15. Lo niego todo
I
Cena de viejas historias. Sábado en mi casa. Venid con hambre y sin versiones oficiales de vuestra vida.
Sabina respondió a C. con un pulgar arriba y siguió trabajando. Durante un rato no pensó más en ello. Luego, el sábado, cambió de camiseta tres veces antes de salir.
—Muy superado todo —murmuró frente al espejo.
C. había invitado a M., a R. y a dos personas que Sabina conocía poco, una pareja que llevaba varios años junta.
C. abrió la puerta con una copa en una mano.
—Hombre. La señora de acidez floral.
—No sé qué significa eso.
—Yo tampoco. Entra.
M. terminaba una llamada de trabajo en el pasillo. R. estaba en la cocina con un delantal estampado de pollos, ocupándose de algo que olía sospechosamente bien. Los otros dos ya habían llegado y discutían sobre si habían traído demasiado vino.
—Nunca existe demasiado vino en casa ajena —dijo C.
—Magnífico criterio —respondió Sabina.
La cena empezó sin ceremonia. Hablaron de una serie, de alquileres, de una reforma infernal y del colegio de la hija de M.
La pareja contó que acababa de comprar un piso.
Sabina notó el movimiento interior antes de poder evitarlo.
Pareja. Piso. Después uno de ellos mencionó que llevaba meses despertándose a las cinco pensando en la hipoteca y el otro dijo que, si volvía a oír la palabra euríbor, se mudaba con sus padres.
Sabina siguió comiendo.
M. contó que su hija de diez años la había declarado «la peor madre del mundo» porque no le dejaba tener una cuenta en una red social.
—Enhorabuena —dijo C.—. Has alcanzado un hito educativo.
—Me siento realizada.
R. habló de una reorganización en el trabajo. Lo hizo con aparente indiferencia hasta que admitió que llevaba una semana mirando LinkedIn a escondidas.
—Si dentro de seis meses estoy tocando versiones en el metro, no me juzguéis.
—Depende del repertorio —dijo Sabina.
Mientras los escuchaba, Sabina miró la pareja, el piso, los hijos, los trabajos, el reloj caro de uno de los invitados. Su cabeza todavía sabía convertir detalles en casillas.
C. la miró desde el otro lado de la mesa.
—Tienes cara de Excel mental.
—Estoy calculando cuántas croquetas me corresponden legalmente.
—Dos.
—Entonces denuncio.
Después del segundo plato alguien preguntó, medio en broma, qué nota le pondrían a su vida si tuvieran que hacerlo ese día. R. protestó.
—Esto parece una dinámica de recursos humanos.
—Por eso quiero respuestas —dijo C.
M. se dio un tres y medio porque llevaba dos noches durmiendo fatal. R. dijo seis. Uno de los invitados se negó a participar y el otro le puso un siete «con posibilidades de revisión». Cuando le tocó a Sabina, pensó más de la cuenta.
—Seis.
—¿Solo? —preguntó M.
—Hoy he comido bien, estoy aquí y mañana no tengo que madrugar. Con eso me basta. No voy a inventarme un nueve por quedar bien.
R. levantó la copa.
—Por los seises honestos.
Brindaron.
Más tarde, con los platos ya amontonados en la cocina, la conversación derivó hacia las cosas que cada uno habría hecho de otra manera. Sabina dijo:
—No me habría cortado yo sola el flequillo a los diecinueve.
C. dejó el plato que estaba secando.
—Eso sí fue una tragedia.
—Hay fotografías.
—Las he visto. Confirmo.
Sabina se rio. Después, mientras guardaba cubiertos, añadió sin mirar a nadie:
—Y supongo que habría sido un poco menos cabrona conmigo.
R. estaba a su lado, colocando vasos.
—Eso también.
C. preguntó cuál era la peor canción que habían escuchado nunca en una boda y la conversación se fue detrás.
II
A la mañana siguiente Sabina se despertó con una especie de resaca de ideas. No había bebido demasiado. Era peor: tenía ganas de reorganizar su vida.
Preparó café, abrió la libreta y escribió arriba, con letras grandes:
PLAN DEFINITIVO.
Debajo empezó la ofensiva. Cambiar de trabajo antes de seis meses. Ahorrar de verdad. Terminar terapia en un par de meses. Decidir si quería pareja. Arreglar la casa. Hacer un viaje sola. Volver a escribir en serio. No mirar atrás.
Cuando terminó, leyó la lista con satisfacción durante aproximadamente treinta segundos. Después reparó en que había convertido la terapia en una asignatura que debía aprobar, la pareja en una casilla correcta y el pasado en un lugar al que pretendía prohibirse el acceso.
—Cuarenta y tres años y sigo organizando golpes de Estado contra mí misma.
Tachó una sola palabra.
PLAN DEFINITIVO.
Unos días después, R. le escribió para tomar un café antes de un ensayo. Llegó con la funda de la guitarra al hombro y cinco minutos de retraso.
—He corrido —dijo, dejándola contra la pared.
—Se nota por tu aspecto de atleta olímpico.
—Mi padre pregunta si los guantes sobrevivieron al trastero.
—Los guantes sí. Mi espalda tiene otra versión.
—Te dije que no cargaras puertas.
Pidieron café y hablaron durante un rato de cosas fáciles. Del local de ensayo, de C., de una avería en casa de R. y de una noticia absurda que ambos habían leído. Sabina empezaba a pensar que aquello era exactamente lo que parecía cuando R. empezó a despegar la etiqueta de la botella de agua.
—Tengo que decirte una cosa.
Sabina lo miró.
—Esa frase nunca trae una recomendación de restaurante.
R. sonrió apenas.
—Me gustas.
Sabina sostuvo la taza a medio camino de la mesa.
—Vale.
—Eso no es una respuesta.
—Estoy procesando.
R. siguió arrancando trozos de la etiqueta. Sabina sintió cómo se le llenaba la cabeza de instrucciones contradictorias: sí, no, cuidado, aprovecha, no lo estropees, por fin, sal de aquí.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—No sé. Un tiempo.
—Muy preciso.
—No venía con una presentación.
Sabina bajó la vista hacia el café.
—No me hagas esto ahora.
R. se echó hacia atrás.
—Vale. Me callo.
—No. Idiota. No quería decir que no quisiera oírlo. Quiero decir… ahora. Justo ahora.
—No he elegido el calendario para fastidiarte. Y tampoco te estoy pidiendo que hagas nada mañana.
Sabina dejó la taza. Lo más sencillo habría sido refugiarse en una broma, pero no encontró ninguna que no sonara cobarde.
—Yo también me lo he preguntado alguna vez.
—¿El qué?
—Esto. Tú y yo. Pero es un… no sé.
La decepción cruzó la cara de R. antes de que pudiera esconderla del todo.
—No quiero cargármelo —añadió.
—Eso siempre anima mucho.
—Ya sabes lo que quiero decir.
—Más o menos.
Sabina apoyó las manos alrededor de la taza.
—Contigo estoy bien. Precisamente por eso me da miedo tocarlo.
R. dejó por fin en paz la etiqueta.
—A mí también me da miedo. No soy un señor sabio que ha venido a ofrecerte una relación emocionalmente madura.
—Menos mal.
—Solo digo que me gustas. Y que no me da igual lo que hagas con eso.
R. miró el reloj. Tenía que irse al ensayo.
—No tienes que contestarme hoy —dijo mientras se levantaba—. Pero tampoco te voy a decir que, si me dices que no, me dará igual. Porque no me dará igual.
Se despidieron con el mismo beso en la mejilla de siempre. A Sabina no le pareció el mismo.
III
Si te parece, el viernes podemos hablar de espaciar un poco las sesiones a partir del mes que viene.
Era de T. La primera traducción fue inmediata: Ya no hace falta que vengas. La segunda llegó apenas después: Perfecto. Pues tiro sola.
Le molestó porque quería seguir viniendo. Contestó al correo con un neutro Gracias. Lo hablamos en sesión.
En la consulta, T. preguntó:
—¿Cómo te sentó el correo?
—Bien.
T. esperó.
—Bueno, no.
—¿Qué pensaste?
—Primero, que me estabas echando. Después pensé que estupendo, que ya podía apañarme sola. Esa segunda parte me duró unos treinta segundos.
—¿Qué decía el correo?
—Que habláramos de espaciar las sesiones.
—¿Y qué leíste tú?
Sabina soltó aire.
—Que ya debería saber hacerlo sola.
T. asintió, sin corregirla.
—No quiero venir aquí para siempre —añadió Sabina—. Pero me niego a convertirlo en otra cosa en la que tenga que graduarme cuanto antes.
—¿Quieres seguir viniendo cada semana?
Sabina esperó un momento.
—No lo sé. Creo que quiero probar a espaciar.
—¿Cuánto?
—Un mes me parece muchísimo.
—Entonces no tiene que ser un mes.
Miraron el calendario y acordaron tres semanas. Antes de levantarse, Sabina volvió sobre ello.
—Pero si me veo muy mal, quiero poder pedir una antes.
—Claro.
Eso fue todo. T. buscó una fecha y Sabina la apuntó en el calendario del móvil: día 23.
El domingo comió con su madre y con M. Los niños habían terminado en una habitación con una tableta después de una negociación considerable sobre el volumen.
En la televisión del salón emitían uno de esos programas sobre personas que habían cambiado de vida y ahora parecían desayunar siempre en cocinas enormes.
—Nosotras podríamos salir ahí —dijo M.—. Yo como madre agotada y tú como bohemia libre.
—¿Bohemia libre?
—Sin horarios, sin niños, haciendo lo que te da la gana.
M. no lo decía a malas, y por eso pinchó. Sabina reconoció al personaje. Lo había interpretado con bastante eficacia durante mucho tiempo.
—No siempre ha sido tan libre como parecía.
M. la miró.
—Pues tú lo vendías fenomenal.
Aquello pinchó donde tenía que pinchar. Su madre intervino sin apartar los ojos de la televisión.
—Pero si tú siempre has dicho que estabas muy bien así.
—Muchas veces lo estaba.
—Entonces.
Sabina cortó un trozo de tortilla.
—Una puede estar bien y haber querido otras cosas también.
M. alargó el tenedor y le robó el último pedazo del plato.
—Eh.
—Bohemia libre. Compártelo todo.
—Te odio.
Desde la habitación se oyó un grito.
—¡Mamá!
M. dejó el tenedor.
—Esta es mi vida redonda.
Se levantó y fue hacia el pasillo. La madre subió el volumen de la televisión.
—Mira qué cocina más bonita.
Sabina observó una encimera completamente blanca antes de sentenciar:
—Demasiado blanca.
—Eso se limpia fatal.
Siguieron comentando la cocina mientras al fondo M. discutía con alguien sobre una contraseña.
IV
La idea de escribir una carta apareció un domingo por la tarde, de esos que parecían tener una hora de más. Sabina había fregado los platos, regado las plantas y recogido la mesa del salón. Después se quedó sin tareas con las que justificar el día.