15. Lo niego todo #4
Se levantó, abrió la puerta de la lavadora y sacó la ropa todavía tibia. Tendió camisetas, ropa interior y un número incomprensible de calcetines. Uno no tenía pareja.
Lo dejó igualmente en el tendedero.
IX
El último tramo del domingo llevaba media vida oliéndole a despedida. La luz rara, ni día ni noche. Los grupos que volvían de algún sitio con mochilas pequeñas. Las familias cargadas de táperes. El metro algo más silencioso. Las persianas de algunos bares bajando antes de tiempo.
Había una franja, entre las nueve y las doce, que siempre le había parecido especialmente sospechosa. De joven podía empezar con un mensaje cualquiera y terminar con una copa que no necesitaba, otra después y un lunes destrozado.
Aquella tarde había comido en casa de su madre. Paella, postre, M. protestando porque su hija empezaba a contestarle como si tuviera catorce años en vez de diez, su madre empeñada en que Sabina se llevara medio táper de arroz.
—No quiero.
—Luego llegas a casa y cenas cualquier porquería.
—Tengo comida.
—Pues esta también es comida.
Al final salió con el táper. Durante unos minutos estuvo bien. Fuera ya estaba oscuro. Después empezó a mirar el reloj.
En casa, abrió la nevera sin hambre y volvió a cerrarla. Cogió el móvil.
—Ya estamos —murmuró.
Se sentó en el sofá y encendió la televisión. Pasó por cuatro plataformas sin elegir nada.
Entonces llegó el mensaje.
El número no estaba guardado, pero lo reconoció antes de terminar de leer.
¿Sigues en Madrid? Me he acordado de ti. Hoy hace noche de liarla.
No recordaba cuándo había hablado con él por última vez. Sí recordaba otras noches. Lo suficiente.
Abrió el teclado.
Jajaja. ¿Dónde?
Se quedó mirando la frase. El corazón se le había acelerado de una manera que conocía de sobra. No pasó nada.
Después borró el mensaje.
Dejó el móvil sobre la mesa, se levantó y volvió a sentarse. Lo cogió otra vez. El chat seguía allí.
Escribió:
Hoy no.
Lo envió.
La respuesta tardó menos de un minuto.
Qué formal te has vuelto.
Sabina fue a la cocina, sacó el táper de su madre y comió dos cucharadas de arroz de pie. Después cinco más. A la octava decidió que aquello ya contaba como cena.
Escribió a C.:
¿Estás viva?
C. contestó con una fotografía de unos calcetines tirados sobre una tabla de planchar.
Por desgracia.
¿Te apetece hablar un rato?
Sí, pero te advierto que estoy planchando y tengo cero contenido.
Perfecto.
C. la llamó. Hablaron del trabajo, de una serie malísima y de la comida familiar de Sabina.
—Mi madre ha intentado darme paella para tres días.
—Eso es amor mediterráneo.
—Eso es control de existencias.
—¿Qué estás haciendo tú?
Sabina miró el salón.
—Nada.
—Qué bien.
—Regular.
C. no preguntó. Sabina agradeció que no lo hiciera.
Siguieron hablando hasta que C. anunció que había quemado ligeramente una camisa y necesitaba concentrarse.
—¿Cómo se quema ligeramente una camisa?
—Con talento.
Colgaron.
Puso una serie. A los quince minutos estaba mirando el móvil. Entró en el chat, leyó otra vez Qué formal te has vuelto y bloqueó el número.
Al instante le pareció excesivo y lo desbloqueó.
X
—Nos han liado para ir a una cosa de networking en una azotea —dijo C.—. Hay cócteles, música y, según el correo, «conexiones con propósito». Prometo sacarte de allí si alguien intenta optimizarte el alma.
Sabina escuchó el audio mientras esperaba que hirviera el agua para el café.
Su primera respuesta fue no. La tenía casi escrita cuando se detuvo.
No sabía si realmente no quería ir o si simplemente no le apetecía pasar un par de horas sintiéndose fuera de sitio.
Eran cosas distintas, aunque ella llevara demasiado tiempo tratándolas como la misma.
Respondió:
Vale. Pero a la primera dinámica de grupo me tiro por la azotea.
C. respondió con un corazón y la palabra HECHO .
La azotea estaba en la última planta de un hotel cerca de Gran Vía y tenía todo lo necesario para que Sabina se sintiera ligeramente mal vestida: sofás bajos, camareros impecables y gente sosteniendo copas con naturalidad profesional.
C. la esperaba junto a la entrada.
—Vas perfecta.
Sabina se miró el vestido negro.
—Voy vestida de entierro corporativo.
—En Madrid eso sirve para todo.
Entraron. Había un cartel luminoso con una frase sobre conectar personas e ideas y, al fondo, un hombre pinchaba música electrónica tan discreta que podía confundirse con el aire acondicionado. Sabina cogió una copa de una bandeja. Llevaba algo de pepino, algo transparente y una hoja flotando.
—¿Qué es?
C. bebió un sorbo de la suya.
—Gratis.
—Información suficiente.
Durante los primeros veinte minutos hablaron con conocidos de conocidos y asintieron ante cosas que estaban «cogiendo mucho impulso».
Sabina se descubrió respondiendo a una pregunta sobre su trabajo con más adornos de los necesarios.
—Bueno, coordino varias cosas y estoy bastante metida en…
Se oyó y paró.
—En realidad trabajo en una oficina y paso una cantidad ofensiva de tiempo intentando que unas personas contesten a otras.
La mujer con la que hablaba se rio.
—Entonces eres de las mías.
—¿También persigues adultos por correo?
—Es mi principal competencia profesional.
Aquello ayudó. Hablaron un rato sobre reuniones que no necesitaban existir y sobre el extraño prestigio de estar siempre ocupado.
La mujer trabajaba en una empresa más pequeña y estaba ayudando a montar un equipo para un proyecto nuevo.
No dio un discurso sobre ello. Parecía, de hecho, bastante cansada.
—Necesitamos a alguien que sepa ordenar un proyecto sin convertirlo en una religión —dijo.
Sabina levantó la copa.
—Mi especialidad.
—¿En serio?
—La parte de ordenar, sí. Lo de la religión intento evitarlo.
La mujer le preguntó qué hacía exactamente. Sabina habló de coordinar, resolver problemas entre varias personas y distinguir qué era urgente de lo que simplemente hacía mucho ruido.
—Pues te lo digo en serio —respondió la mujer—. Estamos empezando ahora. Si un día te apetece hablar, aunque sea por curiosidad…
Sacó el móvil.
—¿Tienes LinkedIn?
Sabina tardó apenas un segundo.
—Sí.
Intercambiaron perfiles. La mujer recibió un saludo desde otro grupo, se despidió y Sabina volvió a quedarse con su copa en la mano.
Miró alrededor.
¿Qué hago aquí?
C. estaba unos metros más allá hablando con un hombre que gesticulaba muchísimo. Sabina reconoció su expresión de socorro y se acercó.
—Perdona —dijo—. Te necesito urgentemente.
C. ni siquiera preguntó para qué.
—Lo siento —le dijo al hombre—. Emergencia.
Se alejaron juntas.
—Te quiero.
—Lo sé.
—Estaba explicándome durante siete minutos por qué ha decidido no usar correo electrónico.
—¿Y cómo se comunica?
—Por Telegram, Notion, Slack, WhatsApp y una cosa que no he entendido.
—Visionario.
Se refugiaron junto a la barandilla. Madrid estaba debajo, lleno de ventanas encendidas y tráfico. Desde allí parecía casi silencioso.
—¿Qué tal tú? —preguntó C.
—He hablado con una mujer que quizá busca gente para un proyecto.
C. giró la cabeza.
—¿Quizá?
—Está montando un equipo. Hemos intercambiado LinkedIn.
—Ajá.
—Ya te veo organizándome la mudanza profesional.
C. levantó las manos.
—No he dicho nada. Solo pensaba que al final venir aquí no ha sido completamente inútil.
Sabina miró su copa.
—Todavía puede empeorar.
Poco después, el organizador habló desde una pequeña tarima de conexiones, propósito y de preguntarse qué buscaba cada uno allí.
Sabina miró a C. C. la miró a ella.
—Ni se te ocurra —susurró.
El organizador propuso presentarse a alguien nuevo y explicar en un minuto qué esperaban encontrar aquella noche.
—Nos vamos —dijo C.
—Pensaba que teníamos que aguantar un poco más.
—He alcanzado mi límite de propósito.
Recogieron los abrigos. Antes de salir, Sabina vio a la mujer de antes junto a la puerta. Se saludaron con la mano.
XI
El grito llegó desde el pasillo con estruendo de evacuación.
—¡¡Tía Sabinaaaa, ven a ver mis regalos!!
Había globos pegados al techo, confeti en el suelo, restos de tarta sobre el mantel y una cantidad de niños que no coincidía con ninguna de las previsiones de M.
—Son cuatro —había dicho días antes.
Sabina contó mentalmente. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho…
Dejó de contar.
—Los churumbeles se reproducen —murmuró, dejando el bolso en una silla.
La cumpleañera apareció delante de ella con una tiara torcida y una mancha de chocolate en la mejilla.
—Mira, tía.
Le enseñó una caja de joyas de plástico: collares de cuentas, pulseras elásticas, pendientes de pinza y varios anillos con piedras del tamaño de una aceituna.
—Este es superchurumbela —dijo, levantando uno rosa.
—Ese es churumbela de gala.
La niña rebuscó dentro de la caja.
—Y este para ti.
Le encajó un anillo azul en el dedo anular.
—Para que estemos casadas de tía y sobrina.
Sabina miró la piedra enorme.
—Acepto.
—No te lo puedes quitar.
—Eso no estaba en las condiciones.
—Pues ahora sí.
La niña salió corriendo antes de que Sabina pudiera recurrir la cláusula.
En la cocina, M. abría y cerraba armarios con una velocidad preocupante.
—Pásame platos.
Sabina cogió un paquete.
—¿Cuántos?
—Todos.
—Plan sólido.
—Y si vuelvo a decir que hago el cumpleaños en casa, me ingresas.
Sabina empezó a recoger vasos usados.
—Tengo testigos.
M. señaló con la barbilla el salón, donde dos niños perseguían a otro con una corona de cartón mientras alguien gritaba que había desaparecido una zapatilla.
—Yo pensaba que eran cuatro.
—Eso has dicho.
—Cuatro íntimos.
—¿Y los otros veinte?
—Diplomacia internacional.
Sabina se rio. Siguieron recogiendo mientras la fiesta cambiaba de desastre principal cada tres minutos.
Primero desapareció una vela con forma de uno.
Después alguien derramó refresco debajo de la mesa.
El hijo pequeño de M. apareció llorando porque quería también cumplir años y nadie parecía dispuesto a concedérselo.
Sabina lo sentó un rato sobre sus rodillas.
—El tuyo llega luego.
—¿Mañana?
—No exactamente.
—Pues quiero mañana.
—Habla con tu madre.
—Ni se te ocurra —dijo M. desde el fregadero.