En tu casa o en Sabina 11. 19 días y 500 noches #3
69%

11. 19 días y 500 noches #3

C. esperó a que estuviera lejos.

—Te ha hecho una entrevista bastante agresiva.

—He tenido jefes peores.

C. sonrió, pero Sabina seguía mirando hacia el arenero.

—¿Estás bien?

—Sí.

C. arqueó una ceja.

—Bueno. No especialmente.

Mientras los niños discutían sobre una rama, Sabina dijo que algunos días estaba convencida de no haber querido hijos y otros pensaba que simplemente había aplazado la decisión. C. miró un momento hacia el arenero.

—¿Tú lo decidiste? —preguntó Sabina.

C. tardó un poco.

—Sí.

—¿Así de claro?

—No fue una mañana de levantarme y anunciarlo con una bandera. Pero hubo un momento en que dejé de pensar ya veremos y pensé no. Me dio pena y también alivio.

—Qué envidia.

—No idealices. Algunos domingos veo familias aquí y me da pena. Otros me alegro muchísimo.

—Pero sabes lo que elegiste.

—Más o menos.

—Yo no.

C. no contestó.

La niña regresó para pedir ayuda porque su construcción se caía. C. se levantó y Sabina se quedó sentada mientras las veía volver al arenero.

Sacó el móvil por costumbre. Tenía una notificación antigua que no había terminado de borrar: un grupo de mensajes con A.

Lo abrió.

No había nada nuevo.

Iba a cerrarlo cuando vio una fotografía entre las últimas conversaciones. La había enviado A. hacía unas semanas.

Su hija estaba sentada a la mesa de la cocina, dibujando, con una goma azul en el pelo. Debajo, A. había escrito: Dice que esto eres tú, aunque te ha puesto el pelo verde porque el marrón era aburrido.

Sabina recordó aquella tarde y un juego de cartas cuyas reglas la niña cambiaba cada vez que empezaba a perder. No había pensado en ella desde la ruptura. O quizá había evitado hacerlo.

Cerró la conversación y guardó el móvil.

En la siguiente sesión con T., Sabina habló del parque y terminó mencionando la fotografía de la hija de A. como si fuera un detalle sin importancia.

T. escuchó.

—¿La echas de menos?

—No sé si tengo derecho.

—No te he preguntado eso.

—Sí —dijo al final—. Un poco.

—Y me da vergüenza decirlo —añadió—. Estuve poco en su vida. Tampoco quiero montar una película donde yo iba a convertirme en nada para ella.

—Puedes echarla de menos —dijo T.

Hubo un silencio.

—El otro día dijiste que no sabías si habías elegido no tener hijos —dijo T.—. ¿Cuándo decidiste que no querías tenerlos?

Sabina pensó en responder inmediatamente y no pudo.

—No sé.

T. esperó.

—Supongo que cuando era joven no quería —continuó Sabina—. Tenía otras cosas en la cabeza.

—¿No querías o no pensabas en ello?

—No sé.

Intentó reconstruir los años.

A los veinticinco, los hijos pertenecían a una vida futura donde tendría más dinero, una casa mejor y una relación menos provisional.

A los treinta todavía había tiempo. Después hubo relaciones en las que no se le habría ocurrido plantearlo, años absorbidos por el trabajo y una temporada en la que incluso miró información sobre fertilidad antes de cerrar la página a mitad.

No recordó ningún momento exacto.

—Siempre parecía que la pregunta era para más adelante —dijo.

—¿Y cuándo dejó de serlo?

—Eso es lo peor. No sé cuándo ocurrió. Un día te das cuenta de que ya no estás aplazando una decisión, sino mirando una que parece haberse tomado sola. Aunque no se tomó sola. Yo estaba allí todo el tiempo.

—¿Y qué sientes?

Sabina tardó.

—Que quizá esperaba sentir algún día un sí enorme. Uno de esos que te solucionan la duda. Y nunca llegó.

—¿Te habría gustado que llegara?

—A veces sí —respondió Sabina, más bajo—. Y otras veces pienso en todo lo que habría cambiado y me entra un alivio horrible.

—¿Por qué horrible?

—Porque parece que una tiene que elegir si está triste o contenta.

Aquella noche intentó escribir una carta. No sabía a quién dirigirla. Acabó empezando así:

No sé si os echo de menos a vosotros o a haber podido elegiros.

Leyó la frase, esperó e intentó escribir una segunda línea. No salió.

VI

Esa mañana le habían comunicado que había pasado la primera criba de la rotación y que, para la segunda fase, debía completar una ficha breve y adjuntar un caso práctico. Sabina abrió el formulario y empezó a rellenar casillas por inercia. Nombre. Apellidos. Fecha de nacimiento.

Escribió el día, el mes y el año.

El sistema calculó automáticamente:

43 años.

Se quedó mirando la pantalla.

La información no era nueva. Aun así, aquella mañana, después de dormir cuatro horas y de intentar escribir una carta a unos hijos que no sabía si había querido tener, el número le resultó distinto.

Cuarenta y tres, escrito en una pantalla corporativa, parecía un dato que alguien podía utilizar para hacer cálculos.

Continuó rellenando el formulario: disponibilidad, preferencias de área, expectativas de la rotación. Eso sí sabía responderlo.

Escribió sobre el programa interno, el piloto transversal, proyectos que había sacado adelante y cosas que quería aprender. Al leerlo de nuevo, el texto describía a una mujer bastante competente.

Sabina miró sus manos sobre el teclado. Le resultó difícil reconocerla.

—¿Sigues con eso?

La compañera de la mesa de enfrente apareció junto al separador con una taza en la mano.

—Estoy intentando convencer a un formulario de que soy una apuesta de futuro.

—¿Y él se resiste?

—Me ha preguntado la fecha de nacimiento.

La compañera se rio.

—Drama administrativo.

—El peor.

Volvió a su sitio, pero unos minutos después se acercó otra vez para recoger unos papeles de la impresora.

—Pues yo quiero llegar como tú a los cuarenta y tantos —dijo.

—¿Cómo yo qué?

—No sé. Con experiencia. Haciendo cosas nuevas. Sin parecer… instalada.

Instalada.

Pensó en la noche anterior, despierta a las cuatro. En las cruces del calendario. En el ambulatorio. En la ropa de A. guardada donde no tenía que verla.

—Créeme —dijo—, no estar instalada está sobrevalorado.

La compañera apretó los labios.

Se dio la vuelta.

Sabina tardó en darse cuenta de que había sido desagradable.

—Oye.

La compañera se volvió.

—Perdona. Estoy un poco imbécil estos días.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Tú has dicho una cosa amable y yo te he contestado como una señora enfadada en una oficina de Hacienda.

La compañera sonrió.

—Un poco.

—Gracias por lo de antes.

—Era verdad.

Volvió a su mesa.

Sabina miró otra vez el formulario, guardó el borrador y cerró la pestaña.

A la hora de comer, varias personas se sentaron juntas en la mesa larga de la zona común. Sabina apenas participó.

Uno de los compañeros hablaba de su hipoteca, otra buscaba instituto para su hijo y la compañera de enfrente contaba que quizá tendría que mudarse a otro barrio algo más barato.

Nadie parecía tener el paquete completo. Aun así, Sabina sintió que asistía a algunas conversaciones desde el borde.

Al volver a su mesa abrió una calculadora de pensiones, introdujo tres datos y la cerró a los dos minutos.

—Perfecto —murmuró—. Ni joven para empezar, ni vieja para dejarlo.

—¿Qué?

—Nada. Estoy planificando mi huida para dentro de veinticinco años.

—Avísame si encuentras un atajo.

Aquel intercambio le mejoró el humor durante unos minutos.

En casa abrió la libreta y volvió al inventario de cumpleaños.

Pasó varias páginas de listas, frases tachadas y horas de sueño hasta llegar sin querer al principio.

Notas de cumpleaños.

Debajo:

Lo que tengo. Lo que falta. Lo que ya no quiero.

Recordaba aquella mañana: el café, la llamada de su madre, la libreta recién estrenada, todavía demasiado limpia.

Leyó aquella enumeración antigua hasta llegar a lo que faltaba: dormir sin interrupciones, despertar sin culpa y alguien que la mirara como quien reconoce una casa iluminada .

Solo vio a A.

Más abajo:

La capacidad de quedarse, de no huir al primer temblor.

—Menuda lista.

Había encontrado a alguien que, durante un tiempo, se pareció bastante a lo que había escrito, y se había terminado.

Pasó a la parte de lo que ya no quiero.

Allí había escrito que ya no quería conversaciones que la dejaran vacía, amores que pidieran heroísmo, promesas que nunca cumplía ni la sensación de empezar siempre desde cero.

Esa última frase la retuvo.

No quería empezar desde cero.

Fue a la cocina. En el frigorífico encontró medio calabacín, huevos y un yogur. Preparó una tortilla bastante fea y cenó delante de la televisión.

Después abrió el portátil para terminar la segunda fase de la rotación.

Volvió a aparecer la ficha personal.

Fecha de nacimiento.

El dato seguía allí.

Sabina continuó hasta el último apartado.

Qué le gustaría explorar durante la rotación.

Sustituyó la respuesta que había escrito antes, llena de desarrollo, aprendizaje y exposición transversal, por una sola frase:

Quiero probar si todavía me interesa hacer algo distinto dentro de este trabajo.

Adjuntó el caso práctico y pulsó Enviar.

VII

Sabina la vio en una foto borrosa.

Había entrado en Instagram sin buscar nada concreto, con el automatismo de quien abre una puerta por costumbre y después no recuerda para qué. Dos vídeos, una noticia, una fotografía de comida. Luego apareció la terraza.

Tres personas, varias copas, un perro tumbado debajo de una silla.

A la izquierda estaba un amigo de A. al que Sabina conocía de vista. En el centro, el perro. A la derecha, una mujer rubia con el pelo recogido y los labios rojos, inclinada hacia alguien que quedaba fuera del encuadre.

Sabina dejó de mover el dedo.

Amplió la imagen hasta que las caras empezaron a deformarse.

A. no aparecía y Sabina tampoco podía saber si estaba allí.

—Claro —murmuró, sin saber exactamente qué significaba.

Entró en el perfil del amigo de A., comprobó que la fotografía era de la noche anterior y empezó a tirar del hilo: etiquetas, seguidores, publicaciones antiguas.

—Esto es lamentable.

Siguió.

En una foto de hacía meses apareció A., sentado en otra terraza con una cerveza.

Recordaba el día. A. le había mandado una fotografía desde allí y después la llamó camino de casa. Hablaron casi cuarenta minutos. Le contó quién había estado, qué habían pedido, una tontería que había dicho uno de sus amigos.

Entonces aquella gente formaba parte de su vida por contagio.