11. 19 días y 500 noches #2
Llevaba casi cuarenta minutos en una silla de plástico del ambulatorio. Había pedido cita después de tres noches con palpitaciones, dolor de cabeza y casi nada de sueño. Probablemente era ansiedad, pero que alguien confirmara que seguía físicamente viva empezaba a parecerle un plan razonable.
Cogió el móvil para distraerse. Dos vídeos, una noticia que no terminó de leer, una receta de pasta. Después apareció ella.
La chica perfecta.
A Sabina le costó reconocerla. Habían ido juntas al instituto y no sabía nada de ella desde hacía más de veinte años, pero seguía teniendo la misma clase de belleza que parecía sencilla solo porque una no veía el trabajo que había detrás.
En la fotografía estaba sentada en una terraza frente al mar, con ropa de deporte, el pelo recogido y una sonrisa impecable.
Creciendo, aprendiendo, brillando cada día más ✨
Entró en su perfil.
Ese fue el error.
Diez minutos más tarde sabía que tenía dos hijos, practicaba yoga y utilizaba con frecuencia palabras como gratitud, presencia y tribu.
La llamaron por megafonía dos veces.
—¿Sabina Vega?
—Sí. Perdón.
Entró en la consulta todavía con el teléfono en la mano.
La médica le tomó la tensión, le preguntó cuánto dormía y desde cuándo tenía las palpitaciones.
—No sé. Dos semanas. Tres.
—¿Te ha pasado algo últimamente?
Sabina dudó.
—He terminado una relación.
La médica asintió y siguió escribiendo. No dijo ah, ni puso cara de comprenderlo todo. Le preguntó por el café, el alcohol, la comida y las horas de sueño.
—¿Cuánto café?
—Depende de lo que entendamos por café.
—¿Cuánto?
—Cuatro. A veces cinco.
—Empieza por bajar eso.
La médica volvió a tomarle el pulso. Si las palpitaciones empeoraban, aparecían con esfuerzo o dolor en el pecho, debía volver. También tenía que descansar.
En el pasillo desbloqueó el móvil. La mujer perfecta seguía allí.
Amplió una fotografía hasta encontrar una línea fina junto a los ojos.
—Qué asco das —murmuró.
No sabía si se lo decía a ella o a sí misma.
En el ascensor se vio reflejada: ojeras, pelo recogido, chaqueta arrugada. Metió tripa por puro automatismo y volvió a soltarla.
En casa terminó otra vez en el perfil, detenida en una fotografía donde la antigua compañera aparecía abrazada a su pareja.
Claro.
Sabía perfectamente que A. no había terminado con ella por su cuerpo. Eso no impidió que buscara una foto de aquel verano con él y ampliara primero la cintura y después la cara.
Estás guapísima, le había dicho A. cuando ella quiso borrarla.
Ahora se preguntó si lo había dicho porque la quería. La diferencia le pareció enorme.
Mandó un audio a C.
—Me he encontrado en Instagram a la muñeca perfecta del instituto.
Sigue perfecta. Ahora además hace yoga y agradece cosas.
Llevo no sé cuánto tiempo mirando sus fotos y he llegado a la conclusión científica de que me dejó A.
porque ella tiene abdominales. Ella, que ni siquiera conoce a A. Ese es mi nivel mental ahora mismo.
C. contestó unos minutos después.
—No sé quién es la muñeca perfecta, pero deja el móvil. Y come algo. En ese orden o en el contrario, me da igual.
Calentó una sopa, dejó el teléfono y comió.
IV
Era lunes, lloviznaba y Sabina no quería irse a casa.
Había salido sin plan y sin ganas especiales de beber. Vio las luces del bar de la esquina y entró porque necesitaba retrasar veinte minutos el momento de abrir la puerta del piso.
Dentro había poca gente. Una pareja jugaba a la tragaperras sin hablarse, el camarero secaba vasos detrás de la barra y una mujer con una chaqueta roja ocupaba uno de los taburetes del extremo.
Sabina eligió una mesa junto a la pared.
—Un vino, por favor.
Dejó el bolso en la silla de al lado, comprobó que no había ningún mensaje importante y guardó el móvil. El camarero dejó la copa sobre la mesa. Sabina bebió un sorbo y se permitió no hacer nada.
Desde la barra llegó una risa breve.
La mujer de la chaqueta roja estaba hablando con el camarero.
Tendría algunos años más que Sabina, aunque era difícil saberlo.
El pelo rizado se le había aplastado por la lluvia y tenía una mancha oscura de rímel bajo un ojo.
Sobre la barra había dejado un bolso enorme, un paquete de tabaco y un mechero.
Unos minutos después se levantó con la copa en la mano.
—¿Puedo?
Señaló la silla vacía frente a Sabina.
—Claro.
—Es que ahí me veo en el espejo —dijo la mujer, indicando la pared detrás de la barra— y tampoco estoy hoy para tanta información.
—Te entiendo.
La mujer dejó el bolso en el suelo y se sentó sin quitarse la chaqueta.
Ninguna dijo nada durante un momento.
—¿Día malo —preguntó Sabina— o vida complicada?
La mujer la miró.
—¿Hay que elegir?
—Supongo que no.
—Entonces las dos.
Sabina levantó la copa.
—Temporada larga por aquí.
Chocaron los vasos con suavidad.
La mujer bebió.
—¿Esperas a alguien?
—No.
—Yo tampoco.
La respuesta pareció satisfacerlas.
Hablaron primero del tiempo. Después del bar, que la mujer conocía desde hacía años. Se quejó del vino, aunque pidió otro. Sabina contó que había entrado porque le pesaba subir directamente a casa.
—Qué mal vendemos los hogares —dijo la mujer—. Toda la vida deseando llegar y luego algunos días una da tres vueltas a la manzana para no abrir la puerta.
Sabina rio.
—Yo utilizo bares.
—Más caro, pero te ponen aceitunas.
La mujer hablaba deprisa, siempre a punto de convertir la frase en chiste. Sabina empezó enseguida a inventarle una ruptura, un hijo, alguien enfermo. Con dos detalles su cabeza ya estaba escribiendo el resto.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó.
—¿De qué?
—De tu día malo. O de la vida complicada.
—No especialmente.
—Ah.
La mujer bebió otro sorbo.
—No te lo tomes a mal. He llorado, pero no necesito convertirlo en una reunión.
—Perdona.
—No pasa nada. Tienes cara de buena escuchadora.
—Eso tampoco sé si es un cumplido.
—No lo era del todo.
La pareja de la tragaperras ganó algo. La máquina lanzó una música triunfal completamente desproporcionada y los dos recogieron las monedas sin sonreír.
La mujer de la chaqueta roja los miró.
—Eso sí que es una relación estable.
—¿La pareja?
—La señora con la máquina.
Sabina volvió a reírse.
Después hablaron de trabajos que ninguna explicó con demasiado detalle, de alquileres y de un restaurante cercano que había empeorado. Sabina no supo cuánto de lo que contaba la mujer era verdad y, en realidad, daba igual.
Pidieron algo de comer.
En algún momento, la mujer señaló la copa de Sabina.
—¿Y tú por qué estás evitando tu casa?
—Me han dejado.
La frase sonó extrañamente desnuda.
La mujer no cambió de postura ni compuso una cara especial.
—Qué putada.
Sabina esperó. Eso fue todo.
—Sí.
—¿Hace mucho?
—Veinticinco días.
—Ah, los cuentas.
—Tengo cruces en el calendario.
La mujer abrió mucho los ojos.
—Eso ya es nivel profesional.
—No estoy en mi mejor momento.
No preguntó quién era él, cuánto habían durado ni quién había tenido la culpa. Sabina agradeció aquella falta de curiosidad.
—Todo el mundo intenta explicarme cosas —dijo después.
—Pues conmigo has tenido suerte. Yo hoy no puedo explicar ni cómo he acabado aquí.
La mujer cogió una patata del plato.
—¿Quieres que te diga algo bonito?
Sabina lo pensó.
—No.
—Perfecto, porque no tengo.
Se quedaron un rato en silencio.
Sabina había dejado de pensar en cuánto tiempo faltaba para poder irse a casa.
La mujer consultó la hora.
—Me voy.
Sabina no le preguntó cómo se llamaba.
La mujer se puso de pie, recogió el bolso y guardó el paquete de tabaco.
—Que te sea leve lo de las cruces.
—Y a ti lo de las dos cosas.
—¿Qué dos cosas?
—El día malo y la vida complicada.
La mujer sonrió.
—Ah. Eso.
Se puso bien el cuello de la chaqueta y salió.
V
El parque de Berlín estaba lleno de niños con camisetas fluorescentes, patinetes abandonados en mitad del camino y adultos sosteniendo vasos de cartón con la expresión de quien todavía no había terminado de despertarse.
Cerca de los columpios, una pareja argentina discutía con afecto sobre fútbol.
Él llevaba una gorra de Boca, ella una bolsa de tela con una Mafalda enfadada, y entre los dos intentaban convencer a un niño de que devolviera una pelota.
Se llamaron idiotas dos veces y, al terminar la discusión, siguieron caminando cogidos de la mano.
Sabina había quedado con C. para dar una vuelta. En la práctica, significaba que C. tenía a su ahijada aquella tarde y que Sabina necesitaba salir de casa.
La niña apareció corriendo con una diadema de orejas demasiado grandes y una piedra gris que había decidido que era un meteorito. C. aceptó el diagnóstico sin discutir y la niña salió disparada otra vez.
Con ella iba un niño de unos ocho años, hijo de otra amiga, que llevaba las rodillas del pantalón cubiertas de tierra.
C. observó cómo empezaban a construir algo junto al arenero.
—Ha decidido que de mayor va a arreglar el mundo —dijo, señalando a su ahijada—. De momento ha conseguido romper dos cubos.
Se sentaron en un banco.
Corría algo de aire, pero había algo agradable en aquel ruido: gritos, ruedas de patinete, discusiones sobre quién había llegado primero al tobogán. Durante unos minutos Sabina se limitó a mirar.
El niño apareció con una pala en la mano y empezó a interrogarla: si era amiga de C., desde cuándo, cuánto era «mucho». Cuando Sabina respondió que se conocían desde antes de que él existiera, el niño la miró con asombro.
—¿Y tú tienes hijos?
Sabina notó que C. giraba la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Eso no se pregunta así —intervino C.
—¿Por qué?
—Porque hay cosas personales.
El niño miró a Sabina, esperando una explicación mejor.
Sabina podría haber dicho simplemente porque no.
—No tuve —respondió.
—Ya. Pero ¿por qué?
C. suspiró.
—Déjala respirar.
Sabina se rio.
—No pasa nada.
Miró al niño.
—Pues porque a veces una decide que quiere tenerlos, otras decide que no y otras tarda tanto en decidir algunas cosas que la vida va haciendo otras mientras tanto.
El niño frunció el ceño.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco mucho.
Aquello pareció satisfacerlo más que la explicación anterior.
Se fue corriendo.