En tu casa o en Sabina 15. Lo niego todo #5
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15. Lo niego todo #5

La sobrina volvió a entrar.

—Tía, ven.

—Estoy trabajando.

—Es mi cumpleaños.

Argumento difícil de combatir.

Sabina dejó al pequeño en el suelo y se dejó arrastrar al salón.

Le enseñaron un juego que no entendió, una muñeca que hablaba, cantaba y parpadeaba y una bolsa llena de pegatinas.

Durante veinte minutos participó en una especie de concurso improvisado cuyos criterios cambiaban según quién iba perdiendo.

Cuando por fin consiguió volver a la cocina, llevaba una corona de cartón, dos pegatinas en la manga y el anillo azul todavía puesto.

M. la miró.

—Estás guapísima.

—Tengo una posición importante en la corte.

—Se nota.

Sabina levantó la mano.

—Además, estoy casada.

M. vio el anillo.

—Ah.

—De tía y sobrina.

—Relación estable.

—Con condiciones durísimas.

M. siguió cortando tarta.

Al final de la tarde, los niños fueron desapareciendo con sus padres, chaquetas y bolsas de regalo. El volumen de la casa descendió poco a poco hasta dejar un zumbido raro en los oídos. Sabina ayudó a recoger serpentinas del suelo.

—Mañana voy a encontrar purpurina hasta en la nevera —dijo M.

—En marzo seguirás encontrando.

—No vuelvo a hacer esto.

—Claro.

—El año que viene me lo recuerdas.

—Te lo recordaré.

M. le tiró una servilleta.

La cumpleañera apareció por última vez antes de que Sabina se marchara.

—¿Sigues teniendo el anillo?

Sabina levantó la mano.

—Contrato en vigor.

La niña sonrió, satisfecha.

A la mañana siguiente guardó el anillo azul en el bolsillo pequeño del bolso.

XII

Durante aquellas semanas, Sabina y R. siguieron hablando como si la conversación del café hubiera quedado guardada en una caja. Se mandaban mensajes e incluso quedaron una tarde con C.

A Sabina le convenía aquella tregua, hasta que empezó a parecerse demasiado a una forma educada de no responder.

Quedaron un jueves después del trabajo. R. propuso un bar tranquilo por Cuatro Caminos, cerca de su local de ensayo. Cuando Sabina llegó, él estaba fuera, mirando el móvil, con la funda de la guitarra a sus pies.

—Llegas pronto —dijo ella.

—Tú llegas tarde.

Sabina miró la hora.

—Tres minutos.

—He dicho lo que he dicho.

Entraron. Pidieron dos cafés y se sentaron junto a una ventana. Durante los primeros minutos hablaron del ensayo de R., de una compañera de Sabina y de un hombre que discutía en la barra porque le habían cobrado una tostada que aseguraba no haber pedido.

Sabina empezó a relajarse. Entonces R. dejó la taza sobre el plato.

—¿Vamos a seguir haciendo como si no te hubiera dicho nada?

—Ah. Era una emboscada.

—No.

—Podías haber puesto en la invitación «café con asunto pendiente».

R. no sonrió.

La broma se quedó un poco sola entre los dos.

—Vale —dijo Sabina.

R. miró hacia la calle un momento.

—No te estoy pidiendo una respuesta perfecta. Ni siquiera te estoy pidiendo que digas que sí. Pero necesito saber si estás pensando qué quieres o si simplemente no quieres decirme que no.

Sabina abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

—En todo.

—Eso no ayuda mucho.

—Ya.

Notó el impulso de explicarlo todo: J., A., sus años precipitándose al entrar en unas cosas y al salir de otras. También era una manera de ganar tiempo.

—Me gustas —dijo al final.

R. apoyó la espalda en la silla.

—Eso ya lo sé.

—No. Creo que no. Me gustas de verdad. No solo porque estés ahí o porque seas fácil o porque me conozcas desde hace años.

R. esperó.

—Y aun así no sé qué quiero hacer con eso —añadió Sabina.

El ruido de la máquina de café llenó el silencio.

—Vale.

—¿Vale bien o vale mal?

—Vale de que te he entendido.

—Tengo una costumbre bastante horrible de suavizar las cosas por no hacer daño.

R. la miró.

—Sí.

—Gracias por la rapidez.

—A veces las suavizas tanto que no se entiende qué estás diciendo.

—No quiero decirte que sí solo porque me da miedo que, si no lo hago, te canses y te vayas.

R. tardó un poco en contestar.

—Pues no lo hagas. Pero tampoco decidas por mí qué puedo aguantar. Si me dices la verdad y no me gusta, ya veré yo qué hago con ella.

Aquello dolió por un sitio inesperado.

—No sé si quiero una relación —dijo.

R. apretó los labios un instante.

—Y no sé si no la quiero —añadió Sabina.

—Eso es bastante más incómodo.

—Lo sé.

—Para los dos.

—Lo sé.

R. terminó el café, que ya debía de estar frío.

—Creo que necesito que no quedemos unos días.

La frase entró limpia. Sabina sintió primero miedo y después una urgencia casi física por retirarlo todo.

Podemos probar.

La frase apareció completa en su cabeza. Solo tenía que decirla. R. se quedaría, la tarde volvería a un terreno conocido y ella podría decidir más adelante qué había querido decir realmente con probar .

No la dijo.

—Vale —respondió.

R. la miró como si hubiera esperado algo más. Quizá lo había esperado. Sabina también.

—No es para castigarte. Ni estoy desapareciendo.

—Ya.

—Pero no me apetece hacer de amigo perfectamente normal mientras intento averiguar si quiero seguir siendo solo tu amigo.

Sabina tragó saliva.

—Tiene sentido.

—No hace falta que me des la razón en todo.

—No te la estoy dando. Estoy intentando no empeorarlo.

R. sonrió por primera vez desde que habían cambiado de tema.

—Eso sí que da miedo.

Pagaron y salieron. Fuera había refrescado. R. tenía que ir al ensayo y Sabina al metro. Se quedaron un instante junto a la esquina, en el punto donde tenían que separarse.

—Bueno —dijo ella.

—Bueno.

Sabina esperó el beso habitual en la mejilla. R. también pareció dudar. Al final se abrazaron de una manera breve y torpe.

—Hablamos —dijo él.

—Sí.

R. se alejó con la guitarra al hombro.

Sabina empezó a caminar hacia el metro y a los veinte metros pensó que había cometido un error. A los cuarenta, que quizá el error habría sido decir que sí. En el andén estaba convencida de que había conseguido una tercera opción bastante sofisticada: hacer daño sin resolver nada.

En casa abrió el chat y escribió:

Avísame cuando llegues.

Lo envió. La respuesta apareció unos minutos después.

He llegado.

Sabina leyó las dos palabras. Tuvo ganas de añadir algo, cualquier cosa que cerrara mejor la noche.

No encontró qué.