En tu casa o en Sabina 12. Dímelo en la calle
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12. Dímelo en la calle

I

Desde pequeña había escuchado el mismo conjuro con voces distintas: que no ocurriera eso de quedarse sola, que no se le pasara el arroz, que no fuera a descubrir demasiado tarde que la independencia estaba muy bien hasta que una necesitaba a alguien.

A mediados de octubre, la vecina del primero se lo recordó una mañana en el portal, mientras Sabina rebuscaba el móvil en el bolso.

—Estás muy delgada, hija. ¿Sigues sin novio?

Sabina encontró por fin el móvil.

—Sigo.

—¿Y niños nada, no?

—Nada.

La mujer frunció los labios con una preocupación que parecía sincera.

—Bueno, tú sabrás. Pero que no ocurra eso de que te veas sola de verdad cuando seas vieja.

Sabina se despidió y esperó a estar fuera del portal antes de soltar el aire.

No estaba enfadada exactamente. La frase era demasiado conocida para eso.

Se le había instalado en alguna parte hacía años y aparecía con distintos disfraces: una tía en Navidad, su madre al teléfono, una compañera que acababa de tener un bebé, una desconocida en la peluquería. Que no ocurra eso de…

Había quedado con M. para tomar café. Su hermana llegó siete minutos tarde, con el pelo aún húmedo y cara de haber discutido con alguien antes de las nueve.

—¿Niños? —preguntó Sabina.

—Jefe. Los niños han colaborado, pero el premio es suyo.

Pidieron dos cafés. M. dejó el bolso en el suelo y apoyó los codos en la mesa.

—Mamá me ha llamado esta mañana.

—Qué casualidad. A mí me ha tocado la vecina del primero.

—Mamá estaba en modo «dos hijas tan listas y mira».

Sabina se rio.

—Hay un grupo de WhatsApp que no conocemos. Madres, vecinas, señoras de farmacia. Se coordinan para sembrar miedo antes de las nueve.

—Seguro.

M. bebió un poco de café antes de añadir:

—A mí también me da miedo quedarme sola, ¿sabes?

Sabina la miró.

—Tienes dos hijos.

—¿Y? Los niños no arreglan eso. Hay días que estoy rodeada de gente y me siento bastante sola.

Sabina dejó la taza en el plato. Aquello le gustaba más que cualquier discurso tranquilizador sobre envejecer rodeada de amigos y plantas resistentes.

—Mira qué bien —dijo—. Al final sí somos hermanas.

—No te emociones.

Hablaron después de cosas normales. El jefe de M. había rehecho una presentación para añadir tres gráficos que decían exactamente lo mismo. Su hija quería teñirse una punta del pelo de azul. El pequeño llevaba una semana preguntando «por qué» a cualquier frase que incluyera un verbo.

—Ayer me preguntó por qué hay que dormir —dijo M.—. Le dije que porque el cuerpo descansa. Me preguntó por qué descansa. Le dije que porque se cansa. Me preguntó por qué se cansa. Le dije que porque tiene hijos.

Sabina soltó una carcajada que hizo girarse a una mujer de otra mesa.

Al llegar a casa encontró varios mensajes en el chat familiar. El último era de su madre.

Este domingo comida en casa. No faltes. Ya hablaremos de tus cosas.

Escribió:

Este domingo no voy a ir. Estoy cansada y necesito el día para mí. Te llamo durante la semana.

Dejó el dedo encima de enviar. La culpa llegó antes que la respuesta, puntual y bien entrenada.

Mandó el mensaje. Su madre tardó menos de un minuto.

Bueno, tú sabrás.

II

La idea salió, como casi siempre, de C.

—Tiramos hacia el sur —dijo por audio—. Un finde, tú y yo. Tren, hostal barato, mar. Nada de convertirlo en una hazaña. Sol, pescado frito y dormir. Tu cabeza y la mía necesitan descalcificarse.

Sabina respondió una sola palabra.

Venga.

El sábado, a las ocho y media, estaba en Atocha diez minutos antes de la hora acordada. C. apareció con dos cafés y una bolsa de papel.

—Te odio cuando eres puntual.

—Yo también. Me da una imagen de persona organizada que luego no puedo sostener.

Subieron al tren. Cuando se acomodaron, C. preguntó:

—¿Esto es una huida o unas vacaciones?

—Un fin de semana, C. Sin programa.

—Yo venía sin bibliografía.

Fue Sabina quien, al cabo de un rato, preguntó:

—¿Y tú por qué necesitabas salir?

C. jugueteó con la tapa del café.

—Estoy pensando en dejar el trabajo.

Sabina se volvió hacia ella.

—¿En serio?

—Sí. No mañana ni lanzando el portátil por una ventana. Pero llevo meses cansada. No hay un jefe satánico ni una historia buena que contar. Simplemente no me gusta demasiado lo que hago y una mala racha está empezando a parecerse demasiado a mi vida normal.

Sabina esperó antes de preguntar:

—¿Quieres que te diga lo que pienso o solo necesitabas soltarlo?

C. sonrió.

—Hoy solo quería decirlo en voz alta. No quiero decidir este fin de semana.

—Pues no decidimos.

—Planazo.

El hostal estaba encima de una tienda de recuerdos y no tenía ascensor. Su habitación quedaba en el segundo piso. Cuando dejaron las bolsas, C. se sentó en la cama y rebotó apenas dos centímetros.

—El colchón está duro como una sanción administrativa.

—Turismo activo.

—No nos hemos hecho mayores.

—Nos hemos hecho lumbares.

Bajaron al paseo marítimo, comieron sardinas, ensalada y una cerveza, y terminaron en la playa más tiempo del previsto.

C. habló un poco más del trabajo, de lo difícil que resultaba abandonar algo que desde fuera parecía razonable.

Después discutieron sobre si se habían puesto crema solar o solo habían llevado dos botes idénticos en el bolso para sentirse responsables.

Recordaron un viaje de muchos años atrás. Sabina había acabado tonteando con un camarero que tenía novia y C. había intentado convencer a las cuatro de la mañana a un saxofonista de que dejara la música para dedicarse a algo serio.

—No llevaba saxofón —dijo Sabina.

—Era saxofonista de alma.

—Era administrativo.

—Los detalles matan las historias.

Se rieron tanto que C. tuvo que limpiarse los ojos con la servilleta.

Por la noche entraron en un bar cerca del puerto.

C. pidió vino y Sabina una cerveza. Un hombre de camisa blanca llevaba un rato mirándola desde la barra.

Cuando se acercó, Sabina pensó que sería más joven que ella, aunque no mucho.

Trabajaba en transportes, estaba allí con dos amigos y tenía una risa que le gustó enseguida.

Hablaron sin esfuerzo. Cuando C. fue al baño, él le preguntó si quería otra copa.

—No, gracias. Nos iremos dentro de poco.

No se fueron dentro de poco. Sabina se quedó hablando con él más de veinte minutos y le gustó notar aquella curiosidad antigua, el aumento de energía que producía gustarle a alguien y que alguien le gustara un poco a ella.

Cuando C. volvió a bostezar por tercera vez, Sabina se levantó.

—Nos vamos.

El hombre pidió su número con la excusa de mandarle el nombre de un restaurante.

Sabina dudó y se lo dio. Ya fuera, C. se abrochó la chaqueta.

—¿Te gusta?

—Un poco.

—Bien.

—¿Bien?

—El objetivo del fin de semana no era convertirte en monja.

—No había objetivo.

—Cierto. Se me olvida.

Caminaron hacia el hostal. Al cabo de un rato, Sabina dijo:

—Podría haberme quedado. Una parte de mí quería.

—Ya.

—¿No vas a analizarlo?

C. bostezó.

—Tengo sueño.

A la mañana siguiente Sabina encontró un mensaje del hombre.

¿Desayuno antes de que os vayáis?

Le gustó recibirlo. Se quedó un momento con el móvil en la mano antes de responder:

Nos volvemos hoy. Gracias por la recomendación pendiente :)

Él contestó: Otra vez será.

En el tren de vuelta leyó unas treinta páginas de una novela. Miró el teléfono dos veces. No había ningún mensaje nuevo del hombre y aquello le molestó un poco durante unos minutos, lo suficiente para que se diera cuenta. Después siguió leyendo.

Al llegar a Atocha, C. se colgó la bolsa al hombro.

—Necesito repetir esto.

—Yo también.

—¿Mes que viene?

—Mes que viene.

III

La canción la pilló fregando platos.

Dos acordes bastaron para que Sabina dejara el vaso sobre el escurreplatos y cerrara el grifo. La voz empezó a llenar la cocina con una solemnidad que a esas alturas le parecía casi cómica: amores eternos, noches infinitas y promesas que nadie en su sano juicio habría firmado ante notario.

El cuerpo reaccionó antes que ella. Un nudo debajo del esternón, una imagen breve de un coche de noche, una mano sobre su pierna, alguien cantando mal el estribillo. No conseguía recordar de quién había sido aquella canción.

¿J.? ¿A.? ¿Otro?

La dejó sonar, intentando localizarla en alguna época concreta. Nada. Habían sido tantas «nuestras canciones» que empezaban a mezclarse.

—Estupendo. Ni siquiera sé a quién echarle la culpa.

Apagó el altavoz y terminó de fregar sin volver a poner música.

Aquella noche había quedado con R. en un bar que conservaba una máquina de canciones antigua en una esquina, con botones gastados y listados impresos que parecían no haberse actualizado desde hacía décadas. R. se inclinó sobre los listados y empezó a recorrerlos con un dedo.

—Esto es patrimonio cultural.

—Eso es una infección sin tratar.

—No sabes disfrutar de nada.

Metió unas monedas.

—Voy a elegir algo importante.

—Por favor, no.

Sonaron los primeros compases de una canción espantosa que Sabina reconoció enseguida. Lo miró.

—No puedes hablar en serio.

—Temazo.

R. volvió a la mesa con dos cervezas.

—¿Te gusta de verdad?

—Muchísimo.

—¿Por qué?

—Porque sí.

Sabina negó con la cabeza.

—Eso no es un argumento.

—Es música, Sabina. No una oposición.

Ella se rio. La letra hablaba de un abandono sentimental con una intensidad desproporcionada. El cantante parecía dispuesto a arrojarse por un barranco porque alguien no había contestado a una llamada.

—Escucha eso. ¿Cómo hemos sobrevivido a educarnos con estas letras?

—Yo bastante bien.

—Tú porque nunca escuchas lo que dicen.

—Exacto. Método infalible.

Sabina bebió un sorbo.

—Yo sí escuchaba. Y me las creía.

—Yo no me he enterado de una letra en mi vida.

La siguiente canción la eligió ella. Tardó más de la cuenta porque cada título le recordaba algo: una fiesta, una carretera, una ruptura, una madrugada. Al final pulsó una al azar, rápida y absurda, que había escuchado cientos de veces sin asociarla a nadie concreto.