En tu casa o en Sabina 14. Vinagre y rosas
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14. Vinagre y rosas

I

Sabina decidió aprender a hacer un postre por una razón bastante poco defendible: le apetecía.

Llevaba semanas guardando una receta de capas de crema de limón y bizcocho que en el vídeo parecía sencillísima porque alguien había eliminado, mediante montaje, las dos horas de trabajo y todos los cacharros sucios. Siempre pensaba lo mismo: un día . Aquel sábado decidió que podía ser ese.

Compró los ingredientes y un molde de cristal porque el único que tenía no servía y estaba ligeramente quemado por un incidente que prefería no reconstruir.

En casa abrió la receta y, a los diez minutos, ya tenía tres recipientes fuera y la sospecha de haber subestimado el asunto.

Anotó las cantidades en la libreta para no tocar el móvil con las manos llenas de harina. Al lado escribió: menos azúcar , más limón , NO batir esto así .

Probó la crema.

—Demasiado dulce.

Añadió limón.

Volvió a probar.

—Demasiado limón.

Se quedó mirando el bol.

—Pues ahora te aguantas.

El resultado final no se parecía demasiado al de la fotografía, pero se sostenía.

Escribió al grupo con C. y R.

He fabricado un postre. Si en dos horas no doy señales, avisad a los bomberos.

C. respondió que pensaba presentarse antes de que hubiera cadáveres. R. preguntó si los bomberos incluían degustación.

Aparecieron a última hora de la tarde. C. llevaba flores y R. una bolsa de café.

—¿Por qué traéis cosas? —preguntó Sabina.

—Porque tú has hecho postre —dijo C.

—Yo he traído café porque confío poco en tus capacidades digestivas —aclaró R.

Comieron en la cocina, directamente alrededor de la mesa. El postre estaba ácido y las capas no habían quedado perfectamente rectas, pero sabía bien.

—Tiene mucho limón —dijo R.

Sabina lo miró.

—Puedo echarte.

—He dicho que tiene mucho limón, no que esté malo.

C. levantó la cuchara.

—Yo repetiría.

—Gracias.

—No he dicho que ahora.

Sabina le enseñó el dedo corazón.

El móvil vibró sobre la encimera mientras C. estaba contando una historia del trabajo. Sabina miró la pantalla.

J.

Estoy cerca. ¿Café?

Mantuvo el teléfono en la mano. Después escribió:

Hoy no puedo. Estoy con gente en casa. Que te vaya bien la tarde.

Lo envió.

C. la había visto.

—¿Todo bien?

—Era J. Quería tomar un café. Le he dicho que hoy no.

—Ah.

C. recogió con la cuchara un poco de crema del borde del plato.

II

La botella llevaba años en lo alto de un armario de la cocina.

Sabina la encontró buscando una fuente. Tuvo que ponerse de puntillas y apartar una jarra que no utilizaba nunca. Detrás apareció la etiqueta amarilla cubierta por una fina película de polvo.

Champán.

Se la habían regalado en el trabajo después de cerrar un proyecto especialmente duro. La sacó y escribió a C. y a R.:

Tengo champán caro que lleva años esperando una vida mejor. ¿Venís?

Media hora después estaban en la cocina con patatas fritas, aceitunas y queso. Sabina sacó tres copas distintas, una de ellas con el nombre de una marca de helados grabado en el cristal.

—Elegancia —dijo C.

—Es mi concepto.

Sabina quitó el papel de aluminio y aflojó el alambre. Sujetó el corcho mientras giraba poco a poco la botella.

—Apunta lejos de mi cara —dijo R.

—Tengo buena puntería.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

El corcho salió con un golpe breve. Sirvió.

R. tenía el teléfono junto a la copa. Cuando la pantalla se iluminó, lo cogió enseguida, leyó y volvió a dejarlo.

—¿Todo bien? —preguntó Sabina.

—Mi padre. Está empeñado en hacer solo cosas que ya no puede hacer.

Se quedó con el vaso en la mano.

—Hoy hemos discutido por una compra. Una puñetera compra.

C. apartó la bolsa de patatas para dejar sitio al queso.

—¿Y ahora?

—Nada. Ahora mi hermana dice que se le ha pasado. A mí todavía no.

—Si necesitas que haga algo, me dices —dijo Sabina.

—Gracias.

R. dejó el teléfono en el bolsillo y acercó su plato.

III

El mueble había sido de su madre antes de terminar en casa de Sabina.

Era oscuro, pesado y demasiado serio para el salón. Dentro guardaba una vajilla que utilizaba poco y varias copas de cristal tallado que su madre había protegido durante años con disciplina militar.

En la base de una seguía pegada una etiqueta casi borrada: Bohemia. Czechoslovakia. De niña, Sabina creyó que Bohemia era un país inventado para fabricar cosas frágiles.

Sabina se acordaba perfectamente de las normas: lavarlas a mano, nunca mezclarlas con los vasos normales y tener mucho cuidado al secarlas. Que cuestan un dinero.

Una tarde abrió la vitrina y sacó una.

No había visitas ni cena especial. Quedaba un poco de vino de la noche anterior y le apetecía terminarlo mientras cocinaba.

Bebió en la copa buena.

Al día siguiente la utilizó para agua.

Dos días después dejó dentro café frío porque había cogido el primer recipiente limpio que encontró.

La copa empezó a vivir en el escurridor junto a los vasos corrientes.

Su madre apareció el sábado con un recipiente de croquetas.

Entró en la cocina, lo dejó sobre la encimera y vio la copa.

—¿Has sacado esas copas?

—Una.

La madre la cogió por el tallo y la examinó.

—Pensaba que las habías tirado en alguna mudanza.

—Después de pasarme la infancia oyendo que costaban una fortuna, difícil.

—Bueno, tampoco una fortuna.

Sabina la miró.

—Mamá.

—Eran buenas.

—Eso sí.

La madre dejó la copa.

—Pero para algo serán.

—Tú decías que no eran para cualquier día.

—Una cosa es no darles golpes y otra tenerlas treinta años encerradas.

Sabina abrió la nevera para guardar las croquetas.

—¿Y el juego de café azul?

—Úsalo.

—No me gusta mucho.

—Pues tíralo.

Sabina asomó la cabeza.

—¿Puedo tirar algo que ha estado veinte años prohibido tocar?

—No exageres.

—Me estás diciendo que tire una taza que no me dejabas meter en el lavavajillas.

—En el lavavajillas no.

—Ah. Ahí seguimos.

Mientras buscaba las llaves en el bolso, su madre empezó a hablar de otra cosa.

Sabina siguió usando las copas y lavándolas con cierta precaución porque su madre tenía razón en una cosa: eran delicadas.

Una noche, al recoger el salón, pisó una esquina de la alfombra. Tropezó ligeramente y la copa que llevaba en la mano cayó al suelo.

El sonido fue limpio.

Sabina se quedó inmóvil.

Había cristales bajo la mesa y junto al sofá. Durante un instante esperó aquella sensación infantil de haber cometido algo irreparable.

No llegó.

—Mierda.

Fue a buscar la escoba.

A la mañana siguiente sacó otra, la llenó de agua y la dejó junto al fregadero con los vasos normales.

IV

—Estoy mal otra vez —dijo Sabina.

—¿Mal cómo? —preguntó T.

Sabina se acomodó en el sillón.

—No sé. Mal. Triste, cansada, con esa sensación de que todo vuelve a estar igual.

—Dame el parte.

—¿Qué?

—El tiempo. Si tuvieras que describir cómo estás hoy.

Sabina pensó.

—Encapotado. Nubes bajas. Posibilidad bastante alta de mandar a alguien a la mierda.

—Vale. ¿Y el clima?

—¿No es lo mismo?

—No. El tiempo es lo que hace hoy. El clima necesita bastante más tiempo para poder describirse.

—Hoy llueve.

—Eso parece.

—Y bastante.

—¿Ha llovido todos los días durante los últimos meses?

—No.

—¿Y qué ha pasado esta semana?

V

En el barrio de Sabina casi todo el mundo conocía a la vecina del primero.

Tenía una forma de estar en la calle que hacía difícil no fijarse en ella: tacones incluso para bajar a por pan, pelo teñido de un rubio que no intentaba parecer natural y los labios siempre pintados de rojo.

Su voz, rota por muchos años de tabaco, se oía antes de doblar algunas esquinas.

—¡Ay, hija! —decía en la frutería, en la farmacia, en el portal, aunque no estuviera hablando con ninguna hija.

En octubre le había advertido de que no acabara «sola de verdad cuando fuera vieja». Sabina aún se acordaba cada vez que la saludaba.

A veces la veía en la barra del café o delante de la frutería con una bolsa en cada mano, hablando tanto que parecía haber olvidado adónde iba.

Una tarde la encontró sentada en el portal, con dos bolsas de compra a los pies y el bolso apretado contra el costado.

—¿Todo bien?

—Ay, hija. Lo de siempre.

Sabina esperó.

—¿Necesita ayuda con las bolsas?

—No, no. Puedo perfectamente.

Hizo ademán de levantarse y volvió a sentarse.

—Solo que no quiero subir todavía.

Sabina miró el ascensor.

—¿Por qué?

—Porque arriba no hay nadie.

Lo dijo casi con fastidio, como si comentara un trámite. Se hizo a un lado en el banco de piedra.

—Siéntate un minuto, anda.

Sabina dudó, pero se sentó. El mármol estaba frío incluso a través del pantalón.

Durante un rato hablaron del barrio, de las obras que llevaban meses ocupando media acera, del precio de los tomates y de un nuevo supermercado que, según la vecina, era «muy moderno pero no tiene nada». Después, sin que Sabina preguntara, la mujer empezó a hablar de sus hijos.

—Uno vive fuera. La otra, como si viviera fuera. Mucho trabajo, muchos niños, muchas cosas. Ya sabes.

Sabina no sabía, pero asintió.

—Ayer me dijo que me llamaba.

Sacó el móvil del bolso. En la pantalla de bloqueo aparecía una niña de unos doce años con dos coletas y una sonrisa enorme.

—Es ella —dijo la vecina, antes de guardar el teléfono—. Ahora tiene más canas que yo.

Comprobó la pantalla otra vez.

—Pues todavía debe de estar buscando el botón.

Sonrió al decirlo, aunque no parecía tener gracia.

—A lo mejor se le ha complicado el día.

—Claro que se le habrá complicado. A todo el mundo se le complica todo menos llamar a su madre.

Guardó el teléfono.

Un vecino entró en el portal y levantó la mano.

—¿Qué haces ahí sentada?

—Esperando que vengas tú a rescatarme.

—Pues vas lista.

El hombre siguió hacia el ascensor. La vecina esperó a que se cerraran las puertas.

—Ese es un imbécil. Me subió las bombonas durante años cuando vivía su mujer.

—Parece útil para ser un imbécil.

—Pues anda que no. Me subió bombonas diez años y es un imbécil.

Unos minutos después, la vecina volvió a mirar el móvil.

—Tú al final no tuviste niños, ¿verdad?

Sabina sintió la vieja incomodidad, aunque la pregunta sonó menos a examen.

—No.

—Pues mira, unas cosas te ahorras y otras te pierdes.

—Supongo.

—Como con todo.

Después se puso en pie.

—Venga. Ya puedo subir.