En tu casa o en Sabina 14. Vinagre y rosas #2
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14. Vinagre y rosas #2

Sabina cogió una de las bolsas antes de que pudiera protestar.

—Esta sí se la llevo.

—Que puedo yo.

—Ya lo sé.

Entraron en el ascensor.

Durante los días siguientes Sabina siguió encontrándola en sus lugares habituales: la farmacia, la frutería, el café.

Después dejó de verla.

Al principio Sabina no reparó en ello. Al tercer o cuarto día, al pasar frente a la frutería, notó que faltaba aquella voz y entró a comprar unas mandarinas.

—¿Hace días que no viene la señora del primero? —preguntó mientras pagaba.

El frutero supo inmediatamente de quién hablaba.

—Se cayó en casa.

—¿Está bien?

—Sí, sí. Un buen golpe, pero nada grave. La tienen unos días ingresada porque a cierta edad no se fían.

Sabina salió con la bolsa en la mano. No tenía el teléfono de la vecina ni sabía en qué hospital estaba.

Aquella tarde, al entrar en el portal, miró el banco de piedra vacío.

Un par de semanas después oyó su voz desde la ventana de la cocina.

—¡Pero déjamela, hombre, que no estoy inválida!

Sabina se asomó. La vecina estaba frente al portal, algo más delgada y apoyada en un bastón. El frutero llevaba una bolsa de compra en cada mano.

—Que te las subo y punto —decía él.

—Pues luego no te quejes de la espalda.

—La espalda ya me duele sin necesidad de ti.

La vecina soltó una carcajada.

Sabina bajó poco después y la encontró todavía en el portal, reorganizando las cosas de una bolsa como si alguien hubiera cometido un delito colocándolas mal.

—Mira quién ha vuelto.

La mujer levantó la cabeza.

—Ay, hija. Menuda tontería. Te caes una vez y de repente todo el mundo cree que eres de cristal.

—¿Cómo está?

—Bien. Aburrida de que me pregunten cómo estoy.

Sabina señaló el bastón.

—Bonito accesorio.

—Me queda fatal.

—Con el pintalabios compensa.

La vecina sonrió.

—Eso siempre.

Intentó coger las dos bolsas a la vez. Sabina tomó una.

—Esta la subo yo.

—Que puedo.

—Ya lo sé.

La mujer la dejó hacer.

En el ascensor comentó que la farmacéutica le había llevado unas revistas al hospital, que el del bar la había llamado dos veces y que una vecina del segundo le había regado las plantas.

—Todos muy pesados —concluyó.

Sabina la miró.

—Parece que la han echado de menos.

—Porque les doy conversación gratis.

Al llegar al primero, la mujer buscó las llaves.

—Mi hija viene el sábado. Al final ha podido organizarse.

—Qué bien.

—Ya veremos cuánto tarda en mirar el reloj.

Abrió la puerta.

—Gracias por la bolsa.

—De nada.

—Y no te acostumbres. La próxima la llevo yo.

VI

Su madre llevaba unos días diciéndole que parecía la Dolorosa en Semana Santa.

—Qué pena más bonita tienes —le dijo una tarde, mientras Sabina removía un café que ya se había enfriado.

—Pues a mí me da angustia.

—¿Angustia por qué?

—Porque parece que, una vez triste, una tiene que quedarse así para siempre. Nadie se imagina a la Dolorosa un martes comiendo croquetas y viendo un concurso.

Su madre la miró de reojo.

—Ay, hija, era una manera de hablar.

—Gracias, mamá.

—No lo digo a malas.

Eso empeoraba ligeramente las cosas.

La frase volvió a aparecerle dos días después, mientras tomaba café con C.

Sabina estaba contando un correo que había recibido esa mañana.

Un responsable había cambiado de fecha una reunión importante y ella llevaba varios minutos explicando el episodio como si acabaran de apartarla de la sucesión al trono.

—Total, que ya sabes cómo va esto. Cuando parece que algo empieza a salir bien, llega alguien y…

C. levantó una mano.

—Espera. ¿Qué ha pasado exactamente?

—Han movido la reunión al martes.

—¿Y?

—Puede significar muchas cosas.

—También puede significar que el martes les viene mejor.

—También.

C. bebió un sorbo.

—Sigue, por favor. Estaba empezando a preocuparme por la estabilidad de las instituciones.

Sabina abrió la boca para defenderse y acabó riéndose.

—Eres imbécil.

—Muchísimo.

Durante el camino a casa pensó en la historia que acababa de contar. No había mentido, pero había elegido el tono seco del correo y el silencio posterior y omitido que su jefe le había escrito para decirle que no se preocupara.

La versión trágica tenía mejor argumento.

Empezó a sorprenderse haciéndolo otras veces. Una noche pensó nadie me escribe mientras apartaba tres conversaciones sin responder. Otro día se oyó decir mi semana ha sido horrible y recordó una cena con M. y los niños en la que se había reído hasta casi escupir el agua.

Una mañana, en el metro, vio su reflejo en el cristal de la ventana. Tenía ojeras, el abrigo mal cerrado y una expresión concentrada que, con las luces del túnel pasando detrás, adquiría cierta gravedad religiosa.

La Dolorosa.

Imaginó una aureola sobre su cabeza: Santa Sabina de los correos con tono raro, patrona de las reuniones aplazadas, mártir oficial de los domingos por la tarde. Se tapó la boca para que la mujer sentada enfrente no la viera reírse sola.

Aquella noche volvió a la libreta. No hizo ninguna lista.

Dibujó.

La cara le salió ovalada y algo torcida. Le añadió una mantilla enorme, dos lágrimas del tamaño de aceitunas y una aureola. En una mano puso una taza de café y en la otra una libreta diminuta. Debajo escribió:

Santa Sabina de los martes chungos.

Se quedó mirando el dibujo. Todavía le faltaba algo.

Patrona de las que convierten un contratiempo en trilogía.

Eso le gustó más.

Arrancó la página con cuidado y la pegó con cinta adhesiva en la parte interior de la puerta del armario del pasillo. No tenía muy claro para qué. Quizá para verla alguna vez. Quizá simplemente porque le hacía gracia.

El dibujo se quedó allí.

Hubo un día en que no le hizo ninguna gracia.

Había dormido mal, una conversación con su madre había terminado mal y algo del trabajo había salido mal de verdad. Llegó a casa con los ojos hinchados después de llorar en el metro.

Abrió el armario para guardar el abrigo. La Dolorosa seguía allí, con sus lágrimas enormes, el café y aquella aureola torcida.

—Hoy no me toques los cojones.

Cerró la puerta.

Un domingo, su madre pasó por casa para devolverle un recipiente. Mientras Sabina preparaba café, oyó abrirse la puerta del armario del pasillo.

—¿Sabina?

—¿Qué?

—Ven un momento.

Sabina salió de la cocina. Su madre sostenía el dibujo por una esquina.

—¿Esto qué es?

Sabina apoyó un hombro en la pared.

—Tú empezaste.

La mujer observó la figura con atención.

—¿Esta eres tú?

—Más o menos.

—Te has puesto demasiadas lágrimas.

Sabina empezó a reírse.

Su madre volvió a mirar el papel.

—Y esa mantilla te hace una cabeza enorme.

—Gracias.

—Es verdad.

Le devolvió el dibujo.

—Se está despegando.

Sabina cogió otro trozo de cinta y reforzó una esquina. Su madre regresó a la cocina.

—¿Me haces el café o tengo que esperar a la próxima procesión?

VII

Sabina estaba buscando una foto reciente cuando el móvil decidió enseñarle otra de hacía doce años.

Un día como hoy.

La imagen apareció arriba de la galería sin que la hubiera pedido: ella, mucho más joven, sentada en el suelo de un piso que ya no recordaba bien, con una copa en la mano y alguien cortado por el encuadre apoyándole una pierna sobre el hombro.

—Gracias por el susto —murmuró.

Deslizó el dedo: cenas que no sabía situar, capturas de conversaciones, billetes, selfies de baños y platos de comida. Cada vez que cambiaba de teléfono había copiado el contenido del anterior.

Quince años de memoria automática.

Entró en una carpeta antigua.

VARIOS 2014-2017.

—Organización impecable.

Dentro encontró casi tres mil archivos.

Empezó a pasar imágenes: una playa, una mesa llena de copas, un concierto reducido a manchas de luz. Luego apareció una captura de pantalla.

No cambies nunca. Eres perfecta tal como eres.

Sabina amplió la imagen. No aparecía el nombre de quien la había escrito. Miró la fecha e intentó recordar la conversación, pero ni siquiera sabía si había sido un hombre, una mujer o uno de aquellos amigos intensos que durante seis meses parecían destinados a durar toda la vida.

Llevaba años trasladando de un teléfono a otro una declaración romántica de alguien a quien no conseguía identificar.

Soltó una risa y pulsó la papelera.

Empezó a coger ritmo.

El teléfono le preguntó:

¿Eliminar 47 elementos?

Sabina pulsó sí.

Apareció una carta fotografiada. Reconoció su propia letra: había escrito las páginas a mano y, por algún motivo, después las había fotografiado antes de guardarlas o tirarlas.

Sin ti no puedo.

—Pues has tenido bastante imaginación.

Continuó leyendo. La carta estaba llena de palabras como siempre, nunca, destino, vacío . Una Sabina de otro tiempo había conseguido meter cuatro absolutos en apenas seis líneas.

Seleccionó las seis fotografías.

No sabía a quién iba dirigida.

Eso terminó de decidirla.

Pasó casi una hora en el sofá. No todo resultó fácil.

Encontró una foto de su padre sentado en una terraza, riéndose de algo fuera de campo, y la guardó inmediatamente en favoritos.

Una de M. con su hija recién nacida también se quedó.

Otra de Sabina dormida en un tren, con la boca abierta y una chaqueta cubriéndole medio cuerpo, la hizo reír tanto que decidió conservarla aunque no tuviera ningún valor sentimental aparente.

Después apareció una fotografía con J.

Sabina dejó de deslizar.

Estaban abrazados frente a una pared cubierta de grafitis. Ella llevaba un vestido negro y él una camisa que recordaba perfectamente. Los dos sonreían a la cámara con una confianza que ahora le resultaba extraña.

Situó aquella noche sin esfuerzo: el bar anterior, el restaurante posterior y algo que discutieron de madrugada. También recordó cuántas veces había mirado aquella foto pensando que allí estaba la prueba de que alguna vez habían sido felices.

Ahora veía dos personas contentas durante el segundo exacto en que alguien apretó un botón. La seleccionó, esperó y después quitó la selección.

—Hoy no.

Siguió adelante.

Al cabo de un rato había borrado más de cuatrocientas imágenes y la carpeta parecía prácticamente igual.

Después apareció una calle de Lisboa tomada desde una ventana. No había ninguna persona, solo fachadas, ropa tendida y un cielo gris.