13. Alivio de luto
I
A principios de noviembre, C. le mandó una foto de un acantilado lleno de gaviotas y una frase corta:
Fin de semana largo en Portugal. ¿Te atreves a salir del perímetro Madrid-sofá-bar de siempre?
Había alcanzado una estabilidad rara en su rutina: café, trabajo con límites algo menos difusos, paseos, noches más tranquilas. Meterse en un viaje, aunque fueran tres días, le daba pereza por motivos que no sabía explicar. Miró otra vez la foto y escribió simplemente:
Vamos.
La ciudad las recibió con luz blanca y pájaros por todas partes. Gaviotas sobre el agua, palomas disputándose migas, grupos pequeños que cruzaban el cielo sin demasiada disciplina.
—Esto parece una convención de plumas —dijo C.—. Tus colegas.
—No empieces.
—No he empezado nada. Todavía.
Se apoyaron un rato en el puente antes de buscar dónde desayunar. C. eligió una terraza al sol y pidió una cantidad de bollería que calificó de «desayuno obsceno». Sabina tomó café, miró a la gente pasar y, en algún momento, se dio cuenta de algo raro.
No había pensado en A.
La constatación duró poco. Ni siquiera era completamente cierta: pensar que no había pensado en él ya era, técnicamente, pensar en él. Aun así, le sorprendió que la mañana hubiera llegado hasta allí sin comparaciones, recuerdos ni ganas de contarle dónde estaba.
—¿Qué? —preguntó C.
—Nada.
—Has puesto cara de tener una revelación.
—Era una revelación bastante mediocre.
—Las mejores.
No se la explicó.
Pasaron el día andando. Entraron en una librería, se perdieron buscando una calle que resultó estar dos calles más abajo y discutieron durante veinte minutos sobre si una cuesta merecía la pena. Por la tarde C. volvió al alojamiento a dormir un rato y Sabina salió sola.
En la cena, C. le preguntó por A. mientras partía un trozo de pan.
—¿Le has escrito?
—No.
—¿Te han entrado ganas?
Sabina lo pensó.
—Alguna vez.
—¿Y ahora?
—Ahora no.
—Entonces no lo hagas.
—Qué profundidad.
—He venido a Portugal a descansar de ti.
II
Volvió de Portugal con los pies reventados. Tres días de cuestas, adoquines y la brillante decisión de viajar con unas zapatillas viejas «porque son cómodas» terminaron en una ampolla enorme en el pie derecho.
La noche del domingo se puso una tirita de mala manera y se acostó. El lunes, cuando comprobó que caminar hasta el trabajo era una idea estúpida, tomó el autobús.
La compañera de la mesa de enfrente miró sus zapatillas al verla llegar.
—¿Sigues usando esas reliquias?
—Han dado servicio a esta empresa durante años.
—Pues jubílalas antes de que te jubilen ellas a ti.
A media mañana el jefe la llamó a una reunión.
La rotación interna se había resuelto durante su baja y la plaza había ido a otra persona.
Cuando leyó el correo, Sabina había querido preguntar si su ausencia había influido.
Llegó a abrir una respuesta, pero no supo cómo formularlo y la dejó sin enviar.
Todavía le fastidiaba pensar en los meses que había pasado pendiente de aquella plaza.
Ahora había un proyecto nuevo con bastante visibilidad, contacto con otros equipos y una presentación final a dirección. Sabina lo quiso antes de terminar de escuchar la explicación, lo que complicaba las cosas.
—Había pensado en ti para liderarlo —dijo él—. Encaja mucho con tu experiencia.
—¿Y qué sale?
El jefe parpadeó.
—¿Qué quieres decir?
—Si entra esto, ¿qué dejo de hacer?
Hubo una pausa.
—Podemos revisar carga —dijo él.
—Revisémosla ahora.
Abrieron el calendario. Sabina propuso dejar el seguimiento de uno de los proyectos existentes y salir de dos reuniones operativas semanales. El jefe discutió una de las reuniones, aceptó la otra y terminó asignando el seguimiento a otra persona.
—Entonces, ¿sí? —preguntó.
Sabina miró de nuevo la descripción del proyecto.
—Sí.
Y le apetecía decirlo.
Por la tarde tenía terapia. Llegó cojeando ligeramente y T. miró su pie antes de que Sabina terminara de sentarse.
—No me preguntes.
—¿Tienes una ampolla?
Sabina le contó lo del proyecto nuevo.
—¿Lo querías?
—Mucho.
—Eso importa.
Después hablaron de otra cosa.
Al día siguiente compró unas zapatillas blancas nuevas. En casa las dejó junto a las antiguas y las comparó.
—Madre mía.
Las viejas acabaron junto a la bolsa de basura.
Mientras redactaba un correo que nadie esperaba hasta el día siguiente, el pie empezó a molestarle. Terminó la frase, comprobó que no había ningún mensaje urgente y guardó el correo como borrador.
III
La compañera llegó tarde un miércoles y con los ojos hinchados. Dejó el bolso, encendió el ordenador y se quedó mirando la pantalla sin teclear.
—Ay.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Has dicho «ay».
—Es casi nada.
Un rato después recibió un mensaje interno.
¿Tienes cinco minutos?
Fueron a la cocina. La compañera se sirvió agua y tardó un poco en empezar.
—Otra bronca. La misma de siempre, pero con decorado nuevo.
—¿Con tu pareja?
Asintió.
—Al final siempre acabo pidiendo perdón yo. Ayer ni siquiera sabía muy bien por qué. Él dice que me tomo todo demasiado en serio, mi madre dice que todos los matrimonios son difíciles y que a estas alturas tampoco voy a empezar de cero.
Bajó la voz antes de añadir que su hija adolescente había escuchado parte de la discusión desde el pasillo. Por la mañana le había preguntado por qué era siempre ella la que acababa disculpándose. Aquello, dijo, le había dolido más que la bronca.
Sabina apoyó la espalda en la encimera.
—¿Quieres dejarlo?
—No sé.
Se quedaron calladas unos segundos.
—¿Tú qué harías? —preguntó la compañera.
Sabina miró el reloj.
—Tendríamos que volver.
—Vale. No contestes.
La compañera bebió agua.
—Tú ahora lo tienes todo como más claro.
—Tú me ves de nueve a seis.
Después añadió, sin saber si servía de algo:
—Yo tardé bastante en distinguir entre una relación difícil y una relación en la que estaba hecha polvo casi todo el tiempo. Pero esa era la mía. No sé si es la tuya.
Volvieron a sus mesas.
El viernes, después del trabajo, salieron con otros compañeros. Sabina avisó al pedir la primera bebida:
—Un rato. Luego me voy, que estoy muerta.
Más tarde, cuando parte del grupo ya se había ido, la compañera volvió al asunto.
—Sigo pensando que igual exagero.
Sabina dejó el vaso sobre la mesa.
—No sé si exageras. Pero llevas toda la semana intentando convencerme de que no estás tan mal y tienes una cara horrible.
—Gracias.
—Para eso están las amigas de oficina.
La otra sonrió sin demasiadas ganas.
—Ojalá alguien me dijera qué hacer.
—Yo también he querido eso muchas veces.
Sabina miró la hora.
—Me voy, que mañana madrugo.
Pidieron la cuenta y salieron juntas. En la esquina se separaron sin volver a hablar del tema.
Varias semanas después, Sabina recibió un mensaje cerca de las siete de la mañana.
Ayer dormí en el sofá. No es gran cosa. Solo necesitaba no seguir discutiendo. No sé qué va a pasar. Quería decírtelo.
Sabina respondió:
¿Estás bien esta mañana?
La respuesta llegó mientras buscaba qué ponerse.
Sí. Cansada. Pero sí.
Sabina escribió:
Vale. Nos vemos luego.
IV
Un sobre pequeño, sin remitente, con su nombre escrito a mano.
Reconoció la letra antes de terminar de sacarlo del buzón.
A.
Subió sin abrirlo. En casa dejó el bolso, el abrigo y el sobre en la mesa, fue a la cocina y bebió agua.
—Claro —murmuró—. El universo creativo con la paquetería.
Lo abrió.
Era una postal de una ciudad costera. En el reverso, cuatro líneas:
Estoy unos días aquí por trabajo. Vi esta postal y me acordé de ti. Espero que estés bien. A.
El primer impulso fue coger el móvil y responder algo sencillo, lo bastante educado para no significar nada y lo bastante abierto para permitir que significara algo si él quería.
No lo hizo.
Cenó viendo un concurso y durante los anuncios miró varias veces hacia la mesa. Mandó un audio a C.
—A. me ha enviado una postal.
La respuesta llegó enseguida.
¿Una postal postal? ¿Con sello y todo?
—Analógica. Estamos retrocediendo tecnológicamente.
Después de leerle el mensaje, C. preguntó:
¿Y tú qué quieres hacer?
Sabina miró la postal desde el sofá.
—No tengo ni idea.
Pues hoy nada, jefa de aduanas.
—Muy elaborado.
Estoy dando lo mejor de mí.
Aquella noche dejó la postal donde estaba y no respondió.
Al día siguiente se despertó pensando en ella. Le gustaba que A. se hubiera acordado de ella, y admitirlo le produjo cierta irritación. Durante el trayecto al trabajo abrió el chat con él y lo tuvo abierto hasta su parada.
En el trabajo pasó varias horas sin pensar en A. Después recordó de golpe una noche cualquiera con él, los dos discutiendo qué pedir para cenar mientras él abría armarios como si la solución pudiera aparecer dentro. El recuerdo llegó completo y se fue casi enseguida.
En casa, metió la postal en un cajón porque necesitaba despejar la mesa. Lo abrió otra vez, la miró y volvió a cerrarlo.
—Decide tú.
Cuando se vio con C., su amiga preguntó por la «correspondencia internacional».
—En un cajón.
—¿Has contestado?
—No.
—¿Has decidido no contestar?
—Tampoco.
—Administración impecable.
—Estoy creando una burocracia emocional.
—Siempre has tenido vocación funcionarial.
Sabina rio. Luego admitió que le había gustado recibirla.
—Una parte de mí piensa que debería darme igual.
—¿Por qué?
—No sé.
No siguieron por ahí.
Pasó el fin de semana. Sabina recordó que durante meses también ella había mantenido hilos: alguna visita al perfil de A., canciones compartidas, fotos antiguas, una noche con un mensaje escrito que nunca envió.
Aproximadamente una semana después, buscaba un cargador. Abrió el cajón, apartó pilas, recibos y un manual de instrucciones y encontró la postal. La cogió. Todavía le removía algo, aunque le costó recuperar la intensidad exacta con la que había reconocido el sobre.
La dejó donde estaba y siguió buscando. El cargador estaba al fondo, enredado con unos auriculares.
V
Habían ido porque tocaba: cumpleaños redondo de uno de los tíos, reunión de clan y fotografía familiar garantizada.
M. conducía. Sabina miraba por la ventanilla cómo la autovía se convertía poco a poco en campos y naves dispersas.