de qué conoce mi nombre y mi apellido.