11. 19 días y 500 noches #5
Se levantó, se duchó, se vistió y preparó café. No pudo terminarlo.
A las siete y treinta estaba otra vez en el recibidor.
Con la misma chaqueta, el bolso y las llaves en la mano, abrió la puerta y esperó al ascensor. El corazón empezó antes de que llegara.
Cuando las puertas se abrieron, Sabina no entró.
La luz del interior siguió encendida y después las puertas volvieron a cerrarse.
Sabina se apoyó contra la pared. Volvió a llamar. El ascensor regresó. Tampoco entró.
—Joder.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Abrió la puerta de casa, entró y dejó caer el bolso en el suelo. Eran las siete y cuarenta y tres. A las ocho llamó al ambulatorio.
—Pensaba que podía —dijo al volver a sentarse frente a la médica.
La primera baja había podido explicársela como una emergencia de cinco días.
La médica prolongó la baja y fijó otra revisión. Sabina preguntó dos veces por la fecha antes de salir y sentarse en el mismo banco de la semana anterior.
Escribió a su jefe:
Hola. Al final no puedo reincorporarme todavía. La médica ha prolongado la baja. Siento avisar así.
Dejó el siento. No tenía fuerzas para discutir también con esa palabra.
Su jefe respondió:
Recibido. No te preocupes por hoy. Seguimos cubriendo lo urgente. Cuando estés en condiciones hablamos.
Un segundo mensaje llegó después.
La conversación de la rotación queda pendiente. No está cancelada.
En casa abrió el portátil únicamente para cambiar la fecha del aviso de ausencia. El cursor quedó sobre Guardar antes de que pulsara.
A las nueve y cuarto de la mañana, a la hora en que normalmente ya habría contestado varios correos, seguía vestida con la ropa de oficina.
Se quitó las botas y el jersey, dejó el pantalón sobre una silla y volvió a ponerse el pijama. El bolso continuaba en el suelo del recibidor.
X
Hace 10 años de este recuerdo.
Debajo:
¿Quieres volver a compartirlo?
Sabina estaba en el sofá, todavía en pijama, con una taza vacía sobre la mesa y un documental puesto sin sonido. A las once de la mañana de un lunes normalmente habría estado respondiendo correos o intentando fingir interés en alguna reunión.
Reconoció a C. en la miniatura.
Abrió.
Era una azotea. Cinco personas alrededor de una mesa de plástico, vasos en la mano, edificios al fondo y una luz de tarde que hacía parecer aceptable hasta la pared desconchada de detrás.
C. llevaba una camiseta brillante y unos pendientes enormes.
J. estaba junto a Sabina.
Él miraba hacia la cámara. Sabina no. Tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos casi cerrados de risa. Llevaba un vestido corto que recordaba vagamente y el pelo revuelto por el viento.
Amplió su propia cara hasta que la imagen perdió definición. Tenía treinta y tres años.
Debajo de la foto, la Sabina de hacía diez años había escrito:
Azotea, vino barato y decisiones excelentes.
—Qué idiota.
No recordaba cuáles habían sido aquellas decisiones excelentes.
Intentó reconstruir la noche: hielo de un supermercado, música desde un portátil, el viento, una botella cayéndose. J. había llegado tarde.
O quizá con ella.
No estaba segura.
Volvió a mirar su propia cara. Parecía feliz, y aquello le molestó un poco.
Había convertido aquella época, con el tiempo, en una sucesión de discusiones, excesos y reconciliaciones que nunca arreglaban nada. J. entrando y saliendo. Ella esperando mensajes, enfadándose, perdonando y prometiéndose que aquello tenía que terminar.
La fotografía no contenía ninguna de esas cosas. Solo una mujer riéndose. Sabina hizo una captura y se la mandó a C.
El algoritmo ha decidido atacarme.
C. respondió tres minutos después.
DIOS MÍO MI CAMISETA.
Sabina amplió a C. otra vez.
Pareces una lámpara de lava.
Yo estaba convencida de que iba espectacular.
Lo estabas. En algún universo.
C. mandó un emoji obsceno.
Después:
¿Dónde era esto?
En la azotea de aquel chico que trabajaba con J.
Los tres puntos aparecieron.
No.
Sí.
Eso fue en casa de la chica de la agencia.
Sabina volvió a mirar la fotografía.
Imposible.
C. la llamó.
—Era la chica de la agencia —dijo nada más descolgar.
—No era su casa.
—Sabina, claro que sí.
—La suya tenía una terraza pequeña.
—Ese era el piso anterior.
—¿Qué piso anterior?
—Ves. No te acuerdas de nada.
Sabina apoyó los pies sobre la mesa baja.
—Tú tampoco.
—Yo sí me acuerdo de que aquella noche perdiste un zapato.
—Nunca he perdido un zapato en mi vida.
C. empezó a reírse.
—Perdiste uno.
—Eso fue en Lisboa.
—No.
—Sí.
—En Lisboa perdiste el bolso.
—No perdí el bolso. Me lo dejé en un taxi y volvió.
—Eso es perder un bolso con final feliz.
Sabina volvió a mirar la fotografía.
—¿J. y yo nos peleamos esa noche?
C. tardó un poco.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Tía, han pasado diez años.
—Eso es lo peor.
—Me suena que discutisteis volviendo.
—Yo recuerdo haber vuelto contigo.
—No. Yo me quedé a dormir allí.
—¿Con quién?
—Eso no viene al caso.
Sabina rio con ganas, algo que no había hecho en toda la mañana.
—Entonces, ¿con quién volví?
—Ni idea. Espera, igual la pelea fue al día siguiente.
Sabina se quedó mirando la imagen.
—Yo ahí parezco muy contenta.
C. guardó silencio un momento.
—Lo estabas.
—¿Te acuerdas?
—De esa parte sí. Nos lo pasamos muy bien.
—Y luego me peleé con J.
—Probablemente.
—Muy representativo.
—También puede que no os pelearais.
—Gracias por la precisión histórica.
—Para eso estamos las amigas. Para deformar juntas el archivo.
C. cambió de tema y empezó a contarle algo de su trabajo. Sabina la escuchó unos minutos hasta que una llamada obligó a C. a colgar.
La fotografía quedó abierta en la pantalla. Sabina volvió a ampliarla. J. estaba allí, más joven también.
La proximidad de sus cuerpos parecía natural. Sabina tenía una mano apoyada detrás de él, sobre la mesa. No se tocaban.
Intentó recordar si aquella noche lo quería. Claro que lo quería, a su manera de entonces.
Eso tampoco respondía a nada. Cerró la foto. Cinco minutos después volvió a abrirla y entró en el perfil de J.
No lo hacía desde hacía bastante tiempo. La fotografía de perfil había cambiado. Se quedó mirándola sin entrar en ninguna publicación.
Después abrió el chat antiguo. La última conversación estaba meses atrás.
No leyó hacia arriba. Solo miró el espacio vacío donde podía escribir e imaginó algo sencillo:
Me ha salido una foto de hace diez años.
Nada más.
Podría mandar la imagen. J. podía responder con una broma o ni siquiera recordar la noche. Y podían empezar a hablar.
La aplicación seguía preguntando si quería volver a compartirlo. Sabina pulsó Ahora no.
XI
El vestido azul eléctrico era el único que últimamente le sentaba bien sin obligarla a pensar demasiado.
Sabina se lo puso con los pendientes dorados que le había regalado M. Su madre llamó mientras terminaba de arreglarse.
—Si no te encuentras bien, no vengas por cumplir.
—Es el cumpleaños de la abuela. Voy.
—Pues si te cansas te vienes.
Sabina cogió el abrigo.
En casa de sus tíos había mucha gente y mucho ruido.
La puerta se abrió antes de que Sabina llegara a tocar. Su sobrino pequeño salió disparado al rellano, se abrazó dos segundos a sus piernas y volvió corriendo hacia dentro.
Desde el salón llegaba un partido de fútbol y en la cocina discutían sobre si faltaba pan. Sabina entró entre besos, abrazos y varios «qué guapa» y «estás estupenda».
M. apareció desde el pasillo con un plato en la mano y la miró de arriba abajo.
—Vas muy elegante.
—Voy disfrazada de persona funcional.
—Si quieres irte, me dices.
—Acabo de llegar.
—Te lo digo ahora.
—Pesada.
—Muchísimo.
La abuela paterna estaba en el salón, rodeada de cojines y con una manta sobre las piernas.
En la cómoda de detrás había una fotografía de ella de niña, en el Madrid de las cartillas de racionamiento, junto a su madre vestida de domingo.
La abuela contaba que aquel verano de 1947 todo el mundo hablaba de Manolete, incluso quienes no pisaban una plaza de toros.
Sabina siempre pensaba que aquella ciudad en blanco y negro parecía pertenecer a otra familia.
Al besarla, le acarició la cara.
—Estás muy delgada. ¿Comes?
—Sí.
—Tu madre dice que estás mala.
Sabina miró a su madre al fondo del salón.
—Estoy un poco cansada.
—Pues siéntate. Y come.
Sabina agradeció aquella lógica.
Durante el aperitivo consiguió funcionar. Habló con una prima y llevó dos fuentes a la mesa hasta que su madre le quitó una de las manos.
—Siéntate.
—No estoy inválida.
—No he dicho eso. Deja que haga algo yo.
Sabina obedeció, consciente de haber respondido sin pensarlo.
Durante unos minutos nadie pareció mirarla especialmente. Se había preparado para preguntas y explicaciones, pero la mayoría estaba demasiado ocupada con su propia vida. Hasta que una tía preguntó:
—¿Y qué tal el trabajo?
Sabina bebió agua.
—Ahora mismo estoy de baja.
La tía parpadeó.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
Sabina dudó.
Su madre intervino desde el otro lado de la mesa.
—Porque no se encuentra bien.
Aquello debería haberla aliviado. En cambio sintió que tenía cinco años.
—Por ansiedad —dijo.
Se produjo un silencio, solo lo bastante largo para que Sabina lo notara. Su tío murmuró un «vaya» y la tía hizo una expresión de preocupación.
—Pero ¿estás mejor?
—No mucho todavía.
—Bueno, pues descansa. Desconecta de todo unos días y ya verás.
Sabina asintió.
Su primo preguntó si alguien quería más vino y la conversación siguió.
Un rato después alguien preguntó por A.
—¿Y aquel chico con el que estabas? ¿No viene?
Sabina se quedó quieta con el tenedor en la mano.
—Ya no estamos juntos.
—Ah. Lo siento.
—Gracias.
Otra voz intervino hablando de la comida y A. desapareció de la conversación en menos de veinte segundos.
Entre conversaciones y preguntas, acabó refugiándose en el baño. Los pendientes le molestaban; se los quitó y los dejó en el lavabo. Desde el otro lado de la puerta llegó la voz de M.
—Van a sacar la tarta. ¿Vienes?
—Ahora voy.
Se quedó sentada un poco más, hasta que oyó a los niños llamando a la abuela.
En el postre sacaron la tarta.
La abuela protestó porque las velas eran demasiadas.
—Eso es un incendio —dijo.