En tu casa o en Sabina 11. 19 días y 500 noches #4
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11. 19 días y 500 noches #4

Ahora estaba mirando desde fuera. Regresó a la fotografía de la noche anterior. La mujer rubia seguía sonriendo.

Durante unos minutos Sabina la convirtió en alguien fácil, divertida, cómoda dentro de planes que a ella a veces le pesaban. Después recordó que no sabía absolutamente nada de aquella mujer, ni siquiera si conocía a A.

Mandó la captura a C.

Prueba número uno.

¿Prueba de qué?

Rubia. Amigo de A. Terraza. Foto de ayer.

C. respondió casi inmediatamente:

Eso es una tía rubia en una terraza. El resto lo has puesto tú.

Cerró Instagram.

La fotografía desapareció. La mujer rubia no.

VIII

El armario del pasillo llevaba meses ganándole por agotamiento.

Cada vez que Sabina abría una de las puertas, algo amenazaba con caerle encima: mantas, bolsas de tela, una caja de herramientas que nunca utilizaba, papeles que había guardado porque algún día podrían hacer falta y objetos que no sabía explicar.

Aquel sábado no tenía ningún plan. Llovía, había dormido mal y el piso empezaba a quedársele pequeño para seguir evitándose dentro.

Sacó primero las mantas. Detrás estaba la sudadera gris de A.

La había metido allí el día que terminaron, casi un mes antes, porque no sabía qué hacer con ella.

La sostuvo entre las manos y, por un instante, dudó antes de acercársela a la cara.

No olía a A. Olía a armario. La dejó sobre una silla.

Siguió vaciando y encontró un cargador probablemente suyo, una entrada de museo y un posavasos. Reunió las cosas junto a la sudadera y fue a buscar una bolsa.

Te he encontrado algunas cosas.

La frase apareció sola en su cabeza. No la escribió.

En la balda inferior encontró una caja de zapatos con una etiqueta escrita años atrás:

PAPELES

—Mentira —dijo.

Sabía perfectamente que no contenía papeles importantes.

La abrió.

Había fotografías, entradas, cartas, billetes de tren y varias cosas que en algún momento habían merecido ser guardadas.

La primera fotografía la mostraba mucho más joven, apoyada en una barandilla junto a un hombre al que llevaba años sin echar de menos.

No sintió nada concreto y lo tomó por una buena señal.

Después encontró una entrada de cine cuya fecha le devolvió de golpe una discusión interminable y una película que ninguno de los dos recordó al salir.

Sabina hizo una bola con el ticket y la lanzó hacia una bolsa de basura.

Falló.

—Muy simbólico.

Se agachó para recogerlo y lo dejó junto a la bolsa.

Volvió a la caja.

Encontró también una carta que reconoció por la letra. Algunas frases que entonces le parecieron profundas ahora sonaban simplemente crueles. La rompió y la tiró.

Treinta segundos después recuperó varios fragmentos.

—Esto sí que es estar fatal.

Los metió en un sobre nuevo.

La caja seguía abierta. Sabina cambió de sistema.

TIRAR.

GUARDAR.

Un billete de tren cambió dos veces de montón y una postal, tres.

El móvil estaba sobre la mesa del salón. No necesitaba a C. para decidir qué hacer con una entrada de cine. O quizá sí, pero tampoco quería convertir la tarde en una reunión de crisis alrededor de una caja de zapatos.

Volvió a las cosas de A.

La sudadera seguía sobre la silla.

La dobló y la metió en la bolsa junto al cargador, la entrada del museo y el posavasos.

Cogió el teléfono, abrió la conversación con él y volvió a dejarlo.

Al cabo de dos horas el pasillo estaba lleno de cajas, bolsas y objetos que no recordaba tener. Había conseguido tirar manuales de electrodomésticos, cables imposibles y una caja de un teléfono de hacía seis años.

Del resto no estaba tan segura.

Miró la vieja caja de recuerdos.

Podría resolverlo rápidamente y tirar la caja entera. La idea tuvo algo de atractivo hasta que le dio miedo borrar pruebas de vidas a las que no quería volver, pero que habían ocurrido.

Había guardado pruebas de casi todo, como si la memoria necesitara documentación. No sabía qué pasaría si dejaba de tenerla.

Metió otra vez los objetos en la caja. También el sobre con la carta rota. Encima dejó la fotografía de la barandilla.

Cerró la tapa sin corregir la etiqueta de PAPELES y volvió a meter la caja en el armario.

Cuando terminó eran casi las siete y el armario estaba peor que por la mañana. La bolsa con las cosas de A. quedó junto a la puerta y Sabina la miró cada vez que pasó por el pasillo. A las diez y media, al volver del baño, se detuvo junto a ella.

Sacó la sudadera.

La sostuvo un momento y después la dejó sobre la silla del recibidor.

Las demás cosas de A. permanecieron dentro.

IX

Primero fueron los mareos al levantarse. Después el nudo en el estómago. Luego la taquicardia al abrir el correo del trabajo.

Sabina ya había ido al ambulatorio por las palpitaciones. Le habían tomado la tensión, preguntado cuánto café bebía y recomendado que descansara, redujera estimulantes y volviera si seguía igual.

Había reducido un poco el café. Lo demás seguía allí.

El lunes se duchó, se vistió y preparó el bolso. A las siete y cuarenta estaba en el recibidor con la chaqueta puesta.

Metió la mano en el bolsillo buscando las llaves. No pudo abrir la puerta. Se quedó quieta.

El corazón se le disparó. Respiró por la nariz y soltó el aire, otra vez y otra, sin que sirviera de mucho.

Notó las manos húmedas, un hormigueo en los brazos y una presión en el pecho que reconoció de las últimas semanas y que, aun así, consiguió asustarla.

—Vamos —dijo.

Cogió las llaves. La mano no giró el pomo.

Pensó en el metro, en la oficina, en la pantalla, en los correos acumulados durante el fin de semana, en la reunión de las nueve y media y en la candidatura para la rotación que había enviado hacía pocos días.

Se le cerró el estómago.

—No puedo.

La frase salió en voz alta.

Dejó las llaves en el cuenco.

Tampoco se quitó la chaqueta. Volvió al salón y se sentó en el sofá con el bolso todavía colgado del hombro.

A las ocho y siete abrió el correo y lo cerró antes de que terminara de cargar. Cinco minutos después escribió a su jefe: No me encuentro bien. Voy a ir al médico. Te aviso en cuanto sepa algo. Envió el mensaje.

La médica era la misma de la visita anterior.

Comprobó que las palpitaciones seguían, que Sabina apenas había reducido el café y que dormía cuatro o cinco horas, nunca seguidas.

Cuando preguntó por la comida, Sabina intentó decir que sí comía hasta que repasó mentalmente el domingo: café, una tostada, unas aceitunas y media pizza a las diez de la noche.

—Vale —admitió—. Quizá no muy bien.

La médica siguió preguntando por concentración, llanto, palpitaciones, alcohol y trabajo. Finalmente levantó la vista.

—¿Qué ha pasado esta mañana?

—Me he vestido para ir a trabajar.

—¿Y?

—No he podido salir de casa.

Decirlo allí le dio más vergüenza que cuando había ocurrido.

—¿Por miedo?

—No sé. Solo sentía que no podía. Sé que es absurdo, llevo años yendo a la misma oficina.

La médica anotó algo y volvió a la pantalla.

—¿Crees que hoy podrías trabajar?

La respuesta automática subió primero.

Sí.

Siempre sí.

Con dolor de cabeza, sí. Después de dormir tres horas, sí. Llorando en el baño, sí.

—No.

La médica tecleó.

—Vamos a darte unos días.

Sabina notó un alivio instantáneo seguido de algo parecido al pánico.

—¿Cuántos?

La médica le explicó la duración inicial y cuándo tendrían que revisar cómo estaba.

Sabina preguntó qué pasaba si mejoraba antes y mencionó la rotación interna. La médica la dejó terminar.

—Sabina, hoy no has podido salir de casa para ir a trabajar.

—Ya.

En la calle buscó qué tenía que hacer con la baja y terminó llamando a Recursos Humanos.

Después avisó a su jefe. Él respondió que organizarían lo urgente, pero Sabina vio en el calendario la reunión de la rotación interna y preguntó si debía avisar a alguien.

Lo gestiono yo. Cuando sepamos cuánto vas a estar fuera vemos cómo encajarlo.

Aquello no decía nada definitivo sobre si había perdido la oportunidad.

Guardó el móvil y cinco minutos después lo sacó otra vez.

El primer día de baja no descansó.

Llegó a casa, activó el aviso de ausencia y abrió el correo.

Tenía cuarenta y siete mensajes sin leer.

La compañera de enfrente había asumido un hilo suyo, otro compañero había movido una reunión y su jefe había repartido tareas.

El mundo tardó menos de tres horas en empezar a reorganizarse sin ella.

Respondió un correo. Dos minutos después la compañera le escribió: ¿Qué haces? Estás de baja. Fuera. Cuando Sabina protestó que solo cerraba una cosa, recibió un último mensaje: Lo tengo. En serio.

Cerró el correo.

A las doce y media se tumbó en el sofá y despertó a las tres y veinte con el cuello torcido, la boca seca y sin haber comido. Aquello fue su primer día de descanso.

El segundo día se duchó a mediodía, olvidó una lavadora dentro de la máquina y calculó cuánto podía durar la baja sin que el dinero se convirtiera en otro problema.

También pensó en la rotación. Si aquello duraba, ¿seguirían considerándola preparada para asumir más responsabilidad?

El miércoles consiguió caminar veinte minutos. El jueves durmió hasta las nueve. El viernes se despertó a las cinco y media con el corazón acelerado porque el lunes tenía que volver. Ese día tenía revisión con la médica.

—¿Cómo estás?

—Mejor.

La médica comprobó cuánto dormía, si seguían las palpitaciones y si había abierto el correo. Sabina respondió con suficiente ambigüedad para que ninguna de las respuestas sonara tan bien como aquel mejor.

—¿Te ves preparada para volver el lunes?

Sabina quería decir que sí. Cinco días, una semana laboral, ya estaba.

—Creo que sí.

Se apresuró a añadir:

—Tengo que volver en algún momento. Y cuanto más tarde, peor va a ser.

La médica no discutió. Le explicó qué hacer si los síntomas volvían y acordaron el seguimiento.

Sabina salió con la sensación de haber aprobado algo.

El domingo preparó la ropa, metió el portátil en el bolso y puso el despertador a las seis y cuarenta y cinco.

A las diez de la noche seguía despierta. A las dos se levantó a beber agua y a las cinco dejó de intentar dormir. Cuando sonó el despertador ya estaba mirando el techo.