11. 19 días y 500 noches #6
Los niños insistieron en encenderlas todas. Cantaron. La abuela sopló tres veces y dejó que el pequeño apagara las últimas.
Después apareció una botella.
El tío de Sabina la levantó.
—Esto hay que abrirlo como Dios manda.
A Sabina se le tensó algo en el pecho. No fue la frase, sino el gesto: la botella en alto, la copa preparada. Su padre hacía exactamente lo mismo.
Había botellas que no se tocaban durante meses hasta que llegaba un cumpleaños, una Navidad o cualquier ocasión que él considerara suficientemente importante. Entonces las sacaba.
Como Dios manda.
Sabina volvió a verlo durante un segundo, de pie al final de una mesa distinta, más joven, con la copa levantada.
—Por mis chicas.
Su madre. M. Ella.
El recuerdo apareció completo y desapareció igual de rápido. Su tío brindó por la abuela, todos levantaron las copas y alguien gritó que cumpliera muchos más.
La mano de Sabina empezó a temblar ligeramente y dejó la suya sobre la mesa antes de beber.
M., sentada enfrente, la miró. Sabina negó con la cabeza para dejar claro que no quería hablar, y M. no insistió.
Después llegaron los cafés y esa parte de las comidas familiares que podía durar otras dos horas sin que ocurriera nada concreto.
M. se acercó.
—¿Nos vamos?
—No hace falta.
—Ya sé. ¿Quieres irte?
Sabina miró a su madre recogiendo platos, a la abuela hablando con una prima y a su tío sirviendo café.
—Puedo quedarme un poco más.
—Ya sé.
M. esperó.
—Quiero irme —dijo al final.
—Vale.
Solo eso. Sabina se levantó. Su madre la vio coger el bolso.
—¿Ya? Pero si acabamos de poner el café.
—Me encuentro mal.
Su madre dejó el plato que llevaba.
—¿Ahora?
—No. Desde hace semanas.
Sabina bajó la voz.
—Estoy cansada. Me quiero ir a casa.
—Claro.
Su madre se secó las manos.
—Te preparo un poco de comida para mañana.
—No hace falta.
—Sabina.
—Vale.
Aquello sí que no merecía una batalla.
Mientras su madre llenaba un recipiente, Sabina fue a despedirse de la abuela.
—Me voy ya.
La mujer le agarró la mano.
—Vete, hija. Y duerme.
—Lo intentaré.
—No. Duerme.
M. la acompañó hasta la puerta y se ofreció a ir con ella. Sabina dijo que no y, por una vez, era verdad.
—Toma, estaban en el lavabo —dijo M., devolviéndole los pendientes.
XII
El mensaje llegó a las once y veintitrés de la mañana.
Sabina estaba en casa, todavía de baja, intentando decidir si ducharse antes o después de bajar a comprar pan.
A.
No veía su nombre en la pantalla desde la conversación del banco.
Durante semanas había imaginado mensajes largos, breves, arrepentidos o casuales.
Tardó unos minutos en abrirlo.
He pasado cerca de tu portal. Me he acordado de ti. ¿Cómo estás?
Sabina lo leyó dos veces. No decía que quisiera verla ni que se arrepintiera. Solo que había pasado cerca de su portal y se había acordado de ella.
El corazón se le aceleró.
Entendía por qué habían terminado.
En aquel momento quería que A. volviera a escribir:
Me he equivocado.
Eso también era verdad.
Cogió el móvil y escribió:
Regular. ¿Tú?
Lo borró.
Después escribió:
Te echo de menos.
El pulgar quedó encima de enviar.
Su madre llevaba años diciéndoselo: hoy dices una cosa y mañana la contraria.
No hay quien te entienda.
Sabina retiró el dedo.
—Pues imagínate yo.
Borró el mensaje y se fue a duchar.
Al salir de la ducha volvió al mensaje. He pasado cerca de tu portal. Dejó la respuesta para después de la sesión con T.
En la consulta no pensaba hablar de A. y habló de A. a los tres minutos.
—Me ha escrito.
T. esperó.
—Ha pasado cerca de casa y se ha acordado de mí.
—¿Y qué has sentido?
—Todo. Primero alegría, luego miedo, después enfado porque me ha dado alegría. He querido que me pidiera volver y, a la vez, sigo sabiendo por qué terminamos.
—¿Quieres volver con él?
Sabina tardó.
—No quiero volver a lo mismo.
—No te he preguntado eso.
Sabina apoyó la cabeza en el respaldo.
—No. Creo que no. Pero lo echo muchísimo de menos.
—Vale.
Sabina frunció el ceño.
—No puedes contestar vale a las dos cosas.
—¿Por qué?
Sabina abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Qué rabia me das cuando haces eso.
T. sonrió ligeramente.
Sabina miró hacia un lado.
—Sé por qué terminó —dijo después— y sigo queriendo que no hubiera terminado.
La frase se quedó entre las dos.
Al llegar a casa habían pasado casi ocho horas. Sabina abrió el chat.
Escribió:
Regular. He acabado de baja unos días. Me ha alegrado saber de ti.
Aquello era cierto y también peligroso. Lo dejó y envió.
Dejó el teléfono sobre la cama y se obligó a ir a la cocina.
Cuando regresó había respuesta.
A mí también me ha alegrado escribirte. Siento lo de la baja. ¿Estás mejor?
Sabina leyó. No había declaración ni tampoco distancia. Respondió:
Todavía regular. Pero estoy parando.
A. tardó un poco.
Me alegro de que hayas parado.
Después apareció otro mensaje.
Te echo de menos, Sabina.
Sabina dejó de respirar durante un segundo. Lo leyó otra vez. Empezó a escribir:
Yo también.
Lo envió antes de poder corregirlo. Los tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron. Finalmente:
Eso no cambia lo que hablamos.
No contestó nada más aquella noche.
XIII
Recuerda que el sábado es la boda, ¿eh? Mesa 7, con la gente del curro. No me falles. 💃✨
Una compañera de la oficina. Sabina había confirmado asistencia hacía semanas, cuando todavía pensaba que para entonces estaría trabajando.
Abrió el chat.
No fallo.
Nada más enviarlo se arrepintió.
El sábado se puso un vestido negro que no exigía pensar demasiado y unos zapatos que sí. Decidió que cenaría y se marcharía pronto.
La finca estaba a las afueras de Madrid, con césped demasiado perfecto, sillas blancas y guirnaldas de luces que todavía no servían para nada porque quedaba sol.
Sabina llegó cuando empezaban a sentarse. La novia la abrazó y dijo que pensaba que quizá al final no podría ir.
—Hoy sí —respondió Sabina.
—Mesa siete. Con los tuyos.
Sabina miró hacia las mesas. Reconoció a varios compañeros y también a la compañera de enfrente, que levantó una mano al verla.
Tuvo ganas de darse la vuelta.
La ceremonia fue breve. Los novios hablaron de elegirse y acompañarse. Sabina tuvo un pensamiento desagradable sobre lo fácil que parecía todo antes de empezar, pero la novia se equivocó en una frase y los dos acabaron riéndose durante casi un minuto.
En la mesa siete había una silla vacía junto a la compañera de enfrente.
—Te la he guardado —dijo.
Sabina se sentó.
—Gracias.
—¿Cómo estás?
—Regular.
La compañera bebió un poco de agua.
Sabina esperó algo más. No llegó.
—Perdona por todo lo que te está cayendo —dijo.
—Hoy no. Si vas a pedirme perdón por el trabajo cada vez que me veas, me cambio de mesa.
—¿Está siendo horrible?
—Está siendo trabajo. Come.
Sabina obedeció.
Un compañero al otro lado de la mesa se inclinó hacia ella.
—Qué bien verte. Tienes buena cara.
La frase fue amable.
—El maquillaje hace milagros.
—¿Qué maquillaje?
La conversación siguió.
Nadie preguntó cuándo volvía. Aun así, Sabina estuvo pendiente de cada frase durante el primer plato. Con el segundo empezó a relajarse.
Alguien contó una historia y la mesa entera acabó riéndose. Sabina también.
La culpa llegó casi inmediatamente. Miró alrededor. Nadie parecía haber registrado que se lo estaba pasando bien. La compañera de enfrente estaba discutiendo con otro sobre qué canción abriría el baile.
—Apuesto por una balada infumable —dijo Sabina.
—Yo por Ed Sheeran.
—Eso es jugar con ventaja.
—Cinco euros.
—Hecho.
Ganó la compañera. Sabina le dio los cinco euros con indignación.
Después del primer baile, la pista se llenó rápidamente.
Sabina se quedó sentada. Había decidido irse pronto, pero una compañera apareció delante de ella.
—Vamos.
—No.
—Una canción.
—Tengo zapatos de tortura medieval.
—Te los quitas.
—Tengo dignidad.
—Eso ya lo veremos.
Sabina terminó en la pista.
Primero con cuidado. Después menos.
La canción era horrible y la siguiente también. En la tercera Sabina ya estaba descalza, bailando con gente con la que normalmente solo hablaba de reuniones. Un compañero casi derribó una mesa al intentar un giro y ella se rio hasta que le dolió el abdomen.
—¡Eso va al grupo! —gritó alguien.
Vio un teléfono levantado y reconoció a una compañera grabando. Sabina dejó de reír.
La música siguió y la cámara pasó por delante de ella antes de continuar hacia otro lado.
Salió de la pista y fue directa al baño.
Dentro había tres mujeres retocándose el maquillaje. Sabina entró en uno de los cubículos y cerró.
Sacó el móvil. Ya había vídeos en el grupo de la boda. Abrió uno.
La pista, las luces, compañeros bailando. Ella aparecía durante cuatro segundos al fondo, descalza y riendo.
Parecía feliz. El estómago se le cerró. Imaginó el vídeo circulando por la oficina.
Pues tan mal no estará.
Para trabajar no puede, pero para bailar sí.
Volvió a reproducir aquellos cuatro segundos. No parecía una mujer de baja.
No sabía cómo se suponía que debía parecer una mujer de baja. Salió del cubículo. La compañera de enfrente entraba en ese momento.
—¿Te vas?
—No sé.
—¿Te encuentras mal?
Sabina le enseñó el vídeo.
—Esto.
La compañera miró la pantalla.
—¿Qué pasa?
—Que salgo bailando. Estoy de baja.
La compañera tardó un segundo en entender.
—Ah.
—Si esto llega al trabajo…
—Esto ya está en un grupo lleno de gente del trabajo.
—Gracias. Mucho mejor. Van a pensar que estoy fingiendo.
La compañera la miró un momento.
—Sabina, que te he visto llegar. No te has colado aquí a escondidas.
—Ya, pero el vídeo…
—Si quieres, les pido que lo quiten.
Sabina miró otra vez la pantalla y guardó el teléfono.
—No. Déjalo.
La compañera se acercó al espejo y sacó un pintalabios del bolso.
—Además, una de las canciones era terrible. Si fingieras una baja para venir a esto, sería preocupante por otros motivos.
—Eres gilipollas.
—Sí. ¿Vuelves o te vas?
Sabina miró la puerta.
—Una canción más.
—Ya llevas unas cuantas.
Volvió y bailó otras dos. A mitad de la última se cansó y se sentó.