15. Lo niego todo #3
—Pues haberlas escondido mejor.
Su madre le dio un golpecito en la mano.
Antes de marcharse, Sabina apuntó en el calendario de la cocina la fecha de la intervención.
—Vendré yo.
—Con que me recojas después…
—Vendré antes.
Su madre hizo ademán de protestar y Sabina levantó una mano.
—Y no voy a pedirte permiso.
—Autoritaria.
En el metro de vuelta, M. escribió al grupo:
He hablado con mamá. El día de la intervención puedo llevarla yo y tú recogerla. Así ninguna pierde toda la mañana.
Sabina leyó el mensaje y escribió:
Vale. Tú la llevas y yo la recojo. Gracias.
M. respondió casi enseguida.
Milagro.
No lo estropees.
VII
Una mañana de diciembre, al salir de casa, el abrigo le sobró. No hacía calor. Ni siquiera hacía un día especialmente bonito. Simplemente el aire había dejado de cortar.
En el portal, la vecina del primero estaba agachada junto a las macetas, quitando hojas secas de un geranio.
—Ya era hora de que aflojara un poco —dijo al verla—. A ver si se nos deshiela la cara.
Sabina se miró de forma exagerada en el cristal de la puerta.
—La mía todavía necesita un par de semanas.
—Y una crema buena.
—Gracias.
—De nada, hija.
Salió riéndose. Algunas terrazas habían vuelto a sacar mesas que una semana antes parecían condenadas al almacén.
En una, un camarero secaba el agua acumulada sobre las mesas.
Un hombre caminaba con el abrigo doblado sobre el brazo y dos chicas esperaban el autobús con gafas de sol aunque el cielo siguiera bastante blanco.
En los árboles quedaban unas pocas hojas amarillas, demasiado obstinadas para diciembre.
Otros años diciembre le había resultado sospechoso. De pronto todo el mundo parecía obligado a estar contento, hacer planes, comprar regalos y cerrar el año como si hubiera que presentar resultados. Aquella mañana solo pensó que quizá podía salir sin el abrigo más grueso.
El sábado C. le propuso caminar por el Retiro.
—Sin objetivo —aclaró por teléfono.
—Me inquieta.
—Podemos ponerle uno.
—No.
—Eso pensaba.
Quedaron cerca de una de las entradas poco después de comer. C. llevaba gafas de sol, una chaqueta fina y la expresión de quien había pasado la mañana discutiendo con alguien.
—¿Qué te pasa?
—Mi trabajo.
—Qué novedad.
—Cada vez estoy más cerca de mandarlo todo a la mierda.
Sabina la miró.
—¿Ha pasado algo?
—Nada. Ese es el problema.
Empezaron a andar. El parque estaba lleno sin llegar todavía al caos de los domingos de buen tiempo.
Había gente corriendo, niños en bicicletas pequeñas, parejas buscando bancos al sol y grupos de adolescentes tumbados en la hierba con la seguridad de quien todavía cree que la espalda aguanta cualquier superficie.
—Llevo meses esperando que ocurra algo concreto —dijo C.—. Una bronca monumental. Un jefe que se vuelva completamente idiota. Que me ofrezcan otra cosa. Algo que justifique irme.
—¿Y no ocurre?
—No. Solo me levanto cada vez con menos ganas.
Sabina metió las manos en los bolsillos.
—Eso parece bastante algo.
C. hizo una mueca.
—Ya. Pero luego pienso que tengo un sueldo decente, conozco el trabajo, no estoy tan mal comparada con mucha gente…
—Y vuelves al principio.
—Exactamente.
Caminaron unos metros en silencio.
—¿Tú qué harías? —preguntó C.
—Ni idea.
C. giró la cabeza.
—¿Perdón?
—Que no sé qué haría.
—¿Quién eres y qué has hecho con mi amiga que tiene opiniones sobre vidas que no son la suya?
Sabina le dio un empujón con el hombro.
—Estoy intentando mejorar como persona.
—Pues avisa, que me cambio de amiga.
—Además, si te digo que lo dejes y luego eres pobre, no quiero responsabilidades.
—Eso ya me resulta más reconocible.
Siguieron caminando. C. habló de una compañera que había pedido una excedencia y ahora vivía en Lisboa, aunque ninguna de las dos tenía claro de qué.
De otro compañero que llevaba diez años amenazando con irse y seguía en la misma mesa.
Del miedo a descubrir que el problema no era el trabajo y llevarse el cansancio a otra empresa.
—Eso también puede pasar —dijo Sabina.
—Gracias por tu optimismo.
—Has preguntado.
—No he preguntado nada.
—Es verdad.
A la altura del estanque había un músico tocando la guitarra. Una melodía tranquila, reconocible a ratos y perdida entre conversaciones cuando pasaba demasiada gente. C. aminoró el paso.
—Helado.
—Hace diecisiete grados.
—Exactamente la temperatura mínima legal.
Compraron dos. El vendedor les preguntó si querían servilletas y C. pidió cuatro.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Sabina.
—Los suficientes para saber lo que ocurre con el chocolate.
Se sentaron en un banco. C. consiguió mancharse antes del tercer bocado.
—Ves.
—No pienso darte la razón.
—Dame una servilleta.
Sabina le pasó una.
Durante un rato dejaron el trabajo. Comentaron la gente que pasaba, un perro empeñado en meterse en el agua, un corredor que había calculado mal la ropa y avanzaba con la camiseta atada a la cintura, una pareja discutiendo en voz baja mientras empujaba un carrito.
El músico cambió de canción y Sabina reconoció el estribillo. Empezó a seguirlo muy bajo.
—¿Estás cantando? —preguntó C.
—No.
—Te he oído.
—Denúnciame.
C. se levantó.
—Vamos. Si me quedo quieta me entra frío.
Siguieron andando hasta que las piernas empezaron a pesarles. Al despedirse, C. dijo:
—Igual esta semana miro ofertas.
—Mira.
—Solo mirar.
—No firmes nada sin abogado.
—Ahí está. Ya has vuelto.
VIII
El martes sonó el despertador y Sabina lo pospuso dos veces.
Cuando por fin se levantó, llevaba la marca de la almohada en la mejilla y el pelo aplastado de un lado.
En la cocina, el café salió un poco aguado y la tostada se quemó por una esquina.
Afuera, el cielo tenía ese gris neutro de Madrid que podía durar diez minutos o todo el día.
—Día sin grandes luces —murmuró.
Raspó la parte quemada con un cuchillo y desayunó de pie.
En el metro encontró asiento. Frente a ella, un niño dormía apoyado contra su madre. A su lado, un chico con auriculares movía un pie siguiendo una música que nadie más podía oír y una mujer leía una novela de tapas gastadas sin levantar la vista.
Sabina sacó el móvil.
Hoy tengo día de relleno , escribió a C.
La respuesta llegó antes de que entraran en el siguiente túnel.
No lo gafes. Llevo tres reuniones y son las 9:17.
Mis condolencias.
Se agradecen flores y café.
Guardó el teléfono, cambió de línea, llegó a la oficina y encendió el ordenador. Tenía treinta y siete correos.
La mañana se fue en una hoja de cálculo que no cuadraba, una reunión que podía haber sido un correo y otra que, contra todo pronóstico, duró solo veinte minutos.
Alguien volvió a dejar la máquina de café sin agua y un compañero contó un chiste malo que tuvo que explicar.
A las once y media Sabina fue al baño y descubrió que llevaba desde primera hora una pequeña mancha de pasta de dientes en el jersey. La limpió con papel mojado.
Quedó peor.
Volvió a su mesa. A la hora de comer abrió el táper y comprobó que la pasta del día anterior había absorbido casi toda la salsa. La compañera de enfrente miró el contenido.
—Eso necesita ayuda.
—Está atravesando un momento difícil.
Le ofreció un poco del tomate que llevaba aparte.
—Toma.
—Gracias.
Comieron mientras alrededor se hablaba de alquileres, una serie que Sabina no veía y una escapada que alguien intentaba organizar para enero sin arruinarse. Sabina escuchó a ratos, miró el móvil a ratos y a ratos simplemente comió. Después volvió a trabajar.
Por la tarde pasó por el supermercado. Compró leche, yogures, tomates, pasta, detergente y el café que le gustaba. Se acordó de los huevos cuando ya estaba en la cola, miró hacia el fondo de la tienda y decidió que sobreviviría hasta el día siguiente.
—¿Bolsa? —preguntó la cajera.
—No, gracias. Llevo mochila.
Mientras guardaba la compra, la mujer miró hacia la puerta.
—A ver si llueve de una vez o se decide a salir el sol.
—Creo que hoy no se va a decidir.
—Como casi todos.
La cajera le entregó el recibo.
—Buenas tardes.
—Igualmente.
Al entrar en casa, la puerta rozó. La bisagra seguía allí.
Dejó la compra sobre la encimera y puso una lavadora antes de quitarse los zapatos. Se cambió por un pantalón viejo y una camiseta ancha, recogió dos vasos del salón y llamó a su madre mientras cortaba un calabacín.
—¿Qué tal?
—Aquí, leyendo. Tu hermana ya me ha llamado tres veces.
La intervención había salido bien y su madre llevaba dos días quejándose de tanta vigilancia. Sabina decidió ahorrarle otra pregunta sobre cómo se encontraba.
—¿El mismo libro?
—Sí. No todas leemos como tú, deprisa y sin enterarnos.
—Gracias, mamá.
—De nada.
Su madre le contó que una vecina había vuelto a dejar una bolsa de basura junto al ascensor. Después hablaron de la comida del domingo y de si hacía falta comprar pan.
—Yo llevo postre —dijo Sabina.
—No compres nada raro.
—¿Qué consideras raro?
—Todo lo que tenga semillas por encima.
—Entendido.
—¿Tú qué tal?
Sabina removió las verduras.
—Cansada. Normal.
—Pues cena y descansa.
—Eso estoy haciendo.
—Y no te acuestes a las tantas.
—Sí, mamá.
—Luego dices que duermes mal.
—Adiós, mamá.
Su madre se rio antes de colgar. Sabina terminó la cena, comió en el sofá y dejó un plato para el día siguiente.
Puso música a un volumen bajo y después abrió el libro de historia que R.
le había prestado. Leyó unas veinte páginas.
Al llegar a la veintiuna tuvo que volver tres: no recordaba nada de ellas.
A las diez y media cerró el libro, recogió la cocina, se lavó los dientes y revisó el móvil una última vez. C. había enviado una fotografía de una sala de reuniones vacía.
He sobrevivido.
Sabina respondió con un aplauso, dejó el teléfono cargando y se metió en la cama.
Apagó la luz.
Cerró los ojos.
Los abrió.
Se había olvidado de la lavadora.
—Joder.
Se quedó inmóvil, valorando seriamente la posibilidad de dejar la ropa dentro hasta la mañana siguiente. Sabía cómo acabaría aquello.