En tu casa o en Sabina 14. Vinagre y rosas #3
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14. Vinagre y rosas #3

No sabía por qué, pero esa se quedó.

A partir de ahí empezó a seleccionar menos. Algunas cosas podía decidirlas en dos segundos; otras, sencillamente, no le apetecía tocarlas.

El teléfono volvió a preguntar:

¿Eliminar 63 elementos?

Pulsó sí y cerró la carpeta.

VIII

Sabina iba con una lista corta —pan, fruta, verduras— cuando se detuvo delante de los productos de limpieza.

Cogió una botella de vinagre casi por reflejo.

Al desenroscar un poco el tapón, el olor la llevó directamente a la cocina de su abuela: baldosas húmedas, ventanas abiertas, trapos secándose al sol y aquel aroma agrio que parecía instalarse durante horas en toda la casa.

Su abuela lo utilizaba para casi todo.

Sabina volvió a cerrar la botella.

—Qué peste.

La metió en la cesta.

De camino a casa pasó frente a la floristería. En la puerta había varios cubos de plástico con ramos pequeños, algunos algo torcidos y bastante más baratos que los que colocaban dentro.

—¿Cuánto cuestan estos?

El florista le dijo el precio.

—No son los mejores, pero aguantan bastante.

Sabina cogió uno.

—Como todos.

Subió a casa con el vinagre en una bolsa y las flores asomando por la otra.

En la cocina llenó un cubo con agua caliente y añadió un buen chorro. El olor se extendió inmediatamente.

—Perfecto. Casa de abuela en treinta segundos.

Abrió una ventana, puso las flores en un vaso y empezó por el suelo de la cocina. En el pasillo intentó borrar una marca junto al rodapié.

No salió.

—Muy bien. Tú ganas.

Y continuó.

Mientras limpiaba llamó su madre.

—¿Qué haces?

—Fregando.

Hubo una pequeña pausa.

—¿Tú?

—Sí, mamá. Sé usar una fregona.

—No siempre ha estado claro.

—Estoy usando vinagre. Huele exactamente como casa de la abuela.

Su madre se rio.

—Tu abuela se lo echaba a todo. Luego había que abrir las ventanas tres horas.

—Ya me he dado cuenta.

—También decía que no hacía falta comprar veinte productos distintos teniendo vinagre.

—Eso sí tiene sentido.

—Lo que no tenía sentido era la cantidad que echaba.

Sabina miró el cubo. Probablemente había heredado esa parte.

—¿Has vuelto a echar medio litro?

—Puede.

—Pues abre otra ventana.

Hablaron un rato más mientras Sabina fregaba. Cuando colgaron, abrió también la ventana del salón.

Siguió limpiando hasta que se cansó y dejó media estantería y una esquina del baño para otro día.

Las flores eran rosas pequeñas, algunas demasiado abiertas. Las cambió a un vaso más bonito y cenó con la ventana abierta mientras el aire se llevaba el olor a vinagre.

IX

C. la llamó farsante por un audio de doce segundos.

—¿Qué tal vas?

Sabina estaba tumbada en el sofá, mirando el techo. Había dormido mal, llevaba toda la tarde con una presión incómoda en el pecho y tenía la cabeza llena de pensamientos que no conseguía ordenar.

Pulsó el botón de grabar.

—Bien, tirando. Todo en orden.

La respuesta de C. llegó casi inmediatamente.

—Farsante.

Dos segundos de silencio.

—Ahora cuéntamelo otra vez.

Se le escapó la risa.

—Qué pesada eres.

—Y tú mientes fatal.

Sabina acabó contándole que estaba cansada, preocupada por una cosa del trabajo y un poco triste sin saber exactamente por qué.

—Vale. Eso ya me lo creo.

La palabra farsante se quedó como una broma privada.

Había una frase, sobre todo, que empezaba a sonarle distinta.

Yo tampoco quiero complicaciones.

La había utilizado durante años. Con J. más que con nadie.

Por eso, cuando su nombre apareció una noche en la pantalla, Sabina supo lo que iba a leer casi antes de abrir el mensaje.

El otro día me quedé pensando. Echo de menos algunas cosas nuestras. Podríamos vernos una noche, sin darle tantas vueltas. Sin complicarnos.

No era especialmente sorprendente. Ni siquiera ofensivo. J. estaba proponiendo exactamente lo que habían hecho otras veces, con distintas palabras y el mismo resultado.

Farsante.

La voz de C. le llegó sola.

Escribió:

No quiero seguir viéndonos así. A mí no me funciona. Prefiero que lo dejemos aquí.

Lo leyó, quitó un creo que había añadido sin darse cuenta delante de prefiero y lo envió.

No pasó nada.

Sabina encendió la televisión. Acabó llevando el teléfono a la cocina para no tenerlo delante.

J. no respondió aquella noche.

Sabina se fue a la cama inquieta. No se arrepentía, pero había algo parecido a una pérdida, aunque resultara difícil explicar qué estaba perdiendo después de tantos años entrando y saliendo de la misma historia.

Una parte de ella esperaba una respuesta larga. No sabía cuál. Quizá una protesta, una pregunta, algo que obligara a hablar por fin de todo aquello como si hubiese sido importante de la misma manera para los dos.

La respuesta llegó a la mañana siguiente.

Vale. Lo entiendo. Cuídate.

Le dolió que cupiera todo en cuatro palabras.

A media mañana abrió el chat por costumbre. No había pregunta ni conversación que cerrar.

Pensó en escribir tú también . No lo hizo.

Los días siguientes fueron poco solemnes. Echó de menos una broma de J. al ver algo que habría querido mandarle. Recordó una noche concreta y tuvo que hacer un esfuerzo para no convertirla en mejor de lo que había sido. Otro día no pensó en él hasta la tarde.

C. preguntó por casualidad mientras caminaban hacia el metro.

—¿Y J.? ¿Ha vuelto a aparecer?

Sabina metió las manos en los bolsillos.

—Sí.

—¿Y?

—Se acabó.

C. giró la cabeza hacia ella.

—¿Se acabó de verdad?

Sabina tardó un instante.

—Sí.

—Vale.

Después empezó a contarle que se había peleado con una máquina de devolución de paquetes y que estaba convencida de que aquella tecnología había sido diseñada para humillarla personalmente.

X

Sabina necesitaba el número del electricista y no recordaba bajo qué nombre lo había guardado.

Abrió los contactos y escribió electricista .

Aparecieron dos resultados.

Electricista baño

Electricista barato, creo

—Muy tranquilizador.

Probó primero con el del baño. El número ya no existía. El otro tenía foto de perfil, así que decidió que seguía siendo una persona real y le escribió para preguntarle si podía pasar a mirar un enchufe que llevaba días haciendo cosas raras.

Antes de cerrar la agenda bajó un poco por curiosidad. Había contactos que parecían instrucciones dejadas por una versión suya con muy poca fe en el futuro.

Café pendiente

Chica plantas

Puerta garaje

Dentista nuevo

Dentista bueno

Dentista NO

Se rio. No recordaba qué había hecho el tercer dentista para merecer las mayúsculas.

Abrió Chica plantas . El número empezaba por un prefijo que no le sonaba. No había foto ni historial de mensajes.

Sabina intentó recordar.

Nada.

Le pareció feo borrar a una persona solo porque no supiera quién era. Después pensó que probablemente aquella persona tampoco la tenía guardada como Señora que un día preguntó por un ficus .

Eliminó el contacto.

Siguió bajando. Algunos nombres despertaban inmediatamente una cara.

Otros, apenas una escena. Había gente con la que había trabajado durante unos meses, camareros de sitios que ya no existían, números de reparaciones de pisos anteriores, una mujer que le había vendido unas entradas y alguien guardado simplemente como Pablo evento, lo que resultaba especialmente inútil teniendo en cuenta que Sabina no recordaba ni a Pablo ni el evento.

Borró unos cuantos. Otros los dejó por miedo a descubrir dentro de seis meses que Puerta garaje era la única persona capaz de solucionar algo esencial.

Más abajo encontró dos contactos de su madre.

Mamá

Mamá casa

Sabina abrió el segundo. El número fijo llevaba años dado de baja y, durante un momento, apareció con una claridad absurda el teléfono que había estado en la entrada de la casa de sus padres.

El cable enroscado, una agenda pequeña al lado, su madre contestando desde otra habitación con un «¡voy! » dirigido a nadie.

No necesitaba guardar el número para recordar aquello. Lo eliminó y quedó solo Mamá. Justo entonces el móvil empezó a sonar: era ella. Sabina respondió riéndose.

—Qué oportunidad.

—¿Qué?

—Nada. Te acabo de borrar.

Hubo silencio.

—¿Cómo que me has borrado?

—Tenía guardado todavía el fijo de casa.

—Ah.

Otra pausa.

—Pues ya era hora.

—Gracias por la emoción.

—¿Para qué quieres un teléfono que no existe?

—Eso estoy pensando de muchas cosas.

—¿Estás haciendo limpieza?

—De contactos.

—Ten cuidado, que luego borras a quien no debes y me llamas para preguntarme números.

—Eso también es verdad.

Su madre aprovechó para preguntarle si tenía el teléfono de una antigua peluquera.

Sabina buscó mientras hablaban.

No lo tenía.

—Mira que eres inútil para una vez que haces limpieza —dijo su madre.

—Qué bien que te haya dejado como Mamá.

—¿Y qué ibas a poner?

—No sé. Señora encantadora.

—Déjate de tonterías.

XI

El asunto del correo decía: «Nos vemos el jueves para despedirla antes de Berlín» .

Dentro, entre la hora, el nombre del bar y varios emojis, alguien había escrito:

Venid a brindar por sus nuevas alas.

No tenía nada contra la mujer que se marchaba. Lo que le molestó fue aquella palabra y lo mucho que se parecía a la vida interesante que siempre había imaginado.

Alas.

Mudarse a otro país. Empezar un trabajo nuevo. Poder responder durante meses a cualquier pregunta con una frase inequívoca:

Me he ido a Berlín.

Sabina aceptó la invitación.

La despedida fue un jueves en un bar de la calle de Orense, cerca de la oficina. Había globos, una tarjeta circulando y suficiente entusiasmo para que Berlín pareciera una mezcla de oportunidad profesional y revolución personal.

—¿Ya tienes piso? —preguntó alguien.

—Temporal. Un mes. Luego buscaré allí.

—Qué valor.

—¿Y alemán?

—Cero.

Risas.

—Pues en seis meses estás hablando.

—O llorando.

Brindaron.

Sabina escuchaba mientras bebía cerveza despacio. Se hablaba de alquileres imposibles y de si era mejor Kreuzberg o Neukölln.

—Qué envidia me das —dijo una compañera—. Poder empezar de cero.

Sabina miró su vaso.

Empezar de cero.

Nunca había entendido del todo la expresión. Podías cambiar de país, pero te llevabas contigo los miedos, el insomnio y todos los contactos absurdos del teléfono. Cero no parecía.