En tu casa o en Sabina 14. Vinagre y rosas #5
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14. Vinagre y rosas #5

Sabina dejó de bromear.

—¿Cuándo vais?

—El sábado.

—¿Vais?

R. la miró.

—Voy.

—Ah.

Fingieron atender a una explicación sobre etiquetas.

—En realidad… —empezó R.

Sabina volvió la cabeza.

—¿Qué?

—¿Te importaría venir un rato?

—¿Al trastero?

—Sí. No a cargar puertas. Bueno, salvo que insistas.

—Tentador.

R. bajó la voz.

—Me vendría bien tener a alguien allí que no sea de la familia. Él conmigo entra en modo competición y yo con él entro en modo adolescente imbécil. A veces tardamos cinco minutos en empezar a discutir.

Sabina lo observó. R. no estaba haciendo una broma para terminar la conversación. Parecía incómodo de verdad.

—Voy.

—No hace falta que estés toda la mañana.

—Ya veremos.

—Y si se pone insoportable puedes irte.

—Eso vale para él y para ti.

—Perfecto.

El guía repartió una última muestra. R. la olió. Sabina ni siquiera cogió la suya.

—Paso.

—¿Seguro?

—Sí. Ya he bebido suficiente perfume por hoy.

Antes de despedirse, R. sacó el móvil.

—Te mando la dirección del trastero.

—Hazlo.

—Y si mañana me arrepiento de habértelo pedido…

—Te aguantas.

R. sonrió.

El mensaje llegó mientras Sabina bajaba las escaleras del metro. Una dirección, una hora y debajo:

Gracias.

Sabina escribió:

Llevo guantes.

XIV

Sabina llevaba casi una hora sin hacer nada especialmente interesante cuando le entraron ganas de escribir.

Había cenado y abrió el portátil.

Escribir había estado asociado durante mucho tiempo a noches de cigarrillos en las escaleras de la facultad, cafés malísimos y algo que dolía demasiado para dormir.

A los veintitantos Sabina tenía bastante claro que las personas interesantes sufrían mucho y pronunciaban frases definitivas en bares que cerraban tarde.

Había colaborado con entusiasmo: poemas después de rupturas, relatos durante enamoramientos imposibles, páginas enteras sobre gente a la que apenas conocía.

Aquella noche no tenía nada parecido. Abrió un documento nuevo. El cursor parpadeó y escribió:

La mujer sabía que aquella noche iba a cambiar su vida.

Lo leyó.

—Por supuesto que sí.

Borró.

Probó otra vez:

Hay noches en las que el destino llama a la puerta sin avisar.

—Jesús.

Borró también.

Quizá ese era el problema.

La calma era mal material.

Puso música para dejar de mirarse a sí misma.

Sonó una grabación antigua de una cantora chilena, una voz áspera y obstinada que podía cantar el amor, la tierra, la pobreza o una comida humilde sin volver pequeño nada de eso.

Sabina pensó que aquella mujer no parecía necesitar una catástrofe privada para encontrar materia.

La idea la irritó. Durante años había creído que para escribir bien necesitabas pasión, desgracia, sexo inconveniente, alcohol, algo que romper.

Ahora llevaba semanas bastante menos incendiarias y allí estaba, frente a una página en blanco.

Se levantó.

Desde la ventana de la cocina vio a una mujer esperando el autobús bajo la lluvia. Tendría unos sesenta años. Llevaba una bolsa de supermercado en una mano y un paraguas minúsculo en la otra. Cuando el autobús apareció al final de la calle, la mujer levantó la cabeza.

El vehículo pasó de largo.

Sabina vio cómo se quedaba mirando detrás de él. Después dejó la bolsa en el suelo, cerró el paraguas, volvió a abrirlo porque seguía lloviendo y dijo algo que desde el cuarto piso no se oyó, pero que tenía toda la pinta de ser un insulto.

Sabina regresó al portátil.

Escribió:

El autobús no paró.

Se quedó mirando la frase y añadió otra. Luego otra.

No convirtió a la mujer en viuda ni le diagnosticó una enfermedad terminal. No apareció ningún amor perdido al otro lado de la calle. Solo esperaba un autobús bajo la lluvia y llevaba en la bolsa algo que empezaba a gotear.

Sabina decidió que era pescado congelado. Después cambió de idea: helado.

La mujer volvía del supermercado con dos tarrinas de helado que se estaban derritiendo mientras la línea 27 ignoraba su existencia.

Eso le gustó.

Durante los siguientes cuarenta minutos escribió sin levantarse. La mujer terminaba entrando en un bar, descubría que una de las tarrinas se había abierto y acababa compartiendo helado medio derretido con el camarero.

Sabina leyó el párrafo final. Le pareció irregular: algunas frases funcionaban y otras no.

Había una frase que parecía escrita por alguien intentando ganar un premio literario y la borró inmediatamente. Otra le hizo gracia y la dejó.

Guardó el archivo. El programa pidió un nombre.

Escribió:

relato_nuevo

Lo miró y le pareció demasiado solemne. Cambió el nombre por:

autobus

Cerró el portátil.

A la mañana siguiente quitó tres adjetivos y una comparación con un barco a la deriva que no sabía de dónde había salido.

La mujer del autobús seguía gustándole.

Volvió al texto aquella noche. Dos días después cambió el final y el domingo eliminó una conversación entera. La historia quedó más corta.

No sabía si era buena.

Eso le molestaba poco.

Una semana después recibió un correo del taller de escritura que había hecho en primavera. Invitaban a antiguos participantes a una sesión abierta y proponían llevar un texto breve.

Sabina abrió autobus y lo leyó otra vez. Encontró una frase que odiaba y otra que le pareció bastante buena.

Marcó el archivo para llevarlo.