12. Dímelo en la calle #2
R. empezó a cantarla fatal. Sabina protestó y, poco después, estaba cantando también. A mitad del estribillo golpeaban la mesa con las manos mientras una pareja de otra mesa los miraba con una mezcla de diversión y pena.
—Tenemos público —dijo Sabina.
—Que aprendan.
Pidieron otra cerveza y hablaron de otras cosas. R. le contó que intentaba recuperar una canción que llevaba meses a medias.
—Cada vez que la toco me parece peor.
—Déjala descansar.
—Eso llevo diciéndome desde marzo.
—Pues igual está muerta.
R. la miró, ofendido.
—Vale. Pues la toco igual.
—Me tienes aquí para decirte la verdad.
—Te tengo aquí porque pagas rondas.
Sabina levantó el vaso.
—También.
Cuando llegó a casa encendió el ordenador para buscar la canción horrible del bar y terminó entrando en sus listas de reproducción. Hacía tiempo que no las miraba con atención.
Nosotros. Viajes. Domingos con él.
Algunos títulos le parecieron ridículos. Otros le dieron ternura. Abrió Nosotros y pasó por varias canciones sin saber ya a quién pertenecía cada una. Una, en cambio, era de A. Lo supo enseguida por una escena precisa: él preparando café mientras buscaba dónde había dejado una camiseta.
Cerró la lista y creó otra nueva. En el espacio para el título escribió Para estar conmigo . Torció la boca y lo borró. Probó con Para estar en paz. Peor. Al final dejó simplemente Nueva.
Añadió una canción que había descubierto hacía poco, otra de hacía veinte años que nunca había compartido con nadie, una instrumental y la canción espantosa que R.
acababa de defender. No intentó seleccionar letras ejemplares.
Una hablaba de un amor imposible, otra de abandonar la ciudad con alguien y una tercera era una sucesión de decisiones sentimentales pésimas.
Puso la lista en aleatorio y volvió a la cocina. Mientras preparaba una tortilla empezó a balancearse y acabó bailando con la espátula en la mano.
—Patético —dijo, pero siguió.
Unos días después, ya en la cama, abrió la antigua lista de A.
y pulsó la primera canción. Su cuerpo la reconoció enseguida.
La escuchó entera, con un dolor que no era enorme ni pequeño.
Cuando terminó empezó la siguiente y Sabina tampoco la detuvo.
Durante un rato recordó una tarde de lluvia, su chaqueta sobre una silla y una conversación que entonces había parecido sencilla.
Se le humedecieron los ojos. La tercera canción empezó sola. Sabina cogió el móvil y cambió a Nueva. Sonó la canción absurda del bar y se echó a reír todavía con los ojos mojados. Escuchó el primer estribillo y después apagó el teléfono.
IV
Empezó con una punzada al morder una almendra. Sabina dejó de masticar y probó por el otro lado.
—No será para tanto.
Durante los días siguientes volvió a molestarle.
Primero con cosas duras, después con el café aún hirviendo y, más tarde, al bostezar, cuando una punzada le subía desde la mandíbula hasta la sien.
Fue adaptándose: masticaba por la izquierda, dejaba enfriar el café, evitaba los helados y se tomaba un ibuprofeno cuando la molestia se volvía insistente.
Cada noche pensaba que al día siguiente llamaría al dentista. Cada mañana tenía otra cosa que hacer.
La muela aguantó así varias semanas hasta que una noche dejó de negociar. Sabina se despertó a las cuatro y doce con un latido dentro de la encía que parecía seguirle el ritmo al corazón.
—Joder.
Fue hasta el baño. Tenía la mejilla derecha algo hinchada.
Abrió el armario de los medicamentos y encontró una caja de ibuprofeno vacía, dos sobres para el resfriado y un analgésico caducado hacía casi un año.
Lo dejó donde estaba, fue a la cocina, bebió agua a pequeños sorbos y buscó en el móvil qué farmacia estaba de guardia.
A las cinco menos cuarto caminaba por la calle con un abrigo encima del pijama y unas zapatillas que no estaban pensadas para salir de casa.
Madrid a aquella hora parecía otra ciudad.
Un taxi vacío pasó despacio, dos hombres descargaban cajas frente a un bar cerrado y una mujer esperaba un autobús con los brazos cruzados sobre el pecho.
Sabina compró el analgésico que le recomendó el farmacéutico y volvió a casa.
Por la mañana llamó y le dieron cita ese mismo día.
La consulta olía a desinfectante y a una clase de miedo que Sabina recordaba desde la infancia. La dentista examinó la boca, golpeó suavemente varias piezas y le hizo una radiografía.
—¿Desde cuándo te molesta?
—Unas semanas.
La mujer la miró por encima de la mascarilla.
—¿Dos? ¿Seis? ¿Doce?
—Bastantes.
Volvió a mirar la radiografía antes de responder:
—Hay una infección en la raíz. Esto no ha aparecido esta noche.
—¿La voy a perder?
—No necesariamente. Vamos a intentar salvarla. Hay que hacer una endodoncia y ver cómo responde.
La endodoncia sonaba desproporcionadamente seria para algo que llevaba semanas tratando con café templado e ibuprofenos.
—¿Hoy?
—Hoy empezamos. Si prefieres seguir con el dolor, también podemos esperar.
—Qué simpática.
—Abre.
La anestesia le dejó media cara ajena. Durante el tratamiento, Sabina miró el techo mientras escuchaba el ruido de los instrumentos y las indicaciones breves entre la dentista y la auxiliar. Era difícil construir grandes teorías sobre la vida mientras alguien trabajaba dentro de tu boca.
Al terminar le explicaron que habían limpiado los conductos, dejado medicación dentro de la pieza y colocado un empaste provisional. Tendría que volver unos días después para completar el tratamiento.
—Puede molestarte cuando pase la anestesia —dijo la dentista—. Toma el analgésico como te he indicado. Y si se hincha más, tienes fiebre o empeora mucho, llamas.
—Llamo.
—No esperas tres semanas.
Sabina levantó una mano.
—Mensaje recibido.
C. la llamó a media tarde. Sabina estaba en el sofá, con una bolsa fría envuelta en un paño contra la cara.
—¿Qué tal la paciente?
—Habdo fatal.
—Ya veo.
—Me han hecho una endodoncia. Al parecer llevaba bastante tiempo mal.
—¿Necesitas algo?
Sabina miró la cocina desde el sofá. No tenía demasiada comida que pudiera masticar.
—Yogures.
—¿Eso es una petición de ayuda real?
—Y helado no, que me duele con el frío.
—Voy para allá después del trabajo.
—No hace falta que vengas.
—Ya. Llevo yogures.
C. apareció una hora después con yogures, puré preparado, plátanos maduros y una revista absurda sobre casas de famosos. No se quedó mucho.
—Descansa.
—Lo intentaré.
Dos días después, Sabina tenía que volver a la consulta para una revisión rápida. La cara había recuperado casi su tamaño habitual y el dolor ya era una molestia sorda, bastante más manejable.
Salió del metro mirando el móvil y dobló una esquina sin prestar demasiada atención. Casi chocó con A.
Los dos se detuvieron a la vez.
—Perdón —dijo Sabina.
Levantó la vista.
—Ah.
A. parecía igual y distinto: el mismo abrigo oscuro, el pelo algo más corto y una expresión que tardó un instante en convertirse en sonrisa.
—Hola.
—Hola.
Hubo un segundo incómodo en el que ninguno supo si acercarse para darse dos besos. Al final no lo hicieron.
A. señaló su mejilla.
—¿Estás bien?
—Muela. Endodoncia.
—Vaya por Dios.
—Estoy viviendo emociones fuertes.
A. rio. Fue suficiente para que algo se aflojara y, al mismo tiempo, se tensara en otro sitio.
—¿Cómo estás? —preguntó él.
Sabina supo que no hablaba de la muela.
—Mejor. ¿Y tú?
—Bien. Con mucho trabajo. La niña está en una fase en la que cualquier cosa que digo es vergonzosa.
—Eso significa que todo va según lo previsto.
Hablaron un poco más del trabajo, de una obra que llevaba semanas cortando una calle cercana, del frío que había vuelto de golpe y de un examen que tenía de mal humor a la hija de A.
Sabina notaba todo lo que no estaban diciendo.
También que seguía fijándose en su boca cuando hablaba, en la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza al escuchar, en las manos dentro de los bolsillos del abrigo.
No había dejado de parecerle atractivo. Le molestó comprobarlo y le gustó también.
Llegó un silencio hasta que A. miró hacia la esquina.
—Bueno, tengo que seguir —dijo A.
—Sí. Yo también.
Dio un paso y volvió a detenerse.
—Sabina. Si algún día te apetece tomar un café… podemos tomarlo.
—Lo pensaré.
—Vale. Cuídate esa muela.
—En ello estoy.
Se despidieron. A los diez pasos Sabina miró hacia atrás, pero A. ya había doblado la esquina. Sacó el móvil, abrió su conversación con él y vio el último mensaje de semanas atrás. No escribió nada.
En la revisión, la dentista comprobó la pieza.
—Va bien. Seguimos según lo previsto.
Por la noche cenó crema de calabacín y un huevo revuelto. A las diez y veinte apareció un mensaje.
Me ha alegrado verte.
Sabina dejó la cuchara y lo leyó otra vez.
V
Redescubre tu mapa del deseo a partir de los 40.
Debajo, una mujer de unos cuarenta y cinco años sonreía desde una cama perfectamente blanca, envuelta en una sábana que parecía recién planchada por un equipo de producción.
Sabina resopló.
—Llegáis tarde.
Pasó al siguiente vídeo. El gato seguía teniendo más problemas con la caja de los que ella estaba dispuesta a tener con su mapa.
Aquella noche quedó con C. en una terraza de la plaza de Santa Ana. Todavía hacía una temperatura soportable y dentro del bar había un grupo celebrando algo con suficiente entusiasmo como para inutilizar cualquier conversación.
C. dejó el móvil sobre la mesa.
—He quedado con uno que dice que conoce el cuerpo femenino como el mapa del metro.
Sabina levantó la cerveza.
—Mal comienzo.
—Exacto.
—Los que dicen eso suelen acabar en Cuatro Caminos intentando llegar a Sol.
C. se rio.
—Le he dicho que me conformo con que sepa escuchar indicaciones.
—Exigente.
Brindaron y hablaron un rato del trabajo de C., que seguía sin decidir si marcharse, de una serie que ambas habían abandonado en capítulos distintos y de lo difícil que era comprar sujetadores sin sentir que una estaba resolviendo un problema de ingeniería. Fue C. quien volvió al asunto.
—¿Tú has fingido mucho?
Sabina la miró.
—¿Orgasmos?