En tu casa o en Sabina 13. Alivio de luto #2
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13. Alivio de luto #2

—Es solo un día —dijo M.

—Me preparo psicológicamente para ser «la de Madrid».

—Podría ser peor. Podrías ser la divorciada.

—Buen punto.

La casa estaba llena. Niños por el pasillo, voces desde la cocina, los mayores cerca del televisor y el cumpleañero en el centro del salón recibiendo abrazos.

—¡Las madrileñas! —gritó al verlas.

—Una madrileña y una infiltrada —dijo M.

Sabina hizo la ronda de besos. Una tía le agarró las manos.

—Estás más delgada.

—No creo.

—Pues más joven. Madrid te conserva.

—Entre contaminación.

La tía se rio y pasó a otra cosa.

Llegaron las preguntas conocidas.

—¿Sigues en la misma empresa?

—Sí.

—¿Y qué haces exactamente?

—Depende del día.

M. intervino desde detrás:

—Yo digo que hace reuniones.

—Principalmente.

Más tarde, mientras colocaban fuentes en la mesa, otra tía preguntó:

—¿Y tú no traes a nadie nunca?

—Hoy he traído hambre.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Sí.

La mujer esperó. Sabina también.

—Pues eso —dijo finalmente.

La conversación cambió porque faltaba pan.

Durante la comida alguien comentó que los que se iban a Madrid acababan olvidando de dónde eran. Sabina fue a contestar y vio a M. mirarla desde la otra punta de la mesa.

Cogió una patata de la fuente.

—Puede ser.

El tío siguió hablando de otro sobrino que llevaba dos Navidades sin aparecer. La irritación llegó, pero no duró.

Después del café, Sabina salió al patio. Una prima mayor se sentó a su lado con una taza.

—¿Qué tal Madrid?

—Bien.

—¿Volverías aquí?

—A vivir, no.

Sabina esperó alguna réplica.

—Yo tampoco —dijo la prima.

—Pero tú estás aquí.

—Ya. Me gustan muchas cosas. Mi madre cerca, mis hermanos, que los niños salgan y vuelvan solos. Y me agota que todo el mundo sepa a qué hora compro el pan.

Sabina se rio.

—Eso lo tienes difícil.

—Y el trabajo. Si no fuera por los niños, igual me habría ido hace años. Pero bueno. Cada uno acaba donde puede.

La llamaron desde dentro y se levantó. Antes de marcharse le pidió que avisara la próxima vez que fuera al pueblo, porque siempre se enteraba cuando Sabina ya se había ido.

VI

La libreta azul empezaba a no cerrar. Sabina lo comprobó un domingo por la noche, cuando intentó sujetarla con una mano mientras llevaba el té al salón.

Las tapas quedaron separadas varios centímetros por culpa de entradas, recibos, papeles doblados y cosas que había guardado porque en algún momento debieron de parecerle importantes.

—Esto ya no es una libreta. Es un trastero.

Se sentó y empezó a vaciarla. Un billete de tren cuyo viaje recordaba, una entrada de cine que no, un recibo de farmacia, una tarjeta de restaurante, un papel con un número de teléfono escrito a mano.

Lo miró.

—¿Y tú quién eres?

Nada.

Encontró el billete de Portugal. Debajo apareció el tique de las zapatillas nuevas. Lo tiró y lo recuperó inmediatamente.

—Garantía. No todo es trauma.

Fue a buscar una caja. Encontró una de cartón en el armario y volvió con ella al salón. Su primera idea fue hacer tres montones: guardar, tirar y pensar. Los separó sobre la mesa y contempló el resultado.

—Solo me faltan los semáforos.

Deshizo los montones y decidió hacerlo sin sistema.

Una entrada fue a la papelera. El billete de Portugal, a la caja. Algunas cosas seguían activando la memoria en cuanto las tocaba. Otras se habían convertido simplemente en papel. Guardó una fotografía pequeña de su padre que llevaba meses moviendo de un sitio a otro.

Cuando buscó cinta adhesiva para reforzar una esquina de la caja, abrió el cajón del salón y encontró la postal de A. La sostuvo encima de la caja. No sabía si aquello era un archivo, un lugar para cosas que ya no necesitaba tener encima o simplemente una solución para que la libreta cerrara.

Dependiendo de la definición, la postal entraba o no.

Volvió a dejarla en el cajón.

El número de teléfono desconocido seguía sobre la mesa. Lo cogió por última vez.

Nada.

Lo tiró.

—Lo siento —dijo a quienquiera que hubiera sido.

Dejó la caja en la parte baja de una estantería sin ponerle etiqueta y la libreta volvió al bolso.

VII

La frase llevaba toda la vida circulando por su familia.

—Eso ya pasó. Mejor no tocarlo.

Servía para peleas antiguas, ausencias y temporadas de su padre de las que nadie hablaba con precisión. Sabina había aprendido que ciertos temas podían romperse si una los pronunciaba.

La frase apareció otra vez un miércoles en casa de su madre. Sabina estaba poniendo la mesa cuando sacó del aparador un vaso bajo, de cristal grueso, con una línea dorada casi borrada.

—Los de arriba —dijo su madre desde la cocina—. Esos no.

Sabina reconoció el vaso. Su padre bebía whisky en ellos. Habían hablado de él en el cementerio, y en aquella paella; de esto, no.

—¿Todavía los tienes?

—Están ahí.

Sabina lo dejó sobre la mesa.

—Mamá. ¿Papá bebía mucho cuando yo era pequeña?

La cuchara dejó de golpear la cazuela.

—¿A qué viene eso ahora?

—He visto el vaso.

—Pues no empieces. Ya pasó. Mejor no tocarlo.

—No. Esta vez quiero preguntarte.

Su madre bajó el fuego.

—¿Para qué?

—Porque estaba allí.

—Tú eras una niña.

—Precisamente.

Se miraron desde extremos distintos de la cocina.

—¿Qué quieres saber?

Sabina no lo tenía preparado.

—¿Era peor de lo que yo recuerdo?

—No sé qué recuerdas.

—Días normales. Y otros en los que todos estábamos pendientes de cómo venía, de si hablaba mucho o no hablaba, de si se quedaba dormido en el sofá.

Su madre apartó la mirada.

—Sí. Bebía demasiado.

—Eso ya lo sé. Quiero saber si tú sabías que yo me daba cuenta.

La mujer se quedó quieta.

—Pensaba que no.

—Mamá.

—Eras pequeña.

—Cuando entraba por la puerta sabía cómo estaba antes de que dejara el abrigo.

Su madre se sentó. A Sabina le pareció cansada de una forma distinta.

—Yo intentaba que no os afectara.

Sabina estuvo a punto de responder pues no funcionó . No lo hizo.

—¿Por qué no hablamos entonces?

—Porque bastante teníamos entonces. Después se puso mejor por temporadas y luego murió. Y ya todo parecía una falta de respeto.

—¿Hablar de que bebía?

—Hablar mal de él.

—No es lo mismo.

—Para ti igual no.

Su madre volvió a la cazuela.

—¿Te daba miedo? —preguntó Sabina.

La mano se detuvo sobre el fuego.

—A veces.

Sabina no esperaba esa respuesta.

—¿Por qué no te fuiste?

—Porque tenía dos hijas, una casa, un trabajo a medias y un marido que unas épocas estaba bien y otras no. Porque mi madre decía que los hombres eran así. Porque yo le quería. Porque no sabía qué hacer. Elige la que quieras.

—¿Y por qué me decías que yo no me enteraba de nada?

Su madre tardó en responder.

—Porque quería que fuera verdad.

Comieron. A mitad del plato, su madre dijo:

—Tu padre te quería muchísimo.

—Ya lo sé.

—Una cosa no quita la otra.

Cuando Sabina se marchó, su madre la acompañó hasta la puerta.

—No sé para qué quieres remover ciertas cosas.

—Yo tampoco siempre.

—Hay cosas que es mejor no tocar.

Sabina se ajustó la bufanda.

—Puede ser.

VIII

El mensaje salió antes de que Sabina pudiera releerlo.

Era domingo por la mañana. El grupo familiar de WhatsApp echaba humo desde las ocho. Su madre había escrito:

Hoy comida en casa de la tía. A ver si venís de una vez las dos. No sé nada de vosotras. Al final me moriré sin veros asentadas. 😢

M. respondió con un corazón y un hoy no puedo, mamá, lo siento . Después llegaron un audio de un tío, fotos de croquetas y preguntas sobre la comida.

Sabina leyó otra vez lo de me moriré sin veros asentadas . Su primer impulso fue hacer un chiste.

Mandó:

Mamá, no digas eso, por favor. Lo de morirte sin verme casada o con hijos me hace daño y ya te lo he dicho alguna vez. Te quiero, pero no quiero seguir hablando de mi vida como si estuviera pendiente de completar algo.

El mensaje quedó en el grupo.

M.:

Te he leído en el grupo. Gracias.

Sabina respondió:

¿Por qué gracias?

Porque a mí también me pesa. Y siempre dejo que pases tú primero por el campo de minas.

Cobarde.

Práctica. Ahora apaga el móvil cinco minutos.

Sabina duró ocho.

Cuando volvió había veinticuatro mensajes. Su madre había escrito:

No hacía falta poner esto aquí. Ya sabes que yo no digo esas cosas para hacerte daño.

Después llegaron opiniones, corazones y una foto de la mesa.

Sabina abrió el chat privado con su madre.

Perdona por haberlo puesto en el grupo. Pero sí necesitaba decirlo.

No hubo respuesta hasta la tarde, cuando el teléfono sonó.

—Me ha sentado mal —dijo su madre después de hablar brevemente de la comida—. Parecía que te estuviera chantajeando delante de todos.

—Entiendo que te haya sentado mal. Te he pedido perdón por ponerlo en el grupo, pero no por lo que dije.

—Yo solo quiero que seas feliz.

—Ya lo sé.

—Entonces no sé por qué conviertes todo en un problema.

—Porque cuando dices que te vas a morir sin verme casada o con hijos, parece que lo que tengo ahora no cuenta.

—Yo no he dicho eso.

—Ya. Pero yo lo siento así.

Su madre resopló.

—Es que ahora hay que medir cada palabra. Una ya no puede decir nada.

—Puedes decir cosas, mamá. Y yo también puedo decirte cuando alguna me duele.

Hubo un silencio.

—No sé qué quieres que diga.

—Nada especial.

—Pues ya está.

—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó Sabina.

—Un poco.

—Vale.

—¿Vale qué?

—Que puedes estar enfadada conmigo.

—Gracias por el permiso.

Sabina sonrió a pesar de todo.

Antes de colgar, su madre dijo:

—No quiero que pienses que estoy todo el día decepcionada contigo.

—No pienso eso todo el día.

—Muy graciosa.

IX

Intentemos ser flexibles, especialmente con quienes dependen del calendario escolar.

Así terminaba el correo sobre la cobertura de Navidad. Sabina abrió el calendario. Quería libre la última semana de diciembre. No tenía vuelo comprado ni un motivo que pudiera presentar como prioritario. C. hablaba de organizar una escapada y a Sabina le apetecía tener esos días.

Escribió:

Yo preferiría coger la última semana de diciembre. Si hay conflicto, lo vemos.

Media hora después, la compañera levantó la cabeza.

—Tú has pedido la última de diciembre, ¿no?

—Sí.

—Yo también. Mi hija no tiene clase y su padre trabaja esos días.

—Ah.

—¿Tienes algo cerrado?

—No. Pero quería esos días.