En tu casa o en Sabina 12. Dímelo en la calle #7
82%

12. Dímelo en la calle #7

Sabina dejó el tenedor.

—Yo también soy de familia.

—Ya me entiendes.

—Más o menos.

—A ti estas cosas te cansan.

—Algunas.

—Pues eso.

—Eso sí.

Su madre volvió a intervenir.

—Es que siempre te lo tomas todo muy a pecho.

—No me lo estoy tomando a pecho. He preguntado qué quería decir.

—Porque no puedes dejar pasar una.

M. levantó entonces la cabeza.

—Mamá, tampoco está montando una manifestación. Se está comiendo una croqueta y preguntando una cosa.

El tío soltó una carcajada.

—De verdad, qué familia.

—¿Ves? —dijo la madre—. Al final acabamos todos discutiendo por una tontería.

Ya no tenía ninguna pregunta más. Su tío pensaba que era distinta. Probablemente lo llevaba pensando treinta años y no iba a resolverlo entre el segundo plato y el postre.

—¿Queda ensalada? —preguntó.

M. le pasó la fuente y la conversación se desplazó por fin hacia el partido, una avería y un crucero. Sabina participó cuando tuvo algo que decir, se rio un par de veces y se aburrió bastante.

Después del café, Sabina empezó a recoger platos con M. Entraron en la cocina.

—Te has quedado a gusto —dijo M., abriendo el lavavajillas.

—Solo he preguntado.

Sabina dejó dos platos en la encimera.

—¿Tú también crees que soy distinta?

M. la miró.

—Sí.

—Qué rapidez.

—¿Querías que mintiera?

—Podías haberlo decorado un poco.

M. colocó los cubiertos en la bandeja.

—Eres distinta de tío en muchas cosas. Y de mamá. Y de mí.

—Qué consuelo.

—Yo también soy distinta de ti. Por ejemplo, yo no habría preguntado.

—Eso lo sé.

—Habría pensado que tío es un pesado y seguiría comiendo.

—Método eficiente.

—Muchísimo.

M. cerró el lavavajillas.

—También eres bastante rara a veces.

Sabina la miró.

—Gracias.

—De nada.

—Tú guardas bolsas dentro de otras bolsas.

—Eso es organización.

M. cogió la bandeja de vasos.

—Además, tío tampoco es precisamente la definición de normalidad.

—Se lo diré.

—Ni se te ocurra. Quiero terminar el café en paz.

Volvieron al salón. La sobremesa se alargó otra hora. Cuando Sabina se levantó para marcharse, su madre protestó solo lo imprescindible.

—¿Ya?

—Ya.

—Si no es tan tarde.

—Para mí sí.

Se puso el abrigo. Su tío estaba junto a la puerta.

—Bueno, sobrina. No te enfades conmigo.

—No estoy enfadada.

—Ya sabes que tú y yo somos distintos.

Sabina se quedó un segundo mirándolo. Buscó algo brillante que responder. No se le ocurrió nada.

—Sí.

Le dio dos besos.

—Nos vemos.

—A ver si vienes al cumpleaños.

—No prometo nada.

—Ya me parecía.

XV

Las banderas habían aparecido en septiembre.

Primero aparecieron dos banderas en el portal de enfrente, luego otra en la panadería, una más en la ventanilla de un taxi.

Poco después, alguien desplegó una tan grande en el edificio de la esquina que Sabina tuvo durante días la sensación de vivir frente a una embajada.

La veía al volver a casa. Debajo solía asomarse un perro que bostezaba mientras la tela se agitaba sobre su cabeza.

Una tarde, tomando café con C., la señaló.

—Este año vienen fuertes.

C. miró hacia la ventana.

—El perro parece menos comprometido.

—El perro tiene criterio.

Sabina no sabía exactamente por qué aquella proliferación le producía rechazo y curiosidad a partes iguales. C. preguntó si ella pondría una bandera en el balcón.

—Una bandera no.

—Yo tampoco. Hay que plancharlas y todo.

La conversación terminó ahí.

El doce de octubre Sabina había ido a comer a casa de su madre y encontrado el desfile en la televisión.

—Mira qué bien van —dijo su madre.

—Hola a ti también.

—Hola. Mira, mira.

—Estoy mirando.

—No, estás poniendo cara.

—Es mi cara normal.

Su madre aseguró que de pequeña todo aquello le encantaba: los partidos, las banderas, salir a la calle cuando ganaba la selección. Sabina negó hasta que la mujer desapareció por el pasillo y volvió con una bolsa de plástico llena de recuerdos. Sacó una banderita pequeña y descolorida.

—Esta era tuya.

—Ni de coña.

—Mira detrás.

En una esquina ponía SABINA con rotulador negro.

Le llegaron imágenes sueltas: un verano, coches tocando el claxon, gente asomada a las ventanillas, ella caminando con amigos entre ruido. No recordaba el resultado del partido. Sí recordaba habérselo pasado bien.

—Qué decepción —dijo—. Pensaba que había tenido una juventud más sofisticada.

—Tú nunca has sido sofisticada.

—Gracias.

Unos días después C. propuso ver un partido de la selección en un bar.

—No me interesa.

—Perfecto. Entonces vienes. Va R. y hay croquetas.

Sabina fue.

Durante veinte minutos mantuvo una indiferencia razonable. Después protestó por una decisión arbitral.

R. giró lentamente la cabeza.

—¿Qué? —preguntó Sabina.

—Nada.

Cuando llegó el gol, Sabina se puso de pie al mismo tiempo que el resto del bar. Un segundo estaba sentada y al siguiente gritaba con los brazos levantados mientras C. la agarraba por un hombro y le plantaba un beso en la mejilla.

Al volver a sentarse, R. seguía mirándola.

—Ni una palabra.

—Neurológico —dijo él.

—Exacto.

—Nada que ver con emociones colectivas.

Sabina le señaló con una croqueta.

—Estás a una frase de perder un ojo.