En tu casa o en Sabina 12. Dímelo en la calle #4
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12. Dímelo en la calle #4

Sabina eligió una mesa junto a la pared.

Sacó el móvil, comprobó un correo y lo guardó.

El café llegó en una taza blanca bastante gruesa.

La tostada estaba cortada en dos, con la mantequilla derritiéndose por los bordes.

No era especialmente bueno, pero tampoco estaba mal.

Sabina desayunó mirando cómo entraba y salía gente.

Un hombre con ropa de trabajo pidió un café solo y se lo bebió de pie.

Una mujer mayor apareció con un carrito de la compra.

—Lo de siempre —dijo.

El camarero ya estaba preparando una taza.

Sabina miró el reloj. Todavía tenía tiempo. Fue quizá eso lo que más le gustó.

Volvió dos días después, ya sin lluvia. La semana siguiente entró otras dos veces.

No tomó la decisión de convertirlo en costumbre.

Simplemente, una mañana le apeteció tostada, otra había salido antes de la cuenta y el viernes necesitaba diez minutos antes de entrar en la oficina en un lugar donde nadie iba a preguntarle nada.

Al cabo de un tiempo empezó a reconocer a algunas personas.

El señor del periódico llegaba casi siempre antes que ella.

La mujer del carrito utilizaba sacarina y se quejaba del café mientras esperaba a que se enfriara.

Un repartidor joven pedía dos tostadas y hacía siempre el mismo comentario sobre que aquella era su primera comida del día, aunque fueran las diez y media.

Sabina no sabía cómo se llamaba ninguno. Ellos tampoco sabían cómo se llamaba ella.

Una mañana entró con el móvil pegado a la oreja.

—Sí, ya lo sé, pero si lo cambiamos ahora hay que rehacer media presentación. No te estoy diciendo que no se haga. Te estoy diciendo que hoy no puedo.

Se sentó sin quitarse el abrigo. El camarero dejó el café delante de ella y Sabina levantó un dedo para darle las gracias sin interrumpir la conversación.

—Mañana lo vemos. Hoy no.

Colgó. Había tardado toda la llamada en darse cuenta de que tenía la mandíbula apretada.

—¿Tostada? —preguntó el camarero.

—Sí.

La observó un segundo.

—¿Una o dos?

—Dos.

—Eso pensaba.

Sabina siguió comiendo.

Otro día llegó más tarde de lo habitual. El señor del periódico ya no estaba y su mesa de siempre estaba ocupada por dos mujeres que hablaban muy alto sobre una reforma. El camarero señaló otra.

—Hoy te han quitado el sitio.

—Veo.

Sabina se sentó. Desde allí la televisión se veía peor y entraba una corriente ligera cada vez que alguien abría la puerta. A mitad del café apareció la mujer del carrito.

—Uy, estás en mi sitio.

Sabina levantó la taza.

—Hoy estamos todos descolocados.

La mujer se rio y se sentó en otra mesa.

Poco a poco empezaron a intercambiar saludos. Nada parecido a una amistad. Buenos días. Qué frío. Hoy vienes tarde. Metro. Ya.

Hubo también mañanas en que no quería estar allí. Una vez entró y había seis personas de pie en la barra hablando a voces. La televisión estaba a todo volumen y alguien había dejado abierta la puerta. Pidió el café para llevar y se marchó. Otro día la tostada salió quemada.

—Esto es incomible.

El camarero la miró.

—Tienes razón.

Se la cambió.

También hubo una mañana en la que él estaba de mal humor, respondía con monosílabos y golpeaba los platos un poco más de la cuenta. Tardó tanto en servirla que Sabina acabó mirando el reloj tres veces.

—Hoy vais rápidos —comentó cuando por fin llegó el café.

—Hoy vamos como podemos.

—Justo.

Bebió deprisa y se fue.

Unas semanas después ya no necesitaba pedir. Entró, se quitó el abrigo y dejó la mochila junto a una mesa libre. El camarero estaba sirviendo a otra persona. Al verla, levantó la mano y Sabina respondió con el mismo gesto.

Un par de minutos después apareció delante de ella una taza.

—Corto de leche.

—Gracias.

El hombre se volvió hacia la barra.

—¿Tostada?

Sabina lo pensó.

—Solo una hoy.

Él levantó el pulgar.

VIII

El llanto la pilló en la cola del supermercado, un martes tonto. Llevaba en el carro yogures naturales, detergente, papel higiénico, huevos, una bolsa de espinacas que probablemente terminaría poniéndose mala y un paquete de estropajos.

Delante, una pareja discutía en voz baja.

—Te dije que quedaba aceite.

—Pues no queda.

—Había una botella.

—Vacía.

Detrás de Sabina, un niño intentaba convencer a su madre de que necesitaban unas galletas con forma de dinosaurio.

—No.

—Pero tienen vitaminas.

—No tienen vitaminas.

—Sí.

—¿Dónde pone eso?

El niño giró la caja, buscando pruebas.

Sabina había dormido mal. Se había despertado varias veces y salió del trabajo con la sensación de llevar el cansancio pegado al cuerpo. Pasó por el supermercado porque en casa apenas quedaba comida.

Cogió un paquete de bolsas de basura del expositor junto a la caja, eran azules, con el plástico brillante bajo los fluorescentes, lo dejó en el carro y entonces notó el nudo, primero en la garganta y después detrás de la nariz, tragó saliva, miró el precio de unos chicles, uno con cincuenta, después el cartel de una promoción de pilas, dos por uno, parpadeó varias veces, no allí, la pareja avanzó y Sabina empujó el carro y la primera lágrima salió sin permiso y le cruzó la mejilla y se la secó rápidamente con el dorso de la mano.

—Perfecto.

Buscó un pañuelo en el bolsillo del abrigo. Encontró un recibo, una moneda de veinte céntimos y uno usado que decidió que, dadas las circunstancias, todavía tenía margen de servicio.

Se secó los ojos. El niño de detrás había encontrado su argumento.

—Mamá, pone hierro.

—Eso es la caja de cereales.

—Pues los cereales sí.

Sabina respiró por la nariz y le tembló un poco la boca. Se dio la vuelta hacia el carro, fingiendo recolocar las cosas. Pensó en dejarlo allí, salir, irse a casa y volver otro día. La idea le dio un alivio inmediato.

Después miró el carro. Necesitaba papel higiénico y detergente, y llevaba veinte minutos haciendo aquella compra.

Otra lágrima cayó sobre el paquete de bolsas azules.

—Muy elegante.

La mujer de detrás levantó los ojos un segundo y volvió enseguida a quitarle al niño una chocolatina que había aparecido misteriosamente entre sus manos.

La pareja de delante pagó.

—Siguiente —dijo la cajera.

Sabina empujó el carro y empezó a poner las cosas en la cinta: detergente, huevos, yogures, papel higiénico, estropajos. Las lágrimas seguían saliendo, no muchas, pero con una constancia humillante.

La cajera pasó el primer producto. Bip. Bip. Bip.

—¿Bolsa?

—Dos, por favor.

La voz le salió nasal. La cajera la miró un instante y sacó dos bolsas.

—Son quince céntimos cada una.

—Vale.

El niño empezó a cantar algo sobre un tiburón. Sabina metió los yogures en una bolsa y el detergente en otra, intentando coordinar llorar, embolsar y no aplastar los huevos.

—Veintiocho con cuarenta y siete.

Sacó la tarjeta. El terminal tardó más de lo normal y Sabina pensó que, si fallaba, se echaría a reír o a llorar más. Probablemente las dos cosas.

OPERACIÓN ACEPTADA

—Gracias —dijo la cajera.

—Gracias.

Salió. El aire frío le dio de lleno en la cara húmeda. Sabina se apartó de la puerta automática y se quedó un momento quieta. No sabía exactamente por qué había llorado. Podía fabricar razones: A., el regreso al trabajo, dormir mal, su madre, estar cansada, todo junto. No le apetecía elegir.

Caminó hasta casa con las bolsas tirándole de los dedos. En la cocina se sentó y siguió llorando un poco más, sin intentar detenerse. Duró menos de lo que esperaba.

—Me puse a llorar en el supermercado —le dijo a T. unos días después.

T. esperó. Sabina había contado la escena bastante deprisa, incluida la parte del niño, las bolsas de basura y la tarjeta tardando una eternidad.

—¿Sabías por qué llorabas? —preguntó.

—No.

—¿Y ahora?

—Puedo darte siete explicaciones muy convincentes.

—No te he preguntado cuántas puedes construir.

—Entonces no.

T. asintió.

—Me dio muchísima vergüenza.

—¿Qué hiciste?

—Intenté parar.

—¿Y después?

—Seguí llorando.

—¿Y después?

Sabina pensó.

—Pagué. Y me fui a casa.

—¿Pasó algo más?

—Casi aplasto los huevos.

T. sonrió y Sabina también.

—No sé qué significa —dijo Sabina.

—Yo tampoco.

La respuesta la sorprendió.

—Vaya ayuda.

—Podemos intentar entenderlo si necesitas entenderlo.

Sabina miró hacia un lado.

—Igual hoy no.

—Vale.

Y hablaron de otra cosa.

IX

Asunto: Ajustes de carga de trabajo

Sabina llevaba ya unas semanas reincorporada y empezaba a recuperar ciertas costumbres que no había echado especialmente de menos: desayunar mirando una pantalla, abrir el correo antes de terminar el café y detectar una mala noticia por el número de personas en copia.

Aquel mensaje tenía veintitrés destinatarios.

El primer párrafo agradecía el esfuerzo del equipo, reconocía «la exigencia de las últimas semanas» y destacaba «la capacidad de adaptación demostrada por todos».

Debajo había una tabla con cinco proyectos, tres urgentes.

Dos aparecían ya con su nombre. En el tercero, bajo owner, figuraba:

Sabina / por confirmar

—Claro.

Sabina no redactó un discurso ni escribió al jefe antes. Solo comprobó fechas y anotó en una hoja suelta:

Piloto: jueves. Revisión: martes próximo. Proyecto nuevo: entrega viernes.

Debajo escribió: Las tres no.

En la reunión, el jefe proyectó la misma tabla del correo.

—No voy a repetir lo que ya habéis leído —dijo, antes de proceder a repetir buena parte de lo que ya habían leído—. Tenemos unas semanas complicadas, pero creo que con algún ajuste podemos sacar todo adelante.

Avanzó por los proyectos hasta llegar al nuevo.

—Aquí he puesto a Sabina provisionalmente porque es quien mejor conoce este tipo de lanzamiento y ya ha trabajado con varios de los equipos implicados. Creo que es la opción que nos da más garantías. ¿Cómo lo ves?

Sabina apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Puedo cogerlo, pero entonces tenemos que mover otra cosa.

El jefe hizo una pausa.

—¿Qué tendríamos que mover?

Sabina giró ligeramente el portátil hacia él.

—Tengo la entrega del piloto el jueves y la revisión del otro proyecto el martes. Si esto entra con fecha del viernes, uno de los tres tiene que cambiar.