En tu casa o en Sabina 12. Dímelo en la calle #3
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12. Dímelo en la calle #3

—No, interés por mis problemas laborales.

—También.

C. le dio una patada suave por debajo de la mesa.

Sabina pensó antes de responder.

—Alguna vez.

—Yo también.

—Más de una.

—Yo también.

Sabina bebió un poco antes de continuar:

—A veces porque no iba a llegar y quería terminar. Y otras porque me daba más apuro decir que no estaba funcionando que hacer el numerito y pasar a otra cosa.

—Bastante absurdo.

—Mucho. Y mira que he tenido buen sexo.

—Menos mal.

—Mucho.

—No necesito el currículum.

Eso era precisamente lo extraño. No podía contar su vida sexual como una sucesión de hombres a los que había complacido mientras miraba al techo.

Había deseado, buscado y disfrutado. Algunas de las mejores noches de su vida habían empezado porque ella quiso que empezaran.

Otras habían continuado bastante después de que dejara de querer.

C. levantó la mano para pedir otra ronda.

—Mi gran objetivo ahora mismo es que el señor del metro no intente hacer transbordo sin preguntar.

—Por favor, no vuelvas a decir eso.

—Ya está dicho.

Dos noches después, Sabina quedó con un hombre al que conocía desde hacía años.

No eran amigos exactamente ni amantes en el sentido que ella daba a esa palabra.

Se habían acostado juntos varias veces, con intervalos largos y sin demasiadas preguntas: alguna cena, alguna copa, sexo, mensajes ocasionales y una facilidad cómoda para no exigir explicaciones.

Aquella noche él llevó una botella de vino y una bolsa de patatas.

—Cena equilibrada —dijo al dejarlas sobre la encimera.

—Hay hummus.

—Retiro lo dicho. Estamos en la élite nutricional.

Comieron en el salón. Él le contó que habían cambiado al responsable de su equipo y que el nuevo utilizaba la expresión salir de la zona de confort varias veces al día.

—El jueves nos pidió salir de la zona de confort para cambiar una plantilla de Excel.

—Eso sí es liderazgo.

Hablar con él resultaba fácil precisamente porque ninguno esperaba que la conversación los llevara a ninguna parte. Después pusieron música. Él se acercó mientras Sabina recogía los vasos y la besó en el cuello. Ella se giró y lo besó.

Le apetecía.

Fueron al dormitorio entre besos y alguna torpeza conocida. Sabina se quitó la camiseta. Él dejó la suya en el suelo.

—Luego no pienso buscarla debajo de la cama.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque siempre acaba debajo de la cama.

Al principio estuvo bien. Su cuerpo respondía. Le gustaba su peso, el olor de su piel y la sensación conocida de unas manos que no necesitaban demasiadas instrucciones.

Después algo cambió, aunque no supo exactamente cuándo.

Un movimiento que otras veces le había gustado empezó a molestarle.

Intentó recolocarse. Él interpretó el gesto como otra cosa y continuó.

Sabina cerró los ojos, pensando que se le pasaría.

No era dolor, miedo ni rechazo hacia él.

Simplemente había dejado de querer aquello.

Abrió los ojos. Él seguía besándole el hombro y Sabina notó el viejo impulso de esperar, darle unos minutos, no cortar la escena justo cuando estaba en marcha. El cuerpo, sin embargo, se había puesto rígido.

Apoyó una mano en su pecho.

—Espera.

Él se detuvo enseguida.

—¿Qué pasa?

Sabina tragó saliva.

—Quiero parar.

Él se apartó un poco.

—¿Te he hecho daño?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

La observó, todavía algo confundido.

—Entonces…

Las explicaciones llegaron en fila: que estaba cansada, que había tenido una semana rara, que no era culpa suya, que seguramente era ella. Todas las frases estaban disponibles.

No utilizó ninguna.

—No me apetece seguir.

El hombre asintió.

—Vale.

La sencillez de la respuesta la descolocó. Permanecieron tumbados uno junto al otro antes de que él se incorporara.

—¿Quieres que me vaya?

Sabina no sabía qué quería exactamente.

—Creo que sí.

Empezó a vestirse. Sabina se sentó contra el cabecero y se cubrió con la sábana, aunque hacía unos minutos había estado desnuda delante de él sin ningún problema.

—Perdona —dijo.

El hombre se volvió con un calcetín en la mano.

—¿Por qué?

Sabina abrió la boca y no encontró una respuesta que no sonara absurda.

—No sé.

—No tienes que pedirme perdón.

—Me cuesta.

—¿Estamos bien?

Lo pensó.

—Sí.

Era verdad.

Al llegar a la puerta buscó las llaves en el bolsillo.

—La camiseta.

Sabina señaló el dormitorio.

—Debajo de la cama, seguramente.

Él regresó con ella en la mano.

—Tenías razón.

—Siempre.

Se dieron un abrazo breve.

—Escríbeme cuando quieras.

—Tú también.

Durante unos minutos apareció la maquinaria habitual: podía haber seguido; estaba demasiado pendiente de sí misma últimamente; después de A. se había vuelto incapaz de relajarse.

—O quizá no me apetecía.

Entró en la ducha. Esperaba sentirse vacía después de haber interrumpido la noche, pero el cuerpo seguía despierto. Había una electricidad baja recorriéndole la piel, una excitación sin destinatario concreto que la sorprendió.

Al volver al dormitorio, vio un mensaje en el móvil.

¿Todo bien de verdad?

Sabina respondió: Sí. Gracias por preguntar. Y por parar. La respuesta llegó al poco rato: Claro.

VI

Era lunes y llevaba cuatro días de vuelta en la oficina.

Todavía no se había acostumbrado. La tarjeta de acceso seguía pareciéndole un objeto prestado y el domingo por la tarde había preparado la ropa con una antelación absurda.

Aquella mañana se despertó veinte minutos antes del despertador, convencida de que llegaba tarde.

Sabina bajó al metro. Consiguió sentarse junto a una puerta y viajó escuchando las conversaciones y el ruido del tren.

Se bajó una estación antes de la habitual sin haberlo planeado. Le quedaban algo más de veinte minutos andando hasta la oficina y, si no se entretenía, llegaría a tiempo.

La mañana estaba fresca. Pasó junto a una farmacia, una frutería que ya tenía las cajas ocupando media acera y un bar donde alguien colocaba las mesas de la terraza. En una panadería había cola hasta la puerta.

Sabina aminoró el paso al cruzarse con un portal que conocía bien. A. había esperado allí una vez con dos cafés en la mano. El recuerdo apareció completo durante un instante: su abrigo, el vaso de cartón, la sonrisa cuando la vio llegar.

Siguió andando.

Al doblar una esquina vio a R. Venía en dirección contraria con una carpeta grande debajo del brazo y el pelo todavía húmedo.

—Anda. Persona trabajadora.

—No exageremos. Estoy en periodo de prueba conmigo misma.

R. señaló su mochila.

—¿Primera semana?

—Primera semana larga. Técnicamente empezó el miércoles.

—¿Qué tal?

Sabina hizo un gesto ambiguo.

—Voy.

—Excelente informe.

—Es lo que hay. ¿Y tú dónde vas con eso?

—Ensayo.

—¿A estas horas?

—Antes de trabajar. Estamos intentando grabar una maqueta y uno de los iluminados del grupo solo puede quedar a las siete y media de la mañana.

—Eso no es música. Es una represalia.

Caminaron juntos un par de calles. Al pasar junto a un pequeño jardín, Sabina miró los bancos casi vacíos.

—Me he dado cuenta de una cosa bastante triste. Me sé de memoria los bares de media ciudad y no tengo ni idea de cómo se llama este parque.

R. miró hacia dentro.

—Yo tampoco.

—Bien. Me siento menos fracasada.

—Podemos llamarlo parque ese.

—Perfecto.

En la siguiente esquina tenían que separarse.

—¿Café algún día? —preguntó R.

—Sí. Pero a una hora humana.

—Exigencias, exigencias.

R. levantó la carpeta a modo de despedida y se marchó. Sabina llegó a la oficina tres minutos antes de la hora.

La mañana fue menos interesante: correos acumulados, una reunión que podría haber durado la mitad, preguntas sobre cosas que habían seguido ocurriendo mientras ella estaba de baja y otras que, misteriosamente, habían esperado su regreso.

La tarde fue peor que la mañana. A las seis estaba cansada de hablar y de mirar una pantalla. Al salir, en vez de bajar al metro en Nuevos Ministerios, siguió andando por una calle lateral de la Castellana por la que pasaba casi todos los días sin entrar nunca.

Había una librería pequeña entre una tienda de telefonía y una mercería. Sabina se detuvo ante el escaparate. Llevaba años viéndolo.

Entró.

—Buenas tardes —dijo el hombre del mostrador.

—Buenas.

Recorrió las estanterías sin buscar nada concreto. Hojeó una novela, dejó otra porque pesaba demasiado y encontró un libro de relatos que había tenido varias veces en la mano sin llegar a comprar. Se lo llevó.

Siguió caminando. Algunas calles le resultaban familiares solo desde la ventanilla de un taxi.

Otras las asociaba a bares donde ya no sabía cuándo había estado por última vez.

Pasó frente a uno al que había ido muchísimo a los veintitantos.

Seguía abierto, aunque habían cambiado el rótulo y las mesas.

Intentó recordar con quién había estado allí la última vez.

No pudo. Le pareció bien.

VII

Entró por primera vez porque llovía. No una lluvia seria, de paraguas y charcos profundos, sino esa llovizna madrileña que parece poca cosa hasta que llevas diez minutos caminando y tienes el pelo pegado a la frente.

Sabina había salido de casa con tiempo para llegar a la oficina, pero no tanto como para presentarse empapada. Vio el café de la esquina y se metió dentro. Llevaba años pasando por delante.

Era un local estrecho, con barra de acero arañada, tres mesas de fórmica y un calendario de paisajes que seguía abierto por marzo aunque ya no fuera marzo.

La televisión estaba encendida detrás de la barra, con las noticias a un volumen que permitía ignorarlas.

El bar olía a plátano, sin que hubiera plátanos.

A esa hora había cuatro hombres mayores repartidos entre la barra y una mesa. Uno leía el periódico. Otro discutía sobre fútbol con alguien que parecía no estar escuchándolo.

Detrás de la barra, un hombre de pelo blanco y chaleco oscuro.

—¿Qué te pongo?

Sabina miró alrededor, como si hubiera una carta escondida en alguna parte.

—Un café con leche. Corto de leche.

—¿Algo de comer?

Pensó en decir que no. Llevaba desde que había vuelto al trabajo desayunando cualquier cosa de pie en la cocina.

—Una tostada.

—¿Tomate?

—Mantequilla.