En tu casa o en Sabina 12. Dímelo en la calle #6
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12. Dímelo en la calle #6

Volvieron a reírse y siguieron un rato. Sabina estuvo cerca del orgasmo, o creyó estarlo. Después perdió el hilo, volvió y lo perdió otra vez. Notó que empezaba a perseguirlo, a intentar conseguirlo porque, después de todo aquello, parecía absurdo no llegar.

Entonces se quedó quieta.

—Ya está.

Él apartó la mano.

—¿Has llegado?

Sabina negó con la cabeza.

—No.

—¿Quieres que sigamos?

Comprobó la respuesta antes de darla. Ya no tenía ganas y no estaba frustrada.

—No. Ahora no.

—¿Seguro?

—Sí.

Él se tumbó a su lado. Sabina miró el techo.

—Esto es bastante menos intuitivo de lo que parecía.

—Yo estoy agotado de recibir instrucciones.

Ella le dio un golpe suave en el brazo.

—Pobrecito.

—¿Quieres que me vaya?

Sabina lo pensó con la misma atención.

—Quédate un rato.

XII

Aquella mañana, una compañera se acercó a su mesa con el móvil en la mano.

—Mira esto.

Sabina se echó hacia atrás.

—Horóscopo anual.

—Peor.

La compañera ignoró el comentario.

—Escucha: «Los próximos meses traerán una revolución en tu vida sentimental. El universo te empujará hacia encuentros inesperados».

Sabina miró la pantalla.

—¿Sabe el universo que tengo reuniones hasta las seis?

—No seas rancia. «Debes permanecer atenta a las señales».

—Perfecto. ¿Incluyen señales de tráfico? Esas se me dan mejor.

La mujer se rio.

—Ya me contarás cuando aparezca alguien.

—Como aparezca otro aprendizaje sentimental, denuncio al universo por acoso.

A media tarde ya había olvidado la conversación.

Salió de la oficina tarde. Estaba cansada y tenía pocas ganas de cocinar, así que decidió pasar por el supermercado antes de volver a casa.

El metro llevaba dos paradas cuando se detuvo.

Pasó un minuto, después otro. La megafonía soltó un ruido incomprensible y finalmente una voz anunció una incidencia y recomendó utilizar transportes alternativos.

—Claro.

En la siguiente estación hicieron bajar a todo el mundo. Sabina salió a la calle bastante lejos de casa, aunque no tanto como para ponerse a buscar autobuses. Miró el mapa del móvil: treinta y cinco minutos andando.

—Estupendo.

No conocía demasiado aquella zona. A los diez minutos empezó a lloviznar y Sabina se refugió bajo el toldo de una tienda cerrada.

Fue entonces cuando vio el cartel pegado en la puerta de un pequeño centro cultural.

HOY — 19:30 LECTURA Y CONVERSACIÓN «FUERA DE CAMPO» Entrada libre hasta completar aforo

Faltaban unos minutos para empezar.

—No me jodas.

Oía a su compañera desde kilómetros de distancia. El universo te empujará.

La lluvia empezaba a caer con algo más de decisión. Empujó la puerta.

En el vestíbulo había una mujer detrás de una mesa y una fila de sillas plegables al fondo.

—¿Para la lectura?

—Sí.

—Están empezando. Pasa, pasa.

Quedaban dos asientos libres en la última fila. Sabina se sentó junto a un hombre que sujetaba un ejemplar lleno de pósits de colores. En el escenario, una mujer de pelo corto hablaba por un micrófono.

—…y por eso el libro está lleno de personajes que recuerdan las mismas cosas de manera distinta.

Sabina se acomodó. Venga. A ver qué quiere decirme hoy el cosmos.

Los primeros cinco minutos estuvieron bien. La autora contó una anécdota sobre haberse matriculado por error en una asignatura que terminó cambiándole la carrera. Después leyó un fragmento de su libro.

A los diez minutos Sabina empezó a sospechar que aquello iba a ser largo. A los veinte tuvo la certeza. La moderadora hacía preguntas de ocho minutos y la autora respondía durante doce. El hombre de los pósits asentía con entusiasmo ante prácticamente todo.

—Los recuerdos nunca llegan ordenados —dijo la autora—. Uno escribe también para decidir qué deja fuera.

El vecino de Sabina murmuró:

—Totalmente.

Miró discretamente el móvil.

La autora empezó a leer otro fragmento. En la quinta página seguía con la misma anécdota familiar.

Sabina cogió el bolso. El hombre de los pósits la miró. Ella sonrió con educación y salió por la puerta del fondo.

—¿Todo bien? —preguntó la mujer de recepción.

—Sí.

Sabina se puso el abrigo.

—¿No te ha gustado?

—No mucho.

La mujer sonrió.

—Bueno. Pasa.

—Pasa.

A la mañana siguiente, la compañera del horóscopo apareció por su mesa.

—¿Alguna señal?

—Ayer se estropeó el metro, empezó a llover y acabé por casualidad en una charla literaria.

Los ojos de la mujer se abrieron.

—¿Ves?

—La ponente era un coñazo.

Sabina volvió a la pantalla.

—Que el universo afine un poco más la próxima vez.

XIII

La cama de Sabina medía metro y medio, pero casi siempre le había sobrado la mitad. Un jueves por la noche, al cambiar las sábanas, reparó en ello.

Tocaba cambiar las antiguas y una de las esquinas del elástico empezaba a ceder, así que había comprado otro juego aprovechando una oferta. Gris claro, sin dibujos. Nada que hubiera elegido por entusiasmo, pero parecían suaves.

Quitó la funda del colchón, puso la bajera limpia y peleó unos minutos con el edredón. Cuando terminó, se apartó para mirar. La habitación estaba bastante ordenada: la ropa dentro del armario, los zapatos debajo de la silla, la mesilla sin vasos de agua de hacía tres días.

La cama parecía enorme. Había estado vacía muchas noches; no era eso. Su almohada estaba colocada casi pegada al borde derecho, igual que la lámpara. El cargador del móvil caía exactamente hacia ese lado. Incluso la marca del colchón parecía más pronunciada allí.

Sabina se tumbó como hacía siempre, de lado, cerca del borde, una pierna ligeramente recogida. Miró hacia la otra mitad. Había espacio para una persona entera, quizá para dos si se llevaban bien.

—Esto es ridículo.

Se deslizó hacia el centro. El gesto fue más incómodo de lo esperado. Movió la almohada y tuvo que recolocar el edredón porque estaba acostumbrada a tirar de él desde un extremo. Se tumbó boca arriba y duró así unos treinta segundos.

—Pues vaya mierda.

Giró sobre un costado. Mejor. Estiró una pierna hacia el otro lado. Mucho mejor.

Llevaba años durmiendo allí sola sin reparar en que seguía comportándose como si compartiera la cama. Dejando sitio. Protegiendo una mitad que nadie había pedido.

No siempre había sido un hueco triste. Recordaba mañanas buenas, piernas enredadas, siestas, sexo, conversaciones absurdas a oscuras, despertarse y notar el calor de otro cuerpo antes de abrir los ojos.

También recordaba codazos, ronquidos, discusiones a las tres de la mañana y aquella particular humillación de fingir que dormías porque no querías seguir hablando.

Sabina apagó la lámpara. Cerró los ojos y, a los pocos minutos, volvió a abrirlos. No tenía sueño. Se giró, cogió el móvil, miró dos mensajes y leyó una noticia que no necesitaba saber antes de dormir. Dejó el teléfono en la mesilla.

Se colocó otra vez hacia el centro. Tenía más sitio para las piernas, y eso ayudaba.

Se durmió sin saber en qué momento.

A las cuatro y treinta y seis abrió los ojos. No había pesadilla, solo estaba despierta. Permaneció quieta intentando decidir si tenía calor o frío y giró la cabeza hacia la mesilla. El móvil convertiría un despertar de diez minutos en una hora completa, pero le daba pereza estirar el brazo.

Se dio la vuelta y descubrió que en algún momento había terminado otra vez cerca del borde derecho.

—Traición.

Se desplazó unos centímetros hacia el centro, tiró del edredón y volvió a cerrar los ojos.

No se durmió enseguida. Escuchó una tubería, un coche y la tos de alguien en otro piso.

Pensó un momento en A., después en una reunión del día siguiente y, sin ninguna lógica, en si quedaba papel higiénico.

Los pensamientos fueron perdiendo forma.

Por la mañana el despertador sonó a las siete. Sabina tanteó la mesilla y lo apagó. Estaba atravesada en diagonal, con un pie fuera del edredón y la almohada bastante más abajo de donde había empezado.

La noche había sido mediocre, sin llegar a buena ni a mala.

Se levantó y se duchó.

Preparó café y tostó pan. Cuando volvió al dormitorio para hacer la cama, encontró una almohada en el suelo. La recogió, estiró las sábanas y sacudió el edredón.

Por costumbre colocó la almohada junto al borde derecho. Dio dos pasos hacia la puerta y se detuvo.

Volvió, la cogió y la movió unos treinta centímetros hacia el centro. No exactamente al medio. Lo suficiente.

XIV

La frase saltó a la mesa entre la tortilla de patata y una fuente de croquetas.

—Bueno, ya sabes… somos distintos —dijo su tío.

Estaban en una comida familiar. Alguien había preguntado si iría al cumpleaños de una prima y ella había dicho que no.

—¿Por qué no? —había insistido su madre.

—Porque no me apetece.

Nada más. Simplemente no quería pasar otro sábado en una comida que empezaría a las dos y terminaría a una hora imposible.

Su tío había sonreído entonces.

—Bueno, ya sabes… somos distintos.

La madre de Sabina puso su expresión de no empieces. Al otro extremo de la mesa, alguien intentó hablar de fútbol.

Sabina pinchó un trozo de tortilla.

—¿Distintos en qué?

El fútbol murió antes de nacer. Su tío parpadeó.

—¿Cómo?

—Que en qué somos distintos.

—No sé, mujer. En general.

—Eso es bastante amplio.

—Sabina —dijo su madre.

—¿Qué?

—Que no pasa nada.

—Ya sé que no pasa nada. Le estoy preguntando.

—Pues en que tú siempre has ido más a tu aire.

—¿Y eso es ser distinta?

—Por ejemplo.

Sabina se metió la tortilla en la boca. Esperó. Su tío también, sorprendido de que la conversación no hubiera terminado.

—Tampoco lo he dicho como algo malo —añadió.

—No he dicho que lo hayas dicho como algo malo.

—Pues ya está.

—Ya está.

Hubo un silencio extraño. La madre de Sabina repartió croquetas como si apagara un incendio.

M. seguía comiendo mientras su tío bebía vino.

—Lo que quiero decir —retomó él, quizá porque el silencio le resultaba peor que la conversación— es que nosotros somos más de familia. Tú siempre has necesitado mucho tu espacio.