15. Lo niego todo #2
En la caja de PAPELES encontró la carta que había fotografiado años atrás. La sacó y se sentó en el sofá.
No había nombre. Solo un tú que entonces debía de ser perfectamente reconocible y ahora podía pertenecer a varias personas.
Leyó las primeras líneas.
Sin ti no puedo.
Siguió.
—Madre mía.
No recordaba con exactitud a quién había escrito aquella versión concreta.
Tal vez a alguien. Tal vez a dos personas distintas en momentos demasiado parecidos.
Recordaba mejor la sensación: escribir de madrugada convencida de que, si encontraba las palabras adecuadas, podría obligar al otro a entender la dimensión exacta de su dolor.
Doblar la hoja y guardarla le pareció insuficiente, así que fue a buscar la libreta. La abrió por una página en blanco y escribió:
Carta de cierre.
Se quedó mirando el título. Debajo añadió:
Querida Sabina:
Esta vez no te escribo para que nadie vuelva ni para convencer a nadie de que sufriste más, quisiste mejor o tenías razón.
Se detuvo. No estaba mal.
Continuó escribiendo sobre los años en que había confundido intensidad con amor, sobre las veces que se había quedado donde no quería estar y las otras en que había salido corriendo demasiado pronto.
Escribió también sobre su facilidad para decir me da igual cuando algo le importaba muchísimo.
Media página después empezó a sentirse incómoda, no por lo que estaba escribiendo, sino por cómo sonaba.
Leyó desde el principio. Había algo demasiado limpio en aquella Sabina nueva. Demasiado razonable. Cada error encontraba su explicación, cada herida su aprendizaje y cada contradicción acababa colocada en el cajón correcto.
Siguió un poco más.
Miró las dos páginas llenas de letra y después la carta antigua sobre la mesa. La de antes escribía como si necesitara que alguien la salvara. La de ahora estaba empezando a escribir como si necesitara demostrar que ya se había salvado sola.
—Qué agotamiento.
Tachó de cierre del título.
Carta.
Eso sonaba menos peligroso. Volvió a leer algunos párrafos.
Había frases que le gustaban y otras sacadas de una charla que jamás tendría ganas de escuchar.
Cogió el bolígrafo y empezó a tachar: fuera destino , fuera sanar definitivamente , fuera una frase larguísima sobre perdonarse por las mujeres que había sido.
Al cabo de unos minutos, la página acabó como una carretera en obras.
Se detuvo junto a una frase que había escrito casi sin pensar:
Lo pasaste fatal.
La dejó. Debajo escribió:
Y no hacía falta contarlo tan bonito para que fuera verdad.
Miró otra vez el papel viejo. Le producía una mezcla difícil de nombrar, sin ternura ni rechazo. Era suyo.
Volvió a doblarlo por las marcas originales. Dudó si tirarlo. Abrió la papelera, la cerró y murmuró:
—Otro día.
Guardó la carta antigua entre las páginas de la libreta. La nueva seguía allí, incompleta y llena de tachaduras.
V
El día de las pruebas más serias, Madrid amaneció gris. Sabina acompañó a su madre al hospital y esperó con ella.
—Si esperamos un poco más, nos jubilan aquí mismo.
—¿Eso era un chiste?
—Lo intentaba.
Su madre no se rio. Sabina fingió interés por una revista antigua hasta que llamaron su nombre.
—Ahora vuelvo —dijo su madre, levantándose.
—No te escapes.
—A estas alturas, hija.
Sabina la vio desaparecer por el pasillo y se quedó sola con un café malo en un vaso de cartón.
En la sala de espera, en la televisión de la pared daban un programa de sucesos sin sonido. Un niño lloraba en un carrito y un hombre mayor miraba al techo con las manos apoyadas sobre un bastón.
Tenía demasiadas frases posibles y ninguna le servía.
Imaginó resultados, tratamientos, llamadas, hospitales futuros.
Se había vuelto muy buena adelantándose a las desgracias.
Si algo podía salir mal, su cabeza era capaz de llevarlo hasta el final antes de que nadie hubiera confirmado siquiera el principio.
Cerró los ojos. No quería fingir que estaba tranquila.
Cuando su madre volvió, llevaba la misma expresión de antes, quizá un poco más cansada.
—¿Y?
—Nada todavía.
—¿Nada?
—Que hay que esperar.
Eso mismo repitieron después. Había pruebas pendientes de revisar, los resultados tardarían y no podían decir aún si aquello era importante o no.
—Ya veremos —dijo el médico.
Dos palabras que a Sabina le parecieron interminables.
En el coche, su madre se abrochó el cinturón y bajó el parasol.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Peor todavía.
Sabina arrancó. Su madre miró por la ventanilla.
—Todavía no sabemos nada, hija.
—Lo sé.
—Los médicos siempre se curan en salud.
La dejó en casa, prometió volver a verla durante la semana y contestó en el grupo familiar que las pruebas habían ido bien, dentro de lo que significara bien cuando todavía no había resultados.
En casa se sentó en el suelo, apoyada contra el sofá.
El móvil sonó a media tarde. Era C.
—¿Cómo ha ido?
Sabina le contó lo que sabían, que era poco, y lo que faltaba, que era bastante.
—Vale —dijo C. cuando terminó—. ¿Y tú?
—Yo qué.
—Cómo estás.
Sabina apoyó la cabeza contra el sofá. La respuesta automática apareció sola: bien . Casi llegó a decirla.
—Tengo miedo.
Al otro lado hubo un silencio.
—Ya —dijo C.
—¿Ya?
—Es tu madre, Sabina.
—No quiero empezar a pensar cosas que todavía no han pasado.
—Pues seguramente pensarás alguna —dijo C.—. Intenta no llamarme a las tres de la mañana con un diagnóstico de internet.
—Pero tampoco quiero hacer como si no me afectara.
—Eso sería todavía menos creíble.
—Qué mal se me da esperar.
—Eso ya lo sabíamos.
Hablaron un rato más.
Al cabo de un rato se llevó una mano a la cara y encontró los dedos mojados. No había notado cuándo había empezado.
Lloró durante unos minutos sin hacer nada con ello. Después se sonó la nariz, se lavó la cara y preparó algo de cenar.
Las semanas de espera fueron peores algunos días y casi normales otros.
Su madre seguía haciendo vida corriente: iba a comprar, protestaba por el precio de la fruta y decía que todo aquello era seguramente una tontería.
M. llamaba más de lo habitual aunque intentaba disimularlo preguntando cosas de los niños.
Sabina consiguió no buscar síntomas por internet durante dos días. El tercero cayó. Cerró el navegador a los diez minutos, después de haber leído suficiente como para diagnosticarse en nombre de su madre tres enfermedades distintas.
Esperó.
Cuando por fin llegaron los resultados, Sabina acompañó otra vez a su madre a la consulta. El médico habló despacio. Había que hacer una pequeña intervención y mantener controles. Algunas cosas tendrían que vigilarse durante un tiempo, pero los resultados descartaban lo que más les preocupaba.
Sabina tardó en reaccionar.
—Entonces… ¿no es grave?
—No en el sentido que temíamos —respondió el médico—. Hay que ocuparse, pero podemos estar tranquilos.
Su madre soltó el aire como si llevara semanas guardándolo.
—¿Ves? Tanto poner cara de funeral.
Sabina se rio y notó que se le llenaban los ojos.
—¿Ahora lloras? —preguntó su madre.
—Parece que sí.
—Pues hija, llora rápido, que tengo hambre.
Sabina soltó una carcajada mezclada con las lágrimas.
—Eres increíble.
—Y voy a seguir siéndolo una temporada, por lo que parece.
Salieron del hospital juntas. Fuera seguía haciendo un día gris, aunque ya no parecía el mismo. Su madre se enganchó de su brazo.
—¿Comemos algo?
—Sí.
—Pero un sitio normal. Nada de esas cosas modernas tuyas.
Sabina se secó la cara con la manga.
Caminaron hacia la cafetería de la esquina. Antes de llegar, su madre ya estaba decidiendo entre tortilla y croquetas.
VI
Unos días después de recibir los resultados, Sabina pasó la tarde con su madre.
Habían quedado para comprar cuatro cosas y terminaron volviendo con dos bolsas demasiado llenas, una planta aromática que ninguna necesitaba y un paquete de galletas que su madre había metido en el carro después de declarar que no pensaba comer azúcar.
—Dame una bolsa —dijo Sabina al salir del supermercado.
—No hace falta.
—Mamá.
—Que puedo yo.
Su madre agarró las asas con las dos manos y echó a andar. Sabina la siguió.
—Ya sé que puedes.
—Pues entonces.
—Entonces nada. Que pesa.
—He cargado con cosas bastante más pesadas.
—No estamos compitiendo.
Su madre se detuvo junto a un paso de peatones.
—Hija, no estoy inválida.
—No he dicho eso.
—Pero desde lo del hospital estáis las dos encima de mí como si fuera a desintegrarme.
El semáforo se puso verde y cruzaron sin hablar. Sabina conocía aquel tono. También conocía la frase.
Al llegar al portal, su madre dejó una de las bolsas en el suelo para buscar las llaves. Sabina la recogió.
—Esa la llevo yo.
—Qué pesada eres.
—Viene de familia.
Su madre la miró de reojo.
—Eso seguro.
En casa, la madre empezó a guardar la compra como si llevara media tarde esperando ese momento. Sabina colocó las botellas en un armario y abrió la nevera para meter el yogur.
—La intervención esa tampoco es para tanto —dijo su madre desde detrás—. No hace falta que vengáis las dos.
Sabina cerró la nevera.
—¿Quién ha dicho que vamos las dos?
—M. ya me ha escrito tres veces.
—Eso es porque está nerviosa.
—Pues que se le pase.
—Buena estrategia.
—No necesito escolta.
—Mamá, te van a sedar.
—Un poco.
—Y no puedes volver sola.
Su madre se quedó callada un momento.
—Con que venga una basta. Y no quiero que pidáis días las dos por una tontería.
Sabina iba a decirle que dejara de llamar tontería a todo lo que pudiera preocuparlas, pero se contuvo. No porque no quisiera discutir, sino porque empezaba a sospechar que aquella discusión no iba exactamente de la intervención.
Su madre secó una gota de agua de la encimera.
—No me gusta dar trabajo.
Sabina la miró.
—Ya.
—¿Qué?
—Nada. Es que te entiendo.
Su madre soltó una risa breve.
—Tú no soportas que te ayuden ni a cambiar una bombilla.
—Precisamente.
Las dos se quedaron mirándose.
—Bueno —dijo su madre—. Algo habrás heredado.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Sabina abrió el paquete de galletas.
—Y esas eran para mañana.