En tu casa o en Sabina 12. Dímelo en la calle #5
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12. Dímelo en la calle #5

—El piloto no podemos moverlo.

—De acuerdo.

—Y la revisión lleva ya retraso.

—También.

El jefe sonrió un poco, como si estuvieran llegando juntos a una conclusión evidente.

—Por eso creo que necesitamos hacer un esfuerzo esta semana.

Sabina conocía aquella frase. El esfuerzo siempre parecía una sustancia renovable.

—Puedo hacer un esfuerzo. Lo que no puedo es tener tres prioridades a la vez.

Alguien dejó de teclear. El jefe se echó hacia atrás.

—No estamos hablando de que todo recaiga sobre ti.

Sabina señaló la tabla.

—Ahora mismo, sí.

—¿Qué propones?

—Dos opciones. Cojo el proyecto nuevo y movemos la revisión al viernes de la semana que viene. O mantenemos mis fechas actuales y este proyecto lo lleva otra persona con mi apoyo en las partes que conozco mejor.

Hubo un silencio.

—La revisión no puede irse tan tarde.

—Entonces la segunda.

El jefe frunció ligeramente el ceño.

—No sé quién más tiene ahora mismo capacidad.

Sabina miró alrededor de la mesa. Todos estaban cargados.

—Entonces no tenemos un problema de reparto. Tenemos un problema de capacidad.

El jefe la miró un segundo y abrió otra pestaña.

—Vale. Vamos a revisar cargas.

Empezaron a mover nombres y fechas. Nadie tenía realmente hueco. Un proyecto se aplazó una semana y el nuevo terminó asignado a la compañera de la mesa de enfrente, con Sabina como apoyo durante la primera semana.

La compañera no dijo nada mientras lo decidían. Solo asintió.

Cuando terminó la reunión, la gente empezó a recoger portátiles. Sabina estaba guardando el cargador cuando oyó:

—Genial.

La compañera seguía sentada.

—¿Qué?

—Nada.

El tono decía lo contrario.

—Dímelo.

La compañera soltó el aire.

—Que me cae otro proyecto encima.

—Si quieres, puedo…

Se detuvo al ver la cara de la compañera.

—¿Puedes qué?

—Puedo ayudarte con la parte de lanzamiento. Ya conozco a los equipos y te puedo pasar lo que tengo. Pero no puedo llevármelo entero.

La compañera cerró el portátil con un golpe algo más fuerte de lo necesario.

—No te estoy diciendo que tengas que hacerlo. Solo estoy hasta arriba.

—Yo también.

La respuesta dejó un silencio poco cómodo.

—Luego me mandas lo que tengas.

—Sí.

La compañera se marchó. Sabina se quedó sola un momento en la sala. Había conseguido lo que necesitaba y una compañera acababa de salir enfadada. Habría sido más sencillo aceptar el proyecto. No mejor.

A media tarde recibió un correo del jefe.

Equipo,

Confirmamos los ajustes acordados esta mañana:

— Proyecto A: se mantiene fecha. — Proyecto B: entrega aplazada una semana. — Proyecto C: reasignado, con apoyo inicial de Sabina.

Gracias a todos por la flexibilidad.

Flexibilidad.

La compañera trabajaba con los auriculares puestos.

Sabina abrió un mensaje y escribió:

Te paso ahora el histórico del proyecto y los contactos. Si quieres, mañana vemos juntas el arranque media hora.

La compañera tardó unos minutos en responder: Vale. Gracias.

X

El sueño se repetía desde hacía semanas.

Sabina caminaba por una playa sin mar, una extensión de arena que parecía no acabarse nunca.

Al principio avanzaba sin dificultad, pero después el suelo cedía.

Un pie se hundía hasta el tobillo, luego el otro.

Cuando intentaba volver sobre sus pasos no encontraba huellas.

Entonces empezaba el miedo. Cuanto más deprisa trataba de moverse, más se hundía: rodillas, muslos, cintura. Gritaba y no salía voz.

Siempre se despertaba ahí.

Aquella noche abrió los ojos de golpe, con la camiseta pegada a la espalda.

—Otra vez.

Se sentó en el borde de la cama, bebió agua directamente de la botella de la mesilla y esperó a que el corazón bajara un poco. Tardó más de una hora en volver a dormirse.

El sábado no tenía ningún plan. No había sucedido por accidente: durante la semana había rechazado una cena numerosa, una invitación de última hora a un bar y una propuesta de un hombre al que apenas conocía para tomar algo.

Por la noche le pareció una decisión excelente. Había cenado temprano y tenía una serie preparada. Más tarde ya miraba más el móvil que la pantalla.

Abrió el chat con C. y escribió: ¿Qué haces?

La respuesta tardó unos minutos: En casa de mi hermana. Cumple del pequeño. Hay seis niños corriendo y creo que uno ni siquiera es de la fiesta. ¿Todo bien?

Sí. Noche tonta.

C. respondió:

Te llamo mañana, ¿vale?

Vale.

Sabina sintió una irritación absurda, no contra C. exactamente, sino contra la hermana, el cumpleaños, los seis niños y cualquier persona que tuviera una casa llena un sábado por la noche.

Puso otro capítulo. Se hizo un bocadillo de queso. Sacó el vino de la nevera, miró la botella y la guardó. Esa noche no quería añadir alcohol a lo que ya tenía en la cabeza.

Siguió despierta. Entró en Instagram, aunque no buscó a A. Miró vídeos estúpidos hasta que se le empezaron a cerrar los ojos y se durmió en el sofá con la televisión encendida.

El domingo, a media tarde, le escribió R.: ¿Sigues viva? Te mandé ayer la canción y ni la has insultado.

Sabina contestó: Viva. Fin de semana vegetal.

R. respondió con un emoji de brócoli. Dejó el teléfono.

Se puso a llorar sin que hubiera ocurrido nada antes. No llegó ningún mensaje ni recordó ninguna fecha. Estaba sentada en el sofá y, de pronto, tenía la cara mojada. Lloró durante un rato, se secó con la manga y después paró.

Se duchó porque al día siguiente trabajaba. Cenó una tortilla francesa.

Antes de acostarse vio que C. le había escrito.

He sobrevivido al cumpleaños. Mañana te llamo.

Sabina respondió: Yo también he sobrevivido al mío y ni siquiera era mi cumpleaños.

C. mandó una carcajada.

La casa estaba desordenada. Sabina pensó en recoger y lo dejó para la mañana siguiente.

El lunes, cuando sonó el despertador, cerró los ojos otra vez. Tenía el cuerpo pesado y una presión incómoda en el pecho que reconocía enseguida. Pensó en llamar al trabajo y pedir un día, pero al final se levantó.

Seguía cansada. Seguía triste. Bajó en el ascensor y salió a la calle.

Dos noches después volvió a soñar con la playa. La misma arena, el mismo suelo cediendo, el mismo intento inútil de regresar. Cuando la arena le llegó a la cintura, despertó.

Sabina fue a la cocina, bebió un vaso de agua y volvió a acostarse. El despertador sonaría en dos horas.

XI

Había una frase que siempre le había hecho gracia y rabia a partes iguales.

—Uf… ya he eyaculado.

Ese ya. Como quien anuncia que ha terminado un examen, ha enviado un informe o ha conseguido aparcar.

Sabina llevaba media vida escuchando versiones distintas de la misma frase. A veces ni siquiera hacía falta decirla. Bastaban ciertos movimientos posteriores: dejarse caer, buscar un pañuelo, ponerse boca arriba, alcanzar el móvil, preguntar qué hora era.

Sabina había tenido buen sexo, había disfrutado y tomado la iniciativa. No necesitaba reconstruir su pasado como una tragedia. Pero a menudo el orgasmo de él había funcionado como un punto final indiscutible.

Pensó en ello cuando volvió a quedar con el hombre con el que se veía de vez en cuando.

No se veían desde aquella noche en que Sabina había parado en mitad del sexo y él se había vestido sin convertirlo en una ofensa personal.

No habían hecho ningún análisis posterior, solo un par de mensajes y una broma. Después él escribió un jueves:

¿Cena algún día? Prometo recoger mi camiseta.

Sabina respondió: Eso quiero verlo.

Quedaron el sábado. Pidieron comida y cenaron en casa de Sabina porque fuera hacía un frío desagradable. Él llegó con una botella de vino y dejó los zapatos cuidadosamente junto a la puerta.

—Estoy creciendo como persona —anunció.

—No nos precipitemos.

Hablaron mientras comían. Su nuevo jefe seguía empeñado en sacar a todo el mundo de la zona de confort. Sabina le contó la redistribución de trabajo de aquella semana.

—¿Y te hicieron caso?

—Más o menos.

—En empresa, eso equivale a victoria.

—En empresa, eso equivale a un correo diciendo «gracias por la flexibilidad».

Él soltó una carcajada. Después recogieron la mesa entre los dos. Sabina estaba guardando los platos cuando él se acercó por detrás y le besó el cuello. Ella se giró.

—Hola.

—Hola.

Lo besó. Le apetecía mucho.

Fueron al dormitorio. No hubo prisa al principio, quizá porque los dos recordaban la última vez o porque aquella noche estaban simplemente más cómodos. Le gustaba que él la tocara y tocarlo. Cuando algo no terminaba de encajar, movía una mano o cambiaba de postura.

En un momento él preguntó:

—¿Así?

—Un poco más despacio.

Lo hizo.

—¿Así?

—Sí.

Sabina casi se rio.

Más tarde notó el cambio en la respiración de él. Reconocía aquella secuencia: el ritmo acelerado, la concentración, ese segundo en que el resto de la habitación desaparecía.

Él llegó al orgasmo, se quedó quieto y respiró.

—Joder.

Él se dejó caer a su lado y alargó la mano hacia la mesilla. Ahí estaba el movimiento de siempre. No tenía nada de malo, solo que Sabina todavía estaba excitada. Mucho.

Esperó. El antiguo automatismo seguía allí: beso, baño y fin de la escena.

—Espera.

Se volvió.

—¿Qué pasa?

—Nada. Es que… yo quiero seguir.

Él tardó un segundo en entenderla.

—Ah.

—Has puesto cara de examen sorpresa.

Él se echó a reír.

—Vale. ¿Qué hago?

—No sé.

—Buen comienzo.

—No me presiones, que esto es innovación.

Él empezó a tocarla.

—No. Espera.

Se detuvo.

—¿Ves? Ya estamos.

—Tú dirige.

—Eso es mucha responsabilidad.

—Pues improvisamos.

Lo intentaron. No fue especialmente elegante y Sabina acabó cogiéndole la mano para colocarla donde quería.

—Aquí. Y no hagas nada raro.

—Mi especialidad.

Durante un rato dejó de pensar. Después volvió a cambiar algo. Él siguió sus indicaciones con una concentración ligeramente excesiva.

—No hace falta que pongas cara de artificiero.

—Me estás poniendo muchas condiciones.

Sabina abrió los ojos. Él sonreía.

—Te puedes ir cuando quieras.

—Ni de coña. Ahora quiero saber cómo termina esto.

—Ese es precisamente el problema.