En tu casa o en Sabina 13. Alivio de luto #3
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13. Alivio de luto #3

Volvieron a sus pantallas. Poco después el jefe les escribió para que intentaran resolver el solape entre ellas.

Bajaron a por café y abrieron calendarios.

—Yo necesito seguro lunes, martes y miércoles —dijo la compañera.

—Yo quería toda la semana.

—¿Tienes viaje?

—Todavía no. Pero quiero tenerla libre.

Al final encontraron una combinación imperfecta: Sabina trabajaría lunes, martes y miércoles y libraría desde el jueves hasta después de Año Nuevo. La compañera cogería los tres primeros días y volvería jueves y viernes.

—Me sirve —dijo ella.

Sabina miró otra vez el calendario.

—Prefería toda la semana.

La compañera se rio.

—Yo también.

—Pero sí. Me sirve.

Aquella tarde Sabina abrió el calendario y vio los días bloqueados. Escribió a C.:

Desde el jueves estoy libre. Mira qué podemos hacer.

C. respondió:

¿Portugal otra vez?

Ni se te ocurra. Todavía recuerdo la ampolla.

¿Entonces?

Como si nos quedamos en casa viendo películas de Papa Noel.

X

El martes abrió los ojos antes de que sonara el despertador y supo que iba a ser uno de esos días. No había ocurrido nada durante la noche. Ningún mensaje, ninguna noticia, ningún sueño que recordara.

Simplemente todo pesaba medio kilo más: las sábanas, los párpados, la idea de levantarse.

El calendario mostraba un día normal. Trabajo, dos reuniones, una entrega bastante avanzada. Nada después. Sabina buscó una causa porque las causas, incluso las malas, señalaban hacia algún sitio. No encontró ninguna.

Qué cansancio. Todo esto para qué. Otra vez lo mismo.

Se levantó. En la cocina preparó café. Al servírselo, derramó las primeras gotas sobre la encimera.

La ducha no mejoró nada. Abrió el portátil y leyó el mismo correo sin entender qué le preguntaban. A las diez, durante una reunión, perdió el hilo.

—Sabina, ¿cómo lo ves tú?

—Perdona, me he quedado un segundo fuera. ¿Me repites la última parte?

Se la repitieron. Contestó sin brillantez y sin desastre.

A media mañana C. escribió:

¿Café al salir? Tengo un chisme lamentable.

Sabina dejó el teléfono y volvió a cogerlo cinco minutos después.

Uno corto. Hoy estoy bastante pocha.

Perfecto. Chisme en formato reducido.

El resto de la jornada lo hizo a mínimos. Terminó lo imprescindible y dejó dos cosas para el día siguiente. A las seis cerró el portátil sin sentir alivio.

En el café C. empezó a contarle que un compañero había enviado por error a medio departamento un mensaje privado llamando «rey del Excel» a su jefe. Sabina se rio una vez, de verdad, y durante medio minuto se sintió casi normal.

Después volvió el peso.

—¿Quieres hablar? —preguntó C.

—No sé qué decir. Estoy triste y ya. Y cansada. Y todo me parece bastante inútil hoy.

C. revolvió el café.

—Eso suena agotador.

Sabina esperó alguna frase más. No llegó. C. siguió contando que el «rey del Excel» había respondido con un GIF de una corona.

A los cuarenta minutos Sabina miró la hora.

—Me voy. He sido una compañía pésima.

—He tenido peores.

—No me consuela.

—No pretendía.

En casa cenó arroz recalentado con un huevo. No estaba bueno. Después pasó por cuatro plataformas sin elegir nada y cerró una red social al ver la foto de una conocida de vacaciones.

C. mandó otro mensaje:

El rey del Excel acaba de mandar otro GIF. La situación se deteriora.

Sabina respondió:

Mantenme informada.

Se metió en la cama temprano. No se sentía mejor y una parte de ella se enfadó porque había trabajado, salido de casa, visto a C. y cenado.

En la oscuridad regresaron pensamientos conocidos: llevaba años intentando arreglarse; las semanas mejores podían haber sido una excepción; estaba cansada de tener que aprender continuamente a vivir. Sabina cambió de postura. Las frases siguieron volviendo un rato.

XI

Saldo disponible: –27,34 €

Sabina cerró la aplicación del banco y se quedó sentada al borde de la cama con el móvil en la mano. Volvió a abrirla. El número seguía allí.

—Fenomenal.

Entró en los movimientos. Dos recibos habían coincidido esa madrugada: el seguro del hogar, que pagaba una vez al año y nunca recordaba cuándo, y una factura más alta de lo habitual.

Abrió la cuenta de ahorro. Había dinero.

—Ah.

El apocalipsis financiero duró unos cuarenta segundos. Transfirió doscientos euros a la corriente y vio desaparecer el signo menos. Podría haber cerrado ahí, pero le molestaba más no haber tenido ni idea de que iba a ocurrir.

Después del café abrió el portátil y descargó los movimientos de los últimos tres meses. Alquiler, recibos, supermercado, transporte, terapia, comidas fuera, compras, taxis y una cantidad sorprendente de cafés.

—No puede ser.

Volvió a sumar. Sí podía.

Encontró una suscripción de 8,99 euros que llevaba siete meses renovándose desde una prueba gratuita. La canceló. Había otra de 5,49 que sí utilizaba y la dejó. Después apareció la cuota del gimnasio.

Hacía casi tres meses que no iba.

Entró en la página para darse de baja y dejó el cursor sobre el botón. Quizá quería volver. Quizá no. Cerró la pestaña.

Siguió revisando movimientos. Una cena bastante cara con C. Le vino a la cabeza la noche entera y sonrió. Un taxi después de una jornada agotadora: bien cogido. Dos pedidos de comida que no recordaba. Tres libros, dos todavía sin abrir.

Miró la estantería.

—Eso sí.

Tuvo que cerrar el archivo para empezar a trabajar. No estaba gastándose el sueldo en secreto ni necesitaba dejar de salir a cenar, pero conocía sus números bastante menos de lo que suponía.

A la hora de comer configuró una alerta para saldos bajos y ajustó una transferencia automática dejando algo más de margen en la cuenta corriente.

XII

La última vez que Sabina encadenó demasiados tequilas acabó llorando en el baño de un bar cuya puerta no cerraba bien.

Perdió el móvil durante casi una hora, llamó a quien no debía y dijo varias cosas que todavía recordaba a trozos.

A la mañana siguiente despertó en una cama ajena con el maquillaje corrido, una sed absurda y la certeza de haber cruzado demasiadas líneas en demasiado poco tiempo.

Por eso, cuando C. anunció que quería celebrar su cumpleaños en un bar de la Corredera Baja de San Pablo y escribió en el grupo no quiero regalos, quiero gente, alcohol y que nadie me diga a las once que mañana madruga , Sabina respondió:

Pues invítame a desayunar también.

Llegó casi media hora tarde. El bar estaba lleno, aunque todavía se podía hablar sin gritar. Sonaba música noventera y la iluminación azul de la barra era bastante generosa con las caras.

C. la abrazó al verla.

—¡Has venido!

—Había confirmado.

—Tú confirmas muchas cosas.

Estaban R., una compañera del trabajo, varios amigos conocidos y otras personas cuyos nombres Sabina perdió casi inmediatamente. Alguien le puso una copa en la mano.

—¿Esto qué es?

—Gin-tonic.

—¿Mío?

—Ahora sí.

C. apareció después con una bandeja de chupitos.

—Ni se te ocurra decir «como cuando éramos jóvenes» —dijo Sabina.

—Como cuando éramos más jóvenes.

—Peor.

Sal, tequila, limón. Sabina hizo una mueca.

—¿Por qué bebíamos esto voluntariamente?

R. levantó su vaso vacío.

—Porque costaba menos que una copa.

—Eso explica media generación.

La noche siguió. Sabina bebió una copa, luego otra, discutió con R. sobre una película y ayudó a una mujer a buscar un abrigo que finalmente llevaba puesto.

A las once y media empezó una canción que C. consideró «la suya».

—No tenemos canción.

—¡Ahora sí!

Treinta segundos después Sabina estaba bailando. No especialmente bien. C. tampoco.

R. grabó un poco con el móvil.

—Como eso aparezca en algún sitio, te denuncio.

—Tengo pruebas de consentimiento.

—Eso no funciona así.

Siguió bailando.

Más tarde apareció otra ronda de chupitos. Sabina cogió uno, lo miró y se lo bebió. No ocurrió nada. Después pidió agua porque tenía sed.

A medianoche estaba alegremente borracha y mandó a M. una fotografía de C. con una corona de papel torcida.

¿Estáis borrachas? respondió M.

Cumpleaños.

Eso no responde.

Sabina guardó el móvil.

Pasada la una alguien propuso cambiar de sitio. Varias personas empezaron a recoger abrigos.

—¿Vienes? —preguntó R.

Sabina miró la hora. Estaba un poco borracha, bastante cansada y todavía divertida.

—Creo que no.

—Yo sí.

—Ve.

—Eso pensaba hacer.

—Qué poco caballeroso.

Buscó a C.

—Yo me voy.

—¿Ya?

—Son casi las dos.

—Eso no es una hora.

—Es literalmente una hora.

C. la agarró por los brazos.

—¿Te lo has pasado bien?

Sabina la miró, sudorosa y con el pintalabios desaparecido.

—Sí.

—¿Bien de verdad o bien de Sabina diciendo que bien para irse?

—Bien de verdad.

C. la abrazó.

A la mañana siguiente abrió los ojos con la boca seca y un dolor de cabeza pequeño pero indiscutible.

Buscó el móvil. Estaba en la mesilla y tenía cincuenta y dos mensajes. Durante un segundo apareció una aprensión antigua, pero el grupo estaba lleno de fotografías y vídeos de la noche.

En una foto, Sabina y C. estaban en mitad de la pista. C. tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Sabina aparecía despeinada, con un brazo levantado y una expresión de concentración feroz.

La amplió.

—Madre mía.

La envió al grupo.

Quemad esto.

C. respondió casi inmediatamente:

JAMÁS.

R. añadió:

Ya está enmarcada.

Te odio.

Eso dijiste anoche y luego me abrazaste.

No recordaba haber abrazado a R.