En tu casa o en Sabina 14. Vinagre y rosas #4
91%

14. Vinagre y rosas #4

—Yo no sé si podría —dijo otra mujer—. A estas alturas ya tengo una vida bastante montada aquí.

—Tiene mérito —respondió alguien.

La mujer que se marchaba se encogió de hombros.

—No sé si tiene mérito. Me apetecía y ha salido.

Al rato, mientras esperaban otra ronda, la compañera de la mesa de enfrente se inclinó hacia ella.

—¿A ti no te entran ganas?

—¿De qué?

—De irte. Hacer las maletas, cambiar de sitio. Yo la veo y pienso: hostia, qué gusto.

Sabina miró hacia el grupo. La futura berlinesa estaba explicando que no sabía todavía qué iba a hacer con la mitad de sus muebles.

—A ratos. A ratos me dan ganas de irme a cualquier sitio. Y a ratos, de quedarme quieta de una vez.

—Eso no me sirve de nada.

—No pretendía ayudarte.

Se rieron.

Más tarde alguien pidió una fotografía de grupo. Se juntaron todos alrededor de la mujer que se iba, que levantó una copa mientras gritaban algo sobre Alemania. Sabina quedó en una esquina, medio tapada por un hombre muy alto.

Después llegó el discurso. Fue corto: agradecimientos, nervios, alguna broma sobre el frío.

Antes de terminar, la mujer sacó del bolso un libro de poemas muy usado.

Dijo que se lo había regalado un profesor que había muerto el invierno anterior y que había sido la primera persona en decirle que se fuera si alguna vez tenía la oportunidad. El libro, añadió, viajaba con ella.

Luego dijo que no sabía cuánto duraría aquello ni qué iba a pasar, que quizá dentro de un año estuviera otra vez en Madrid.

—Pero me apetecía probar.

Nada más.

Sabina aplaudió con los demás.

Una chica de otro equipo, a la que conocía poco, acabó a su lado.

—¿Y tú? ¿Alguna novedad?

Sabina tardó un segundo más de lo necesario.

—No especialmente.

—Eso también está bien.

—Sí.

La chica vio a alguien al otro lado del bar y se despidió. Sabina se quedó allí con el vaso en la mano.

No especialmente.

Le incomodó la respuesta.

No porque fuera falsa. En términos de fiesta, era bastante exacta: no se mudaba, no estrenaba pareja ni había cambiado de trabajo.

Nada que mereciera globos.

Se sorprendió deseando algo que pudiera contar en quince palabras.

Cuando volvió a casa todavía llevaba aquella sensación pegada al cuerpo. Se quitó los zapatos, dejó el bolso sobre una silla y abrió el portátil sin ninguna intención concreta.

Escribió:

trabajo Berlín español inglés

Aparecieron cientos de resultados. Abrió varios: uno pagaba poco, otro pedía alemán fluido y un tercero tenía un título incomprensible.

Cambió de búsqueda.

piso alquiler Berlín

Los precios le quitaron parte de la poesía.

Comparó uno de los precios con su alquiler y dejó de comparar.

Miró estudios minúsculos y pisos compartidos. Uno, sin embargo, tenía unas ventanas enormes y un suelo de madera que le gustó. Se imaginó allí: café, frío detrás del cristal, no saber todavía dónde comprar pan.

Cerró el anuncio.

Abrió una página de vuelos. Madrid-Berlín. Puso unas fechas al azar para enero.

Había uno sorprendentemente barato si salía a una hora indecente.

Sabina miró el precio y después buscó cuánto tardaba el trayecto desde el aeropuerto al centro. Luego qué tiempo hacía en enero.

Cinco grados de máxima.

—Ni de coña.

Volvió a la pestaña del vuelo.

No la cerró.

XII

El martes estaba siendo bastante normal hasta que llamó su madre.

Vio Mamá en la pantalla y respondió sin apartar los ojos del ordenador.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Sabina dejó de escribir.

—Entonces esto empieza bien.

—Que he estado en el médico esta mañana.

La mano se le quedó quieta sobre el ratón.

—¿Y?

—Nada, hija. Que me quieren hacer unas pruebas.

—¿Qué pruebas?

—Unas pruebas.

Sabina cerró los ojos.

—Mamá.

—No empieces.

—No he empezado nada. Te estoy preguntando qué pruebas.

—Una ecografía y no sé qué más. Me han visto una cosa y quieren mirarla mejor.

—¿Qué cosa?

—Pues una cosa.

—Esto está siendo utilísimo.

—Que no será nada.

Sabina apartó por fin el portátil.

—¿Dónde te han visto qué?

La explicación llegó a trozos. Una molestia que su madre llevaba un tiempo notando. Una visita que inicialmente había presentado como rutinaria. El médico había palpado algo o visto algo o sospechado algo, porque cada vez que Sabina intentaba precisar, su madre cambiaba ligeramente las palabras.

—¿Te han dicho que están preocupados?

—No.

—¿Te han dicho que no es nada?

Pausa.

—Me han dicho que hay que mirarlo.

Ahí estaba.

Sabina se levantó de la silla y caminó hasta una sala vacía.

—¿Cuándo?

—Ya me llamarán.

—¿Y por qué no me habías contado que tenías molestias?

—Porque no hacía falta.

—Mamá.

—Sabina, de verdad, no conviertas esto en una película. Cuando sepan algo te lo digo.

—No estoy haciendo una película.

—Ya te conozco.

—Vale.

—Y no llames ahora a tu hermana como si me estuviera muriendo.

—No he dicho eso.

—Pero lo estás pensando.

—No sé qué estoy pensando porque no me cuentas nada.

Su madre suavizó la voz.

—Porque todavía no hay nada que contar.

—Llámame cuando te den cita.

—Sí.

—En serio.

—Que sí.

Colgaron.

Sabina volvió a su mesa y leyó la misma línea del informe sin entenderla. Buscó en internet con lo poco que sabía y encontró desde cosas banales hasta enfermedades que no quiso terminar de leer.

Cerró la pestaña. Cinco minutos después volvió a abrirla, pero seguía sin saber qué estaba buscando.

Cogió el móvil y llamó a M.

—¿Mamá te ha contado lo del médico?

—¿Qué del médico?

Sabina se quedó callada.

—¿Qué ha pasado?

Se lo contó. M. empezó haciendo las mismas preguntas.

—¿Pero qué le han visto?

—Una cosa.

—¿Una cosa qué?

—Exactamente.

—¿Y dónde?

—No consigo saberlo con precisión.

—¿Y por qué no me ha dicho nada?

—Porque supongo que quería evitar esta conversación multiplicada por dos.

M. guardó silencio.

—Voy a llamarla.

—No la agobies.

—¿Perdona?

—Me acaba de decir que no te llame como si se estuviera muriendo.

—Pues ahora la voy a llamar solo para molestarla.

—Luego me dices.

—Sí.

Pasó casi una hora hasta que M. volvió a escribir.

He hablado con ella. A mí tampoco me ha aclarado mucho.

Sabina llamó inmediatamente.

—¿Qué te ha dicho?

—Que lleva unas semanas con molestias.

—Eso sí me lo ha dicho.

—Y que en una revisión han visto algo que quieren estudiar mejor.

—¿Algo qué?

—No lo sabe o no nos lo quiere decir.

—¿Y la ecografía?

—Sí. Y análisis. Creo.

—¿Crees?

—Sabina, tengo la misma madre que tú.

Se quedaron calladas.

—¿Está asustada? —preguntó Sabina.

M. tardó un poco.

—Creo que sí.

Eso fue peor que cualquier detalle médico.

Sabina apoyó los codos sobre la mesa.

—A mí me ha sonado normal.

—Porque cuando está preocupada habla más deprisa.

Sabina pensó en la conversación. Era verdad.

—Dice que no quiere que hagamos una película.

—Pues no lo montamos.

—Ya.

—Pero nos enteramos.

Aquello sí.

El resto de la tarde pasó despacio. Sabina trabajó porque tenía que trabajar y cada cierto tiempo miró el móvil.

Nada.

A las seis y cuarto apareció un mensaje de su madre.

Me han dado cita el jueves a las 9. No hace falta que vengáis.

Sabina llamó.

—Voy contigo.

—No.

—Mamá.

—Es una prueba, no una operación.

—Ya lo sé.

—Pues entonces no hace falta.

—Puedo ir.

—Y puedes ir a trabajar.

—Prefiero ir contigo.

—Vas a estar allí dos horas mirándome con cara de pena.

—Puedo llevar otra cara.

—No tienes muchas.

—Tengo varias.

Eso consiguió una risa.

Después hubo silencio.

—Bueno —dijo su madre—. Si te empeñas.

—Me empeño.

—Pero no vengas a las ocho de la mañana.

—La cita es a las nueve.

—Precisamente.

—Te recojo a las ocho y media.

—A las ocho cuarenta.

—Hecho.

Colgaron.

Sabina abrió el calendario del trabajo y movió una reunión. M. escribió casi al mismo tiempo.

¿Voy yo también?

Sabina miró el mensaje.

De momento voy yo. Cuando sepamos algo te digo.

M. respondió:

Vale. Pero no me dejéis fuera.

No.

XIII

R. la llamó una tarde.

—Han abierto una microdestilería por Lavapiés. Hacen visitas y catas. ¿Te apetece?

Sabina dudó un segundo.

—¿Destilería de qué?

—Ginebra, licores, cosas que luego sirven en vasos muy pequeños para que parezcan importantes.

—Vendes fatal los planes.

—Pero vienes.

Sabina miró la tarde libre en el calendario.

—Prometo no sacarte a hombros si se les va la mano.

—Si se me va la mano, me sacas tú.

—Trato.

El local olía a alcohol, cítricos y algo vegetal. Al fondo brillaba un alambique de cobre, una máquina complicada para fabricar muy poca cosa.

—Esto sí es bonito —dijo.

R. siguió su mirada.

—Te has enamorado de una caldera.

—He tenido peores criterios.

El grupo era pequeño. El guía explicó la maceración, los botánicos y las distintas partes que salían durante la destilación.

—Al principio tenemos las cabezas, luego el corazón y finalmente las colas. No todo lo que sale se utiliza.

A Sabina le gustó bastante más la maquinaria que la explicación.

Durante la cata les pusieron delante tres vasos mínimos. El primero olía bien y sabía a colonia. Sabina hizo una mueca.

—¿Qué? —susurró R.

—Creo que acabo de beberme un señor recién afeitado.

R. bajó la cabeza para disimular la risa.

El segundo era más suave. El tercero sabía vagamente a chimenea apagada.

—¿No te gusta?

—No demasiado.

—Tenemos derecho a irnos sin apreciar la complejidad aromática.

—Menos mal.

Sabina bebió agua. R. miró el teléfono por cuarta vez.

Sabina esperó a que el guía se alejara hacia una pareja que estaba haciendo fotografías.

—¿Todo bien?

—Sí.

R. guardó el móvil.

—Vale. No.

—¿Tu padre?

R. asintió.

—Ha decidido vaciar el trastero.

—Eso suena razonable.

—No conoces el trastero.

—¿Qué tiene?

—Treinta años de cosas que «pueden hacer falta». Dos televisores que no funcionan, una bicicleta sin sillín, cajas de herramientas duplicadas, revistas, muebles desmontados… Creo que hay hasta una puerta.

—¿Una puerta de qué?

—Ese es el problema. Nadie lo sabe.

El guía llamó al grupo para enseñarles las botellas terminadas. R. siguió hablando en voz baja mientras caminaban.

—Quiere hacerlo él solo. Mi hermana le ha dicho que ni hablar. Yo también. Así que ahora está cabreado con los dos y amenaza con bajar todo a la calle por su cuenta.

—Suena eficiente.

—Tiene setenta y tantos años y una espalda que protesta cuando cambia una bombilla.